MÚSICA TRADICIONAL

ALJARANDA

El Chacarrá (y III)

Aurelio Gurrea Chalé

LOS JUEGOS

    Dentro de la "fiesta" de chacarrá, había una serie de actividades que entraban dentro de "los juegos" y que consistían en competiciones, juegos jocosos, narraciones cortas, representaciones, acertijos, "jeciuras", etc.

   Las carreras de cintas a caballo.- Era lo que más afluencia de participaciones tenía. Consistía en colgar unas cintas que previamente habían sido bordadas por las "mocitas" y pretendidas del lugar, lo que incentivaba la participación de los jóvenes caballistas que querían coger las cintas bordadas por su novia o por la moza que a ellos les gustaba. Después, estas cintas eran lucidas por los caballistas en la solapa de la chaqueta o bien se las regalaban a sus pretendidas. A veces las cintas tenían de premio alguna botella de vino o de aguardiente.

   El palo de gallo.- Para comenzar este juego, se iban todos a la era; una vez allí, enterraban un gallo hasta el cuello y alrededor del mismo se ponían los participantes con los ojos vendados y un palo cada uno. Después, alguien les daba tres vueltas para que perdieran la orientación y los soltaba a su "suerte" para que comenzaran a soltar "mamporrazos" a diestro y siniestro hasta alcanzar el gallo, que una vez muerto, era preparado "in situ" y degustado por los "fiesteros".

La campiña tarifeña, en donde tenían lugar las fiestas de chacarrá (Foto M. Rojas)

    Esta costumbre se perdió por su crueldad con el animal, siendo sustituida por una especie de cucaña donde se colocaban las vasijas de barro colgada en una cuerda con "sorpresas" en su interior para los participantes.

    Dentro de la "fiesta de verdiales", había un juego semejante pero con la variante de que en vez de enterrar al gallo, se colgaba. Afortunadamente, el gallo fué sustituido por botellas y vasijas de barro. Estos juegos de habilidad en forma de competición, eran realizados por los hombres al comienzo de la "fiesta", antes de que empezara el fandango. Aunque también habían otros, en los que en ocasiones, también participaba la mujer, aunque fuese de forma indirecta o circunstancial. Eran los que podríamos llamar "juegos de salón", consistentes en representaciones, "jeciuras", parodias, etc.

    Para el comienzo de estos juegos, había una costumbre que consistía en que cuando el baile estaba en lo más animado, salía un hombre con una "garrota" dando voces:

¡Juego, juego,
el que no se quite
le pego!.

    Era la señal para que todo el mundo dejara de bailar y empezaran los juegos.

    A veces salia otro con más "cara" y decía:

                            ¡Fuego, fuego, señores!
                            El sol sale por Antequera,
                            se pone por vendaval,
                            me habéis visto por delante
                            y ahora me vais a ver por detrás.

    Y salía corriendo con los pantalones echados abajo, con el consiguiente regocijo de los hombres y la vergüenza de las mujeres que enrojecían sus mejillas.

    Los juegos jocosos.- Estos juegos consistian en bromas o parodias normalmente representadas por los hombres.

Aspecto de la sierra tarifeña, en donde se cantaba la "guajira".
(Foto M. Rojas)

    Ejemplo de uno de ellos: Salían dos personas. Uno simulando tener un burro amarrado de un soga "tratando" su venta. Y otra, como interlocutor y posible comprador que no para de discutir con el primero. Cuando pasaba alguien cerca, sobre todo si era mujer, el vendedor le pedía que le sujetara el burro porque iba a enseñar "algo" al futuro comprador. Desaparecía, y allí se quedaba la pobre mujer un buen rato con la soga en la mano hasta que tiraba y se daba cuenta de que el otro extremo, lo que había era una escupidera amarrada o cualquier otro objeto que provocaba la risa de la concurrencia.

    Otra de las bromas que se solían dar, era la de pintar los burros o los caballos con cal.

    Se cuenta, que un pobre recovero, que iba de cortijo en cortijo, y de casa en casa, recogiendo huevos, los cuales cambiaba por otras cosas necesarias (azúcar, sal, café, etc), se le ocurrió parar en una de las fiestas y tomar una copita por invitación de los asistentes.

    No tuvieron otra cosa que hacer los mozos que pintarle la burra de cal al recovero.

