| CREACIÓN LITERARIA |
ALJARANDA |
Quinta del cincuenta y siete (III)
José Araújo Balongo
En la estación de ferrocarril de Cádiz, donde estábamos desde las cinco de la mañana, esperamos casi dos horas al tren que nos conduciría a Málaga para embarcar rumbo a Melilla a los destinados a aquella plaza de soberanía española. Formados en fila de tres en fondo y tal y como nos lo ordenaron los superiores, fuimos entrando en los vagones de aquel tren interminable que, en algo más de media hora, se fue atestando de los cientos de reclutas que formábamos la expedición gaditana, todos y cada uno cargados con su maleta y su manta. El departamento que me tocó ocupar era de los llamados "de tercera", con bancos alargados de listones de madera separados entre sí tanto en el asiento como en el respaldo. Más tarde nos enteramos que podíamos considerarnos afortunados, porque muchos otros tuvieron que conformarse y alojarse en vagones de transporte de ganado que, además de apestar a perros muertos, carecían de asiento.
El tren arrancó a las ocho con cansino traqueteo, lento al principio y un poquito más ligero una vez lanzado. La máquina se alimentaba con carbón de piedra, de modo que no tuvimos más remedio que cerrar lo mejor posible las ventanillas para evitar la entrada de carbonilla pulverizada que vomitaba la chimenea. Y así una hora y otra y otra, cada vez más cansados y sin que nadie (quiero decir ningún jefe) nos notificara nada sobre la hora aproximada de llegada a Málaga. Al filo de la una de la tarde el tren se detuvo en la estación de Utrera, provincia de Sevilla. Nos hicieron bajar y nos condujeron a un enorme corralón donde nos fueron entregando a cada uno un plato de aluminio y un bollo de pan; el plato estaba sucio, más por dentro que por fuera, que ya es decir, y el pan más duro que la pata de Pedro.
Nos mirábamos unos a otros tomándonos a guasa aquella situación, aunque lo que verdaderamente nos apetecía era mandar al carajo a quienes tuvieran la culpa de tan infame trato. Pensábamos, por la hora que era, que se trataría de cumplir con la formalidad de darnos el almuerzo, si bien no creíamos que nadie fuera capaz de tragar algo de lo que nos echaran en tan asqueroso recipiente. Y de nuevo otra cola, ahora de uno en uno, para poner el plato ante el enorme caldero del que, con un cucharón, un hombre de mediana edad y gesto rutinario nos echaba en el plato hasta mediarlo el "manjar" que extraía del caldero. Nos habíamos equivocado los que pensamos que nos darían el almuerzo; aquello que nos sirvieron parecía café con leche, y digo parecía porque no supe de nadie que se atreviera a probarlo para comprobarlo.
Al comenzar el reparto hubo cierto revuelo en señal de protesta; aquello duró lo que tardó un sargento de la expedición en desgañitarse a voz en grito diciendo que todos (lo de "todos" lo repitió varias veces elevando cada vez más el tono gritón, hasta que se le escapó un ridículo gallo que lo enfureció todavía más de lo que ya estaba) teníamos que coger nuestro desayuno (si a más de la una de la tarde nos daban de desayunar, ¿a qué hora sería la cena?). El sargento, después de la filípica, se marchó dejándonos a cargo de una pareja de cabos veteranos armados con mosquetones. Todos, como ordenó el sargento, recogimos el desayuno; y todos, sin que nos lo ordenara nadie y sin acuerdo previo, hicimos lo mismo: revolear con ímpetu sobre un rincón del corralón los platos de aluminio abollados y sucios, incluido su contenido. A continuación, con los duros bollos de pan, emprendimos un ataque vigorosísimo contra los apilados platos en descomunal desorden, abollando con los bollos –y nunca mejor dicho y empleado el término– los ya de por sí derrotados e inmundos recipientes.
