| CREACIÓN LITERARIA |
ALJARANDA |
Quinta del cincuenta y siete (X)
José Araújo Balongo
Cuando terminaron las clases de teórica comenzaron las prácticas, de las que tan sólo habíamos hecho las de tiro al blanco y que fueron cuatro contando la última, en la que también nos ejercitamos en el lanzamiento de granadas de mano y en la colocación de minas unipersonales. Las últimas prácticas consistían en realizar toda clase de nudos marineros y aprender a remar en botes de seis remos –uno por cada tripulante y un instructor al timón, que daba las órdenes– y en chinchorros, pequeñas embarcaciones de dos remos, sin timón, tripulada por un marinero remando a dos manos y maniobrando a la ciaboga.
Creo y decido llegada la hora de hacer una somera descripción de la ciudad de Melilla. Se trata de una plaza de soberanía española en el Norte de África y se corresponde con la antigua ciudad fenicia de Russadir. Fue ocupada por los musulmanes en el siglo VIII y conquistada por el duque de Medina-Sidonia en 1496. Según los libros de historia, desempeñó un importante papel en las guerras de África a mediados del XIX y principios del siglo XX. En ella, junto a restos de murallas, se conserva una necrópolis púnico-romana. El núcleo urbano primitivo era una fortaleza construida sobre un montículo de unos treinta metros de altura desde el que se dominaba el territorio por el que se ha extendido la ciudad moderna.
La Melilla que yo conocí en 1958 era una ciudad llena de contrastes. A los pies de la fortaleza medieval, conocida como Melilla la Vieja, fue ensanchándose durante siglos una urbe señorial con notabilísimos edificios modernistas, y, a un mismo tiempo, también nacieron en los arrabales de su exiguo territorio los barrios populares, donde la miseria campaba por sus respetos y la delincuencia encontraba su caldo de cultivo y su acomodo. Eran barrios en los que los militares teníamos prohibido el acceso y donde la vigilancia de cuerpo –todavía no existía la policía militar– se encargaba de que se cumpliera de modo estricto la prohibición.
En el tiempo que estuve en Melilla la verdad es que salí más bien poco en horas de paseo. Pasear o discurrir por el centro urbano de la muy militarizada ciudad para un soldado sin graduación significaba un acto que rozaba la osadía o, cuando menos, la imprudencia. Un soldado raso estaba obligado a saludar militarmente desde un cabo de primera hasta el mando de más alta graduación, que en este caso y en aquel tiempo era un General de División llamado don Ramón Gotarredona Prats, Comandante Militar de la Plaza y máxima autoridad, no sólo en lo militar sino, de hecho, también en lo civil. Había otros dos Generales de Brigada cuyos nombres no recuerdo. De General para abajo, entre coroneles, tenientes coroneles, comandantes, capitanes, tenientes, alféreces, brigadas, sargentos y cabos de primera, formaban tal multitud de mandos que habría que contarlos por miles y no exagero. Téngase en cuenta que a menor graduación mayor número. Recuerdo unas maniobras en las que nos cruzamos con una formación de cabos de primera aspirantes a sargentos en las que calculé una cifra superior a trescientos.
En ocasiones, cuando disponía de algún dinerillo, me aventuraba a ir a la calle Real, arteria principal de la ciudad moderna, encaminando mis pasos a la Cafetería California donde ponían un café buenísimo. Yo lo tomaba entonces solo, corto y bien cargado. Tenía fama de ser la mejor cafetería de Melilla, claro que también costaba un duro la tacita de café mientras en otras menos céntricas y lujosas salía por diez reales. Aquel capricho mío no era por presumir, ni mucho menos, sino porque lo del buen café significaba el mayor deleite para mi paladar, quizá por las pocas veces que me lo podía permitir. Además, la clientela de aquel establecimiento, en su mayoría, la formaban oficiales del Ejército y uno tenía que guardar las normas militares reglamentarias en local cerrado y público.
