| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
Tres días estuvo sin atreverse a entrar en la casa, tres días temiendo enfrentarse con la nueva e inevitable realidad; pero como tarde o temprano tendría que hacerlo, al fin se decidió. Atravesó el patio, inundado de sol en aquella hora de la tarde, esquivando la ropa tendida en los cordeles y las caballas escaladas puestas a secar, sobre las que revoloteaban gordas moscardas verdes. Se detuvo delante de la puerta y dudó unos segundos con la llave en su mano temblorosa, una llave de hierro, negra y grande, forjada en herrería. Respiró hondo mientras la introducía por el ojo de la cerradura y la hacía girar hacia la izquierda, arrancando del mecanismo un chirrido agudo y desagradable. Al empujar la puerta, lo primero que percibió a través del olfato fue una penetrante mezcla de olores a zotal, lejía y cal fresca que dolía en los pulmones y escocía en los ojos. Entró, cerró la puerta y abrió el postigo; la escasa luz que penetraba por él deshizo en parte las tinieblas de la habitación. Recorrió con la mirada la desolada estancia: ni un cuadro en las paredes; ni el espejo ovalado sobre la desaparecida cómoda; ni la mecedora que acogiera su cuerpo dolorido; ni la cama de su imposible descanso, de su lenta agonía. Del mobiliario, sólo quedaba en el centro del cuarto el ropero vacío con las puertas abiertas de par en par. Junto con los muebles desapareció también todo lo que perteneciera a ella: sus ropas, el cubierto con el que comía, platos, vasos, las medicinas que no le sirvieron, el abanico de sus sofocos, la manta de sus escalofríos... Con todo (muebles, ropas, objetos), hicieron en descampado la candelada que aconsejó el médico que la asistía; sólo faltaron sus restos mortales para que la llamarada del provocado incendio tomara nombre de purificadora pira funeraria.
Esta era la realidad con la que estuvo temiendo enfrentarse durante tres días: su desaparición física y la de todo aquello que pudiera recordarla. Aquella casa ya no era su casa; seguía siendo una casa, pero había dejado de ser un hogar; sin su presencia perdía el espíritu que la animaba, el aglutinante que unía a los que formaban su familia y se cobijaban bajo su techo.
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| Un patio de vecinos tarifeño (Foto M. Rojas) |
Se sentía aturdido, vacío, desconcertado. Buscó dónde sentarse; al no hallarlo lo hizo en el suelo, sobre los rasposos ladrillos colorados, justo en el lugar que antes ocupara la mecedora. Alzó las rodillas y apoyó sobre ellas la cabeza tratando de serenarse. Quería estar solo y quería pensar; más que pensar, recordar; recordarla. Pero también quería borrar de la memoria los últimos tres años de su vida, los años de la enfermedad en que el bacilo de Koch, lenta, pero inexorablemente, la fue consumiendo hasta reducirla a la piel y los huesos y que la llevó a la tumba a la edad de Cristo. Y rememoró una tarde azul, de levantera, día de la Virgen del Carmen, cogidos de la mano, ella vestida con un traje celeste salpicado de florecillas blancas, alta, rubia, delgada, joven, todavía saludable, con su pelo de oro viejo, tirante, brilloso, recogido en la nuca, asistiendo por el muelle pesquero a la procesión marinera de barcos engalanados con banderas y gallardetes que hacían sonar insistentemente sus roncas sirenas... Y recordó su modo de mirar, con aquellos ojos color de miel; y el contacto de la mejilla fresca sobre su frente ardiente los días de calentura; y la caricia de su mano larga sobre su pelo oscuro... Recuerdos, recuerdos agradables de un pasado que en adelante sólo podría tener vida en la memoria; vivencias irrepetibles en el futuro porque desde hacía tres días ella había dejado de tener futuro. De ahora en adelante, al nombrarla, al recordarla, tendría que hacerlo en tiempo pasado: era, tenía, estaba, sonreía... Le iba a costar acostumbrarse, aceptar la evidencia de su desaparición para siempre, para siempre, para siempre... Empezó a tener conciencia de la verdadera dimensión de su vacío, de su soledad. Era una situación nueva y dolorosa, no por presentida menos desesperante, pero ante la que no quería dejarse vencer; por eso había recurrido a la memoria reviviendo momentos felices vividos juntos; no eran muchos, porque ni el tiempo fue largo ni las ocasiones propicias, pero ese pequeño caudal tenía que defenderlo y administrarlo, como un tesoro, para con él combatir el abatimiento presente y los futuros.
