CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Quinta del cincuenta y siete (VIII)

José Araújo Balongo

    El día siguiente de la amenaza del sargento Joaquinito por lo que él consideraba un acto de indisciplina mi negativa a comprar el libro de teórica, temí que, de alguna manera, algo desagradable me esperaba. Aquella tarde, al entrar en clase, me llamó el sargento Bermúdez, ayudante y hombre de confianza del teniente instructor jefe.

-Bueno está con el tarifeño –comenzó el sargento Bermúdez–. Te he llamado para que me cuentes lo que sucedió ayer tarde entre el sargento Joaquín y tú; él me ha dado su versión, pero yo quiero escuchar también la tuya.
-Sí –le dije–. Gracias, mi sargento.

    Y le conté de pe a pa todo lo sucedido y la argumentación en que se basaban mis razonamientos. El sargento escuchó sin interrumpirme y hasta me pareció observar en su atenta mirada cierta comprensión a lo que le dije, aunque por demás sabía yo que un mando no se iba a enfrentar con otro de igual graduación en un caso como el mío.

-Bien –dijo tras una pausa–. El sargento Joaquín y yo hemos hablado de tu caso y por mi parte he tratado de mediar en el asunto. Dice él que no te admite sin el libro; además, todos los otros sargentos instructores hacen causa común con él. A mí se me ha ocurrido que pases al grupo de los analfabetos, que no precisan del libro. Ellos, los instructores, aceptan mi propuesta y así zanjamos este desagradable incidente; ¿qué te parece?

    Que sí, le dije, que yo estaba para lo que se me ordenase y que le agradecía su valiosa intervención. Luego, aquella misma tarde, el sargento Bermúdez me acompañó al "pelotón de los torpes", situado en un apartado rincón. Habló con el cabo Correa, un cabo instructor con no sé cuántos reenganches y que casi (o sin casi) me doblaba en edad. De estatura achaparrada, tenía fama de ser más flojo que un muelle de guita. Me ordenó, cuando se marchó el sargento, que me sentase por allí donde encontrara un sitio; me senté por detrás de los últimos nuevos compañeros, no porque me diera vergüenza sino tratando de evitar algo que de rumor pasó a certeza y con lo que yo, como se verá en su momento, no estaba dispuesto a colaborar.

    El cabo Correa, más que sentado, estaba medio derrumbado sobre un par de sacos llenos de garbanzos, uno en horizontal que debería servir de asiento y otro en vertical como respaldo. Desde aquella posición tan poco marcial hacía las preguntas a cada uno y el que la sabía contestaba bien y el que no la sabía contestaba mal o decidía callarse poniendo cara de circunstancias. Reanudando la clase interrumpida por mi llegada, el cabo preguntó a un vasco de quien ya dije que hablaría cuando tocara:

-A ver, tú –dijo señalándolo–; ¿cuál es el tratamiento que corresponde a un coronel?
-Usía –contestó el vasco–.
-Muy bien, Javier; muy bien. ¿Y a un general de brigada?
-Usía, mi cabo.
-¿Y a un sargento?
-Usía también, mi cabo.

    Una carcajada cruel, permitida y casi generalizada de los compañeros acogieron las dos últimas respuestas de aquel pobre infeliz. Por lo visto era una "gracia" que el cabo se permitía de vez en cuando a costa del ignorante analfabeto vasco, con la desgraciada colaboración de muchos otros, casi, tanto o más ignorantes que el propio Javier, una criatura de tan pocas luces que, vuelvo a decir, sabiendo que me repito, uno no se explica quién, cómo y porqué lo consideró en su día "soldado útil para todo servicio".

    Cuando, atendiendo a un gesto del cabo, cesó la rechifla, vino la segunda parte del episodio, la certeza del rumor al que me referí más arriba. Desde la indolente y fachendosa postura adoptada por el instructor, ordenó al vasco que se sentara y al recluta situado a la derecha de éste que se pusiera en pie.

-A ver, tú –le dijo el cabo–. Pégale un cogotazo a Javier a ver si así se espabila.

    El muchacho, azorado, temeroso, tal vez avergonzado, cumplió la orden, bien es verdad que con poca contundencia, provocando la indignación del ordenante.

-¿Eso es un cogotazo? Como yo tenga que levantarme te voy a enseñar a ti lo que es un cogotazo de verdad. Venga; pégale otro, pero que se escuche.

    El obligado castigador, fortachón él y con más miedo que vergüenza, lanzó su mano derecha con la palma abierta contra el cogote del vasco con una violencia digna de mejor causa. Entonces sí que sonó como el cabo quería, porque dijo "muy bien" y le mandó sentarse.

    Presenciando aquel indignante y bochornoso espectáculo la rabia me reconcomía. Me sentí culpable por haber permanecido callado y sin protestar, como un cobarde, igual que todos. Yo nunca tuve madera de héroe, pero sí tenía entonces 21 años, una edad en la que a uno le debe hervir la sangre. No hay derecho –pensaba–. No se debe consentir que nadie, por muy investido de autoridad que esté, obligue, atemorizando, a que un compañero de fatigas le pegue a otro, y mucho menos aún en un grupo compuesto en su mayoría por personas de escasa mentalidad, ignorantes y desdichados, fomentando en ellos el odio en lugar del compañerismo.

