PATRIMONIO

ALJARANDA

Por qué Calvo y Valero tiene
una calle en Tarifa

Martín Bueno Lozano

    El día 5 de febrero de 1886 una firma anónima envió al director del Boletín Oficial del Obispado de Cádiz desde Tarifa una crónica en forma epistolar que transcribo a continuación extractadamente.

    "El día 11 del pasado enero –escribía– se presentó aquí el cólera, y, al primer rumor que de ella se tuvo, y que se corrió con la velocidad del rayo, las familias más acomodadas de la población se marcharon al campo, y a medida que el terrible huésped iba haciendo progreso, creció la emigración al extremo de que apenas habrá hoy en esta ciudad (y acaso peque de largo) unas cuatro mil almas de las ocho mil que, poco más o menos, cuenta en tiempos normales, pues el resto, o sea, hasta doce mil que constituye en número total del vecindario, vive todo el año en el campo".

    Téngase en cuenta –advierte el que transcribe– que ésta era ya la cuarta epidemia de cólera del siglo en toda la nación –las otras se desarrollaron en los años 1833-34, 1853-54 y 1865– causantes todas de una mortandad espantosa. Las cuatro juntas dieron un promedio de más de ochocientas mil defunciones, lo que se agrava teniendo en cuenta que el siglo empezó con una población de poco más de diez millones de habitantes y en todo su decurso no pudo doblar el número.

    "Imagínese usted –prosigue la pluma anónima dirigiéndose al director del Boletín el cuadro tristísimo que presentaba el pueblo, aterrado por la epidemia, que llegó a producir cuarenta y nueve enfermos, si bien es verdad que por la misericordia de Dios, no han correspondido las defunciones a aquella aterradora cifra de invadidos, pues el día que más hubo fueron ocho.

    El señor obispo, que se hallaba visitando los pueblos de este campo, corrió en auxilio de los tarifeños en cuanto llegó a su noticia el estado alarmante de la población, haciendo su entrada el jueves veintiocho del pasado, a las dos de la tarde... Esperábanle el clero, autoridades civiles y militares y un crecido número de personas que, llorosas, escuchamos de sus labios en el templo de San Mateo una plática, en la que ofreció al Señor el sacrificio de su vida a favor de sus hijos.

    Puede asegurarse que con la venida del pastor se ha reanimado mucho el espíritu público, habiendo tomado medidas acertadas y eficaces para arreglar esto, pues no había hospital ni otras cosas de perentoria necesidad con que combatir la epidemia. Ha visitado a todos los coléricos, prestándoles toda clase de auxilio, los ha consolado y ha presenciado horribles escenas en el barrio de Extramuros, encontrando en una cuadra a una pobre mujer casi desfallecida de miseria, abrazada a una niña, y cuyo marido había muerto, sin más abrigo que unos miserables andrajos y los aparejos de una caballería menor que en la misma habitación se hallaba. Y no fue sólo este caso".

Rótulos de la calle Azogues y Obispo Calvo Valero, en el edificio de correos. (Archivo Terán)

    Cuando todo el mundo se quitaba de en medio –prosigo yo– aquel obispo, sin miedo al riesgo, había acudido a todos los lugares de su diócesis castigados por la epidemia. Y en todos había tenido la virtud de galvanizar los ánimos abatidos. Dotado de por sí en grado sumo para la organización, traía a Tarifa, además, la experiencia de otros casos. Aparte de la visita a los enfermos, haciendo a veces de enfermero, reunía dinero, adaptaba y adecentaba los locales, montaba cocinas económicas (en Tarifa se repartieron 400 raciones diarias), etc., etc. Naturalmente, curas, médicos y autoridades se volcaban.

    Propio de los tarifeños fue "prorrumpir en copiosas lágrimas" cuando el día 2 de febrero, fiesta de la Purificación de Nuestra Señora, oyeron al obispo invocar a la Virgen de la Luz en la homilía de la misa.

    La pluma anónima envió al Boletín otra carta-crónica el día 13 de febrero, en la que daba por concluida prácticamente la epidemia.

    "Hoy, gracias a Dios –exclamaba–, todo ha cambiado de aspecto: los pobres socorridos, los enfermos visitados, los servicios perfectamente regularizados, el hospital de coléricos sin nada que desear, servido por tres Siervas de María –tres ángeles– venidas voluntariamente para trabajar a las órdenes del prelado".

    Terminaba el cronista esta segunda carta con la referencia a una nota emotiva: habiendo decidido el obispo su marcha inmediata, el alcalde, "haciéndose intérprete de los deseos de todo el vecindario", rogó "continuar aquí más tiempo", a lo que, emocionado, accedió.

    Se demoró hasta el 18, en que marchó en coche de caballos, botando sobre la carretera, para coger el tren en San Fernando, y llegar a Cádiz, en cuya estación le esperaba "a pesar del crudo de la noche" medio millar de personas.

    En una tercera carta la pluma anónima daba cuenta del escrito de gratitud que el ayuntamiento de la ciudad dirigió al obispo, y del telegrama que éste, a su vez, envió a la ciudad: "Viajeros llegados con felicidad saludan afectuosamente al arcipreste y clero, alcalde y pueblo. Y los bendice el obispo".

    Su nombre era don Vicente Calvo y Valero perpetuado en la ciudad, porque el ayuntamiento en sesión extraordinaria, como tributo "de afectuoso agradecimiento" a su persona, acordó ponerle su nombre a una de sus calles, que hoy aparece, aunque en segundo lugar, en el rótulo de la calle Azogue.

    Más adelante, en la colección del mismo Boletín, hay constancia de que nuevamente se había hecho acreedor a la gratitud del pueblo tarifeño, mostrado cumplidamente por sus representantes, por haber hecho gestiones para que se aligerara el expediente de desviación del arroyo "en tramitación por luengos años".

    Naturalmente, al haberme servido para este trabajo como única fuente el Boletín Oficial del Obispado de Cádiz, la historia de aquella tragedia local ha quedado incompleta. Como el estudio de su pasado pertenece a la afición de las nuevas generaciones, utilizando otras, algún día –es de esperar– será más conocida.

NOTA

Una vez ida la epidemia, un buen número de vecinos firmó una carta dirigida al obispo ponderándole el celo desplegado por los sacerdotes de la ciudad atendiendo a los enfermos, sin limitarse a la administración de los auxilios espirituales propios de su misión. Pero el más distinguido de todos había sido el cura de San Mateo don Francisco de Paula Duarte, el que, a pesar de haber contraído la enfermedad, se hizo cargo de más de treinta huérfanos. Por ello el Gobierno lo distinguió con la Cruz de la Orden de Carlos III y el pueblo quiso perpetuar su memoria colocando en la plazuela del padre Marchena una placa con su nombre que aún se conserva.

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