CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Quinta del cincuenta y siete (I)

José Araújo Balongo

    A los viejos se nos suele criticar, bien es verdad que casi siempre con cierto afecto y tolerancia, la manía o como se le quiera llamar que tenemos de contar nuestras "batallitas" juveniles al primero que se descuide. Sin embargo, a mí, bicho raro donde los haya, desde niño y hasta la madurez e incluso ahora, estando ya –como decía el bueno de mi tío Vicente cuando contaba mi edad de hoy– "en la flor de la vejez", es decir, desde siempre, me ha encantado escuchar a las personas mayores. En mí, todo aquel que quisiera contar algo encontraba al oyente perfecto, al que nunca interrumpía; es más, cuando intuía que el relator estaba llegando al fin de su historia, yo le incitaba con alguna pregunta para que siguiera.

    A todo esto, con tan largo preámbulo, todavía no he hecho mención al relato que me propongo endilgar a los posibles lectores que tengan la paciencia de llegar hasta el final. Por el título que encabeza la página, muchos, la mayoría, ya habrán adivinado el tema, pero, ¿y los muy jóvenes?, ¿y los que pudieran leerlo en un mañana lejano e incierto? Antes estos interrogantes no viene mal una breve explicación.

    Una quinta la formaban el número de mozos útiles para hacer el servicio militar obligatorio, obligación que duró si no recuerdo mal hasta el año 2000. Un año antes de incorporarse al servicio eran tallados (medidos) en los negociados de quinta de los Ayuntamientos y pasaban a ser alistados para el reemplazo del año de la talla. Sirva como ejemplo al canto mi propio caso: Pertenecí al reemplazo del año 1957, fui tallado el día 12 de agosto del mismo año y me presenté para incorporarme a filas en la Caja de Recluta número 18, de Cádiz, el día 28 de febrero de 1958. Con estos datos, detalles y circunstancias creo que pocas dudas quedarán sobre el porqué del título: fui soldado de la "quinta del cincuenta y siete", alistado a los 20 años y reclutado a los 21, que era cuando los varones cumplíamos la mayoría de edad. Como curiosidad de la época, las mujeres no eran mayores de edad hasta los 23 años.

    El 27 de febrero de 1958 somos citados en el negociado de quintas del Ayuntamiento de Tarifa un total de diez reclutas, los cuales debíamos presentarnos, como ya quedó dicho más arriba, antes del mediodía siguiente en la Caja de Recluta de Cádiz. El jefe del negociado de quintas, militar retirado, con su mijitita de cachondeíto me dijo que desde aquel momento me ascendía a cabo y me nombraba jefe de la expedición, entregándome las "diez verdosas" (cartillas militares) y un documento a presentar en la oficina de Transportes Generales Comes y que amparaba el traslado de los diez en el autobús de línea que partía hacia Cádiz a las ocho de la mañana, advirtiéndome, ya seriamente, que yo era el responsable del grupo y de la presentación puntual de todos y cada uno en el lugar citado.

    Y en el lugar citado, cada uno con su maleta a cuesta, nos presentamos pasadas las once y media. Al vigilante de puerta le pregunté dónde debíamos presentarnos. Me indicó el camino y llegamos a una oficina donde, tras una mesa y sentado, había un sargento leyendo el periódico. Desde la puerta pregunté:

- ¿Da usted su permiso?

    El hombre levantó la cabeza y con voz cansina dijo:

- Adelante.

    Le entregué las diez "verdosas", las fue mirando una por una, nos contó señalándonos con el índice de su mano derecha, abrió un cajón de la mesa, extrajo unos papeles y, seguidamente, comenzó a escribir al final de la página 5 de nuestras cartillas.

    No todos los de la expedición íbamos al mismo destino; eso ya lo sabíamos desde un par de meses antes, cuando se hizo el sorteo en Caja y salió la lista en el Diario de Cádiz. Lo que no sabíamos con certeza era la unidad y la plaza a la que habríamos de incorporarnos cada uno. El resultado del sorteo indicaba la Región Militar y Plazas de Soberanía Española en África a la que seríamos destinados. La "suerte" quiso que a mí me tocara África. Mi familia se preocupó mucho porque el año anterior al de mi quinta ocurrieron los sangrientos sucesos de Sidi-Ifni y temían que pudieran enviarme allí. A mí lo que más me fastidió fue que quedaba totalmente descartado mi sueño de hacer el servicio militar (ya que tenía que hacerlo, que esa es otra) en Madrid o Barcelona en mi empeño por conocer mundo.

    Habíamos quedado, antes de esta explicación previa, con el sargento escribiendo al final de la página 5 de nuestras cartillas. Cuando terminó con la última las selló todas y nos la fue entregando a cada uno la suya, añadiendo que podíamos incorporarnos al patio de la Caja de Recluta hasta nueva orden. Ya cada cual con su cartilla debidamente diligenciada cesa mi responsabilidad como jefe de expedición, jefatura de cuatro horas de duración que, dicho sea de paso, es la única que he ostentado en toda mi vida. Menudo honor. Con la "verdosa" en la mano me voy a la citada página cinco y leo: "Se concentró en la Caja el día 28 de febrero de 1958. Fue destinado el día 28 de febrero a la Compañía de Mar de Melilla. El jefe de la Caja". Debajo de esta última frase y en el ángulo inferior derecho de la página hay una firma rubricada, estampillada en facsímil e ilegible. A la izquierda otra estampilla en círculo que, rodeando al águila imperial y sus símbolos, dice: "Caja de Recluta nº 18. Cádiz".