El lugar más frecuentado por los soldados de reemplazo era sin duda Melilla la Vieja. Por allí no solían estar ni pasar los mandos y la soldadesca nos encontrábamos más libres y a gusto en las tabernas y en las casas de comida barata. Mi lugar preferido lo llamábamos Casa "El Manco", así conocido porque al dueño le faltaba el brazo izquierdo, un hombre de una habilidad asombrosa para valerse en su negocio con un brazo de menos. Él no salía de detrás del mostrador y se encargaba de llenar botellas abriendo y cerrando las canillas de los tres barriles que había, y, por si fuera poco, en dos sartenes sobre dos infernillos que estaban a la vista, freía en uno papas y en el otro huevos, con una rapidez impropia dada su manquera.
El local era chiquitillo, las mesas rectangulares y bajas, de madera sin barnizar, tenían –como la mentira– las patas cortas, las banquetas (no había sillas) a juego con las mesas y más bajas que éstas.
Encontrar un lugar libre dentro resultaba difícil por no decir imposible, pero eso importaba poco porque fuera del local nunca faltaban ni espacio ni mobiliario; la amplia calle era nuestra y cada cual se acomodaba como podía. Lo malo era poder equilibrar las mesas sobre aquel pavimento de irregular empedrado. Atendían el servicio las dos hijas de "El Manco", rubia la una y morena la otra, jóvenes y de buen ver, simpáticas y tetonas ambas. A la hora de servir no cabía equivocación por ser único el menú: un huevo frito con papas, un chusco, un vaso grande de vino blanco, tinto o rosado y un puñado de dátiles como postre, todo ello por diez pesetas; menú servido, pago al canto y control innecesario.
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Así funcionaba aquel negocio que, al recordarlo ahora lo hago con especial afecto; un lugar donde nos reuníamos toda clase de tropa: soldados de infantería –de Regimiento, de Bandera de La Legión o de Tabor de Regulares–, artilleros, sanitarios, nosotros los marineros y otros más de algunas unidades especiales. Allí nos dábamos cita paisanos con destinos distintos en la misma ciudad y cambiábamos impresiones, experiencias y noticias de toda clase, alguna tan dramática como el suicidio de un recluta de nuestra quinta que se colgó por el cuello enlazado a una viga en su Cuartel. Este tipo de noticias no trascendían, es decir, no se publicaban en "El Telegrama", periódico local, ni al fallecido se le rendían honores religiosos o militares. Trasladaban el cadáver a su lugar de origen, lo entregaban a la familia y asunto cerrado.
A mí me gustaba mucho el cine y en algunas ocasiones frecuenté los cines de barrio, nunca los del centro por lo elevado del precio de las entradas y en evitación de tener que estar saludando cada dos por tres. Los cines baratos tenían la ventaja de ser sesiones de programa doble, dos películas con un intermedio de veinte minutos entre una y otra para estirar las piernas, fumar un cigarrillo, orinar si se tenía ganas y comprar alguna bebida o chuchería si se tenía dinero. Eran casi cuatro horas fuera de la calle y de los inevitables saludos. Aquellas sesiones de cine estaban calculadas para que finalizaran como una media hora antes de que los militares nos tuviéramos que incorporar a los cuarteles para pasar lista.
Después de las ventajas debo escribir algo sobre los inconvenientes. Las localidades no estaban numeradas, la asistencia numerosa, y, en su inmensa mayoría, éramos militares; las salas olían mal (el clásico olor a rancho y sudor del soldado desaseado) y, lo peor de todo, las tremendas trifulcas que a veces se formaban en aquellas salas de cine donde, más de una vez, tenían que interrumpir la proyección, encender las luces y el acomodador (por llamarle de alguna manera) salía a calzón quitado en busca de la vigilancia militar y de los guardias municipales –siempre habían algunas patrullas cercanas a las aglomeraciones– para que intentaran restablecer el orden. Tuve fortuna y nunca me detuvieron, aunque no me libré en más de una ocasión, sin comerlo ni beberlo, de empujones y porrazos.