    El pobre hombre se pasó toda la noche buscando al animal, ya que al haber cambiado de color, no daba con ella a pesar de tenerla delante de los ojos.

    Las "jeciuras".- La palabra "jeciura", es un deformación de "decires" a través de otra (inexistente) que es "deciduras"

    Estas "jeciuras", eran poemillas cortos, principalmente décimas que se solían recitar en el descanso del fandango.

    Era muy corriente la interpretación de estas décimas entre baile y baile del fandango, y así lo recoge el barón Charles Davillier en 1862 en su VIAJE POR ESPAÑA: Existen las décimas simples o "sin glosar" y las décimas "glosadas". Unas y otras constan de estrofas de díez versos. Las primeras van acompañadas de glosas o cuartetos: cada verso de estos se repite sucesivamente al fin de las cuatro décimas que la sigue.

    El motivo de sus letras era diverso: desde la socarronería y picaresca, hasta la galantería hacia las mujeres. Se daba rienda suelta al ingenio de una raza que sabe hallar la ironía sin aspereza, el sarcasmo sin vejación, el consejo moralizante, la picaresca con respeto y la agudeza a través de la "cultura de la sangre", como diría Lorca.

    Eran ocurrencias interminables de las que disfrutaban los asistentes y en donde salía a relucir la chispa repentina pero esperada, que cargada de sentido y de humor, hacía reir y divertirse a la concurrencia.

    Además de estas "jeciuras", también se decían "acertijos", "chascarrillos" (que no eran más que narraciones cortas en forma de cuento) de los que la literatura del Siglo de Oro se ocupo tanto, principalmente Tirso de Molina, Calderón y Cervantes.

    La Guajira.- Al ver la palabra "guajira", el lector creerá que nos hemos equivocado de tema y que saltamos del "fandango tarifeño" a los "cantes de ida y vuelta" dentro ya del flamenco. Pero nada más lejos de la realidad.

    Hace unos años, estábamos tomando datos, grabaciones y material para investigación, cuando la persona con quien estábamos hablando, nos dijo que su marido (por cierto un buen guitarrista de chacarrá) solamente sabía tocar el fandango y la guajira. Nos "rompió los esquemas" y quedamos perplejos al escucharla, por que no relacionabamos un toque con el otro (fandango y guajira), pero indudablemente esta persona decía la verdad y nos dió nombres de personas que cantaban la guajira en lo más recóndito de la sierra tarifeña, como era el caso de Ramón Ibáñez Ruiz.

    Pero lo que nos sacó de dudas con respecto a estas interpretaciones de la guajira en el chacarrá, fué el libro Viaje por España del Barón Charles Davillier, escrito en 1862, cuya edición de 1984 al relatar en su capitulo XX las danzas españolas, concretamente en la página 494, dice lo siguiente: Otra música muy conocida en Andalucía también es el Punto de La Habana, cuyo nombre indica su origen, y que se emplea para acompañar las décimas que se cantan entre baile y baile en las fiestas.

    El profesor García Matos, nos dice: En el cuaderno en el que el compositor ruso Mihail lvanovich Glinka anotara las canciones folklóricas que en España oyó durante la estancia viajera de dos años que aquí hizo (junio de 1845 a junio del 47), figura una recogida en Madrid el 8 de junio de 1846 bajo el rótulo de Punto de La Habana.

    El Punto de La Habana o Punto Cubano, es lo que conocemos por guajira, incorporada al flamenco a final del siglo XIX, según dicen por influencia de la guerra de Cuba y el trasiego del ir y venir de muchos españoles, entre los que se encontraba Rafael Benítez de la "Jumá", zona rural de Tarifa donde se interpretaba mucho la guajira entre fandango y fandango.

El fandango tarifeño, bailado en la caseta de feria. (Foto M. Rojas)

    No hay quien no haya oido decir que la guajira fue importada de Cuba a España por soldados, marinos y emigrantes. Pero sin embargo el insigne compositor andaluz Joaquín Turina en un artículo publicado en el periódico El Debate, el 14 de julio de 1928, dice, refiriéndose al compositor cubano Ernesto Lecuona, como gran conocedor del folklore de su pais (desde el danzón instrumental hasta las canciones criollas) textualmente lo que sigue:
[...]Ernesto Lecuona asegura que el llamado Punto Cubano es de origen español y procede de la guajira andaluza, llevada por los primeros colonizadores, opinión que, según él, comparten todos sus compatriotas.
[...] los andaluces creemos que la guajira, a pesar de haber tomado carta de naturaleza entre nosotros, procede de Cuba, opinión tanto más verosímil cuanto que la palabra "guajiros" no es española. Pero ahora nos dicen los músicos de Cuba que su Punto Cubano procede de la guajira andaluza. ¿Quién tendrá razón?.

