| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
Los que no sean de Tarifa y de la época a que voy a referirme (años cuarenta y primeros cincuenta), pueden pensar que las funciones de cine llamadas de matiné que aquí se celebraban por entonces tendrían lugar por la mañana, interpretando adecuadamente la etimología del galicismo denominativo de la palabra matiné, que significa matinal como muchos sabrán a pocas nociones que tengan del idioma francés. Pero no; aquí el matiné era por la tarde, concretamente a las tres y en domingos y días festivos; siempre, naturalmente, en los años a que hago referencia al principio y que son de los que quiero ocuparme.
Para la mayoría de los chiquillos de aquel tiempo el cine era algo mágico y deslumbrante, algo que veíamos y vivíamos con una intensidad participativa que nos hacía dar saltos en las butacas, aplaudiendo o reprobando con grandes gritos las peripecias en que se vieran envueltos los personajes de las películas, sobre todo cuando las hazañas o los peligros giraban en torno al "muchachíto" o la "muchachita", que así denominábamos a los intérpretes principales, a los que, por supuesto, correspondían siempre los papeles de "buenos", y que, como es lógico, eran los más guapos, más fuertes, más valientes, más honrados y más todo lo que queramos añadirle en cuento a virtudes, y en contraposición al "tío malo" y la "tía mala", que no podían faltar nunca en ninguna de aquellas películas, y que eran los más feos, los más perversos, los más despreciables y los más todo tocante a defectos.
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| El Cine Municipal Alameda en la actualidad. (Foto M. Rojas) |
Los días de matiné, casi dos horas antes de que fuera a empezar la función, comenzaba a formarse la cola para poder conseguir entrada o una buena localidad, pues las sesiones eran numeradas y los llenos absolutos casi siempre. Un guirigay de voces infantiles, de gritos, de empujones, apenas si podía ser contenido por la presencia del guardia municipal que trataba de poner un mínimo de orden en aquella desmandada cola, formada por la chiquillería y los soldados, los cuales, si querían ver cine, sólo tenían la opción del matiné, ya que a las ocho, hora de comienzo de la primera sesión de noche, tenían que estar de vuelta en sus cuarteles o baterías de costa. Sobre las dos de la tarde se abría la taquilla y, a medida que nos acercábamos a ella, se calmaba algo nuestra impaciencia al aumentar la posibilidad de conseguir la tan preciada entrada. Alrededor de las dos y media llegaba el portero, siendo recibido con grandes aplausos y gritos de bienvenida, y que él, consciente de su importancia, agradecía con una media sonrisa de suficiencia y satisfacción. A continuación abría la puerta del local y otra vez se repetían los empujones y la algarabía porque todos queríamos entrar al mismo tiempo, como si la posesión de la entrada no fuera garantía suficiente de acceso al cine. Luego, una vez dentro y ya más calmados, nos acomodábamos como podíamos en aquellas butacas de madera de asiento abatible del Cine Alameda. Dentro de la abarrotada sala se percibía un ambiente mezclado y fuerte de sabores y olores a pipas, a alcatufas, a avellanas, a purubrea, a zotal, a sudores de sobacos y pies, a rancho cuartelero... y al que el olfato se acostumbraba pasado un tiempo de sumergido en él. Mientras, por los altavoces interiores, un bolero de Machín al que nadie prestaba atención trataba sin conseguirlo de amenizar la espera; hasta que, dadas las tres, se interrumpía bruscamente la canción, las mortecinas luces amarillentas cambiaban a otras rojizas más mortecinas aún, para segundos después apagarse del todo coincidiendo con el rayo de luz que procedente de la cabina de proyección iluminaba la pantalla: al fin había llegado el tan esperado momento del comienzo de la función. Nuestras miradas expectantes no perdían detalle; la voz y las manos a punto y el ánimo dispuesto para entrar en acción cuando las circunstancias lo requirieran. En las películas del Oeste, que eran la mayoría y nuestras preferidas, la excitación llegaba al límite cuando el "muchachito", encarnado por Tom Tyler, Tom Mix, Gary Cooper o John Wayne, galopando sobre briosa cabalgadura, cruzaba llanuras inmensas y peligrosos desfiladeros y quebradas para rescatar a la "muchachita" que tenían secuestrada unos perversos forajidos; o cuando una caravana de colonos era atacada por los pintarraqueados y feroces guerreros indios de las tribus sioux, apache, comanche o cheyenne, al mando de los legendarios caciques Toro Sentado, Jerónimo, Aguila Negra o Nube Roja; o bien en las ocasiones en que el valiente "sheriff" irrumpía de pronto en el "saloon" para enfrentarse solo y a pecho descubierto a la banda de cuatreros que tenía atemorizada a los rancheros de la comarca. Nuestro entusiasmo se desbordaba según íbamos viendo caer a forajidos, indios o cuatreros al impacto de las balas disparadas por el bueno o los buenos de turno con sus revólveres "Colt 45" o sus rifles "Winchester 73". De este modo, a manera de apoteósica traca, solían terminar aquellas ingenuas películas de los matinés de nuestra infancia en las que el bien siempre triunfaba sobre el mal y el final feliz era norma generalizada.
Salíamos del cine con las manos doloridas de tanto aplaudir y las voces roncas de tanto gritar, comentando todavía excitados los lances más sobresalientes de cuanto hubiera ocurrido en la pantalla y mirando los carteles de la película que para el próximo domingo o festivo ya se anunciada en el vestíbulo, del que habían desaparecido mientras se celebra la función los de la que acabábamos de ver. Desde ese momento comenzaba a trabajar la imaginación de la mayoría de nosotros sobre el modo de conseguir la peseta que costaba la entrada y asegurarnos la asistencia al siguiente matiné. Porque hay que decir que en aquel tiempo no era fácil para un niño reunir una peseta. Los parientes, con los que nos mostrábamos interesadamente efusivos y cariñosos, solían darnos alguna perra gorda, y eso el que la daba; si alguno soltaba un real podía considerarse un éxito extraordinario por lo inesperado. Pero había otros medios de conseguir dinero; por ejemplo, vender tebeos viejos, cosa que hacíamos muchas veces a la misma puerta del cine; o recoger trapos y papeles y llevarlos a las traperías, donde nos lo pagaban a gorda el kilo; o bien comerciando con los "bombos" ganados jugando al "crivi" si tenías buen tino con los "mochis". Siempre se encontraba alguna fórmula según el ingenio o las cualidades de cada uno. En último caso quedaba el recurso de colarse, para lo que empleábamos infinidad de métodos que sería prolijo enumerar. Esto, como ya he dicho, nos sucedía a la mayoría, pero no a todos; algunos no tenían necesidad de recurrir a artimañas para ir al matiné; sus padres o familiares les daban sobradamente para el cine y las chucherías. Los había que hasta veían la película saboreando chocolatinas de Gibraltar; pero eran los menos.
Se me ocurrió escribir sobre este tema cuando mi ahijado Manolito Ojeda Gómez me contaba hace poco, lleno de excitación, las hazañas de un tal Schwarzenegger (¡vaya nombrecito!) en la película "Terminator II", que había visto en la función de tarde del mismo (aunque remozado) Cine Alameda de los inolvidables matinés de mi infancia.
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