CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Quinta del cincuenta y siete (V)

José Araújo Balongo

    El agudo sonido estridente y desapacible del toque de diana nos despertó a los durmientes a las siete en punto de la mañana. Me levanté aturdido, desconcertado, sin saber todavía a ciencia cierta dónde estaba. Una barahunda de voces, de palmeos del imaginaria, de movimientos rápidos al vestirse y ordenar las camas por parte de los veteranos me transportó a la realidad de la situación en la que me encontraba. Era mi primer día de cuartel y de total sometimiento a una disciplina instrumentada en muchas ocasiones por el cornetín de órdenes. Un compañero me ayudó en lo de la cama al ver que no me aclaraba; también me dijo que teníamos quince minutos para el aseo personal antes de integrarnos a la cola de reparto del desayuno.

    Cuando iba a incorporarme a la cola que se estaba formando en el patio, un cabo me indicó un lugar aparte donde debíamos esperar los diez reclutas llegados la noche antes y que aún no teníamos uniformes. Nos fue entregado a cada uno un recipiente de aluminio de los que se usaban como vaso de campaña. Acabado el reparto a los uniformados, comenzó el nuestro. El desayuno consistía en café negro y un chusco de pan seco, que ni el café era café, sino malta o cebada tostada que viene a ser lo mismo, ni el pan era del día, como bien pudimos comprobar al intentar hincarle el diente y apreciar su resistencia. Pero como no hay pan duro cuando el hambre es mucha, yo me hice un migote desmenuzándolo a pellizcos y mezclándolo con el líquido templado y negro del sucedáneo. Ya se sabe que lo que no mata, engorda; al fin y al cabo qué sabe el estómago de lo que se le echa cuando uno es joven. Así fue mi primera comida oficial en el cuartel el día 3 de marzo de 1958.

    El cabo que estaba a cargo de nosotros nos condujo a un almacén del que nos hizo coger un arcón grande de madera a cada uno, que transportamos hasta el dormitorio donde teníamos las maletas. El contenido de las maletas lo fuimos colocando en nuestro arcón, el cual cerramos con un candado que el cabo nos dio junto con la llave que serviría para abrirlo. De allí, portando la maleta vacía y siguiendo al cabo, nos dirigimos a otro almacén donde deberían darnos el vestuario y demás equipamiento. Este otro almacén lo atendían un sargento y dos solados veteranos. Tras el saludo reglamentario de nuestro cabo al sargento, entablaron ambos una conversación que duró unos minutos y de la que ninguno cogimos onda, pero de la que intuíamos que algún problema había. Acabado el diálogo, el cabo vino hacia nosotros diciéndonos:

- Vuestros uniformes no han llegado todavía; no sólo de los que aquí estáis, sino los de todos los del reemplazo al que pertenecéis. De manera que, provisionalmente, tendréis que apañaros con la ropa usada de faena que tenéis aquí en este almacén –señalando con un amplio movimiento de su brazo derecho los desordenados montones de marineras, pantalones, gorros cuarteleros y botas de loneta con suela de goma–. Así que iros desnudando y probando lo que mejor os quede. Otra cosa; la ropa de paisano meterlas en las maletas y cerrarlas; aquí quedarán almacenadas hasta que os licenciéis. Y otra cosa más; los que llevéis puestos zapatos negros no guardarlos, porque pudiera haceros falta.

    Nos dirigimos hacia los montones descritos antes y comenzamos la sesión de pruebas. Logré encontrar una marinera medianamente aceptable que, a simple vista, parecía de mi talla; la dejé sobre la maleta y pasé al montón de los pantalones, donde la búsqueda resultó más laboriosa; el que me quedaba bien de cintura tenía corto los perniles y el que me quedaba bien de perniles resultaba ancho de cintura; al fin encontré uno de un término medio; sólo sería cuestión de apretarme más el cinturón, porque de largo estaba bien. Con el gorrito cuartelero y las botas no tuve ningún problema; mi cabeza no es ni grande ni chica y de pies gasto un 42. Ya con el equipo completo preparado, procedo a desnudarme totalmente de civil y a vestirme de militar.

    Mis compañeros se apañaron sobre poco más o menos lo mismo que yo; todos, menos uno: un paisano de Trebujena que debía medir sobre 1'90 y calzar un 46; además tenía unas manos enormes, manos duras y trabajadas de hombre de campo y acostumbradas a empuñar y hundir el arado en la tierra y a manejar la hoz en tiempos de siega; unas manos imposibles de introducir por las estrechas mangas de la marinera más grande que encontró. Procuramos ayudarle entre todos pero no había manera. En ello estábamos cuando llegó el cabo diciendo:

- ¿Cómo es posible que todavía no estéis listos? A ver, tú –dirigiéndose al compañero de Trebujena–; ¿por qué no estás ya vestido de militar?
- ¡Son cojones! Porque ninguna prenda me cabe.
- Eh, oye, tú; tranquilo –dijo el cabo–. Aquí de cojones nada.
- Mire, cabo –intenté mediar yo–; ya hemos buscado y rebuscado en todos los montones y aquí no hay nada que sirva para vestir y calzar a este hombre; él no tiene la culpa de esta situación; así que usted dirá lo que hacemos. Ya sabemos que en la mili no se debe decir una palabra más alta que otra, en eso estoy de acuerdo con usted; le ruego entienda su cabreo y le perdone.

