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ALJARANDA |
Editorial
Mi abuelo Antonio Lara Márquez era todavía un zagal cuando a finales de la primera década del siglo XX ya acompañaba a su padre en el negocio. Eran cosarios; esto es, mercaderes ambulantes que a caballo y con mulos recorrían cortijos y caseríos comprando las más diversas "cosas" que luego arrimaban a los minoristas de la plaza de abastos de Algeciras. Uno de los géneros "especialidad de la casa" eran los exquisitos quesos de cabra de Facinas, que llevaban a Marruecos, generalmente a Tetuán y Xauen, en cuyo camino aquellos pioneros exportadores de productos con denominación de origen Facinas-Tarifa vivieron numerosas aventuras.
Ya casado con mi abuela Ascensión Escobar Quesada, se empadronaron en Algeciras y cambió la itinerancia por un ranchito en Betis, al que en casa siempre oí denominar El Peñascá, quizás por estar al pie de la peña de San Bartolomé, donde se dedicó a la ganadería de vacas y corderos. Mis primeros recuerdos infantiles de Tarifa datan de cuando él me llevaba a Betis, viaje que se completaba con la visita a la plaza de abastos y a los carniceros de la localidad. Siempre volvía a Algeciras con unas rosquillas que me gustaban mucho, aunque hoy prefiero los "Tranvías" y las "Cajillas".
Gracias a la afición de mi padre por los caminos imposibles y a la resistencia con la que el "600" botaba por las piedras de la infernal pista militar, aquellos domingos de verano de los años sesenta son imborrables. Era fabuloso correr por las playas entonces desiertas de Bolonia, Los Lances o Valdevaqueros, e insuperables los deslizamientos en cartón duna abajo con final en chapuzón.
De Bolonia a Baelo Claudia hay un sólo paso pero de dos mil años. El día del Carmen de 1967 Luisito Blázquez y yo nos animamos a darlo. Dejamos la playa y fuimos en busca del guarda de las ruinas, la fortuna quiso que Isidoro Otero nos saliese al encuentro. Pasamos una tarde estupenda recorriendo el Monumento, a la que seguirían otras muchas. De vez en cuando espantábamos a los cerdos a pedradas, que para nuestra rabia eran los ocupantes legales del teatro.
Aunque nunca me he alejado de Tarifa, puede decirse que tuve una segunda vuelta a ella años más tarde y ya en plan profesional y junto a Mercedes, que además es oriunda de aquí. A través de las conversaciones con mi suegro fui penetrando aun más en el alma colectiva tarifeña. De él aprendí el texto de la placa de la puerta de Jerez, que recitaba como expresión de lo orgulloso que se sentía de su patria chica.
Algunas de nuestras actividades relacionadas con el folklore, la ONCE, el Enlace Fijo del Estrecho y los contactos con asociaciones culturales, nos permite contar aquí con excelentes amigos. Difícilmente puedo condensar en estas palabras tantas vivencias y sentimientos, pero sí quiero decir que cuando un nuevo número de ALJARANDA llega a mis manos, ante mí se despliega como un abanico cuanto de mi vida se ha acrisolado en Tarifa. Me reconozco en todos y cada uno de sus artículos. Por eso nos felicitamos ante una ALJARANDA más que sumar a la colección y os animo a seguir la tarea en provecho de cuantos encontramos en ella una ocasión de revivir lo mucho de tarifeño que llevamos dentro.
Ya han transcurrido casi catorce años desde que mi amigo y colega el profesor Javier Criado Atalaya me enseñara el boceto del que sería el primer número de esta publicación, me pareció una aventura imposible, ahora me siento orgulloso de cuantos la habéis hecho posible. Sólo me resta agradecer a mi viejo amigo Jesús Terán que me haya brindado la oportunidad de expresar en público mis sentimientos hacia Tarifa y su gente. Muchas Gracias.
Juan Ignacio de Vicente Lara
Consejero de número del I.E.C.G.
Presidente de Palestra.
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