| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
No recuerdo su nombre. Todos le nombrábamos así, por el eufónico apellido posiblemente de origen italiano, desde la maestra a los compañeros de clase.
Rompineli era hijo de guardia civil, y desde que se incorporó a nuestra escuela deseguida empezó a destacar en todas las materias en que éramos instruidos y para las que nos servía de base un único libro: la Enciclopedia de Grado Medio de Dalmau Carles. Esta enciclopedia empezaba por la Gramática y terminaba en la Historia Sagrada, pasando por la Aritmética, la Geometría, la Geografía, la Historia de España, la Física, la Química y la Urbanidad. Creo no haberme olvidado ninguno de sus apartados ni incluso el orden correcto en que descritos quedan; aunque hablo de memoria, porque este libro, al que tenía un especial cariño y que conservé hasta hace pocos años, un mal día lo presté y me lo perdieron.
Su aspecto, el de Rompineli, no era agradable.
Estaba muy delgado, y su piel, prematuramente marchita, tenía un color macilento, lo que
le daba una apariencia de niño viejo o de enano aniñado. Sus ojos, pequeños y oscuros,
miraban con recelo y de través, con algo de fiereza y temor a un mismo tiempo, como los
de un animal acosado y presto a defenderse. Caminaba con el cuerpo encorvado y el paso
inseguro, dando la sensación de que si realizara algún movimiento brusco podría
deshacerse toda la arquitectura de su endeble esqueleto. Nada de esto debe extrañar,
porque aquel niño padecía de una enfermedad muy frecuente en aquellos años y que
diezmaba a la población infantil: el raquitismo. El diccionario que tengo y manejo dice
al respecto de esta enfermedad:
RAQUITISMO.- Enfermedad consistente en un reblandecimiento y encorvadura de los huesos,
especialmente del raquis, con debilidad y entumecimiento de los tejidos. Reconoce por
causa la mala nutrición de éstos, y suele sobrevenir en la infancia.
Como consecuencia de su mala salud no podía participar en nuestros juegos a la salida de la escuela; juegos generalmente violentos, con carreras y saltos, y que se desarrollaban por la Alameda o los alrededores de los castillos de Guzmán el Bueno o Santa Catalina. Él permanecía apartado y solitario, huraño, y se marchaba pronto a su casa con paso vacilante y expresión triste.
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| Imagen de Tarifa en la década de los
cuarenta. (Foto reproducción M. Rojas) |
En aquella escuela sin pupitres, nos sentábamos juntos, uno al lado del otro, en el mismo banco que ocupábamos ocho o diez alumnos. Y lo de banco es una manera optimista y generosa de llamar al asiento, pues en realidad se trataba de una vieja y apolillada hoja de puerta apoyada sobre dos cajones. Conmigo, aunque hablaba poco, no se llevaba mal; nos solíamos tomar las lecciones memorizadas que tocaran cada día o nos consultábamos los planteamientos de algún intrincado problema de aritmética o geometría, si bien debo confesar sin que me duelan prendas que las consultas, en su gran mayoría, eran de mí para él, en quien reconocía una inteligencia superior. Vienen a mi memoria aquellos temibles ejercicios de dictado del libro de Miranda Podadera; los problemas aritméticos de regla de tres, simple y compuesta, de compañía, de repartos proporcionales..., en los que prácticamente todos o fallábamos o teníamos serias dificultades para resolverlos. Todos, menos Rompineli; él siempre acababa el primero y rara vez se equivocaba. Su mente trabajaba a mayor velocidad que su mano, lo que se traducía en un rápido, nervioso y estridente rasgeo del fino cilindro del pizarrín sobre el rectángulo de la pizarra enmarcada, sostenida sobre sus escuálidas rodillas. Toda su incapacidad física, quizá como compensación, parecía haberse incrementado en capacidad intelectual. Durante el poco más de un año que estuvo entre nosotros siempre fue el primero de la clase en todas las materias, aun a pesar de que, por su enfermedad, faltaba con frecuencia a la escuela; pero recuperaba fácilmente el tiempo perdido y se ponía al día a poco que tuviera una continuidad en la asistencia.
El mal que padecía siguió avanzando; cada vez se le veía más debilitado; jadeaba al menor esfuerzo y su cuerpo se fue consumiento hasta el punto de que se le transparentaban las orejas. Sus faltas a clase se fueron haciendo más largas y continuadas..., hasta que una mañana, tras el consabido "Ave María purísima" con que saludábamos a la maestra cuando entrábamos en la escuela y su repuesta de "Sin pecado concebida", ésta, la maestra, doña María, con expresión seria y solemne, nos indicó que no nos sentáramos; tenía que darnos una triste noticia: en la madrugada, Rompineli había muerto. Antes de sentarnos y a instancias de doña María, rezamos un Padrenuestro por el descanso de su alma en un murmullo apagado, entrecortado y casi imperceptible, porque la congoja, que se anudaba en nuestras gargantas y anegaba de llanto nuestros ojos, apenas si nos permitía pronunciar palabra.
En aquella mañana de hace cuarenta y tantos años, mi corazón de niño padeció el primer zarpazo ante la evidencia de la desaparición para siempre de alguien a quien admiraba y al que, en el fondo, quería, aunque él no se hiciera querer ni por su aspecto ni por su trato.
Visto desde la distancia de los muchos años transcurridos, me resulta ahora comprensible, dada su inteligencia, la actitud antipática y huraña de Rompineli ante lo injusto y desesperante de la certeza que debía tener de su propia, cercana y temprana muerte.
Malos tiempos aquellos de la hambruna en que los niños morían de enfermedades fácilmente evitables con una alimentación adecuada y suficiente.
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