| HISTORIA |
ALJARANDA |
Clamor por un nuevo cementerio
Manuel Liaño Rivera
Corre finales del siglo XIX, el barrio de San Sebastián ha experimentado un gran crecimiento hacia el norte de la Carrera del Sol y se extiende por sus costados.
El Cementerio del Santo Cristo de la Piedad, ubicado al costado oeste de la Ermita de San Sebastián, arruinado por la Guerra de la Independencia, fue inaugurado el 3 de enero de 1814 y reformado en 1841. Quedó incardinado muy cerca de las casas de los vecinos de dicho barrio, es más, al estar viejo y caduco las miasmas vuelan por todas partes, Tarifa es un clamor, necesita un nuevo cementerio, un cementerio acorde con el nuevo siglo que se avecina.
Con la aparición de la prensa en Tarifa, el tema se va avivando, ya que ha habido varios intentos años atrás para buscar su ubicación sin que ninguno fuese factible.
En su momento, la Excma. Diputación Provincial había dispuesto una suerte de tierra cuyo valor en justiprecio cubriese la cantidad de 12.000 reales de vellón. Después de haber recorrido todos los sitios que han parecido más a propósito al efecto, los peritos de la pública nominación Gaspar Ledesma y Pedro Acuña y el asociado por acuerdo del ayuntamiento Miguel Lozano no han encontrado proporción para poder reunir en un solo pedazo el número de fanegas de tierra cuyo valor alcance a cubrir la cantidad mencionada. La comisión se ve precisada a hacer la elección y señalamiento de dos distintas suertes: la una ha sido en el llano del Dulce Nombre, deslindando y amojonando ochenta y dos fanegas de tierra; y otra en la Cañada de los Adalies de cabida de sesenta y ocho fanegas, componiendo una y otra ciento cincuenta fanegas. Después de unos años, la ubicación es rechazada, sobre todo por su lejanía de la población.
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Entrada al cementerio del Santo Cristo de las Ánimas. (Foto: M. Rojas). |
Pero es a partir de la última década del siglo cuando el asunto adquiere más urgencia, cuando el pueblo clama por un nuevo cementerio y la prensa con él. Don Mariano Moreno de Guerra le cede al pueblo pasado Albacerrado para la construcción del mismo y es a raíz de esto cuando Luis Herrero, estudiante de Medicina en Cádiz por entonces, en el periódico Vox Populi, en su número 1, el día 19 de marzo de 1911, publica el siguiente artículo que por su interés transcribimos a continuación:
"No sé quien ha dicho que los pueblos se conocen por la manera de cómo honran a sus muertos; y de verdad que si tal patrón de cultura es válido, el pueblo de Tarifa debe apresurarse a sustituir su antihigiénico, triste e inmoral cementerio, por otro más amplio, más sano; más alegre y de acuerdo con los últimos progresos de la higiene y la moral.
No intento dar aquí informes médico-higienistas, que por mi carencia de título profesional constituiría censurable pedantería. Me propongo solamente vulgarizar algunas nociones de higiene pública, a fin de que los tarifeños formen opinión de su actual necrópolis y fiscalicen la contribución de la futura; contribuyendo así a la labor emprendida por este periódico de tornar en Tarifa la conciencia colectiva necesaria para el saneamiento moral y el bienestar económico de los pueblos.
El cementerio de Tarifa está situado si no me equivoco al S.O.; es decir, que los que lo construyeron tuvieron el buen acuerdo de exponer restos humanos a la acción de los dos vientos. Sur y Poniente, que por su humedad, son más favorecedores de la putrefacción, llevando ésta con rapidez tal que por excesiva se hace perjudicial. Sin embargo, en la orientación de los cementerios, debe tenerse en cuenta principalmente los vientos reinantes en la población, a fin de colocarlos siempre a sotavento de ella. Sabido es, que, Tarifa, (¡vaya si lo sabemos!) el viento dominante es el levante; y con arreglo a lo dicho, el cementerio debe ponerse al lado de poniente, pero al norte, en vez de al sur, buscando así la mayor ventaja con el menor inconveniente; la orientación mental que hago desde mi cuarto de trabajo no me engaña, el lugar «and hoc» en Tarifa debe buscarse por el lado de Algeciras y huyendo de la costa todo lo posible.
No creo necesario hacer resaltar el hecho insólito y nefasto que a pocos metros de las fosas del actual cementerio, existen viviendas humanas, en las que más que oxígeno se respiran gases carbónicos y sulfurosos. Dos kilómetros por lo menos debe ponerse entre el cementerio y la población. No hablo de las condiciones que han de poseer el terreno, porque ello sería más propio de un informe técnico; baste decir que no debe ser arcilloso ni arenoso; si no calcáreo, con algún mantillo vegetal y no muy duro a fin de que se puedan hacer las fosas con la profundidad requerida. Inútil es insistir sobre la necesidad de rechazar todo terreno por el cual corran a poca profundidad algunas venas líquidas; pues aparte de la perjudicial humedad que prestan al suelo, constituyen un inminente peligro de infección en el caso de que dichas aguas fuesen utilizadas para el consumo o uso público. Las dimensiones claro está que deben ser proporcionadas al censo de mortalidad de la población calculada por periodos de cinco años.
No conozco las condiciones que reúne el terreno que ha donado espontánea y filantrópicamente al pueblo de Tarifa el distinguido vecino Don Mariano Moreno de Guerra; pero sean cuales fueran yo me complazco en mi modesto aplauso a dicho señor, por su generosidad y buen ejemplo coadyuvando a la obra de regeneración local.
