CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

El huerto de Luz la de la cal

José Araújo Balongo

    Se veía venir. Desde hace ya algún tiempo estaba cercado por las edificaciones y era un anacronismo en el conjunto del paisaje urbano. Seguramente el cerco se fue cerrando más con los tentadores ofrecimientos millonarios de las inmobiliarias; hasta que hace bien poco, una mañana, entraron a saco las máquinas excavadoras en el huerto arramblando con todo, destrozando su cercado de cañas, revolviendo la tierra cultivada y abonada de estiércol, arrancando la higuera centenaria, los perfumados naranjos, la parra retorcida y trepadora que daba sombra en verano al patio de la casa; y a ésta, a la casa, le clavaron las uñas en el techo de tejas de dos aguas y golpearon sus muros encalados convirtiendo en escombro en poco tiempo lo que fuera un hogar de muchos años, donde se sucedieron generaciones de una misma familia que cada cual dejó su impronta en ella. Los frágiles arriates de ladrillos sucumbieron también, y con ellos las plantas: rosales, azucenas, clávellinas, geranios, colios, pescaderas, y el jazmín oloroso que, emergiendo del suelo, circundaba los marcos de dos minúsculas ventanas que parecían los ojos de la modesta casa.

    El huerto estaba situado (estaba, ya es pasado) entre las calles San Isidro y Covadonga en el sentido norte-sur, y entre Bailén y Numancia al este-Oeste. Allí permaneció durante muchos años el retazo de tierra, mientras que la ciudad, lenta, pero inflexible, le fue ganando la batalla al campo. Y por allí, por sus alrededores, transcurrieron los días y los juegos de mi infancia. Los partidos de fútbol a 20 goles sobre el suelo terrizo del callejón de Feria; el juego de la olla o del nicle con el trompo de puya acerada y el chambel de liña; el crivi o el mochi y cuarta con los bombos de barro cocido y las bonitas o las bolas de acero de cojinetes viejos. Jugábamos también a pingo mango, a carabi, a melajastro, a tú la llevas y a las cuatro esquinas, a las guerrillas, en las que nos descalabrábamos a cañazos y pedradas; era lugar de cacería de pipititas con la red de una banda y tiro de tomiza; algarabía de carreras en pelo de maricón el último desde el huerto a la Chanca.

La nueva construcción que absorvió al pequeño huerto. (Foto M. Rojas)

    El huerto de Luz la de la cal ya es historia pasada y sin remedio. Al fin y al cabo, demasiado tiempo aguantó; no podía ser rentable su forma primitiva de cultivo, con el abono orgánico, la zoleta, el escardillo, el riego y la recolección a mano. Era una agricultura superada por las nuevas técnicas hoy se cultiva bajo plástico y sin apenas tierra; se riega por ordenador, los abonos son químicos, y al año se recogen tres cosechas. No, no era rentable el huerto. Era lo que se dice una parcela desaprovechada. Aquello eran millones en potencia para las constructoras. Pronto serán viviendas, garages, locales comerciales, almacenes... El hormigón armado y los ladrillos crecerán hacia arriba sobre el solar que tanta vida tuvo. La vida vegetal de frutos y verduras, de árboles y cañas, de plantas y de flores... Y la vida animal sucumbirá también. La lombriz y la hórmiga, la cochinilla, el escarabajo, quedarán sepultados sin salvación posible bajo los cimientos de lo que se construya. ¿A dóndé se habrán ido, si pudieron, los lagartos y las salamanquesas, sobre qué árbol anidarán los gorriones y en qué alero de techo o resquicio de viga lo harán las golondrinas si ya no quedan techos de vigas ni de aleros, dónde picotearán las pipititas o pasarán la noche, recuperando fuerzas, las aves migratorias...? Preguntas sin respuestas, preguntas sin sentido, lo sé, pero ahí quedan. En la lucha del Hombre contra la Naturaleza, ésta, a la corta, siempre sale vencida, pero tiempo al tiempo; todavía no se ha dicho la última palabra. Pensemos en tantas antiguas civilizaciones de las que sólo quedan vestigios en ruinas para ser estudiados por los arqueólogos.

    Tal vez me he puesto demasiado trascendente por lo que no es más que la simple desaparición de un huertecillo; sé que estoy defendiendo algo indefendible, y acaso nada más que porque formaba parte del paisaje de mi niñez; que es el progreso, y que para construir, inevitablemente, primero se tiene que destruir; que las ciudades, para desarrollarse, tienen que crecer; que el desarrollo supone creación de riqueza, rentabilidad, puestos de trabajo; que todo eso de la higuera y la parra, las hormigas, los pájaros, la salamanquesa y demás zarandajas quedan muy bien para unos juegos florales, que hay que tener los pies en la tierra y ser pragmático... Todo eso lo sé y hasta puedo comprenderlo. En una posible polémica sobre el tema me declaro vencido de antemano porque carezco de argumentos sólidos para convencer a nadie.

    Quiero dejar bien claro que este tema del huerto lo utilizo como un símbolo, como una metáfora, no es más que un pretexto para reflexionar sobre ciertos valores que, desgraciadamente, se están perdiendo o están definitivamente perdidos en nuestra sociedad mercantilizada en la que todo tiene un precio y basada en la rentabilidad a corto plazo. Sentada esta premisa, viene la reflexión.

    He empleado más arriba una palabra que me resulta tan antipática como su significado. Dije que hay que ser pragmático, pero no como convencimiento sino como reconocimiento de una evidencia. Pragmatismo. Esta es la doctrina de moda, la ideología a asumir (más bien habría que decir la negación de las ideologías), el becerro de oro a adorar. Ya todo vale. El fin justifica los medios. Los débiles, los torpes, los incapacitados, los subnormales, no pueden tener cabida en una sociedad donde prima la eficacia, la productividad, el beneficio: no son rentables. Corren buenos tiempos para los listos, los osados, los audaces; y si tienen pocos escrúpulos, mejor. Es la supremacía del cerebro sobre el corazón, de la fuerza sobre los sentimientos. Vale quien sirve y mientras sirve, y además hay que demostrarlo en una reválida constante. En los estudios se han de superar pruebas de selectividad, oposiciones, todo un sin fin de obstáculos en los que van quedando en la cuneta los menos dotados. En los trabajos y dada la abundancia de mano de obra disponible ocurre igual: si eres muy joven no sirves porque se exige experiencia, y si has cumplido los 45 años estás perdido; has entrado en la edad de la decadencia y no hay ofertas para mayores de 35.

    Ante esta perspectiva y por mucho que queramos justificarla y dulcificarla, le estaremos dando la razón a Nietzsche, el teórico, y a Hitler, el práctico, sobre la selección de las especies en su referencia al Hombre. Las palabras democracia, solidaridad, derechos humanos, quedarán en eso: en palabras; habrán perdido su esencia.

    Ahora, cuando ya se han muerto todas las utopías, conviene recordar algunas de las muchas pintadas de Nanterre y La Sorbona en aquel Mayo de 1968, en Francia (quizás la última de las utopías), que lanzaban consignas tan bellas como estas: Seamos prácticos, pidamos lo imposible, La imaginación al poder; y aquella otra que viene a pelo con la primera parte de este artículo: Debajo de los adoquines está la playa. Parafraseándola, yo puedo decir hoy: Debajo de esos edificios está el huerto de Luz la de la cal. Y puesto que va de frases y a tenor con los pragmáticos tiempos que corren, quiero terminar con una muy corrosiva de Marx (que nadie se escandalice; no me refiero a Karl, sino a Groucho): Partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria.

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