En mayo juramos bandera; así lo certifica mi cartilla militar que en su página 7 dice: "Prestó juramento de fidelidad a la Bandera el 2 de Mayo de 1958. Firma del Tte. Coronel Mayor (ilegible)". Hay un sello estampillado circular donde pone: "Regimiento Infantería Melilla, nº 52. Mayoría". A este Regimiento estaba agregada la Compañía de Mar. La fecha de la jura de bandera en la muy patriótica ciudad mataba dos pájaros de un tiro, pues a un mismo tiempo se conmemoraba el heroico levantamiento del pueblo de Madrid contra la invasión napoleónica en 1808. Así que la Melilla militar y civil se engalanaba y los militares celebraban diversos actos donde lucir fajines, sables, cruces y medallas.
El acto nuestro, el de la jura, se celebró en la explanada terriza del Campo de Rostro Gordo acondicionada al efecto. Tres tribunas se alzaban en lugar preferente. La central y más grande para los militares de más alta graduación, presidida por el General de División Comandante Jefe con Mando en Plaza; la de la derecha para las autoridades civiles, que presidía el alcalde de la Ciudad; y la tercera, a la izquierda y la más chica, estaba destinada a los familiares de los que íbamos a juramentar, pero como asistieron tan pocos –apenas una docena–, para que no se vieran los claros, permitieron a algunos de los curiosos de los muchos concentrados allí, que ocuparan los asientos vacíos hasta completar el aforo, con la condición, eso sí, de que los ocasionales ocupantes fueran hombres trajeados y encorbatados.
La ceremonia estaba prevista para las doce del mediodía, y a dicha hora, con militar puntualidad, comenzó. Nosotros, los de la Compañía de Mar, fuimos casi de los últimos en llegar y eran las once cuando ya estábamos formados y dispuestos en el sitio asignado, es decir, con una hora de antelación. Luego nos enteramos que los primeros en llegar (¿quiénes iban a ser?) fueron los de La Legión. Después, compañeros de otros Cuerpos y Unidades, en distintas tandas y horarios completaron el Campo, cada cual en su marca prevista de antemano, donde los quintos del cincuenta y siete, cuando terminara el acto, pasaríamos de recluta a soldado armado con licencia para matar, llegado el caso.
En la gran explanada de Rostro Gordo caía un sol de justicia sobre los miles de hombres que a pie firme o en posición de descanso esperábamos el comienzo de la jura, su transcurso y finalización, tres actos en uno, como en el teatro. Hacía mucho calor y hubo más de un desmayo; los sanitarios trabajaron a conciencia en la recuperación de las víctimas del solazo. El acto dio comienzo con una perorata de más de media hora de exaltación patriótica que nos endilgó el Coronel que había de tomarnos el juramento, finalizando su actuación con más o menos estas palabras:
"Soldados:
¿Juráis por vuestra conciencia y honor defender la Bandera que vais a besar, símbolo glorioso de nuestra Patria, la España Una, Grande y Libre, derramando si fuera preciso hasta la última gota de vuestra sangre?"
Y nosotros todos a una:
"Sí, juramos".
El Coronel cedió el sitio frente al micrófono al Capellán Militar, que nos dijo:
"Si así lo hacéis, que Dios os lo premie, y si no que os castigue como indignos hijos de Él".
Después vino lo del beso, el desfile y toda la demás parafernalia. Nosotros los de la Compañía de Mar, sudorosos, cansados, hambrientos, llegamos a nuestro Cuartel a las dos y media de la tarde. Aquel día, como extraordinario, comimos la españolísima paella, con carne de gallina moruna y hasta gambas (tres por plato)... Ah; se me olvidaba. Y media botella de vino para dos, regalo de una afamada bodega jerezana. De postre, en vez de seis como otras veces, doce dátiles.
(continuará)
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