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MIENTRAS ANA DUERME
Sevilla alivia en la
noche
fuegos de un verano prematuro.
A la vecina del piso de
arriba
-loca a golpes de soledad-
acaba de rendirla su diaria maratón
y un alarido redondo y ámbar
hace añicos la luna de silencio.
Ana, mientras, duerme.
Pasión pura que rebasa,
deja escapar lo soñado
y el aire del cuarto se puebla
de mares abrazados que lamen
las paredes del fin del
mundo;
de soles tibios y arenas de miel
pulidas por un viento que llora
lágrimas de ilusiones rotas.
Sueña montes que paren
nubes,
selvas que bajan a beber al mar,
olas con cruces de espuma
y pueblos de gente de avalancha.
Duerme, Ana. Sueña, Ana.
Que si soñar es vivir,
juntos viviremos nuestra tierra
en un perfecto mañana
huérfano de recuerdos,
ausente de fronteras,
libre, por fin,
para poder sentirse libre.
Rafael Ángel Viso
Gómez (Algeciras)
Primer Premio
CÁNTICO DE RETIRADA
Conviene retirarse
tenuemente
del espectáculo al que nunca se ha accedido
J.A. Valente
Conviene retirarse
tenuemente
del espectáculo al que nunca se ha accedido,
salir con paso silencioso
por una puerta oculta en sombras
con el agrio aroma de la desgracia,
guardar las camisas de negra seda
en cajones que jamás volverán
a ser abiertos por la mano temblorosa,
cuando cae la noche y el verano arroja
olor a cabello húmedo de mujer,
que cualquier conocido sea el dueño
de tus delicadas corbatas y los pañuelos
con tus iniciales tímidamente bordadas.
Conviene retirarse del lance del beso,
cuando la herrumbre de la daga del tiempo
no ha rasgado aún el rostro,
cuando todavía tu mirada, aunque
de turbio zafiro, puede contemplar
sin llanto ojos pardos de mujer.
Ismael Cabezas González
(La Línea)
Segundo Premio
LOS NIÑOS DE MURILLO
Harapientos y desdentados,
con esa rara felicidad de los niños
abandonados a su suerte,
se disputaban unas monedas
sobre el empedrado sucio y roído
de una calle de Sevilla.
El sol se replegaba ya
con sus velámenes rigurosos
y dejaba en las paredes
una sombra de nicotina.
Algunas mujeres barrían
en la puerta de sus casas
o arrojaban cubos de agua
sobre las fachadas resquebrajadas.
Las campanas, con su temblor metálico,
anunciaban las ocho de la tarde.
Y un septiembre de jirones
de tristeza y nubes indecisas
envolvía el contorno de la imagen.
(Hastiados del juego,
los niños recogen el cubilete
y los dados con muecas de desdén.
Enfilan la calle con sus alpargatas
agujereadas y silban fríamente.
Una última ascua de calor
se disuelve en el horizonte.
Y la vida, más que nunca,
les parece una preciada posesión).
Jose A. Sánchez Espinel
(La Línea)
Tercer Premio
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