CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Quinta del cincuenta y siete (IV)

José Araújo Balongo

    La travesía entre Málaga y Melilla duró doce horas; de cinco de la madrugada a cinco de la tarde. El viejo y sobrecargado barco cabeceaba sobre las aguas de proa a un viento de poniente largo y al oleaje de la marejada. Una vez atracado el barco al puerto de Melilla y colocada la pasarela, comenzamos el desembarco al son de las notas marciales del pasodoble-marcha "Soldadito español" que, a pie de escalerilla, interpretaba una banda militar de música, seguramente con la intención de elevar nuestro decaído ánimo por tan largo y penoso viaje, sobre todo el del último tramo, el del bamboleo con mar picada en aquel barco que tantos mareos, malestares y vomitaduras produjo durante la larga e incómoda travesía.

    Al pisar tierra se nos ordenó dejar las mantas al lado derecho del muelle, desde donde eran recogidas por varios soldados y cargadas en un carro militar del que tiraba un mulo; cuando ya no cabían más eran relevados por otro carro y otro mulo para seguir con la faena. Liberado de la manta y maleta en mano eché una ojeada por entre la multitud y, como a cincuenta metros, vi elevada una cartela de madera de aproximadamente 1’30 x 0’20 mts. donde, pintado en blanco sobre gris, ponía: Compañía de Mar de Melilla. Encaminé mis pasos hacia aquel lugar y conforme iba acercándome pude ver a un sargento y dos cabos con ropa de faena, diferenciándose, además de por los galones –dorados los del sargento y rojos los de los cabos–, porque el primero se cubría con gorra de plato y visera y los segundos con el muy marinero lepanto. Entregué al superior de categoría mi cartilla militar y me uní a los tres reclutas que habían llegado antes que yo. Como los destinados a la unidad éramos diez, tuvimos que esperar unos minutos hasta que se completó el grupo.

    A una orden del sargento uno de los cabos se echó la cartela a un hombro, el otro nos agrupó como buenamente pudo y, precedidos por los tres, emprendimos la marcha hacia el cuartel, adonde llegamos transcurrido algo más de media hora. Quedamos situados en el patio a cargo del sargento de semana y a la espera de nueva orden. Eran más de las ocho de la tarde, comenzaba a anochecer y, a pie parado o sentados sobre las maletas, un frío húmedo nos hacía estremecer los maltrechos cuerpos, sucios y cansados por los tres días de viaje transcurridos desde nuestros lugares de procedencia hasta el lugar de destino.

    El cuartel era un edificio vulgar de dos plantas adosado a la muralla que rodeaba la ciudad antigua, conocida como "Melilla la Vieja". La zona de oficinas estaba situada al este de la planta baja; hacia allí se había dirigido el sargento a quien entregamos nuestras cartillas militares, y de allí salió como a la media hora de la llegada acompañado de un teniente y en dirección a nosotros. El teniente, que apenas si nos miró, dio unas breves instrucciones al sargento de semana, retirándose a continuación junto al otro sargento; el que quedaba, el de semana, nos condujo a uno de los dormitorios de la planta alta y dio, como suele decirse, las oportunas órdenes al cuartelero de puerta, el cual nos hizo pasar y nos llevó a cada uno al camastro que nos correspondía, indicándonos dejar allí, bajo cada camastro, la maleta y cualquier otra impedimenta que portáramos.

    Luego vino lo de la barbería. Debo decir que nuestra quinta fue la primera en la que se suprimió el pelado al cero al ingreso en el cuartel. El barbero, que se llamaba Joaquín y no era militar, hombre delgado y alto y que andaría por la cincuentena de sus años, no tardó ni una hora en acabar su faena con los diez del grupo; claro que así le salió de trasquilado el corte de pelo reglamentario, rapado por los aladares, por detrás y de arriba abajo pasando por nuca y cuello, dejándonos como unos dos centímetros de pelo desde el flequillo a la coronilla; un pelado de los llamados al cepillo, pero mal hecho y bien desigualado; faena realizada por Joaquín dentro del cuchitril estrecho y desaseado en el que apenas cabíamos él, un sillón fijo y de brazos y la "víctima" de sus trasquilones.

    Antes de pasar a la ducha y puesto que aún no nos habían dado ninguna ropa, ni siquiera la de interior, ni jabón, ni toalla, ni nada de nada (tan sólo órdenes), el sargento nos permitió a petición nuestra que fuéramos donde dejamos nuestras maletas a coger lo mínimo indispensable para el aseo que, en previsión, nuestros familiares incluyeron en los equipajes. Yo, además de la pastilla de jabón, la toalla, los calzoncillos blancos, una camiseta de media manga y un par de calcetines, me llevé también un estuche con los avíos de afeitar, porque la barba de cuatro días negreaba aún más el moreno de mi cara, aumentando también la sensación evidente de rasposa suciedad. Dispuestos a afeitarnos íbamos cuatro de los diez y en el cuarto de aseo no había más que dos lavabos, de los que a uno no le funcionaba el grifo y ninguno tenía espejo. Cuando estábamos intentando de apañarnos como bien pudiéramos, el sargento, allí presente, se acercó a nosotros y con voz falsamente meliflua nos preguntó:

- ¿Piensan los señores asistir esta noche a alguna fiesta?
- ¿Cómo dice? –me atreví a preguntarle–.

