| HISTORIA |
ALJARANDA |
Una referencia antigua
a la isla de Tarifa
Enrique Gozalbes Cravioto
Las fuentes geográficas y literarias de la antigüedad clásica mencionan, en diversas ocasiones, la existencia de islas en el Estrecho. El Mediterráneo de las islas está presente desde los orígenes de la literatura griega, recordemos como buen ejemplo el relato de las navegaciones de Ulises que el helenista francés Victor Bérard, a comienzos del siglo XX, puso en relación con Gibraltar, la costa del Estrecho y la isla de Perejil. Especialmente relevante es la mención del geógrafo Estrabón, recogiendo otras citas de autores anteriores: "por su parte, otros creen que las Columnas son dos pequeñas islas cercanas, a una de las cuales llaman isla de Hera. Artemídoro también menciona esta isla de Hera, así como su santuario..." (1).
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Fig. 1. El especial relieve de la costa del Estrecho motivó la superstición de los navegantes antiguos. En la imagen, La Mujer Muerta junto a Ceuta, interpretada como la efigie pétrea del gigante Anteo, rival de Hércules. |
Mucho se ha discutido al respecto de la identidad de las mismas, aunque puede aceptarse que algunas de estas referencias deben identificarse con la isla de Las Palomas de Tarifa. La importancia de este enclave en la navegación del Estrecho, y el posible papel religioso jugado como santuario para los nautas (al igual que Gibraltar), fue ya señalado en un trabajo anterior publicado en esta misma revista (2). No debemos olvidar el papel fundamental que el hecho religioso tenía para los navegantes de la antigüedad, especialmente en época prerromana. Accidentes del Estrecho, tales como los estratos submarinos que afloran cerca de Tarifa, o el especial relieve de algunas zonas (sobre todo en el litoral africano), motivaban sus temores que conducían a la práctica de múltiples ritos.
En el panorama general de las descripciones del Estrecho hay una referencia que ha pasado desapercibida y que, con mucha probabilidad, debe ponerse en una directa relación con la isla de Tarifa. Esta mención la encontramos en uno de los Periplos de la antigüedad, unos textos que (al modelo de las medievales cartas náuticas) describía cada uno de los puntos de la costa, con informaciones muy genéricas pero que eran de cierta utilidad para los navegantes.
El texto en cuestión es el Periplo atribuido a Scylax de Cariandia, un escritor que, en efecto, escribió un Periplo a finales del siglo VI a.C. Dicho texto se ha perdido, y lo que se conoce como Periplo de Scylax, o mejor Periplo de Pseudo-Scylax, es un documento de muy dudosa textura, probablemente efectuado en época del rey Filipo II de Macedonia, uniendo fragmentos de escritos anteriores (3). La utilización de fuentes diferentes, con un valor contrapuesto, explica la distinta veracidad que presenta: escasísimo en la descripción de la orilla europea del Estrecho, con informaciones muy valiosas (pero discutibles) en la de la orilla africana.
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| Fig. 2. Isla de Perejil, en el litoral africano del Estrecho. |
Comenzando por la mención de la orilla europea, en la misma se limita a mencionar las Columnas de Heracles y las islas de Gadira. De estas últimas se indica que eran dos, y que en una de ellas se encontraba una ciudad que distaba un día de navegación de las Columnas de Heracles. De estas últimas se indica que unas Columnas se hallaban en Europa, otras en África, pero que se hallaban situadas una frente a la otra y distaban un día de navegación entre sí (4). La mención, como puede observarse, es muy general, limitándose a indicar que aproximadamente se tardaba un día en atravesar la orilla africana del Estrecho (de Gibraltar a Cádiz), y otro día en pasar desde la orilla europea a la africana.
Pero en la descripción de la orilla africana, mucho más adelante, encontramos unos datos que son mucho más precisos. En este caso, no cabe duda de que el compilador del texto ha utilizado la narración de una navegación realizada por los cartagineses, buenos conocedores de esos derroteros. El navegante púnico pasa el río Muluya, en dirección Oeste, menciona el puerto y ciudad de Akros, que identificamos con la actual Melilla, cita la existencia de una isla desierta llamada Drinaupa, sin duda la isla de Alborán. A continuación menciona la Columna de Heracles, en este caso en singular, que era el promontorio Abilice, una ciudad situada junto a un río y, frente a ella, unas islas, cuyo nombre se recoge (5).
La Columna africana en cuestión es fácilmente identificable. Poco más adelante, el propio navegante señala que la columna europea era alta, y la africana baja, situadas una frente a la otra, y distantes un día de navegación. Frente a las vacilaciones de otras fuentes clásicas, aquí no cabe duda alguna de que las Columnas de Hércules corresponden con Gibraltar, en la orilla europea, y el monte Acho de Ceuta, en la africana. La ciudad que se menciona junto al río corresponde a una colonia púnica, mencionada por otras fuentes, situada en el valle del Marsa (zona de máxima angostura del Estrecho), aunque algunos autores la ubican algo más al Oeste, en Alcazarseguer. Dicho enclave es mencionado en las fuentes antiguas, Plinio lo denomina Lissa (e indica que había existido en el pasado), y Ptolomeo la nombra como Exilissa. En todo caso, las islas ubicadas frente a esta comunidad púnica no son las de Cádiz, sino que corresponden a la isla de Tarifa (y su apéndice hoy desaparecido).
