| CREACIÓN LITERARIA |
ALJARANDA |
Quinta del cincuenta y siete (VII)
José Araújo Balongo
Florencio era extremeño, natural y vecino de Zalamea de la Serena, provincia de Badajoz; él fue el primero de los analfabetos a los que ayudé durante los dieciocho meses de mili. El analfabetismo seguía siendo una lacra en aquella España triunfalista, nacional-católica y falsa. Calculo que de mis compañeros de quinta y destino un treinta por ciento no sabían leer ni escribir, y de ellos casi la totalidad pertenecían a Extremadura, Andalucía y las Islas Canarias. Haciendo memoria no recuerdo ninguno de entre los valencianos, catalanes, cántabros (sí de un vasco del que contaré cuando toque), asturianos y de otras regiones más favorecidas o menos castigadas que las tres referidas; triste destino de unas personas nacidas en zonas rurales o islas entonces olvidadas que, dicho sea de paso, no se distinguían por reivindicar los mínimos derechos ciudadanos.
Desde que llegué a Melilla, durante una semana recibimos los reclutas instrucción teórica y práctica dentro del cuartel; a la semana siguiente nos formaron después del desayuno y a paso de maniobra nos condujeron al Campo de Instrucción de Rostro Gordo, ya en territorio marroquí. Nuestra quinta fue la última en utilizar las instalaciones africanas para el periodo de instrucción militar, puesto que desde 1956 Marruecos había dejado de ser Zona de Protectorado Español y, tanto Melilla como Ceuta, las dos ciudades importantes de soberanía española en África, no tienen más término territorial que el de las propias ciudades; algo así como lo que ocurre con Gibraltar y España. En los acuerdos entre España y Marruecos sobre el abandono de las instalaciones españolas, se había fijado el año 1959 como fecha límite de tropas ocupantes en territorios de soberanía marroquí. La quinta del cincuenta y ocho de todas las unidades y cuerpos del ejército español destinado en África, ya tuvieron que hacer el periodo de instrucción en los nuevos Centros de Almería capital y de Ronda, en la provincia de Málaga.
El Campo de Rostro Gordo estaba situado en plena llanura desértica y solitaria, terrosa y seca, donde la madre Naturaleza se mostró cicatera en lo que a vegetación y vida animal se refiere; allí sólo vivían los alacranes. Y allí, yendo y viniendo del Cuartel al Campo y del Campo al Cuartel, durante tres meses largos y de lunes a viernes, corrimos, trepamos, rastreamos, nos desplegábamos en abanico simulando ataques con fusil y bayoneta calada, dejándonos la piel en cada maniobra, sobre todo la de los codos y rodillas debido a lo abrupto del terreno; allí nos enseñaron también a disparar con el "mauser", a lanzar granadas de mano y a colocar minas unipersonales (éstas –minas y granadas–, primero sin carga, y luego, a los destacados, junto a un instructor, con la peligrosa carga). Un día nos hicieron la demostración real de la explosión a distancia de una mina antitanque; jamás en mi vida había oído zambombazo mayor. Después nos acercaron a contemplar el enorme cráter producido por la mina que –ya nos lo habían anticipado–, cargada, pesaba más de diez kilos.
No quiero dejar pasar la ocasión de narrar las sensaciones que le producen a uno la primera vez que dispara con un arma de fuego, un arma con capacidad de matar. El primer día nos fueron colocando por tandas de diez reclutas, separados entre sí a distancia de unos cinco metros. Los blancos (dianas esta vez; más tarde, siluetas) estaban situados a cincuenta metros. Con cada uno de los que íbamos a disparar había un instructor. El mío me preguntó:
-¿Has tirado alguna vez con escopeta?
-No; bueno, sí –le dije–. He tirado muchas veces en los tirapichones de ferias
con escopeta de plomillos.
-Bueno –me dijo sonriente, tal vez para calmar mi evidente nerviosismo–; esto
de ahora es bastante distinto, pero nada peligroso si cumples con lo que se te
ha enseñado. Estate preparado para cuando den la orden de "carguen".