    En mala hora lo hice; se me acercó aún más de lo que ya estaba y mirándome fijamente, como queriéndome fulminar con la mirada, dijo alzando la voz:

- ¡Usted se calla! Hablará cuando yo le pregunte directamente. Y no olvide que siempre, siempre, siempre, debe darme el tratamiento reglamentario, que, por si lo desconoce, es el de "mi sargento".

    Por poco si se me escapa decirle: "sí, mi sargento"; menos mal que me contuve a tiempo; aquel energúmeno destapó la caja de los truenos y se despachó a gusto; seguramente la perorata la tenía bien aprendida. Dijo:

- Usted debe ser –dirigiéndose a mí– uno de esos señoritingos de mierda que se creen que vienen al cuartel de vacaciones. Están ustedes en Melilla –ahora ya desparramaba la vista hacia los diez–, una plaza de soberanía española en África, y aquí se viene a servir a la Patria. Los militares africanistas nos distinguimos por nuestro más que demostrado valor y espíritu de sacrificio, y, sobre todo, por nuestra férrea disciplina; así que aquí de chulerías, nada; aquí, ahora, mandan mis cojones. De manera que os ordeno procedan a ducharse, y que tenéis quince minutos para hacerlo desde el momento, que será enseguida, en que empiece a salir agua de la ducha. Nada más. Dentro de quince minutos os espero fuera.

    Se encaminó hacia la puerta de salida después de abrir él mismo la llave del agua.

    Me he referido a la ducha, en singular, porque no había más que una, si bien de unas características muy particulares. Se componía de un tubo de plomo agujereado, como de unos cinco metros de largo, por donde iba saliendo más bien con desgana el líquido elemento. La pared y el piso del estrecho canalillo, levemente inclinado, por donde discurría el agua hacia el desagüe, estaba alicatado de un blanco que tiraba a amarillento. A todo lo largo y ancho del lugar descrito no existía separación alguna; quiero decir con esto que nos tuvimos que duchar todos juntos, formando una hilera de diez hombres en pelota luciendo nuestras partes pudendas a la vista de los demás. Para colmo, el agua salía más fría que la de un manantial nórdico; cómo estaría que de los quince minutos que nos concedió el sargento nos sobraron casi diez, tiempo que empleamos en secarnos enérgicamente con nuestras toallas intentando entrar en calor por medio del frotado. Después de vestirnos salimos del cuarto de aseo y nos dirigimos al patio donde nos esperaba el sargento. Nos paramos ante él y, mirando el reloj (tal vez para comprobar lo de los quince minutos), nos indicó:

- Ya conocéis el camino del dormitorio; así que, inmediatamente, presentaros al imaginaria de puerta.

    Yo estaba de una mala leche con aquel sargento que a poco si me desmando; nos ordenaba que fuéramos a dormir sin preocuparse de que, antes, nos dieran algo de comer. La última vez que nos sirvieron un rancho fue en el barco a eso de las dos de la tarde y ya eran las diez y media de la noche; y todavía si el rancho que nos dieron entonces hubiera sido comestible podía tener un pase, pero aquellas lentejas nadando en agua sucia y fría en el plato de aluminio no había quien se las comiera. Todos los que íbamos en cubierta, sin excepción, revoleamos el continente y el contenido sobre las olas de la mar picada. Aquello fue como una rebelión a bordo que no tuvo consecuencias graves gracias a nuestra unión en la rebeldía; no nos iban a castigar a cientos de hombres por un acto que, si bien fue de desobediencia, se produjo sin algarada. Durante todo el viaje, tanto en coche, tren o barco, habíamos comido lo que cada uno llevaba en su maleta, de lo que comprábamos a vendedores ambulantes, que siempre siguen a las multitudes, o en algún restaurante barato cuando hubo ocasión.

    Volviendo al susodicho sargento y a nuestra mutua antipatía, en la que él, dicho sea de paso, llevaba todas las ventajas, ¿qué habría visto en mí para llamarme "señoritingo de mierda"? Yo era un obrero y en mi casa de entonces no había cuarto de baño, pero en la alcoba grande teníamos un palanganero de patas con espejo incorporado, una tina, un taco de jabón verde y una calceta para el aseo de la familia; y en el frío invierno calentábamos el agua en una olla grande hasta que hirviera sobre las brasas de carbón vegetal que ardían en el anafe del fogón de la cocina. Por lo visto, para el sargento de marras, el ser aseado y contar con unas mínimas instalaciones adecuadas era señal merecedora para la aplicación del rapapolvo despectivo que me endilgó. Pues vaya si empezaba bien la cosa.

    Nos presentamos ante el imaginaria de puerta y nos hizo pasar.

- Ya sabéis –dijo– cuáles son vuestros camastros. Desnudaros y acostaros en silencio.
- Verás, compañero –dije yo–; resulta que llevamos muchas horas sin comer nada y tenemos hambre. ¿Podríamos, sin hacer ruido, sacar algo de las viandas que tenemos en las maletas y comer algo antes de acostarnos?
- Mira, chaval; después del toque de silencio no puede hacerse nada más que acostarse y dormir; pero como yo también fui recluta, os comprendo. Así que, por favor os lo pido, quitaros el hambre sin que se escuche ni el masticar siquiera. Hacedlo rápido y calladitos y, luego, a la cama todos, ¿entendido?

    Le dimos las gracias, hicimos lo que nos dijo y nos tumbamos en los camastros bajo las mantas cuarteleras. Estábamos tan cansados que, apenas tendidos, agradecidos los estómagos y relajados ya, el sueño nos venció a los diez reclutas sin que ninguno opusiéramos la menor resistencia al ataque de las huestes de Morfeo.

(Continuará)

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