Había perdido la noción del tiempo que llevaba sentado en la misma postura sobre el suelo de ladrillos de la habitación; sentía las piernas entumecidas y le dolía la espalda. Se levantó con dificultad; con las manos apoyadas en los riñones flexionó su cuerpo de adelante a atrás y anduvo unos pasos en derredor del ropero. Encaró la puerta y, antes de salir, hizo un nuevo recorrido con la mirada sobre la desolación del cuarto. Atravesó en sentido inverso el patio, ahora en sombras, del que había desaparecido la ropa de los cordeles y las caballas que asediaron gordas moscardas verdes. Ya en la calle, dudó hacia dónde ir; seguía queriendo estar solo. Atravesando regajos pestilentes y bordeando huertos mínimos encaminó sus pasos hasta la playa; cerca de la orilla desató las cintas de sus alpargatas negras y se descalzó. Anduvo despacio y entró en el agua. Estaba anocheciendo; no había nadie más que él en la inmensa playa; se cumplía así su deseo de soledad. El silencio era casi absoluto, sólo alterado por el suave rumor de las pequeñas olas que, luego de romper, discurrían mansamente hasta lamerle las pantorrillas con su breve espumerio.
Llevaba horas y horas sin hablar con nadie, sin decir ni una palabra, sin que su voz emitiera ni un sonido, pues ni gemido había. De pronto, sintió la necesidad de acabar con aquel mutismo; quiso oirse, rasgar el silencio con contundencia. Pudo haberlo hecho con una canción, o con una plegaria, pero su ánimo no estaba ni para coplas ni para rezos. Entonces, inspiró protundamente todo el aire que cupo en sus pulmones, y alzando los brazos hasta formar dos ángulos rectos con la verticalidad de su cuerpo, levantó la cabeza hacia el cielo, y de lo más profundo de su ser emitió un grito largo, desgarrado y terrible, inhumano, que se extendió por el silencio de la noche; un grito indefinible, que tenía algo de aullido de lobo, de risa de hiena, de desesperación de plañidera; un grito primitivo, ancestral y milenario que venía del fondo de la noche de los tiempos, de cuando los hombres aún no habían inventado los idiomas y se expresaban por medio de gestos y sonidos guturales; un grito en el que se resumía y concretaba todo el dolor que es capaz de resistir la naturaleza humana... Un grito con el que aquel niño de trece años se despedía para siempre de la niñez y asumía su recien estrenada orfandad.
Muchos años después, ya hombre maduro, sentado sobre la arena de la misma playa, leyendo una antología traducida de poetas ingleses, se detuvo con atención en un poema de Woordsworth que decía así:
Aunque ya nada pueda devolver la hora
del esplendor en la yerba, de la gloria en las flores
no os apenéis, porque siempre
perdurará la belleza en el recuerdo.
Meditando, releyó varias veces el poema; finalmente, cerró el libro y se tumbó de espaldas sobre la arena; cegado por la luminosidad del cielo, entornó los ojos. Y nuevamente, como tantas veces a lo largo de los años, volvió a evocar una lejana tarde azul, de levantera, día de la Virgen del Carmen, cogidos de la mano, ella vestida con un traje celeste salpicado de florecillas blancas, alta, rubia, delgada, joven...
NOTA DEL AUTOR.- Los hechos aquí narrados
ocurrieron en Tarifa el día 30 de Julio de 1950 entre las dos de la tarde y las diez de
la noche, sobre poco más o menos. El patio de vecinos de la casa, muy modificado, existe
aún en el número 28 de la calle San José, aunque entonces su número era el 18. La
playa es la de Los Lances.
Dedico este relato a la memoria de todas las víctimas de la
tuberculosis, enfermedad endémica en Tarifa por aquellos años y mortal de necesidad, en
la inmensa mayoría de los casos, debido a las penurias de la época.
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