Uno de los cabos se nos acercó advirtiéndonos que no hiciéramos más tonterías, que con aquel escándalo, si se enteraba el sargento, las íbamos a pasar canutas. El otro cabo fue a avisar a los mandos que el desayuno había concluido "sin novedad", regresando al poco con la orden de que formáramos ordenadamente y emprendiéramos el regreso al tren. Y otra vez el traqueteo del chacachá del tren martirizando nuestros doloridos huesos por tan largo e incómodo viaje. Mentira nos pareció cuando pasadas las seis de la tarde llegamos a Málaga. De la estación al Cuartel de Transeúntes tardamos casi una hora, recorrido que hicimos en "el tren de San Fernando", es decir, "un ratito a pie y otro ratito andando".
Congregados en el patio del cuartel, donde se nos ordenó esperar, sentados sobre las maletas, sucios, sudorosos, cansados, cientos de hombres jóvenes esperábamos otra orden que tardó unos veinte minutos en producirse. De un par de altavoces situados en alto y frente a nosotros, escuchamos de una voz aguardentosa y en tono de ordeno y mando, las siguientes palabras: "¡Atención todos! Os habla el comandante jefe de la expedición. Vais a dejar vuestros equipajes en el almacén que se os ordene, donde quedarán custodiados hasta que regreséis del permiso que os voy a conceder. Van a dar las ocho de la tarde y no tendréis que regresar hasta las doce de la noche. Espero de todos ustedes que tengáis un comportamiento digno y respetuoso que no alteren el orden de la ciudad; de lo contrario, ordenaré un castigo ejemplar para los que no cumplieran con lo que dicho queda. De modo que ya sabéis; a las doce en punto, todos aquí. Vuelvo a hacer hincapié sobre lo del buen comportamiento ciudadano. Nada más".
Todos acogimos aquel permiso de cuatro horas libres como un premio que, por lo inesperado, nos llenó de gozo, y, sobre todo, no tener que ir cargados con la maleta y la manta, aquel pesado y delator engorro de nuestra condición de reclutas. Antes de salir, en un grifo que en el patio había, me lavé la cara y remojé el pelo; me sequé con el pañuelo de bolsillo, ordené mi cabellera con el peine que acostumbraba llevar y enfilé mis pasos hacia la salida. Decidí no unirme a ningún grupo en evitación de cualquier percance, porque, aunque yo no me consideraba persona conflictiva, cuando se va en pandilla y ocurren altercados, a veces, sin comerlo ni beberlo, suele llevarse la peor parte el que menos culpa tiene. Esta reflexión me la hice pensando y temiendo a lo dicho por el comandante jefe de la expedición.
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Deambulé un rato por la bella ciudad mediterránea entre dos luces. Era ya noche cerrada cuando, sin proponérmelo, llegué al parque; me senté en un banco de piedra con respaldo de hierro colado en filigrana. Encendí un cigarrillo; mientras que despaciosamente lo fumaba sentí un poco de frío. Miré el reloj y eran las nueve y media. La última vez que había comido algo fue en la estación de ferrocarril de Cádiz, donde compré a un vendedor ambulante un bocadillo de morcilla poco antes de que el tren arrancara; demasiado tiempo sin comer como para que el estómago no protestara como tenía por costumbre. Verdaderamente no hay nada más revolucionario y reivindicativo que el hambre, porque no depende de nuestra voluntad sino de nuestra necesidad.
Salí del parque y busqué donde comer, un sitio baratito y asequible a mis escasos recursos. En la esquina de una bocacalle colgaba el anuncio que yo iba buscando; decía: "Freiduría de pescado". Este es el sitio –me dije–, y entré en ella. Ocupé la única mesa que quedaba disponible y pedí al camarero una ración de chanquetes, otra de boquerones victorianos, un bollo de pan y media botella de tinto peleón. En aquel local se estaba calentito. Mientras esperaba a que me sirvieran encendí otro cigarrillo, el último que quedaba del paquete empezado la noche anterior (en un bolsillo de la chaqueta llevaba otro paquete de repuesto y varios más en la maleta).
