| CREACIÓN LITERARIA |
ALJARANDA |
Quinta del cincuenta y siete (IX)
José Araújo Balongo
Siguiendo al sargento Bermúdez entramos en el cuerpo de guardia donde abrió la puerta del pequeño recinto que servía de oficina y reducido armero. Se sentó tras la mesa y me mandó sentar en la silla que había frente a su asiento. Cara a cara los dos, me ofreció un cigarrillo rubio que acepté algo azorado, si bien aquel gesto suyo sirvió para tranquilizarme después de lo acontecido en la clase de teórica. Uno se da cuenta cuando le cae bien a alguien y en este caso, por su actitud, no había duda de que el sargento sentía por mí cierto aprecio. Encendidos los cigarrillos y después de un par de caladas por parte y parte, se me quedó mirando de tal manera que hizo aumentar mi confianza y desaparecer el recelo. Serio y afectuoso a un mismo tiempo, comenzó diciéndome:
- Araújo; tanto el teniente Bustos (se refería al jefe instructor) como yo, aunque por razones lógicas no lo demostremos, coincidimos en que tú eres un recluta formal, serio y aplicado. Quiero decir que reconocemos tus méritos. Sin embargo no debes olvidar que la vida militar, necesariamente, tiene que ser disciplinada, incluso cuando a veces sea injusta. Comprendemos tus razones para no comprar el libro de teórica, pero hijo mío, es una norma general y no se deben hacer excepciones. No obstante, en tu caso y por orden del teniente, nos vamos a saltar la norma y ahora cuando terminemos te voy a dar un libro, usado pero completo, igual al de tus compañeros. De esto no tiene por qué enterarse nadie para que no sirva de precedente. De modo que en ti confiamos y no creo que nos defraudes.
Mientras el sargento estuvo hablando me mantuve en un respetuoso silencio y atento a cuanto me decía. Cuando dijo las últimas palabras le pregunté:
- ¿Me da usted su permiso para hablar, mi sargento?
- Claro que sí, hombre; para eso te he traído aquí, para que hablemos los dos.
- Gracias. Verá; quería decirle a usted lo que el sargento Joaquín no me
permitió decirle a él. Cuando dije que no podía comprar el libro no me dejó
que le sugiriera una posible solución. No me negué en ningún momento a
estudiar las lecciones, que bien podría hacerlo confiando en que algún
compañero me lo prestara y copiar el par de páginas de cada lección diaria. No
me resulta demasiado difícil memorizar, y así, me parece, que pudo haberse
solucionado el problema. Pero es que no me dio la oportunidad de explicarme
como usted lo está haciendo ahora.
- Mira, Araújo; no le demos ya más vueltas a la cuestión –se inclinó hacia la
izquierda, abrió un cajón de la mesa, sacó el dichoso libro y me lo entregó–.
Toma, y asunto concluido.
Se levantó de su asiento, yo hice lo mismo, y salimos del despacho. Le di las gracias, le pregunté si ordenaba alguna cosa más cumpliendo con el reglamento, me dijo que no, que nada más; siguiendo lo reglamentado le dije "a sus órdenes, mi sargento", esperé a que él se marchara y me dirigí al dormitorio para guardar el libro en mi arcón. Eran las siete y media de la tarde y enfilé mis pasos hacia la cocina para intentar que el cocinero o alguno de sus ayudantes me vendieran un chusco, cosa que no era la primera vez que hacía ni el primero en intentarlo. Tuve suerte porque aún les quedaba mercancía de estraperlo, negocio que, según rumores, compartían los encargados del condumio con los –no todos– sargentos de semana. El que me lo vendió me pedía tres reales; cogí el chusco, lo tanteé y noté que no era del día, si acaso del anterior, le dije que estaba duro y que le daba dos reales por él; regateamos, que si sí, que si no, total, que el precio quedó establecido en seis gordas y media. Le pagué y volví otra vez al dormitorio donde guardaba en el arcón los restos de un paquete postal con comida que recibí de mi tía Rafaela tres o cuatro días antes. Me preparé un bocadillo de longaniza y fui a comérmelo al comedor, porque en el comedor estaba prohibido. Mientras masticaba, despacio y de modo concienzudo para sacarle el mayor provecho al bocadillo, estuve meditando sobre la diferencia en el trato entre un sargento y otro. Joaquinito era un mal tipo que gozaba haciendo daño; Bermúdez, un buen hombre que inspiraba confianza y con el que se podía hablar y razonar. Ambos andarían por la misma edad, cercanos a cincuentena de años, es decir, lo suficiente maduros y veteranos en la profesión militar como para comprender la situación de unos jóvenes y el choque que suponía arrancarnos de nuestro entorno habitual en la vida civil para enfrentarnos a las duras condiciones de la mili en África. Claro que –pensé– la condición humana no es uniforme: lo mismo produce santos que incuba monstruos.
