HISTORIA

ALJARANDA

El enterramiento del infante
don Juan "el de Tarifa"

Wenceslao Segura González

    La vida del infante don Juan, hijo de Alfonso el Sabio y hermano de Sancho IV, quedó ligada para siempre con Tarifa. Hasta el extremo de haber sido llamado don Juan "el de Tarifa". Como es bien conocido, esto fue así por la participación que el infante tuvo en la muerte del primogénito de Guzmán (1) en el sitio que sufrió Tarifa en 1294 (2). Lo cierto es que en el momento en que se produjo este incidente, no fue motivo de problemas para el infante. El constante estado de guerra en que se vivía, la crueldad de aquellos tiempos y el escaso valor que se le daba a la vida humana, debieron ser la causa para que el suceso de Tarifa apenas tuviera significación en aquel momento histórico.

    Con el paso del tiempo y con el engrandecimiento de la casa ducal de Medina Sidonia (3), la gesta de Tarifa adquirió un gran protagonismo histórico, aumentado posteriormente al ser utilizada por las más diversas corrientes políticas.

    El infante don Juan tuvo un destacado papel en el reino castellano-leonés, tanto antes, como sobre todo, después del suceso de Tarifa. Su protagonismo se extendió durante cuatro reinados, los que van de Alfonso X a Alfonso XI. El infante don Juan llegó a ocupar los principales cargos en el reino de Castilla (5) y su prestigio fue grande en las cortes de Aragón y Portugal (6). El poderío militar que adquirió fue inmenso, de tal forma que su ayuda era imprescindible para acometer con éxito cualquier guerra contra los musulmanes.

Altar mayor de la catedral de Burgos. El infante don Juan está enterrado en la parte inferior izquierda.

    Estas circunstancias se dieron en 1319, cuando los infantes don Pedro –hijo de Sancho IV– y don Juan –ambos tutores del rey– reanudaron la guerra contra Granada. Por aquellos años el infante don Pedro realizaba en la frontera una prometedora presión militar sobre Granada. Para apoyar la posición cristiana, el Papa concedió al infante las tercias, las décimas y los ingresos de Cruzada por tres años (7). Esta decisión irritó a don Juan que quería participar en los beneficios. También se mostraron disconformes otros nobles del reino y "todos los otros Fijosdalgo de Castiella et de Leon". Esta posición enfrentada preocupó a la reina madre María de Molina, que al igual que había hecho en tantas ocasiones, cedió ante las presiones de los nobles y pidió a su hijo don Pedro que repartiera los ingresos eclesiásticos con el infante don Juan. Éste aceptó complacido y se decidió a colaborar en la guerra en la frontera.

    El infante don Juan llegó a Baena con su mesnada dispuesto a unirse a las fuerzas de don Pedro. La opinión de don Juan prevaleció y las fuerzas reunidas se lanzaron a devastar la vega de Granada. Durante los primeros días los éxitos cristianos se fueron acumulando. El lunes día de San Juan se creyó que había sido suficiente la algara cristiana, por lo que empezaron a replegarse, manteniendo don Juan la retaguardia. Durante esta operación, los granadinos empezaron a hostigar a las fuerzas del infante don Juan, hasta llegar al extremo de ponerlas en grave aprieto. Enterado de ello don Pedro corrió en su auxilio, sin encontrar mucho apoyo en su tropa. Don Pedro se esforzaba cuanto podía por conseguir que sus caballeros cumplieran sus órdenes. Dice la crónica del rey Alfonso XI que don Pedro "á golpes se tollió todo el cuerpo, et perdió la fabla, et cayó del caballo muerto en tierra".

    Cuando don Juan supo la muerte de su sobrino "tan grande fué el pesar que ende tomó, que perdió luégo el entendimiento et la fabla". En este estado permaneció el infante hasta la tarde. Decidida la hueste cristiana a huir de tierra enemiga, tomaron a don Juan –que aún no había muerto– y lo pusieron en un caballo y a don Pedro en un mulo. Al llegar la noche murió don Juan. La desbaratada retirada de los castellanos hizo que el caballo que llevaba el infante don Juan quedara perdido en tierra de moros.

