| CREACIÓN LITERARIA |
ALJARANDA |
Quinta del cincuenta y siete (II)
José Araújo Balongo
Con la cartilla militar guardada en el bolsillo interior de la chaqueta, la maleta en la mano izquierda y la manta en bandolera, salí del Cuartel de Transeúnte de la Caja de Recluta de Cádiz más contento que unas pascuas. Al menos me había librado de tener que pernoctar en un lugar tan inmundo como aquél. A los 14 ó 15 que salimos de allí se nos notaba en la cara la alegría, si bien tuvimos que soportar el cachondeo de unos cuantos chuflas gaditanos que imitaban el balido del cordero a nuestro paso. Como no era cuestión de meternos en líos, nos cagamos en sus castas por lo bajini y proseguimos camino sin plantarles cara.
Aunque estábamos a último de febrero, cargado con la maleta y la manta sentí calor; calor y ganas de tomarme algo, un café, por ejemplo. Busqué un bar y lo encontré a menos de diez pasos. Mientras saboreaba el café estuve haciendo cábalas sobre mi situación. Al final decidí no hacer noche en casa de mis parientes porque no era plan que tuvieran que despertarme a las cuatro de la madrugada para poder estar a las cinco en la estación de ferrocarril, tal como le había prometido al brigada que gestionó mi salida del cuartel. De modo que me instalé en una pensión cercana a la plaza de San Juan de Dios. Dejé allí, en una habitación con cuatro camas, la manta y la maleta y salí a la calle. Miré el reloj y marcaba las dos y media de la tarde. Hora de comer –me dije–; busqué dónde y encontré una casa de comidas que anunciaba un menú de dos platos, postre, pan y vino por 15 pesetas, precio asequible a mis escasas posibilidades. Me sirvieron sopa del puchero, cazón frito en adobo (lo que en Cádiz se conoce como "bienmesabe") y flan de la casa, además de dos rebanadas de pan y un vaso grande de vino de La Palma del Condado.
Bueno estaba; ya había comido, bien y barato, porque hay que tener en cuenta que estábamos en 1958. Con el estómago agradecido, salí a la calle. Y ahora, qué –me pregunté–; ¿voy o no voy a casa de mis parientes? Mi tía Rafaela insistió mucho en que, si podía, fuera; incluso me había indicado el itinerario para llegar a la casa sin pérdida posible. Sí, sí; sin pérdida posible... Casi una hora tardé en dar con la calle Plocia. Cuando al fin la encontré después de mucho preguntar, me detuve en el número 14, subí la escalera hasta el primer piso y llamé a la puerta con la aldaba. Me abrió una señora de mediana edad, le dije quién era, y dijo:
- Ay, Joselito; ¿pero si estás hecho un hombre?
(Cómo querría que estuviera a los 21 años). Y me estampó un par de besos en la cara, una en cada cachete.
Aquella buena señora era prima segunda de mis tíos maternos y, por consiguiente, de mi difunta madre. Se había quedado viuda siendo relativamente joven y tenía dos hijos: una hembra algo mayor que yo y un varón de tres años menos. La hija trabajaba como representante al por menor de ultramarinos y el hijo estudiaba Magisterio.
- Hay que ver, Joselito, cómo pasa el tiempo. Claro que yo no te veía desde la muerte de tu madre, y tú entonces todavía eras un chiquillo; ¿qué edad tenías?
- Trece; cuando ella murió yo tenía trece años.
Seguimos charlando durante un rato sobre la familia y de cómo iban las cosas por Tarifa. En principio se enfadó mucho al decirle que aquella noche me quedaba a dormir en una pensión; luego, cuando se lo razoné, pareció entenderlo. Acepté el ofrecimiento de cenar en su casa con ellos antes de ir a acostarme. Y charlando, charlando, en el reloj de pared del comedor donde estábamos sonaron las campanadas de las seis de la tarde. Se levantó y trajo café de pucherete para los cuatro y un paquete de galletas María. Después de acabado el refrigerio se marchó la hija a continuar con su trabajo. Como la hora de cenar no era hasta las nueve, invité al hijo a irnos a algún cine, y así lo hicimos. Fuimos al Cine Gades, a la función de las siete, donde ponían "Arroz amargo", de Silvana Mangano, que no vean como estaba aquella actriz italiana de rompe y rasga por entre los arrozales.
Regresamos a la casa a las nueve menos cinco. Ya estaba la cena a punto. Nos sentamos los cuatro a la mesa y, casi llegando a los postres, llamaron a la puerta. Fue el hijo a abrir y escuché una voz de mujer que me sonó conocida. Regresó el hijo acompañado de la mujer y, al verla, me quedé pasmado... ¡Era ella; "la Gaditana"! Me levanté algo indeciso y como avergonzado. Ella, con la más alegre y radiante sonrisa, me abrazó y me besó en la cara. La muchacha y la hija de mi pariente se conocían; no es que fueran amigas, pero se conocían. Eso hizo que la tensión se suavizara y se generalizara la conversación. Dijo que se había enterado que yo estaba en Cádiz (lo que no dijo es por quién), en la Caja de Recluta, y que fue allí donde le informaron que me concedieron permiso para pernoctar en casa de unos familiares; y que por eso estaba allí, para verme y por si quería salir con ella.
