CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Quinta del cincuenta y siete (VI)

José Araújo Balongo

    A la entrada del comedor había un grifo sobre una piletilla de piedra con desagüe donde llenamos los vasos de agua. Las mesas donde comer entre largas y con bancos enfrentados de la misma medida, más dos banquetas en los extremos. En los bancos nos sentamos cuatro reclutas a cada lado y las banquetas, nos dijeron, las ocuparían los dos veteranos encargados de servirnos el primer plato y traernos el pan. Ambos llegaron juntos; el uno nos dio el chusco y el otro, portador de un caldero con el rancho y un cucharón, fue vertiendo en los diez platos incluyendo los de ellos los dos cucharones a que tocábamos. El pan, sin ser del día, estaba menos duro que el del desayuno, y la comida –potaje de garbanzos con verduras–, sin ser gran cosa, se podía comer y estaba más que caliente, como dándonos a entender que al menos la candela tenía un par de cojones.

    Cuando íbamos acabando con el primer plato uno de los veteranos dijo que había reenganche para tres, y como todavía no estábamos al tanto del lenguaje cuartelero, preguntamos por el significado de lo del "reenganche". El otro veterano, malapipa él, soltó la carcajada ante nuestra ignorancia. Luego, más calmado pero igual de petulante, nos explicó que en el caldero se echaban tres cucharones de más, y si alguno quería repetir podía servirse otro cucharón de lo sobrante. Y tres nos apuntamos: un almeriense, un tinerfeño y yo, los tres con hambre atrasada. Más tarde me enteré que a los repetidores, o reenganchistas, se nos otorgaba el título de "triperos" con no disimulado desdén por parte de algunos, como si la hambruna fuera un baldón y los hambrientos, despreciables.

    El segundo plato y el postre había que recogerlo cada cual lo suyo en el patio, al fondo, donde dos ayudantes de cocina se encargaban de repartirlo. Con la espumadera me echaron una porción mal despachada de un puré rojizo al que llamaban pisto gallego; en el cuenco de mi otra mano depositó el repartidor, contándolos, cinco dátiles maduros. El pisto, paladeándolo, sabía a pimiento, tomate y cebolla refritos que había de comerse mojando sopas y rebañando el plato, con lo que el pan me vino a lo justo, como "la bofetada de Quirós, que ni faltó cara ni sobró mano". Lo que yo no sabía (luego lo supe) era que el chusco había que administrarlo y guardar algo para la cena, de manera que ésta, por mi ignorancia, tendría que ser a palo seco. Lo mejor para mí de la comida fue el postre; el dátil maduro rezuma miel y los saboreé despacio y bien remarcaditos para que duraran más.

    Después de comer fregamos los platos y los guardamos en los arcones. Como en mi dormitorio andábamos revueltos reclutas y veteranos, uno de éstos me informó que a continuación repartirían la correspondencia. Aunque yo no fuera a recibir ninguna carta puesto que hasta que no escribiera nadie sabía mi dirección, bajé a presenciar el acto. Me senté en un escalón entre los que sí esperaban y noté en ellos muecas, risas nerviosas y anhelantes. Y en esto que aparece un sargento portando en bandolera una cartera grande, siendo recibido con algarabía y aplausos. Se hizo el silencio y el sargento fue sacando una a una las cartas y leyendo el nombre del destinatario, el cual gritaba, "¡presente!" y acudía rápido a recogerla. El reparto duró unos veinte minutos; hubo quien recibió dos y hasta tres cartas; otros, no recibieron ninguna; algunos fueron notificados de pasar por la oficina a recoger el importe de un giro postal o telegráfico… En cada cara se notaba la buena o mala suerte de aquel día.

    A las tres en punto somos convocados todos los reclutas a la clase de teórica que impartían los instructores en un amplio local destinado al efecto. Al ser mi primer día comencé por el principio: en el grupo conocido como de "parvulitos", donde enseñaban a saludar militarmente, aprendernos las categorías de los jefes, desde Suboficiales a Capitán General y el tratamiento que correspondía a cada cual. Esta primera parte de la instrucción no es que fuera difícil, sin embargo había allí criaturas que llevaban varios días con el mismo tema y seguían atascados. Y es que todavía no encuentro explicación de cómo pudieron ser declarados "útiles para todo servicio" algunos de aquellos muchachos que, a primera vista, se notaba su condición de disminuidos mentales incapaces de aprender la diferencia en el tratamiento debido a un coronel de un general o de un sargento a un comandante; o de la marcial escenificación del saludo a la bandera; o de cómo saludar de ir cubierto o descubierto, armado o desarmado… Los considerados normales pasamos al día siguiente al grupo de conocimiento del arma a utilizar por nosotros, un "Mauser 43", de 3’950 kilos de peso y preparado para incorporación de bayoneta. Este fusil, de procedencia y fabricación germana, fue el utilizado por la infantería alemana en la Segunda Guerra Mundial.

    En este segundo día de mi vida militar es cuando tengo el primer encuentro –más valdría decir encontronazo– con el sargento Joaquinito.