    Cuando don Juan el Tuerto, hijo del infante, supo la noticia, envió a buscar a su padre, sin conseguir encontrarlo. Se dirigió al rey de Granada pidiéndole que lo buscara, tal como hizo, encontrando el cadáver del díscolo infante. El rey "fizolo poner en una morada muy buena, et pusiéronle en su ataud cubierto de muy buenos paños de oro, et mandó y [allí] venir todos los Christianos cativos". El rey nazarí hizo entregar los restos de don Juan a su hijo porque "ca nunca dél recibiera enojo ni pesar".

    Cuando los cristianos fueron a Granada a recoger los restos del infante, el rey de Granada "dióle grand gente de caballeros que veniesen con el cuerpo fasta que llegasen á tierra de Christianos". La comitiva marchó a Córdoba, de allí a Toledo para posteriormente dirigirse hacia Burgos.

    El infante don Juan conocía la peligrosidad de la guerra, así como su edad avanzada (contaba ya con 55 años), por lo que antes de acudir a Granada hizo testamento, que está fechado en enero de 1319. Su contenido es el típico de los grandes personajes de la época. Contrasta la piedad de sus disposiciones con la rudeza de su vida, reflejando una firme y profunda religiosidad.

    Tras su muerte en las cercanías de Granada, el cuerpo del infante fue trasladado a Paredes (Palencia). Allí permaneció insepulto varias semanas mientras que su mujer, María Díaz de Haro, negociaba con la reina María de Molina el porvenir de su hijo, don Juan el Tuerto. La reina, entonces la única regente, concedió al hijo del infante don Juan todas las posesiones de su padre, el cargo de adelantado mayor de la frontera y quinientos mil maravedíes de soldada, pero se opuso a concederle una de las llaves de la cancillería real, asunto que fue pospuesto para ser tratado en las siguientes Cortes (8), (9).

    Resuelto el traspaso de la herencia, los restos del infante fueron trasladados a Burgos, en cuya catedral había determinado que fuera enterrado. La ceremonia del enterramiento duró tres días y se desarrolló con la máxima solemnidad. Acudieron todos los frailes de la ciudad y de los alrededores. Dispuso el infante en su testamento que durante esos tres días "den de comer a cuantos pobres vinieren porque rueguen a Dios por mi alma, cada dia pan et vino et carne, o pan et vino et pescado, cual dia fuere". El infante dejó dinero para vestir a mil pobres, dotando a cada uno de ellos con "pellote et sayas de sayal".

    No quedaban aquí las piadosas disposiciones testamentarias del infante don Juan. Destinó los fondos necesarios para que hombres buenos fueran a rezar por su alma a Asís, a Santa María de Rocamador, a Jerusalém y a Santiago. El infante don Juan encomendó a sus testamentarios que dedicaran cierta cantidad de dinero para rescatar cautivos, para dar a los pobres y para casar a huérfanos.

    El testamento del infante don Juan sorprende al dar a conocer una anterior penitencia que le impusiera el arzobispo de Santiago. Consistía en dotar a mil mujeres vírgenes para casar o meter en orden religiosa. Como aún el infante no había cumplido completamente su penitencia, mandaba a sus albaceas que lo hicieran "o mas aina [rápidamente] que pudieran, porque mi alma finque desembargada et que se cumpla esta penitencia que el arzobispo me dio".

