| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
Los avances tecnológicos, los cambios en el modo de vivir, el descubrimiento de nuevos materiales y toda una larga serie de distintas circunstancias según los casos, han hecho que desaparezcan o sobrevivan en precario muchos de los oficios que se ejercieron durante cientos o miles de años y que parecían, precisamente por su duración en el tiempo, imprescindibles.
Hace muchos años, la primera vez que yo visitaba un alfar, cerca del horno, sobre una pared ennegrecida por el humo, el polvo y la mugre, pude leer una quintilla escrita con tiza que rezaba así:
Oficio noble y bizarro,
de entre todos el primero,
pues, siendo el hombre de barro,
Dios fue el primer alfarero
y el hombre el primer cacharro.
Los versos se refieren al primer oficio, pero no ejercido por el hombre, sino por Dios. De todos modos sí que debió ser de los primeros, probablemente inmediatamente después del de constructor de armas, cazador y curtidor de pieles, que serían anteriores por la necesidad primigenia del hombre de la carne y las pieles de los animales para su sustento y abrigo. De lo que no cabe duda es de que antes de las edades del bronce y del hierro, la mayoría de los utensilios del hogar, sobre todo las vasijas donde se cocieran los alimentos, necesariamente habrían de ser de barro por su resistencia al fuego. También se utilizaron grandes vasijas como primitivos ataúdes en los enterramientos. Una antigua canción peruana que cantaba Bety Misiego decía:
Yo quiero que a mí me
entierren
como a mis antepasados,
en el vientre oscuro y fresco
de una vasija de barro.
Aunque este sea uno de los oficios que han dejado de tener utilidad, es posible que esté asegurada su supervivencia al haberse convertido sus piezas en objetos decorativos y elevados a la categoría de arte, más aún desde que Picasso empleó la cerámica como soporte de su inspiración.
Otro de los oficios prácticamente desaparecido es el de hojalatero. Es verdad que todavía se sigue empleando la hojalata en muchos de los envases para conservas, principalmente en los que tienen que soportar, después de su cierre hermético, un proceso de esterilización en autoclave, pero la fabricación de este tipo de envases está tan automatizada que la labor del operario se limita a alimentar de materia prima la cadena de producción, pulsar botones de la maquinaria y recoger el producto terminado al final de la cinta transportadora. Trabajo rutinario que, tras una breve explicación por un oficial, puede realizar cualquiera. El técnico y sus auxiliares han sustituido al artesano.
![]() |
| Detalle de la parte de etnografía del Museo Municipal (Foto Archivo ALJARANDA) |
El hojalatero de taller (estaba también el hojalatero ambulante, del que nos ocuparemos luego), en contra de lo que pudiera parecer a primera vista, debía imprescindiblemente de tener unos profundos conocimientos de geometría y de cálculo. Téngase en cuenta que de hojalata o de zinc eran las medidas de capacidad para líquidos, y, en consecuencia, recibía encargos de recipientes que, además de ser de una determinada forma geométrica (cilíndrica, cónica, rectangular, etc...), su contenido debía de ajustarse exactamente al litro, la arroba o sus fracciones respectivas de medio, cuarto y octavo. Con estos recipientes se medía el aceite en las tiendas, la leche en las lecheras y el vino en las bodegas. Por lo tanto su trabajo había de ser de una precisión milimétrica. Para ello debía valerse y saber manejar herramientas tales como el calibrador o pie de rey, el compás, la regla, la escuadra, etc..., y, al mismo tiempo, realizar complicadas operaciones aritméticas aplicando fórmulas que bien pueden considerarse de matemática superior.
Además de las medidas para líquidos a las que ya hice referencia, en el taller del hojalatero se fabricaban una gran variedad de utensilios para muy distintos fines; como por ejemplo: cántaros para leche o aceite; vertedores para las tiendas de comestibles; baños medianos para fregar la vajilla cuando en las casas no había agua corriente; grandes recipientes para el aseo de toda la familia en las viviendas que carecían de cuarto de baño, que eran la mayoría hasta muy avanzada la segunda mitad de este siglo; bombas manuales para la extracción de líquido de los bidones; artilugios para la fabricación de churros; embudos, candiles, faroles, alcuzas..., en fin; la lista se haría interminable. Toda una cacharrería hojalatera que ha desaparecido; unas por no tener ya aplicación y otras por emplearse para ello nuevos materiales; como el plástico, por citar alguno.