![]() |
Inmerso en mis reflexiones estaba cuando noté que alguien me tocaba en un hombro; volví la cabeza y era Bascuñana, un compañero malagueño, analfabeto y parco en palabras. No necesitó decir nada para comprender lo que quería: me mostró papel y sobre con esa mirada triste de quien teme una negativa. Miré el reloj y le dije:
- Venga, vamos; son más de las ocho y tenemos que terminar antes de que toquen a pasar lista –el toque era a las nueve–. Dame.
Me entregó lo que portaba, incluyendo la carta recibida de su padre, con una caligrafía y una redacción que más parecía un jeroglífico que un escrito. Menos mal que, como yo ya le había escrito más de una vez, y por lo tanto leído, la lectura previa al comienzo de la carta quedó descifrada en pocos minutos. Comencé con el consabido "Querido padre:" y continué con la célebre frase hecha que decía: "Mucho me alegraré que al recibo de la presente os encontréis todos bien de salud, yo bien a D.g.". Luego venía aquello de "De lo que me dices". La verdad es que servirle de escribiente a un analfabeto, y más cuando se trataba de un muchacho de pocas luces como en este caso, resulta más difícil de lo que pudiera parecer. Uno tiene casi inventarse la carta. Como me tocó servir en este menester a varios, y varias –por no decir muchas– veces, yo seguía una norma que me iba bien para aligerar la escritura: les preguntaba lo que querían decir, tomaba notas al reverso del sobre de la carta recibida y luego me las apañaba para darle forma a una redacción legible, teniendo en cuenta al mismo tiempo la capacidad del destinatario de acuerdo con lo escrito por él, o por quien fuera, es decir, poniéndome a su altura o a la del intermediario.
Creo que es la segunda vez que abordo el tema de los analfabetos y mi relación con ellos en cuanto a la correspondencia escrita. Quiero dejar claro que nunca, aunque alguno lo intentara, les cobré a ninguno nada, ni en dinero ni en invitaciones de ningún tipo; tan sólo aceptaba algún cigarrillo cuando mi economía estaba por debajo de cero y mis ganas de fumar por encima de lo soportable. Con decir que llegué hasta fumar colillas queda en evidencia mi incorregible adicción a la nicotina. No cuento esto –lo de los analfabetos– con la intención de dármela de buena persona, ni siquiera de hombre agradable y simpático. Desde chiquitito tengo fama de antipático, que, dicho sea de paso, es una condición que cultivo con especial esmero y notable éxito. Algo tengo escrito y publicado en alguna parte sobre el particular. Pero lo del analfabetismo, la ignorancia, la incultura y demás carencias que suelen llevar aparejadas la pobreza –y ser consecuencia de ella– es algo que no soporto. Maldita sea la sociedad que no remedia tan infame lacra y malditos los gobernantes que le niegan el fomento de la inteligencia a sus gobernados para que éstos no les salgan respondones…
Como suele pasarme cuando me hierve la olla, se me frunce el entrecejo y se me calienta el boli, pierdo la noción de lo que estoy contando y me voy unas veces por los cerros de Úbeda y otras por las más altas cumbres del Himalaya, en un ejercicio de alpinismo mental impropio de mis años y de la conservadora prudencia (¿o el miedo?) que, dicen, guarda la viña. Pero como no tengo viña que guardar, acaso sea por eso que escriba como escribo. Si con mis palabras alguien se siente ofendido, me congratulo y lo celebro, porque habré conseguido el objetivo de aumentar mi ya considerable caudal de antipatía… Y nada; que no soy capaz de enhebrar y seguir con el hilo del relato que, con tantas interrupciones, se está alargando más de lo que me propuse. A ver si ahora sí: punto y aparte, que no punto y seguido.