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Fig. 3. Vista aérea de la isla de Las Palomas y de Tarifa. (Foto: Manuel Rojas) |
En el manuscrito en lengua griega conservado el nombre de las islas aparece de una forma confusa. Este es un hecho bastante generalizado en los manuscritos antiguos; los copistas medievales entendían relativamente bien las expresiones recogidas, pero los nombres, y sobre todo los topónimos, ocasionaban innumerables dudas que se plasmaban en numerosos errores de copia. Ello planteó a los primeros editores la necesidad de restituir esa mala copia, y así en las ediciones clásicas, desde la principal de Müller, el nombre que se recoge es el de Gadeira (6). Siguiendo su criterio, en todas las ediciones y traducciones posteriores se ha seguido, sin reflejo alguno de discusión, este nombre, y en comentario se ha señalado el error del copista.
En todo caso, el texto del manuscrito no recoge en realidad el nombre de Gadeira como referido a las islas, sino otro distinto (algo así como Abinilie que, por otra parte, es desconocido en otras fuentes). Ello nos permite preguntarnos si esta alusión a la isla no afectaría realmente a Gades, de todo punto incorrecta, sino precisamente a las islas existentes frente a este lugar, en Tarifa, la de Las Palomas y su apéndice hoy unido a tierra.
Por otra parte, el nombre recogido en el manuscrito se acerca, y mucho, al propio de Abila, la columna africana de Hércules, nombre de origen púnico según Avieno (O.M. 345-346): "Maurusiorum est Abila, namque Abila(m) vocant/ gens punicorum, mons quod altus barbaro est". Y también al de Alyba que algunas fuentes griegas de la antigüedad, dan a Gibraltar, entre ellas el Scholio o comentario a Licopron (Alexandra. 649), autor del siglo IV a.C. que cita las Columnas como Alibe y Abina; en Charax de Pérgamo el nombre de Gibraltar era el de Calpe, en lengua bárbara, y Alibe en griego, mientras la columna africana (Ceuta en esta época) era Abinna en lengua de los bárbaros, y Cinegetica en la de los griegos; Dionisio Periegeta (Orb. Descr. 336) también menciona la columna hispana con el nombre de Alibe, al igual que Eustaquio (Comm. 334 y 337). Son recuerdos de una posible identidad toponímica púnica entre ambas orillas, perdida con posterioridad.
En el origen de todos estos problemas de identificación se encuentran, por un lado, las condiciones de generación de la literatura antigua, y del otro, las condiciones de su propia transmisión. Los navegantes de la antigüedad, en épocas más primitivas, confundieron en no pocas ocasiones los accidentes geográficos, y los topónimos de los que tenían referencia. Por esta razón, accidentes geográficos tales como el monte y cabo de Gibraltar, o la Almina (Acho) y las colinas del istmo ceutí, podían ser observadas desde el mar como islas. Por otra parte, menciones a islas o santuarios en las mismas podían ser identificadas con lugares en los que, ciertamente, existieron cultos antiguos para los navegantes, como en el caso de Gibraltar (con recientes testimonios arqueológicos), la isla Verde de Algeciras, o la tarifeña isla de Las Palomas. En este caso hemos recogido una confusión, producida desde el litoral africano, de esta última con la isla de Cádiz.
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Fig. 4. Mapa bizantino, con origen probablemente en el siglo V, siguiendo los datos de Ptolomeo. Costa africana del Estrecho y mar de Alborán. |
Este tipo de vacilaciones continuarían también entre los navegantes romanos. Ahora bien, éstos van a mostrar una (pre)ocupación mucho menor sobre las islas, y van a mostrar mayor atención en algunos aspectos del relieve especialmente centrados en el litoral africano. Así la figura de la Mujer Muerta, cerca de Ceuta, identificada como el cadáver pétreo del gigante Anteo, o las múltiples vacilaciones a la hora de interpretar el monte Abila, la columna africana de Hércules (para unos el Acho, para otros el yebel Musa), o incluso cuáles eran exactamente los denominados Septem Fratres (siete montes alineados que dieron origen al nombre de Ceuta).
Por el contrario, en la orilla europea muchas de estas cuestiones desaparecieron con rapidez: el conocimiento del territorio, lo frecuente de los viajes por el mismo, desplazará la imagen mítica a la orilla africana. Es significativo que después de Estrabón, que recoge muchos testimonios de autores anteriores, desaparezcan las menciones a las islas del Estrecho. Los viajeros, por tierra o por mar, mencionan ahora nombres de ciudades o poblaciones, Traducta Iulia, Mellaria, Baelo Claudia. Por el contrario, silencian los mitos, las supersticiones antiguas o incluso el islario.
REFERENCIAS Y BIBLIOGRAFÍA
(1) ESTRABON. III, 5, 2.
(2) GOZALBES, E. "Tarifa en el mundo antiguo". ALJARANDA, nº 41. 2001.
pp. 4-16.
(3) GONZÁLEZ PONCE, F.J. "El Corpus periplográfico griego y sus integrantes más
antiguos: épocas arcaica y clásica". En PÉREZ JIMÉNEZ, A. y CRUZ ANDREOTTI, G.
Los límites de la Tierra. El espacio geográfico en las culturas mediterráneas.
Madrid, 1998. pp. 63-64.
(4) Periplo de Pseudo-Scylax, 1. Vid. la traducción y comentario de
MANGAS, J. y PLÁCIDO, D. (eds.). Testimonia Hispaniae Antiqua II B. La
Península Ibérica prerromana de Éforo a Eustacio. Madrid, 1999. pp. 447-448.
(5) Periplo de Scylax, 111.
(6) MÜLLER, C. Geographi Graeci Minores, I. París, 1855. p. 90.
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