    Mis palabras parecieron humanizar algo al cabo, quien, sin decir nada, se dirigió a la especie de oficinilla donde estaba el sargento. De lo que hablaron nada supimos; lo cierto fue que el sargento salió con cara de fastidio y, seguido por el cabo, desaparecieron por un oscuro pasillo, regresando a los pocos minutos con un envoltorio que el cabo portaba bajo el brazo. El uno regresó a su sitio y el otro al nuestro.

- Vamos a ver –dijo el cabo–; pruébate esto que seguro te estará bien.

    El compañero de Trebujena deshizo el lío y menos mal que se lo tomó a cachondeo. Fue el primero en reírse y los demás le secundamos porque la cosa tenía gracia. El "uniforme" que le entregó el cabo se componía de lo siguiente: una sahariana caqui de infantería de tierra, unos pantalones de campana (de pata de elefante se decía entonces) azul marino, un lepanto blanco para cubrirse y unas botas negras de polainas para calzarse. Cuando acabó de vestirse nuestra risa, incluida la de él, derivó en sonora carcajada. Había que ver a aquel gigantón vestido de tan desparejada manera; hasta el cabo no tuvo más remedio que reírse mientras intentaba restablecer el orden.

    De allí pasamos a la cocina donde nos dieron a cada uno un plato sopero, otro llano, un vaso y un ingenioso conjunto desmontable de cuchara, cuchillo y tenedor. Los platos y el vaso eran de cristal y el cubierto metálico. El cabo nos advirtió que tuviéramos cuidado de no romper nada, porque el que rompe paga y, aunque nos proporcionarían otros, nos serían descontados de nuestros haberes. También nos dieron otro plato de aluminio con anilla para colgar que, junto con el recipiente que nos habían dado por la mañana para el desayuno, debíamos guardar en el arcón porque nos servirían cuando llegara el momento de salir de marcha o de maniobras.

- Bueno –dijo el cabo–; creo que ya hemos terminado –miró su reloj de pulsera–. Son más de las once y media y a la una tocarán fajina para comer. Tenéis tiempo suficiente para afeitaros, porque parecéis bandoleros con esa pinta. Así que para luego es tarde.

    Rápidamente todos fuimos por nuestros avíos de afeitar y en el cuarto de aseo nos apañamos como pudimos para rapar nuestras barbas de cinco días. Algunos, previsores ellos o sus familiares, tenían pequeños espejitos que les facilitaban la labor, usando como soporte cualquier saliente de paredes y ventanas. En el único lavabo con espejo nos afeitamos tres a un mismo tiempo, que, aunque parezca difícil, es posible cuando hay buena voluntad, y nosotros, los diez, la teníamos, porque aun llevando poco tiempo juntos, el cansancio, las dificultades, el cambio de vida y todo lo que lleva consigo, nos fue hermanando. Todos nos sentíamos uno, y una apreciable corriente de simpatía, de unión, de espíritu de grupo, se estableció entre nosotros.

    Ya afeitados y peinados los pocos pelos que nos dejó el barbero, parecíamos otros; eso nos decíamos entre bromas cuando guardábamos los avíos de afeitar y preparábamos los de la comida, porque la una estaba al caer. A las en punto, otra vez el estridente sonido del cornetín de órdenes tocando ahora fajina. Formamos en el patio de tres en fondo para que la cola no se hiciera demasiado larga, y la formación se hacía por orden de llegada. Nosotros, los nuevos, llegamos y no colocamos ni de los últimos ni de los primeros; en el término medio que es donde dicen que está la virtud. La pinta de nuestro compañero de Trebujena se hizo notar y empezaron las risas, el jaleo y el cachondeo.

- ¡Largo! –gritó uno de esos que van siempre de graciosos por la vida– ¿Tú qué eres, de la Compañía de Mar o del ejército de Pancho Villa?
- Y tú –dijo el largo gritando también–, cabronazo, ¿de qué ganadería eres, de la de Miura o la de Pablo Romero?

    Las risotadas se fueron casi generalizando, y digo casi porque el de Trebujena no era el único estrafalariamente vestido; pude observar en la fila, salteados, más de una docena casi igualmente desuniformados. Se trataba de reclutas de baja estatura la mayor parte o de otros, los menos, excesivamente gordos, aunque debo reconocer que quien se llevaba la palma de la mala facha era mi paisano, tal vez por ser el más gigantón de entre todos y destacaba notablemente sobre los demás.

    A poner orden en la fila vino el sargento de semana gritando:

- ¡A formar!

    Nos fuimos colocando lo más ordenadamente que supimos y de nuevo la voz del sargento a grito pelado:

- ¡A cubrirse!

    Fijándome en los que ya sabían, alargué el brazo derecho hasta posar mi mano en el hombro de mi compañero de delante, notando en mi hombro derecho la mano del compañero de detrás. Y otra vez la misma voz:

- ¡Atentos! ¡Fir…mes!

    Yo procuré hacer lo que hacían los demás: bajar rápidamente la mano alzada torteándome el muslo derecho y permaneciendo más tieso que una vela.

    El sargento, despaciosamente, recorrió la fila, hizo el cálculo de cuántos éramos para, inmediatamente, dirigirse al teniente que estaba en el centro del patio y darle la novedad, o mejor dicho, el reglamentario "sin novedad" fuera o no cierto. Cumplido el trámite, volvió hacia nosotros y, ya con voz menos vigorosa, ordenó:

- Descansen.

(continuará)

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