    Joaquín Turina deja la pregunta en el aire y nosotros la dejamos también, ya que lo que pretendemos es dejar constancia de la interpretación de la guajira entre baile y baile en las fiestas de chacarrá en la campiña tarifeña.

La "Jeringoza".- La palabra "jeringoza" es una ligera deformación de "jerigonza" definida por DRAE como Jerga, lenguaje especial y familiar que usan entre si los individuos de ciertas profesiones y oficios. Lenguaje complicado y de mal gusto. Acción ridícula y extraña.

    Aunque también era el nombre de una antigua danza burlesca en la que se contaban coplas socarronas con doble sentido. Una forma de "cogerle la mano" a la moza que gustaba en una rueda que se hacía por todos los jóvenes al son de un ritmo bailable donde se empleaban letras alusivas a la mujer pero de forma velada, oscura y con rodeos, confundiendo a quienes no conocían la "jerga" o no estaban atento a las coplas.

    Esta "jeringoza" que se cantaba y bailaba en las fiestas de chacarrá en Tarifa es similar a la que se hacía en los Montes de Málaga en las fiestas de verdiales, consistente en un baile en el que participantes se daban la mano y cantaban coplillas socarronas. En los montes malagueños se llama "churripampa o maragata" y creo que se encuentra en peligro de extinción, aunque pervive en el recuerdo de algunos "fiesteros" y de ellos hemos recogido grabación gracias a un programa de Radio Cadena Española en el que estuvimos haciendo tertulia con "fiesteros" de Málaga y en donde casualmente hubo una señora que cantó la "churripampa" y allí estaba nuestra grabadora.

La fiesta de Navidad.- En Navidad ("por pascuas"), tenían un gran protagonismo los fiesteros de chacarrá que iban de casa en casa cantando y pidiendo el aguinaldo:

Los "aguilandos" pedimos
aunque sea con pan casero.
Nosotros somos gañanes
gazpacho es lo que comemos.

    Cuando no salían a recibirlos, el orgullo se dejaba notar en las coplas renunciando a las posibles viandas y dando la sensación de estar satisfechos, pero siempre con simpatía:

De "tó" los que aquí
venimos ninguno tenemos "jambre"
como no me habras la puerta
te la amarro con alambre.

    Haciendo alarde de imaginación e intuición, las coplas plasmaban también el celo de la esposa diciéndole al marido que no saliera a recibir a "los fiesteros", para no perderlo en el torbellino de la fiesta:

Ella le estaba diciendo:
no te vayas a levantar
que esta gente está borracha
y te van a marear.

    Al fin, veían vislumbrar la luz del candil centelleante a través de las rendijas de la puerta y cantaban contentos:

Gracias a Dios que yo veo
luz por un agujero
que la ha encendido (1)
con mucha gracia y salero.

(1) Aquí solían poner el nombre del anfitrión.

OTRAS COSTUMBRES

    Las matanzas.- Las matanzas iban en consonancia con "las mareas", según las propias palabras de nuestro informante.

El chacarrá está fuertemente unido a la feria de Tarifa.
(Foto M. Rojas)

    Cuando le preguntamos como sabían lo de las "mareas" allá en lo alto de la sierra, si no veían el mar, la respuesta no se hizo esperar: ¡Por la luna!. No volvimos a hacer preguntas sobre el tema. La contestación fué lo suficientemente explícita como para que un titulado nautico-deportivo como el que esto escribe, quedara abochornado por la contestación.

    Se solía comenzar la matanza cuando la luna comenzaba a salir y mientras que llegaba a lo alto continuaba la "operación" que debía finalizar cuando la luna empezaba a "descender". De modo que no tenían una hora fija para empezar la fiesta y las bromas, que lo mismo podía ser a las dos o a las tres de la madrugada, que a las diez de la noche.

