COSTUMBRES POPULARES

ALJARANDA

El Chacarrá en la costa tarifeña

Juan Quero González

Juan Quero Gonzalez, tarifeño de la Entidad Local Menor de Facinas, es un amante de toda la historia que le rodea. Ha realizado un extenso trabajo sobre Facinas y es un gran entendido en el Fandango Tarifeño

    Desde que recibí el primer ejemplar de la Revista de Estudios Tarifeños ALJARANDA, tuve la tentación de coger la pluma y un folio de papel, para con mis escasos conocimientos y mi primaria cultura participar en ella. Pero al momento de empezar a poner en práctica mi osada idea, oí la voz de mi conciencia que prudentemente me gritaba: ¿Qué vas tú a hacer pequeño liliputiense entre la pléyade de gigantes de la pluma, que dan vida a esa estudiosa revista de la Tarifa amurallada?.

    Pero cuando recibí el número cuatro, mi desbordante pedantería ha enmudecido a la voz de la razón, y me he decidido a comentar el espléndido estudio que en ella publica el erudito flamencólogo Aurelio Gurrea Chalé, sobre los orígenes del antiguo fandango campero que con muy escasos matices se practicaba en todos los pequeños núcleos rurales que había diseminado por el amplio término municipal tarifeño.

    No es mi propósito vituperar tan eminente labor, lo que me propongo es avalar muchas de sus afirmaciones y aclarar si puedo algunas de sus dudas.

Vista aérea de Zahara de los Atunes (Foto M. rojas)

    Seguramente que el señor Gurrea tiene sobradas pruebas, para aseverar que nuestro tradicional fandango procede de las zonas rurales y no de las costeras como otros indocumentados han pretendido demostrar. Esto es algo que no discuto y hasta comparto esa idea, pero sin ánimos de polemizar la cuestión difiero del antes dicho señor cuando afirma que nuestro fandango nunca fue cantado y bailado en el ambiente marinero. Porque yo que por una jugarreta del destino nací allá por el año 17, en una finca tarifeña colindante con Zahara de los Atunes, desde muy temprana edad me habitué a ver como todos los años cuando llegaba el Día de la Cruz de Mayo, fecha que coincidía con el bautismo de la almadraba, por las tardes de ese mágico día un buen número de mujeres zareñas salían de sus pequeñas chozas y por los carriles del Moro, el Almarchal y la Zarzuela, se internaban tierra adentro hasta recalar en las cruces de la Dehesilla, Tahivilla, Almarchal y la Canchorrera. Y donde quiera que tres o cuatros de aquellas mujeres marengas llegaban el éxito de la fiesta estaba asegurado hasta el día, porque tenían un amplio repertorio, y hartándolas de comer y beber eran incansables. Entre ellas destacaban Juana la Mayor y la Dolores que eran dos gitanas puras por cuyas venas corría un torrente de sangre calé ardiente como la lava de un volcán, que no habían sido capaz de enfriarla ni los muchos años que tenían ni siquiera los largos periodos de escasez que a veces pasaban durante el invierno cuando el mar se embravecía y no podían echar al agua las rudimentarias jabegas para sacar en ellas, su boliche de cada día.

    Cuando el guitarrista era bueno y el cantaor se metía bien en la guitarra las jóvenes campiñeras se movían con un ritmo tan acelerado que contagiaba a los chavales y se le salían coplas de picarescas letrillas como estas:

    Me gustaría verte bailar
    por lo menudo que pisa.
    Me gustaría ver batallar
    tu cuerpo con la camisa
    y tu pechera con el gabán.

    El ritmo de las morenas serranillas sin dejar de ser bueno, era más reposado y lento, a veces cuando salían a bailar a altas horas de la madrugada se dejaban de caer tanto en las mudanzas que parecían yeguas viejas hartas de trillar en una calurosa tarde de verano. En esta ocasión los chavalillos que las cortejaban le cantaban:

    Zapateate serrana
    zapateate en el suelo
    que si te se rompen los zapatos
    yo te compraré unos nuevos.

    Poco importa como esta alegre y vulgar danza nacida entre la gente sencilla del campo, pudo haber llegado a estos lares. Da lo mismo que bajara de la Sierra o que subiera de la Mar, lo importante es que durante muchos lustros el fandango fue el mejor vínculo social que existió entre la dispersa población rural que se extiende desde el río Guadalmesí, hasta Zahara de los Atunes, ya que este legendario baile acompañado de cante, guitarra, castañuelas, platillos y pandereta es el único medio de diversión de aquella sufrida y olvidada clase obrera que tenía para festejar los pocos días que sus "amos" le dejaban libres.

    En las tardes de aquellos escasos días de asueto, los vecinos de las rancherías más próximas se iban reuniendo en un determinado lugar donde ya existía una choza grande y destartalada y allí pasaban la noche, los mayores tomaban algunas copas de ron o de aguardiente fuerte, jugaban a las cartas, charlaban de sus rudos trabajos y se lamentaban de los míseros sueldos que los señoritos le pagaban a cambio de tanto sudor. Las comadres cuchicheaban en corro de todo lo habido y por haber.

    La juventud de ambos sexos, cantaban, bailaban y timidamente se enamoraban entre sí, al final todos salían contentos y pocas veces peleaban.