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Antes de continuar con el hilo del relato tengo que retroceder tres años atrás, a un verano en la Tarifa de cuando yo tenía 18 años y ella, "la Gaditana", 22. Llegó al pueblo a disfrutar de un verano de tres meses y la conocí el primer domingo de julio de 1955 en un baile que se celebraba en la Residencia de sub-oficiales. Tímidamente y temiendo un rechazo la invité a bailar; me miró sonriente y, diciendo que sí, inició el camino hacia la pista de baile y yo detrás, siguiéndole los pasos. Se enlazaron su mano derecha y mi izquierda mano; con la derecha sujeté su cintura de avispa y ella apoyó la izquierda entre mi hombro y el cuello. Nuestros cuerpos se juntaron e iniciamos los lentos movimientos danzantes del bolero "Dos gardenias" que en aquel momento comenzaba a interpretar la orquesta... Y así comenzó la relación de un jovencito pueblerino de 18 años con una muchacha de la capital que contaba 22 años.
Fue un verano de locura, de pasión desenfrenada, de horas inolvidables; robándole horas al sueño para estar con ella, porque precisamente en verano mis jornadas de trabajo en la fábrica de conservas de pescado duraban ni se sabía cuántas horas, al coincidir la estación estival con la temporada de la melva. Aquella muchacha me tenía sorbido el seso y excitado hasta extremos inconcebibles el apetito sexual. Lo mío con ella no tenía absolutamente nada que ver con mis anteriores y escasas experiencias con otras muchachas; los cuatro años de diferencia en edad tan temprana se notaban demasiado en los momentos de mayor ardor y en el atrevimiento exploratorio de nuestros jóvenes cuerpos, en los que ella ejercía de ardiente iniciadora.
Nuestra relación duró lo que el verano: la separación apagó el fuego y acabó con la historia. De ahí mi aturdimiento cuando la volví a ver después de tres años en la casa de mis parientes gaditanos.
Retomo aquí el primitivo relato –después de la intercalación del arriba reseñado– con ella invitándome a salir juntos aquella noche. Naturalmente le dije que sí, de manera que me fui despidiendo de la familia al mismo tiempo que les agradecía la cena y la buena acogida. Prometí que les escribiría desde Melilla contándoles de mi viaje y arribada; promesa que, después de tantos años, no recuerdo si cumplí.
Ya en la calle ella y yo nos miramos sonrientes y se me agarró de un brazo. Caminábamos muy juntos, lentamente, felices y unidos de nuevo. Habían pasado tres años, yo tenía 21 y ella 25. Ambos, sin ponernos de acuerdo, íbamos pensando en lo mismo: encontrar un lugar solitario, cómplice y acorde con nuestros deseos. Me dejé guiar por ella y así llegamos a la Alameda de Apodaca donde encontramos, en una esquina de la balaustrada, un lugar tranquilo, solitario y malamente iluminado... Allí estuvimos más de dos horas. Satisfecha la pasión, le llegó el turno a la ternura. Ella, abrazada a mí, apoyaba el rostro sobre mi pecho; yo, con un brazo rodeándole los hombros, con la mano del otro le acariciaba el pelo.
- Tengo que irme ya –le dije bajito al oído– son las once y media.
- ¿Tan tarde? Dios mío; como se me ha ido el tiempo.
- Sí; siempre pasa cuando se es feliz y se está contento.
Nos separamos con desgana y se abrochó la gabardina. De un bolsillo sacó un sobre y del sobre una fotografía.
- Toma; para que no me olvides.
Estaba guapísima en la foto; le di la vuelta y en el dorso no había nada escrito. Le dije:
- ¿Por qué no me la dedicas?
- ¿Tienes con qué escribir?
- Sí.
Le entregué mi pluma estilográfica quitándole el capuchón. Me dijo que me encorvara, apoyó la foto en mi espalda y escribió. Mirándome muy fija me devolvió la pluma y la fotografía. Había escrito: "Cuando esta cartulina hable, dejaré de quererte"; y debajo, su nombre subrayado. Seguía mirándome y le noté turbia la mirada. Y otra vez nos fundimos en un abrazo interminable.
Nos despedimos a mitad de camino entre la pensión y su casa. Nunca más la he vuelto a ver.
Pasadas las 12, entré en la pensión. Pagué las 14 pesetas que costaba dormir y dejé dicho que me llamaran a las cuatro de la madrugada. Estaba muy cansado, me acosté, pero no lograba conciliar el sueño. El día había sido bastante movidito y, sobre todo el final, fue de locura. No sé con seguridad el tiempo que dormiría, pero casi seguro que no superaría en mucho las dos horas. Cuando me llamaron a la hora indicada tardé en espabilarme; el hombre encargado de llamarme lo consiguió después de darme unos cuantos zamarreones y llevarme casi en volandas hasta el cuarto de aseo, donde me dejó con la cabeza metida en el lavabo y el grifo abierto. El agua fría remató la faena.
Camino de la estación con la maleta y la manta, el aire húmedo de Cádiz, en la madrugada, terminó de despejarme. Llegué al lugar de la cita a las cinco menos diez. Allí me encontré con algunos de los que, como yo, habían conseguido pase de pernocta. El grueso de los reclutas que pasaron la noche en el Cuartel de Transeúntes no habían llegado todavía. Llegaron cuando el reloj de la estación marcaba las cinco, es decir, con puntualidad cuartelera. Los mandos que los acompañaban dieron la orden de alto y que cada cual se acomodara como mejor pudiera hasta nueva orden. La mayoría nos sentamos sobre nuestras maletas y, como estábamos en el andén y hacía frío, desplegamos las mantas y nos arrebujamos en ellas, formando una desigual hilera de cientos de hombres jóvenes cuyos rostros se nos iban demacrando.
(Continuará)
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