Finalmente voy a ocuparme del hojalatero ambulante; mejor dicho: del latero. Aquel de la caja de madera para las herramientas y el material, que portaba con una correa de cuero colgada a un hombro; el del anafe encendido y alimentado con tablillas y virutas, del que sobresalían los mangos de madera de una par de soldadores de cobre y cuyas cabezas estaban enterradas entre las brasas, anafe provisto de un asa larga de alambre y que llevaba bien aferrada a una mano; el latero que recorría las calles y las plazas de los pueblos pregonando a voz en grito sus servicios: Niña el lateroooo. Compone las latas, el aluminio, la porcelana, el lateroooo.
Allí donde era requerido improvisaba su taller; ya fuera un patio de vecinos, un portal o la misma calle. Sentado en el suelo, abría la caja y avivaba el fuego del anafe. Con mirada experta analizaba concienzudamente el cacharro a reparar; pongamos por caso una olla de porcelana con una picadura en el borde del fondo. Lo primero que hacía era sanear la parte picada, para lo que se valía de una lima basta hasta dejar lustroso y brillante los bordes del agujero; luego, de un tarrito que llevaba adosado a uno de los lados de la caja, sacaba un rudimentario pincelillo impregnado en ácido clorhídrico, previamente rebajado diluyendo en él trocitos de chapa de cinc, y con el cual humedecía la parte saneada. Después cogía uno de los soldadores del anafe, limaba suavemente el filo del cobre por ambos lados y le daba una pasada por la pez rubia contenida en la tapadera invertida de una caja de crema para zapatos. Con el soldador limpio y casi al rojo vivo en una mano y la barrita de estaño en la otra, los acercaba a la parte averiada del cacharro derritiendo sobre ella unos goterones de estaño que iba extendiendo cuidadosamente con el soldador hasta cubrir el agujero; si éste era muy grande recortaba con las tijeras un trocito de hojalata que soldaba en el mismo a modo de remiendo. Esta operación que acabo de contar era la más sencilla, otras eran bastante más complicadas; como echar el fondo completo a la olla, el cazo, la cacerola, o lo que fuera, por su mucho deterioro. El trabajo se cobraba, como es lógico, en función del material y el tiempo empleado, y que se concertaba de antemano tras el consabido regateo, pues este oficio de latero ambulante era propio de gitanos, y ya se sabe con qué gusto y gracia ejercen los hombres de esta raza el chalaneo.
Recuerdo muy especialmente a uno de estos lateros que venía por Tarifa cada cierto tiempo, hace ya mucho, en mi niñez. Era de edad indefinida, menudo, moreno y mal encarado; sus cejas parecían dos cierres de interrogación en las que el punto fueran los ojos; tenía la nariz roída, por algún mal o por algún bicho; el pelo era negro y ensortijado, impregnado de brillantina, y contrastaba con su barba descuidada de días o semanas sin afeitar; no se quitaba de los labios una colilla apagada y ensalivada ni para pregonar; su voz era ronca y grave, y, para que no le faltara de nada, renqueaba al andar. Aquel hombre a mí me daba cierto reparo, sin embargo mi curiosidad era tanta por su oficio que me paraba a verle trabajar, aunque a una prudente distancia. Con el tiempo le fui perdiendo el miedo y llegué a acercarme tanto que él un día me pidió que me retirara un poco para no aspirar los humos del ácido y la pez rubia, que eran -me dijo- muy peligrosos para los pulmones. Lo hizo de una manera amable, dando explicaciones; algo a lo que los niños no estábamos acostumbrados. Tal vez por eso lo recuerdo todavía; y ahora no con temor ni recelo, sino de agrado. ¿Qué habrá sido de él? Lo más probable es que haya muerto; aunque no del todo, pues su muerte no será completa mientras alguien le recuerde, como lo estoy haciendo yo con este relato al que ahora pongo el punto final.
[ Volver al Índice ]