A la tarde siguiente al entrar en el destartalado saletón donde impartían las clases de teórica, me estaba esperando el sargento Bermúdez. Me ordenó que fuera con él y, por el camino, me dijo que había decidido entre el teniente y él que me integrara en el grupo conocido como "de los catalanes". No pude evitar una leve sonrisa. Ahora resultaba que me pasaban del "pelotón de los torpes" al "pelotón de los listos". Las vueltas que da la vida. A mí no me hizo ninguna gracia formar parte del grupo de los listos, pero órdenes son órdenes y cartuchos al cañón. No todos los del grupo eran catalanes, pero sí la mayoría, y algunos, universitarios. Había también un asturiano, dos cántabros y no recuerdo si algún otro de alguna otra región. Desde luego, andaluz, sólo yo. Sin embargo con el que mejor congenié fue con un catalán, aunque debo decir que, aun siendo catalán de nacimiento, sus padres pertenecían a la emigración masiva de la pobre Andalucía a la próspera Cataluña, esa enorme masa humana del desarraigo a la que se refiere mi admirado y reivindicativo escritor Francisco Candel en sus libros Algo más sobre los otros catalanes, Donde la ciudad cambia su nombre y en sus numerosas colaboraciones en la prensa catalana. Sí; como decía, los padres de mi nuevo amigo catalán eran andaluces, naturales de Adra por más señas, provincia de Almería. No recuerdo el nombre del muchacho porque todos le llamábamos Campeón, apodo, o más bien apelativo correcto por haber sido campeón de Cataluña de boxeo juvenil en la categoría de los pesos pesados. Había que ver a aquel mocetón, que medía 1’89 y pesaba 90 kilos; tenía grande hasta la risa, y era más afectuoso y buena gente que un perrito faldero. Se llevaba bien con todos los compañeros y se canchodeaba incluso de su propia sombra, pero sin herir a nadie. Le recuerdo contando entre carcajadas la vez en al que el sargento Joaquinito le dio una bofetada, que, como con la mano no le llegaba a la cara, tuvo que dar un saltito. Sí; era un catalán "entreverao" de andaluz al que se le notaban las raíces de la gracia.
Dije que no me gustaba pertenecer al grupo de los listos porque la mayoría se lo tenían creído, y porque había un catalán en el grupo que discutiendo con un compañero de Huelva llegó a insultarlo llamándole a gritos andaluz, en un tono ofensivo de intolerable desprecio, como si el vocablo ‘andaluz’ llevara implícito una mala condición. La discusión tuvo lugar en el comedor a la hora de la cena y el guirigay alcanzó tal magnitud que volaron platos, cucharas, chuscos y demás, en un enfrentamiento entre dos bandos que acabó como el rosario de la aurora. Y como no iban a arrestarnos a todos, el castigo fue quedarnos sin cena y permanecer durante más de una hora en el patio del Cuartel toda la compañía de reclutas en posición de ‘firmes’, con un frío que pelaba en la noche húmeda de finales del ventoso marzo del cincuenta y ocho en la marinera y militarizada ciudad de Melilla. Cuando el sargento de semana nos ordenó ‘descanso’ y a continuación ‘rompan filas’, cada uno se restañó como pudo sus heridas. Yo había recibido un golpe en la nariz que me produjo la consiguiente moqueta; la sangre goteaba por mi barbilla después de cruzar los labios… Secándome estaba cuando el corneta sopló el último toque de la jornada: ‘silencio’.
(continuará)
[ Volver al Índice ]