Tumba del infante don Juan. Al fondo se aprecia su escudo, formado por un león y un águila. (Tomada de una reproducción)

    Los restos mortales del infante don Juan "el de Tarifa" fueron depositados en el lado del evangelio del presbiterio del altar mayor de la catedral de Burgos, donde permanecen actualmente. El enterramiento del infante se encuentra en la parte inferior del retablo que se remonta al siglo XVI, acompañado de otras tumbas de personajes reales del siglo XIV: doña Beatriz (hija del rey Pedro de Portugal); don Sancho, esposo de la anterior y doña Leonor hija de los anteriores. La tumba del infante tiene una estatua yacente, representando a don Juan, vestido todo su cuerpo con armadura, con la cabeza descubierta, con larga melena y sin barbas. Sus manos sostienen una espada, que queda alineada con el cuerpo. Es una imagen policromada y no tiene ninguna inscripción. En el paramento del fondo de la hornacina se aprecia un emblema tallado de dos cuarteles, uno de ellos tiene un león rampante y el otro un águila erguida con las alas desplegadas, que eran las insignias del infante don Juan. La visibilidad del enterramiento es escasa porque prácticamente se encuentra tras el altar. Lamentablemente no hemos podido fotografiarla por encontrarse el retablo en obras y estar cubierto con andamios. La fotografía que aparece junto a este texto ha sido obtenida a partir de una reproducción.

    No deja de sorprender que el infante don Juan esté enterrado en un lugar tan privilegiado como es el altar mayor de la catedral de Burgos. Este honor parece estar en contradicción con el papel que le adjudicaron los panegiristas de la casa ducal de Medina Sidonia y por extensión el resto de los historiadores. Hay que decir al respecto que el infante don Juan fue uno de los principales personajes de su tiempo y que ocupa un lugar destacado en la historia nacional. Y si bien es cierto que tuvo una vida turbulenta de muy frágiles lealtades, también se debe recordar que hizo grandes servicios al reino. Buena parte del desprestigio histórico que ha condenado a don Juan fue su posición política, que le hizo liderar el descontento de los grandes nobles frente al progresivo poder del rey. Este enfrenamiento tuvo su apogeo durante la minoría de edad de Fernando IV en que el reino vivió una guerra civil, y continuó más o menos latente durante toda la vida del infante. Las posiciones de la nobleza no fueron claramente derrotadas, pero paulatinamente los deseos reales de tener mayor poder fueron alcanzándose.

