| PATRIMONIO |
ALJARANDA |
Nuestra ermita de Santa Catalina,
mártir de Alejandría
Juan A. Patrón Sandoval
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Santa Catalina de Alejandría (1505-1510), óleo sobre tabla por Fernando Yáñez de la Almedina (Museo del Prado, nº 2902). |
Desde que en diciembre de 2001 se publicara en el número 43 de ALJARANDA mi artículo "De ermita a fortín: apuntes sobre la historia del cerro y castillo de Santa Catalina (I)", muchos han sido los que han asimilado una afirmación particular que hoy se me antoja como errónea, que la antigua ermita que acabaría por dar nombre al cerro sobre el que se levantaba ya en el siglo XVI, había estado dedicada a Santa Catalina de Siena.
Lo cierto es que aquella aseveración no estaba basada sino en la intención de justificar el por qué de otra igualmente errónea publicada en el número 24 de esta misma revista, allá por marzo de 1997: que el actual edificio no era sino una burda réplica del palacete renacentista de la ciudad italiana de Siena, donde, casualmente, en 1347 nació la segunda mujer que sería proclamada Doctora de la Iglesia, Santa Catalina de Siena.
Sin embargo y aunque no hemos encontrado ningún documento que así lo manifieste, hoy nos inclinamos a pensar que aquella santa llamada Catalina –la blanca, la pura–, bajo cuya advocación se erigió la ermita tarifeña no era sino la primera con aquel nombre, una princesa de origen oriental que murió en el siglo IV en Alejandría, virgen y mártir de la iglesia primitiva, que fue uno de los santos más venerados desde el siglo XIII y que celebra su fiesta, tanto en la Iglesia Latina como en las distintas iglesias Orientales, el 25 de noviembre.
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Relieve de Santa Catalina que figura en el ático del retablo de su capilla en Cádiz. 1639. |
Su culto, cuyo primer vestigio es una pintura del siglo VIII encontrada en Roma, se difundió sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo X. Popular en el siglo siguiente, especialmente en Francia, se propagó en el siglo XII por muchas partes de Europa, entre otras cosas por obra de los cruzados. Así, Santa Catalina de Alejandría era una de las patronas de las Órdenes Militares de Caballería y fue ésta la encargada de anunciar a Fernando III el Santo la caída de la ciudad de Jaén, precisamente el día de su onomástica, un 25 de noviembre de 1245, tras la que le erigió una capilla en 1246 en el castillo y siendo desde entonces patrona de aquella ciudad.
En el siglo XIII las órdenes monásticas más antiguas empezaron a celebrar la fiesta de Santa Catalina, costumbre documentada también entre los frailes mendicantes desde su fundación. La popularidad alcanzada por el culto explica su consistente presencia en la literatura, en el folclore y en las artes figurativas y, quizás, pudiera ser el origen de la fundación de la ermita tarifeña, documentada al menos desde 1567.
Al igual que en Tarifa –donde la ermita fue convertida en 1771 en almacén de pólvora coincidiendo con la pérdida de popularidad que manifestaba su devoción en el siglo XVIII–, también en Cádiz se había dedicado una ermita a Santa Catalina, aunque ésta permaneció al integrarse como tal dentro del baluarte defensivo que tomaría su nombre y al que llamaron Castillo de Santa Catalina. Y es en el ático del retablo barroco de la actual capilla, reedificada en 1639, donde encontramos el relieve con la imagen de la Santa de Alejandría, a la que reconocemos por algunos de sus atributos iconográficos más comunes, que son: una rueda rota con púas aceradas en recuerdo de su tormento; la espada con la que fue decapitada; un libro, en referencia a su sabiduría, porque su gran cultura e inteligencia la llevaron a defender su fe cristiana hasta la muerte; una corona, que alude a su estirpe real; y una palma, atributo común de los santos mártires que simboliza su victoria en la fe.
La Universidad de París la proclamó su patrona. Hoy es protectora de los estudiantes, filósofos, prisioneros, jóvenes casaderas y de cuantos se relacionan por su oficio con las ruedas: carreteros, molineros, etc.
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