    La cencerrá.- Cuando se casaba un viudo o una viuda, después de la ceremonia, la fiesta de boda y una vez retirados los recién casados a su "nido de amor", "los fiesteros" cambiaban los instrumentos y cogían otros que eran empleados normalmente para espantar a los tejones y otras alimañas que se comían el maíz. Estos instrumentos eran "las cuernas", "las caracolas", "la botella" y "los cencerros", amén de otros "cacharros" de lo más ruidoso. El caso era "armarle jaleo" toda la noche a los recién desposados.

    Las gentes del campo tarifeño, tallaban cuernos con gran maestría. La técnica era simple: lo metían en agua hirviendo y una vez reblandecido, con la punta de la navaja, les daba tiempo a hacerle unas cuantas muescas antes de que volviera a endurecerse. Después volvían a repetir la operación hasta terminar la "decoración" del asta. Luego le ponían una cuerda y se lo colgaban junto a la "capacha" donde metían la comida, dándole, previa la colocación de un tapón de corcho, la utilización de aceitero o vinagrero; recipientes que casi todas las casas tenían, ya que el cuerno resultaba más útil que el vidrio por no ser rompible como éste.

    No faltaban las "coplillas" alusivas al recipiente que llevaban colgado los hombres:

                            Tu marío y el mío
                            van por aceite
                            con un cuerno en la mano
                            y otro en la frente.

    La caracola, era la concha del animal marino de ese mismo nombre, que una vez cortada unos dos centímetros por la parte más estrecha, servía para soplar y emitir un sonido parecido al de la cuerna utilizada para asustar a las alimañas.

    Otro instrumento "casero" que se empleaba con el mismo fin que los dos anteriores, era la botella cortada por el fondo, lo cual lo hacían calentandola por fricción con una cuerda a un par de centímetros del "culo" y, una vez caliente, la enfriaban de golpe, lo que hacia que el vidrio saltara por la señal marcada por la cuerda consiguiendo un nuevo instrumento de viento.

    Y el cencerro, creemos que todo el mundo lo conoce. Es una especie de campana de latón que algunos animales llevan colgada al cuello, que al ser golpeada por un "badajo" de madera o hierro, emite un sonido característico que todos nos recuerda el paso de un rebaño.

    Los días de las yerbas.- Cualquier motivo era bueno para hacer "fiesta". Si no lo había se inventaba.

El baile del chacarrá siempre estaba presente en las fiestas. (Foto M. Rojas)

    Otra de las costumbres que tenían las gentes del campo tarifeño, era ir a coger plantas medicinales en ciertos días del año.

    El Viernes Santo, a partir de las tres de la tarde, se cogía la "yerba de la sangre", que servía para el resfriado (siempre y cuando esté cogida en este día señalado, si no no vale). El día de Santa Ana, se cogía el "poleo" y así sucesivamente la "yerba luisa", "el romero", etc.

    Pero realmente, este "ir a buscar las yerbas", no era más que una excusa para reunirse cincuenta o sesenta personas en el campo y "pegarse un fandangazo", o bien aprovechar para cogerle la mano a la pretendida detrás de un tajo.

    Los cantes de gañanía.- No son más que primitivas formas de cantes de faena o laboreo, llamados así por ser interpretados por los "gañanes" en la besana, la era, la sierra o el camino real. Nacen bajo un cielo limpio y azul y sobre un mar de surcos y olas de espigas mecidas por "el levante".

    Los hay para distintas labores del campo y presentan una forma de ejecución "cansina" por el trabajo pero viril y potente, conservando toda su autenticidad y bravura.

    Son cantes libres de ritmo y compás ("ad libitun") acompañados solo por el tintineo de las campanillas de las mulas el de los cencerros de los bueyes.

    Sus letras nos hablan de "besanas", "parvas", "yuntas", etc, respirando un aire de pureza solamente comparable al cante de los pajarillos al clarear la mañana por su simplicidad y frescura. Recogen letras del cancionero tradicional andaluz, aunque también las hay propias de los gañanes tarifeños:

Los surcos de mi besana
están llenos de terrones
y tu cabeza, serrana,
está llena de ilusiones
pero de ilusiones vanas.

La mancera de mi arao,
tiene un peazo comío
de recibí lagrimones
to el tiempo que te he querio.

Válgame Dios buen caballo
echándote de comer
y no me puedes llevar
a donde he de querer.

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