REFERENCIAS

(1) Los documentos de la época no nos dicen que el hijo de Guzmán que murió en Tarifa fuese el primogénito. Pero probablemente fuera así. La razón hay que buscarla en el nombre del hijo heredero de Guzmán: Juan Alonso. En efecto, si éste hubiese sido el primogénito debiera haber llevado el nombre del abuelo, es decir Pedro.
(2) Los dos documentos más sólidos en que los historiadores se apoyan para afirmar la historicidad del sacrificio de Guzmán es el privilegio de Sanlúcar (BENAVIDES, A. Memorias de D. Fernando IV de Castilla. 1860. Madrid. Tomo II. pp. 145-147) y la crónica del rey Sancho IV, ambas narraciones son bastante fiables.
(3) La más famosa biografía de Guzmán el Bueno y la que mayor influencia ha tenido ha sido la de Pedro Barrantes Maldonado, titulada Ilustraciones de la Casa de Niebla. Se terminó de escribir en 1541 y aunque impresa por primera vez en 1857, fue bien conocida por los historiadores por las muchas copias manuscritas que se hicieron. Han sido numerosas las críticas lanzadas contra Barrantes por esta obra, pero exceptuando algunas equivocaciones (que aparecen sobre todo al principio), es una gran obra histórica; una de las principales de su época.
(5) Es interesante señalar que los infantes no tenían patronímico, es decir lo que hoy llamaríamos primer apellido y que hacían referencia al nombre del padre: Pérez, Núñez, Fernández, etc. Tampoco tenían alcurnia, o sea el nombre de sus dominios señoriales. Por esta circunstancia el infante se auto titulaba con estas palabras: "yo infante Don Johan fijo del muy noble Rey Don Alfonso". El problema de la falta de alcurnia era más problemático en los hijos de los infantes. Para poderlos identificar fue corriente hacer uso de un mote, tal como ocurrió con el segundo de los hijos de don Juan, que fue conocido como don Juan el Tuerto, según parece por tener la cara desfigurada. En los documentos de la época se le llama don Juan hijo del infante don Juan. Ante este problema, la única nieta del infante don Juan tomó el patronímico y la alcurnia de su abuela, llamándose María Díaz de Haro.
(6) Don Juan fue mayordomo mayor (una especie de jefe de la administración civil del reino); fue proclamado solemnemente rey de León durante la guerra civil registrada en la minoría de edad de Fernando IV; ejerció como adelantado mayor de la frontera (que puede entenderse como un delegado regio en la Andalucía cristiana); tutor (es decir regente) durante los primeros años del reinado de Alfonso XI y señor de Vizcaya, considerado uno de los principales títulos del reino. Entre sus apoyos internacionales tuvo las sólidas simpatías del rey de Portugal, don Dionis, y del rey de Aragón, Jaime II; los reyes de Granada y de Fez le apoyaron en algunas ocasiones. El infante don Juan tuvo muchos seguidores entre los nobles de su época y encontró apoyo en los concejos de León y Galicia. Hay que destacar que durante su gestión pública tuvo un poder que superaba el que le otorgaba los cargos que ejercía, por esto no es de extrañar el gran protagonismo que alcanzó.
(7) Las tercias eran los dos novenos del diezmo eclesiástico; las décimas era la décima parte de las rentas eclesiásticas y los ingresos por la cruzada eran los pagos que los fieles hacían cuando el Papa declaraba una guerra como cruzada. Naturalmente el Papa no concedía graciosamente esta importante transferencia de dinero, a cambio recibía una suculenta recompensa. En esta ocasión pedía que don Pedro se pusiera personalmente al frente de sus tropas, que mantuviera durante tres años naves en las costas, que mantuviese permanentemente una presencia militar en la frontera (aparte de las órdenes militares), deberían los cristianos convertir en iglesias todas las mezquitas de las plazas conquistadas y tendrían que ceder a la iglesia una villa con plena jurisdicción.
(8) El infante don Juan tuvo otro hijo de su primer matrimonio con Juana de Monferrato, llamado Alfonso, que murió poco antes de la muerte de su padre. Colaboró con su padre tanto en la guerra como en la política, alcanzando el cargo de mayordomo mayor del rey.
(9) Tener las llaves de la cancillería significaba tener acceso al sello real y por consiguiente poder despachar asuntos como si fuera el rey, es decir las llaves significaban la tutoría o regencia del reino. Meses después, don Juan el Tuerto consiguió hacerse con la tutoría del rey Alfonso XI.

BIBLIOGRAFÍA

- GAIBROIS BALLESTEROS, M. María de Molina. Tres veces reina. 1967. Espasa-Calpe. Madrid.
- Crónica del rey Don Alfonso el Onceno. 1953. B.A.E. LXVI. Madrid.
- LÓPEZ MARTÍNEZ, N. Catedral de Burgos. 1999. Cabildo de la Catedral. Burgos.
- SEGURA GONZÁLEZ, W. Los Privilegios de Tarifa. Una población en la encrucijada de la Edad Media. 2002. Acento 2000. Tarifa.
- GIMÉNEZ SOLER, A. "La expedición a Granada de los infantes don Juan y don Pedro en 1319". Revista de Archivos, Museos y Bibliotecas, 11 (1904). pp. 353-360 y 12 (1905). pp. 24-36.
- RICO SANTAMARÍA, M. La Catedral de Burgos. Patrimonio de la Humanidad. 1981. Burgos. p.178.
- BARRANTES MALDONADO, P. Ilustraciones de la Casa de Niebla. 1998. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz. Cádiz.

[ Volver al Índice ]