    Pues bien; enterado de mi destino militar, portando la maleta pintada en marrón y con mis iniciales en blanco junto al asa, me di una vuelta por el patio. Qué desastre de patio; mal empedrado, sucio, destartalado, con un solo grifo para beber y asearse había que guardar cola si querías utilizarlo. Al fondo y a la derecha vi una gran puerta por la que entraban y salían reclutas como yo en atropellada confusión. Entré. Aquello era el dormitorio, igual de largo que el patio pero algo más estrecho. Allí no había camastros ni borriquetes con tablas ni nada que se asemejara en algo a una cama que soportara la colchoneta, las cuales, en informe montón, sucias todas y reventadas la mayoría, yacían en un rincón de la entrada para que cada cuál eligiera la que le pareciera mejor o menos mala.

    Como mi expedición había sido de las últimas en llegar a la Caja de Recluta, los que llegaron antes habían elegido, como es lógico, las colchonetas más aparentes, de modo que las que quedaban disponibles estaban de mirarme y no tocarme. De todos modos me acerqué al montón y estuve rebuscando durante un tiempo sin encontrar ninguna medianamente decente. Otra vez con la maleta en la mano regresé al patio. Mis paisanos andaban desperdigados por allí. Me acerqué a un grupo que rodeaban a alguien que parecía estar informado. Era uno de los que en el argot cuartelero se conocían como "radio macuto". Afirmaba el hombre con presuntuosa seguridad que aquella noche la pasaríamos allí y que por la mañana temprano del día siguiente nos trasladarían a la estación de ferrocarril, donde cada grupo tomaría el tren especial que le correspondiera.

    Me alejé de aquel sitio y le pregunté a uno donde quedaban los servicios; me lo indicó, llegué, y había cola. Conforme iba acercándome pude observar que no había más que un urinario corrido y un retrete sin puerta, y que delante de la entrada se había formado un pestilente charco de orines por el que inevitablemente tendríamos que chapotear cuando nos llegara el turno. Me entraron ganas de vomitar, pero ¿qué iba a hacer si estaba reventando por orinar? Cuando terminé me puse en la cola del grifo con intención de lavarme los zapatos que, después de andar sobre tanta inmundicia, habían perdido su anterior prestigio. Acabada la operación de limpieza, maleta en mano otra vez sin saber qué hacer ni qué camino tomar dentro de aquel recinto.

    Quiso la suerte que me encontrara con un brigada de artillería que había estado destinado en una de las baterías de costa de mi pueblo y al que conocía de vista. No me atreví a abordarle pero tampoco hizo falta; él me reconoció y se acercó a mí preguntándome:

- ¿Qué haces tú aquí?
- Pues ya ve usted; que voy destinado a Melilla y llegué desde Tarifa esta mañana.
- Bueno, hombre, bueno. ¿Estás ya ubicado en el dormitorio?
- No, señor; todavía no he podido.

    Esperé que me dijera algo más pero permaneció callado; ambos callamos durante unos segundos. Viendo que no me decía nada fui yo el que, con más miedo que vergüenza, me atreví a tomar la palabra, ya que hasta entonces tan sólo me había limitado a contestar a sus preguntas.

- Perdone, mi brigada –por primera vez utilicé el tratamiento militar cuando uno se dirige a un superior–; entre un grupo de compañeros, aquí en el patio, se comentaba que no saldremos de Cádiz hasta mañana por la mañana en un tren que nos trasladará a Málaga a los destinados a Melilla; ¿no podría usted hacer algo para que pudiera salir y me fuera a dormir a la casa de unos parientes que tengo aquí en Cádiz? Yo le prometo a usted estar antes de la hora fijada para partir en el lugar que se me ordene.

    Mientras estuve hablando el brigada me escuchaba y me miraba esbozando una mueca entre socarrona y sonriente. Yo estaba medio temblón esperando a ver cómo reaccionaba. Por fin, me puso una mano en un hombro diciéndome:

- Vamos a ver lo que puedo hacer por ti. Dame tu cartilla militar que voy a tratar de gestionar lo que me pides. No te muevas de aquí hasta que yo vuelva; no sé lo que tardaré, pero tú no te muevas de donde estás, ¿entendido?
- Descuide, mi brigada; aquí estaré como un clavo... Y muchas gracias.

    Al cabo de unos 20 minutos regresó el brigada y, devolviéndome la cartilla militar, me dijo:

- Todo arreglado. Mira; dentro de unos minutos os van a dar a todos la manta; tú, con la manta y la maleta te vas hasta la puerta y le entregas este papelito al vigilante –me entregó un papelito doblado–; seguramente te pedirá también la cartilla, se la muestras, te devolverá la cartilla y te dejará salir, quedándose con el papelito que te he dado. Ahora; escucha bien lo que te digo. A las cinco en punto de la mañana tienes que estar en la estación de ferrocarril con la cartilla, la maleta y la manta, ¿entendido? Espero que no me falles porque me la juego.
- Sí, señor; entendido. Y muchísimas gracias, mi brigada.
- De nada. Quiero decirte que tú no eres el único que vas a salir; vas a ir con el grupo de los que son naturales y vecinos de aquí, de Cádiz, a los que se les concede pasar la noche en su domicilio; he conseguido que te incluyeran en el grupo. Así que ya sabes, te lo repito: a las cinco en punto, en la estación.
- A sus órdenes, mi brigada; no sé cómo agradecerle lo que ha hecho por mí.

    Me dio un cariñoso pescozón en la cabeza al tiempo que me deseaba:

- Buena suerte, chaval.

(continuará)

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