Como dos minutos después una voz fuerte y rotunda ordenó:
-¡Carguen… armas!
Tiré del cerrojo, introduje el peine de cinco proyectiles, lo cerré e hice avanzar el primer proyectil en la recámara, situé el alza a la distancia indicada, liberé el seguro, avancé el pie izquierdo y esperé nueva orden… Mi corazón se iba acelerando; y otra vez la misma voz:
-¡Apunten!
Me llevé el arma al hombro donde apoyé la culata, acerqué el dedo índice hasta acariciar el gatillo, muy despacio moví el "mauser" hasta hacer coincidir el punto de mira con la muesca del alza apuntando a la parte baja del centro de la diana… El corazón desbocado galopaba dentro de mi pecho; y de nuevo la voz en grito ordenando:
-¡Fuego!
![]() |
Inspiré lo más hondo que pude, contuve la respiración, y despacio, muy despacio, con la mirada fija en el punto de mira, fui oprimiendo con levedad el gatillo hasta que, de manera simultánea, me ensordeció el estampido del disparo y noté en el hombro el retroceso de la cantonera metálica de la culata. Los cuatro disparos siguientes los realicé con el mismo ceremonial que con el primero y de acuerdo con las instrucciones recibidas y mayor tranquilidad. Después del ejercicio fuimos, cada uno con su instructor, a comprobar el resultado. En mi diana aparecían tres orificios en el círculo negro central y dos en el concéntrico inmediato. El instructor tomó nota en una libreta diciéndome que, para ser la primera vez, no había ido mal. Creo que en total fuimos cinco veces al tiro con fusil, dos con dianas como blanco y tres con siluetas humanas de color negro y tamaño natural; las tres últimas con el blanco a cien metros. La calificación obtenida por mí fue la de "tirador de primera", cosa a la que no había que darle la menor importancia según mi opinión, puesto que teníamos la ventaja de que los blancos, como es lógico, no se podían defender. Un cabo instructor me informó que, en caso de necesidad, con los tiradores de primera se formaban los pelotones de fusilamiento. Lo que me faltaba. En qué horita puse tanta atención al buen tino en los disparos.
En una tarde de teórica en el Cuartel apareció el sargento Joaquinito reclamando la atención de todos. Los instructores callaron y nos pusimos de pie los que estábamos sentados.
-Muchachos –dijo el sargento–: han llegado los libros para el estudio de teórica. Su precio es de cien pesetas cada uno y su compra obligatoria para todos los que sepan leer. De manera que entre hoy y mañana estaré aquí para que, cuando acabe la instrucción, cada cual con sus veinte duritos los vayan retirando. Repito, por si alguno no se ha enterado, que es obligatoria la compra del libro para todos los que sepan leer. Nada más.
Escuchando a aquel mierdecilla con su tono imperativo y chulesco decidí no comprar el libro por varias razones: la primera y principal era que la soldada de los militares sin graduación estaba 0’50 pesetas por hombre y día, si bien a nosotros, a los africanistas, nos pagaban el doble, es decir, una peseta diaria. La paga (de alguna manera hay que llamarla) se hacía efectiva por meses vencidos, supongo que para que no nos la gastáramos toda de una vez y fuéramos dosificán-dola por día. Valgan un par de ejemplos adquisitivos con una peseta diaria: para los fumadores, cuatro cigarrillos de la marca "Toledo", negros, por supuesto, equivalentes en calidad y precio a los "Celtas Cortos" sin filtro. Para los no fumadores, un té moruno con mucha yerbabuena en el más infecto cafetín de "El Mantelete".
Cuando uno iba a ir a la mili procuraba ahorrar algo para los primeros días aunque sea, hasta que se fuera acostumbrando a la mala vida. Yo salí de mi pueblo con ochocientas pesetas justitas, pero en los tres días de viaje hasta llegar a Melilla se me fueron a lo tonto a lo tonto cuarenta pelotes, o lo que es lo mismo, doscientas pesetas. A las seiscientas restantes, en los días que llevaba acuartelado y sin salir a la calle, ya le había dado un pellizco gastado en pan, cigarrillos y alguna otra cosa que encargué a un veterano. Así que, ¿en que cabeza cabe que un recluta tuviera que pagar cien pesetas por un libro de instrucción militar cuando su paga mensual era de treinta pesetas? Sigo con las comparaciones referidas a mi propia situación.