    A la tarde siguiente ocurrió lo que temía que tendría que ocurrir. El cabo instructor me hizo varias preguntas seguidas a las que fui contestando con desgana por lo facilotas y porque estaba utilizándome como ejemplo o modelo de buena aplicación. Mis nuevos compañeros miraban y escuchaban entre admirados y avergonzados, comparando quizá mi supuesta sabiduría con su desgraciada y humillante ignorancia. Cuando acabó conmigo me mandó sentar y, dirigiéndose a un canario de La gomera sentado a mi derecha, le dijo:

-A ver, tú, gomerazo; suponte que vas por la calle y ves izada la bandera española en un edificio; levántate y haz la demostración de cómo hay que saludarla.

    Como era de esperar, el muchacho se hizo tal lío que el cabo le dejaba hacer al tiempo que se destornillaba a carcajadas incitando a los demás a que le acompañaran en su burlona crueldad.

    Debo decir que el mandato del instructor no era tan fácil como pudiera parecer. Además, la pregunta estaba mal hecha porque no le indicó si el supuesto edificio quedaba a su derecha o a su izquierda. Voy a tratar de explicarlo. Suponiendo que la bandera quedara a la derecha del saludante, éste debía calcular cinco pasos antes de llegar a su altura para llevarse la mano del mismo lado extendida a la sien en posición de saludo, caminar los cinco pasos como si estuviera desfilando; pararse al quinto paso con sonoro taco-nazo; hacer un cuarto de giro con el tacón del pie derecho y la puntera del izquierdo, produciéndose un desplazamiento de ambos pies que se deshacía con otro taconazo hasta quedar de frente a la bandera, firme y sin despegar la mano de la sien; a continuación se inclinaba la cabeza calculando tres segundos, luego se alzaba y, para recuperar la posición inicial de marcha, había que repetir la maniobra de puntera y tacón cambiando el orden, es decir, haciendo con los pies lo mismo pero lo del izquierdo con el derecho y lo del derecho con el izquierdo; recuperada la posición inicial, todavía sin bajar la mano y con la misma marcialidad había que caminar cinco pasos más; entonces se bajaba la mano, se normalizaba el paso, dando por terminada la escenificación del saludo a la bandera.

    Cuando, a una indicación del cabo, cesó el cachondeo, mandó sentar al canario y dirigiéndose a mí, dijo:

-A ver, tú, el nuevo. ¿Cómo te llamas, que no me acuerdo? –se lo dije–. Vale, Araújo; dale un cogotazo al gomerazo de los cojones para que se espabile.

    Me puse en pie, despacio, me mantuve en posición de firme de cara al cabo, sin moverse, sin hablar, sin negarme pero sin cumplir la orden. Fueron unos segundos tensos, de esos en los que uno no sabe como acabará la cosa. El cabo me miraba como diciendo: "¿a qué esperará?"

    Le fue cambiando el semblante a peor y me espetó de nuevo:

-Oiga; ¿es que no se ha enterado de lo que le he dicho?
-Sí, le he oído.
-¿Y qué es lo que pasa que no cumple mi orden?
-Ocurre que me niego a pegarle a un compañero.

    El cabo, descompuesto y con dificultad, se fue poniendo de pie y se acercó con premeditada lentitud al lugar que ocupábamos el gomerazo y yo. Se detuvo frente a mí y mirándome a los ojos como queriendo fulminarme, dijo:

-A ver; repita lo que acaba de decir.
-He dicho que me niego a pegarle a un compañero.
-¿Sabe a lo que se expone?
-Lo supongo; pero no creo que en ninguna ordenanza militar ponga que un soldado le pueda pegar a otro compañero.
-Usted se la da de muy listo, ¿verdad? Ha venido a este grupo rebotado de otro por haber tenido allí problemas con un sargento instructor; y encima viene aquí queriendo darme lecciones de ordenanzas militares. Ya que se la da usted de saber tanto, ¿no ha leído ni le han contado nada sobre la obediencia debida a un superior? Permanecí callado en posición de firme. El cabo, a medida que hablaba elevaba la voz. Como a unos veinte metros el sargento Bermúdez observaba, acaso dudando si intervenir o no. A deshacer la tensa situación colaboró la coincidencia del anuncio por parte del cuartelero de la llegada del teniente instructor jefe. Todos adoptamos la posición de firmes mientras el sargento Bermúdez se acercaba al teniente para darle la novedad, un formulismo militar que, ocurriera lo que ocurriera, comenzaba siempre con un "sin novedad". El teniente ordenó el consabido "descansen" y la reanudación de las clases. Luego, en compañía del sargento, fueron pasando de grupo en grupo. Al llegar al nuestro se quedó mirándome y pude observar un gesto de extrañeza al que siguió una conversación entre el teniente y el sargento. Yo no podía oírles pero intuía que estaban hablando de mí. Cuando el teniente, poco después, decidió marcharse, el sargento Bermúdez se acercó donde yo estaba y dirigiéndose al cabo instructor, le dijo:
-Cabo Correa, me llevo a Araújo. Siga la clase sin él porque desde este momento deja de pertenecer a este grupo por orden del teniente. Usted –se refería a mí–; sígame.
-A sus órdenes, mi sargento.

    Le seguí sin saber que nueva peripecia me esperaba.

(continuará)

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