    El sargento Joaquinito era un hombrecillo bajito, delgadillo, malencarado…, uno de esos que el argot cuartelero gozan fama de tener paso corto, vista larga y mala leche. Además tenía la cara como la copla de Conchita Piquer: picadita de viruelas, y, como el cantante David Bowie, un ojo de cada color: el izquierdo marrón oscuro y el derecho entre grisáceo y azulenco. Esta rara combinación de colores le daba a su mirada un no sé qué de inquietante y siniestro. Cuando se acercó al grupo que, sentados en el suelo, rodeábamos al cabo instructor que nos estaba enseñando a cargar y descargar el arma, lo hizo por detrás de mí. Me tocó en un hombro al tiempo que el cabo interrumpía la instrucción. Volví la cabeza y me levanté. Nos miramos unos segundos antes de que me espetara:

- Usted es uno de los nuevos, ¿verdad?
- Sí, señor.
- ¿Cómo que sí, señor? ¿No le han enseñado que debe dirigirse a cada superior por su rango?
- Sí, mi sargento, es verdad; ha sido la falta de costumbre.
- Omita los comentarios y limítese a contestar escuetamente cuando se le pregunte. Y manténgase firme –me había movido– mientras no le ordene cambiar de posición.

    Con la cabeza alzada, la mirada fija en un punto indeterminado, los brazos pegados a los lados del cuerpo en vertical y los talones juntos permanecí durante el tiempo que el sargento Joaquinito empleó en mirarme de arriba abajo, de frente y de perfil, hasta que dijo:

          - Descanse.

    No me moví. Permanecí impasible de posición y ademán.

          - ¿No ha oído que le he ordenado descanse? ¡Vamos! –gritando– ¡Descanse!

    Seguí sin moverme y solicité:

          - ¿Da usted su permiso, mi sargento, para contestar a su pregunta?
          - Bien; diga lo que tenga que decir.
          - También me enseñaron, mi sargento, que cuando uno está ante un superior debe esperar a que éste dé la orden dos veces para cumplirla.
          - ¡Ea, otro enteraíllo! Pues ya con esta van cuatro veces. ¡Descanse!

    Di el paso atrás con el pie izquierdo y agarré con la mano del mismo lado mi muñeca derecha. El sargento, retirándose, me miró de reojo y mandó al cabo instructor que continuara con la clase. El cabo, veterano él, y mis compañeros reclutas aunque con más días de rodaje que yo, me aconsejaron que tuviera cuidado con aquel sargento porque era peligroso. La clase terminó a las cinco y ya tenía decidido dedicar la tarde a escribir a la familia y a una muchacha asturiana con la que venía manteniendo una relación epistolar desde hacía cinco años.

    Del arcón saqué los avíos de escribir y me dirigí al comedor, lugar destinado a tal fin en las horas libres de la tarde. Dos cuartillas por ambas caras dediqué a la familia y otras dos a la muchacha asturiana. No cargué la tinta en contar penalidades por no entristecer a nadie; hice un sucinto relato del viaje y de mi incorporación al cuartel sin entrar en demasiados detalles. Metí las cuartillas en cada sobre, los cerré y franqueé con los sellos que llevaba en la cartera de la escritura, encendí un cigarrillo y, cuando me disponía a levantarme, se me acercó un muchacho que, tímidamente y casi con temor, me dijo:

- Compañero, ¿sería mucho pedirte que me escribieras una carta para mis padres? Soy analfabeto y llevo aquí siete días sin encontrar a nadie que me quiera hacer el favor. Yo no pido mucho; aunque sean unos pocos renglones para que sepan de mí.

    Miré el reloj; faltaba algo para las siete y disponía de más de una hora. Le dije que sí. A la criatura se le alegró el semblante. Puso sobre la mesa papel y sobre y se sentó a mi lado.

- Me has dicho que es para tus padres, ¿no?
- Sí; bueno, para mis padres y hermanos; tengo siete, conmigo somos ocho.

    Encabecé la carta poniendo "Melilla", y a continuación la fecha. Debajo escribí: "Queridísimos padres y hermanos"

- ¿Qué les decimos?

    Carraspeó y comenzó a dictarme:

    "Mucho me alegraré que al recibo de la presente os encontréis todos bien de salud, yo sigo bien a Dios gracias. Me alegraré mucho también que el abuelo esté más aliviado de la bronquitis con las pastillas que le recetó don Eusebio el médico. Darles a mi abuelo muchos besos y decirles que me acuerdo mucho de él y que le echo mucho de menos, y darles muchos besos de mi parte y que no se preocupe por mí porque yo estoy bien. A Fuensanta, ya sabéis a quien digo, la hija de ‘El Quemao’, decirle cuando la veáis que no me olvido de ella, que aunque la mili dura dieciocho meses, que me espere, que para mí no hay más mujer que ella. Otro día le echaré una carta para ella sola, cuando encuentre a alguien que me la quiera escribir, porque ahora es muy difícil encontrar a alguien que me haga el favor porque todos los que saben escribir, bastante tienen con escribirles a sus familias, a sus novias y a sus amigos. Anda que no me arrepiento yo nada de no haber aprendido a leer y escribir por las noches, como hizo mi hermano Manuel, que después del trabajo aprendió sin costarle ni una peseta en casa de don Anselmo, que muchas veces que me lo dijo don Anselmo y también mi hermano y ustedes. Hoy me está haciendo el favor de escribirme un muchacho andaluz de mi quinta, que es de Tarifa, un pueblo de la provincia de Cádiz. Y nada más porque no quiero abusar más del compañero que me está haciendo este favor. Contestarme pronto a esta carta, darles recuerdos míos a los amigos, sobre todo a Miguelete, que me acuerdo también mucho de él, y a todos lo que pregunten por mí. Muchos besos y abrazos para ustedes mis queridos padres y hermanos, y a mi abuelo, que lo quiero mucho. Manuel, tú que sabes, escribe pronto. Se despide este que lo es, Florencio".

(continuará)

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