    Los buenos cantaores, bailaores y guitarristas proliferaban por doquier, pero como hasta en lo bueno siempre hay algo que es mejor, según dicen los entendidos del Fandango, el mejor tocaor de este género que se paseó por la fértil campiña tarifeña en el primer tercio de nuestro siglo fue Juan Maure (ese Manolón que tan cariñosamente describe en el nº 4 de la revista ALJARANDA el buen literato que para mi gusto es José Araújo Balongo), e igual que su sobrino era también un acérrimo seguidor de aquel antiguo filósofo griego que por sus excentricidades pasó a la historia con el nombre de Diógenes El Cínico. Según dicen algunos de sus biógrafos aquel iba de un lugar a otro con un bidón a cuesta que era donde vivía y Juan Maure cuando llegaba la primavera salía de su escondrijo, se echaba la guitarra al hombro y se dedicaba a recorrer todas las cruces que había instaladas en los diferentes y distantes caseríos que le servían de morada a la numerosa y polifacética clase obrera campesina, que trabajaban en aquellos naturales parajes. Los gañanes labraban la tierra, los ganaderos cuidaban los ganados y los carboneros realizaban los trabajos forestales.

    A cualquier sitio donde aquel curioso personaje llegaba tenía la jamancia asegurada y la fiesta local era inminente.

    Puede ser que por la vecindad de los Algarbes con Betis de este colosal guitarrista aprendieron a tocar los hermanos Curro y Fernando Durán que después de él también tuvieron fama de buenos tocadores.

    Entre las escasas mujeres tocadoras de fandango con guitarra en esta zona destacó Alfonsa Jiménez Díaz más conocida por la Zapatera del Realillo (su marido tenía una zapatería en aquel agreste lugar). Era madre de diez hijos 5 hembras y otros tantos varones todos eran habilidosos fandangeros y donde quiera que iban estaba la fiesta formada.

    Recuerdo con nostalgia que en la última mitad de los años 20 y la primera de los 30, si el tiempo era bonancible cuando la luna de enero llenaba, fecha en la que según la creencia popular las lapas, los mejillones, y los erizos estaban en su punto álgido, desde las primeras horas de la mañana se reunían para mariscar en las rocas que forman los modestos Cabo Plata y Cabo Enmedio.

El Chacarrá también se bailaba en la zona de la costa (Foto Archivo ALJARANDA)

    Numeroso personal procedente de las diez o doce cortijadas que en aquellos años ocupaban la parte noroeste de nuestro término municipal se pasaban toda la mañana mariscando, y cuando la marea empezaba a subir y las olas comenzaban a cubrir al resbaladizo roquedal, los improvisados mariscadores se iban retirando de la playa para irse concentrando en el Cortijo del Agua Enmedio que está situado entre las dos altas torres que sirven de guía a los navegantes que se disponen a surcar las aguas del estrecho (cortijo que en aquellas fechas estaba ocupado por dos familias). Cuando llegaban a él ya hacía rato que estaba allí Alfonsa la Zapatera con su numerosa prole, la guitarra y un par de arrobas de vino chiclanero que los más estirados de aquella avalancha de labriegos aficionados al marisco sorbo a sorbo entre marisco y marisco al compas del alegre chacarreo de la guitarra de la hábil Zapatera iban mermando, mientras el vino mermaba la euforia crecía y la tarde se esfumaba. Más de una vez ocurrió que embargados por aquella sana alegría, cuando venían a percatarse, la oscuridad de la noche ya se había extendido por toda la singular vaguada donde las escasas tierras de labor estaban rodeadas por un exuberante y bravío matorral. El monte y el mar se ennegrecían y confusamente se observaba la franja de arena blanca que a la vegetación y al agua separaban. Ante tan imprevisto suceso no cabía más solución que resignarse y prolongar la juerga hasta el nuevo amanecer para marcharse cada mochuelo a su olivo.

    Después de tantas horas de alegre convivencia en aquel terreno de nadie entre aquella amalgama de personas de diferentes lugares y hasta de distintas etnias, porque las jabegotas gitanas de Zahara y Bolonia pocas veces faltaban a estas citas ya que eran las primeras protagonistas de aquellas mariscadas, los mariscos que un desconocedor de la costa puede coger en el tiempo que dura la bajamar, caben en la cuenca de ambas manos. Las despedidas siempre resultaban emotivas. En aquellos remotos tiempos no había nada que uniera tanto a la iletrada gente del campo, como aquellas reuniones populares festejadas con fandango.

    Lástima que en el año 36 se desatara aquella brutal guerra entre hermanos que dió al traste con estas sencillas y rurales danzas que a los campesinos unía.

    Durante la contienda estas fiestas dejaron de practicarse porque los ánimos no estaban para fiestas, la mayoría de las familias tenían un hijo o dos en el frente y así no había manera. Para cantar hay que tener ganas y para bailar salero, para tocar la guitarra, hay que saber menear los dedos.

    Cuando la fatídica guerra terminó, todo el litoral tarifeño se llenó de prisioneros y soldados, cuando el personal civil trató de sacar de aquella forzuda hibernación a su aletargado folclore, los arrogantes militares lo ridiculizaron, le cambiaron el nombre y después lo mataron. Pero esta es otra historia que si tengo tiempo contaré otro día.

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