Yo ganaba 36 pesetas diarias en la fábrica donde trabajaba cuando tuve que incorporarme al servicio militar obligatorio, es decir, 1.080 pesetas mensuales, de las cuales me quedaba con el pico y entregaba mil pesetas a mi tía Rafaela para contribuir al sustento de la familia. De modo y manera que mi pobre tía no sólo deja de percibir lo que yo aportaba sino que, además, me fue girando cien pesetas cada mes durante los dieciocho de mili. Y, por si fuera poco, también cada mes me enviaba un paquete con algo de chacinas, conservas de pescado, un par de cuarterones de picadura de tabaco de Gibraltar y dos libritos de papel de fumar. Y mi caso no era de los peores; así que, en los sacrificios del "soldadito español", participaban todos y cada uno de sus familiares más allegados. Estas eran las amargas consecuencias de nacer pobre, vivir en una dictadura y carecer de enchufes y recomendaciones.
Al día siguiente del ordeno y mando del sargento Joaquinito, al terminar la clase de teórica, éste nos retuvo a los que aún no habíamos adquirido el libro y que éramos ocho. Cuando salieron todos los demás y nos quedamos a solas con el sargento, que nos miraba de uno en uno con gesto todavía no muy malencarado, esperamos a ver por que palo nos salía, si por bulerías o por peteneras.
-Muchachos –comenzó diciendo–; he observado que ninguno de
ustedes ha comprado todavía el libro de teórica tal como ayer os indiqué.
Quiero recordaros que su adquisición, previo pago de cien pesetas, es
obligatoria. ¿Entendido? –gritando–: O-BLI-GA-TO-RIA. Espero de ustedes una
explicación sobre las razones que os hayan impedido cumplir con lo obligado. A
ver –dirigiéndose a un recluta canario–, tú mismo. Empieza.
-A sus órdenes mi sargento. Verá usted; resulta que ando falto de plata –le
dijo con aquel acento tan peculiar y dulzón de los guanches–. Yo se lo
compraría ahora mismito si usted me lo fiara hasta fin de mes, le digo, que es
cuando entre mi madre y mi tía Candelaria me han dicho por carta que me van a
girar veinte duros.
Cada cual fue exponiendo su problema, casi todos de tema económico, pero sin que nadie se negara a su adquisición más tarde o más temprano, mostrándose el sargento benevolente y comprensivo con ellos.
-Usted no ha dicho nada –me espetó el sargento así como el
que no quiere la cosa–; espero que estará conforme con la solución ofrecida
por mí y aceptada por sus compañeros.
-No, mi sargento –me atreví a decir–; en mi situación, ni ahora ni más
adelante podré comprar el libro.
Al oírme, el sargento dio un respingo que no auguraba nada bueno. Ordenó a los demás que se retiraran y nos quedamos solos él y yo en el salón de teórica. Se me acercó despacio; yo estaba en posición de firme. Cuando comenzó a hablar, tan cerca estaba que mi olfato padeció la fetidez de su aliento. No elevó la voz, al contrario, empleó un tono bajo y sibilante.
-Está visto que usted pretende sacarme de quicio. No sabe
bien dónde ha puesto la era. Como no cambie le voy a hacer mear sangre. Aquí,
de chulerías, nada; aquí y ahora mandan mis cojones y usted tendrá que hacer
lo que yo le mande si no quiere que lo empapele. ¿Quién coño se ha creído que
es para no cumplir con lo dispuesto?
-¿Puedo hablar?
-¡No! –ahora gritando– ¡Descanse; descanse y retírese! Ya mañana veré la
medida que me obliga a tomar su acto de indisciplina.
(continuará)
[ Volver al Índice ]