Calmado el hambre y reconfortado por el vino, pagué, me puse la chaqueta y otra vez a la calle. Yo conocía algo de Málaga, adonde había estado varias veces por motivos de trabajo, de manera que logré orientarme sin tener que preguntar y llegué a la calle Larios, una hermosa y bien iluminada calle peatonal y comercial. Quise premiarme el día tomándome un buen café en un lujoso bar de gente bien vestida y camareros uniformados con camisa blanca, pajarita al cuello, chaleco gris en dos tonos a rayas verticales y pantalones y zapatos negros. No me atreví a sentarme porque, al entrar, uno de los camareros, calvo él y regordete, se me quedó mirando como preguntándose: "¿qué hace este pájaro en este nido?" Y es que yo, lo reconozco, desentonaba en aquel ambiente. De manera que me tomé el café en un rincón de la barra, apartado del mundanal y refinado bullicio.
Eran las once y media cuando emprendí el regreso al Cuartel de Transeúntes; iba andando despacio con las manos en los bolsillos del pantalón y desabotonada la chaqueta; disponía de tiempo suficiente para llegar a la hora ordenada. La noche había refrescado y las calles de mi recorrido se encontraban solitarias. De un tabernucho salió una mujer borracha; se me acercó y me pidió un cigarrillo. Mostrándole el paquete que saqué de un bolsillo de la chaqueta, le dije:
- Yo fumo "mataquintos", sin filtro.
- Me da igual; cosas peores se ha fumado una.
Le di uno y le ofrecí candela; lo cogió y encendió protegiendo con sus dos manos la mía, que entre dos dedos sostenía un mixto encendido.
- Gracias –me dijo–. ¿Te vienes conmigo?
- No puedo – le dije–; tengo que estar a las doce sin falta en el sitio adonde me dirijo.
Se me quedó mirando con el cigarrillo entre los labios y un ojo a medio guiñar protegiéndolo del humo. Era una mujer, más que mayor, gastada por la vida; en plena decadencia por los muchos años que sin duda llevaría ejerciendo el oficio que dicen más antiguo del mundo.
- Está visto que esta noche no me estreno –me dijo–. De todos modos gracias, guapo, por el cigarrillo y por no tratarme mal.
- No hay de qué.
Nos separamos. Ella volvió al tabernucho y yo seguí mi camino.
Llegué al Cuartel a las doce menos cinco. Todavía no habían abierto el portalón. Desparramados por la cercanía, unos en grupos, otros solitarios, allí estábamos los quintos del cincuenta y siete. A más de uno se le fue la mano con la bebida; los delataba la risa estúpida de la borrachera. Un coro, desentonando, asesinaba la ranchera "Adelita" ("Si Adelita se fuera con otro / la seguiría por tierra y por mar, / si por mar en un buque de guerra, / si por tierra en un tren militar...").
Por fin, a las doce y cuarto, abrieron el portalón con un chirriante acompañamiento de goznes desengrasados. Anduve remoloneando para ser de los últimos en entrar.
Recogido el equipaje, otra vez formados, nueva caminata hasta el puerto de Málaga, a donde llegamos sobre las dos de la madrugada. Nos situaron en una gran explanada y se nos permitió sentarnos sobre las maletas y arrebujarnos en las mantas porque, cerca del mar, el fresco a pie parado aspiraba y conseguía convertirse en frío, un frío húmedo y pegajoso que notábamos sobre todo al pasarnos las manos por el pelo. Nadie nos dijo nada sobre la hora de embarque; la falta de noticias al respecto era algo a lo que ya nos íbamos acostumbrando. El rumor "Radio macuto" de siempre aseguraba que partiríamos rumbo a Melilla a las cuatro. Se equivocó por poco; a esa hora, a las cuatro, comenzamos a embarcar en un viejo y destartalado buque mercante, operación que duró casi una hora. La tripulación del barco zafó las amarras de proa y popa de cada noray, retiraron las defensas y la escala por la que habíamos embarcado y, lentamente, la embarcación se fue despegando del muelle y, maniobrando, enfiló la bocana del puerto con un par de ronquidos de sirena, acelerando poco a poco mientras avanzaba surcando el agua. Eran las cinco de la madrugada.
(Continuará)
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