Quédeme hablar de lo que debe ser el interior del cementerio. Donde quiera que esté colocado y mire hacia donde mire, el lugar de las inhumaciones constituye siempre un foco de infección por su suelo y por su aire (las capas más bajas de aire en contacto con el terreno está casi en su totalidad constituido por el ácido carbónico, gas metafísico por excelencia). Hay pues la necesidad de depurar el suelo y el aire y para ello sirven las plantaciones, pero no plantaciones tristes y raquíticas destinadas más al simbolismo que al saneamiento y sí plantaciones lujuriosas y alegres. Vengan en buena hora los elegantes y melancólicos cipreses, pero entre ellos colóquense flores, muchas flores. No sé si mi pensamiento será rechazado como pagano por ciertos espíritus meticulosos, fieles guardianes del tradicionalismo severo y rancio que hace de la tristeza una escuela y del dolor una virtud; pero yo he de decir que en el cementerio debe haber mucho sol, mucha luz, mucho mármol y muchas flores, simbolizando todo ello el homenaje que LA VIDA debe rendir a su eterna creadora, LA MUERTE.
Y una vez concluida la obra, quedaría colocar sobre su minarete o ciprés más alto la simbólica corona de laurel. Y para ello he de hacer yo desde aquí con mi modestísima significación un llamamiento de piedad y caridad de los unos y a los de la filantropía y justicia de los otros; ya que todos los sentimientos son válidos para mí en cuanto tienen por musa al amor, aunque yo, en los altares de mi conciencia, ofrende los inciensos más queridos a la justicia terrenal y al altruismo puro y diáfano sin máculas áureas, ni argentinas ni celestes. Es mi idea y es mi ruego, que en el futuro cementerio de Tarifa, se suprima la fosa común, en límites tan amplio como sea posible, ya que el pobre no puede tener el mismo mausoleo que el rico, porque así lo dispone Dios y la sociedad. Nada hay más impío, más incaritativo, más cruel y antihumano que esa fosa común de nuestros cementerios, donde todos los días, el sepulturero remueve, con su sacrílega azada la osamenta de los pobres, enarbolándolas a veces como trofeo de ignonimia. Si la inhumación de los cadáveres ha sustituido a la egipciana momificación y cierra tan obstinadamente el paso a la higiénica cremación, es por el sentimiento loable del respeto a los muertos, sobre los cuales es sacrilegio y profanación poner mano, dejando que la naturaleza obre sobre ellos, tomando lo que generosamente dio y aprovechando los materiales humanos para construir nuevas vidas. Así pues, la fosa común, debe ser igualmente repugnada por el sentimiento religioso que por el altruismo y la adoración a la Naturaleza. ¿Cómo sustituirla sin embargo?
Por ahora, bueno sería poner en práctica el procedimiento seguido en Nápoles, en cuyo cementerio existen 300 fosas cerradas, cada día se abre una para el enterramiento, se cubren los cadáveres con una capa de cal y vuelve á cerrarse la fosa hasta el mismo día del siguiente año. En Tarifa, donde la mortalidad es escasa, a pesar del esfuerzo de todos por aumentarla, creo que bastaría con 52 fosas cerradas, sirviendo cada una de ellas para el enterramiento de una semana. No creo que se tropiece con la escasez del terreno, en cuanto sé, que el generoso donante lo es de todo el que haga falta y, por otra parte, la mayor amplitud de las obras habría de traducirse solamente en un aumento de algunos centenares de esas pesetas que tan a manos llenas son tiradas para otras obras, que no entran en mi ánimo nombrar ni criticar aquí.
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Capilla del cementerio del Santo Cristo de las Ánimas. (Foto: M. Rojas). |
Hemos dejado dicho que, situado a barlovento de la ciudad y expuesto a los vientos húmedos el cementerio tarifeño es un constante foco de infección cuyas emanaciones pútridas son arrastradas por el levante hacía el pueblo viciando su aire y contaminándolo con los microbios de la tuberculosis, de la viruela, el sarampión (¿) etc, etc.. transmitibles por el aire. Fácil es de comprender que en tiempos de epidemia, esta aproximación a la ciudad y esta orientación respecto a ella, han tenido que ser fatales; pues han mantenido a las mismas puertas del pueblo el foco de contagio, sin que nadie se cuidase de alejarlo. Y conviene insistir, porque estas nociones elementales, las que hay que ir incluyendo a martillazos en la conciencia popular, para que ésta adquiera el valor y el poder que dan ante el peligro el conocimiento de las causas y la posesión de los remedios. Hay que enseñar a las clases humildes e ignorantes, por medio de la vulgarización científica eficazmente sostenida, que las enfermedades, y por ende las epidemias, reconocen causas más directas e indirectas que la voluntad y la cólera divina; hay que mostrarles la existencia de esos seres microscópicos y ultramicroscópicos, que vienen a buscar en nuestro organismo sus mejores condiciones de vida, como nosotros la buscamos en la superficie y la profundidad de los mares y los pájaros en el libre dominio de los aires. Y cuando se les haya enseñado que esos seres invisibles a simple vista dotados de vida como nosotros, son los causantes directos de las epidemias y que ellos vienen a nuestra casa por el aire, por el agua, por los vestidos y por las relaciones sociales; y cuando se les haya hecho ver, con la convicción forjada en la observación de los hechos y en la experimentación, que esos agentes morbosos son fácilmente destruidos por el calor, por la desecación, por la luz solar y por múltiples sustancias químicas y se les haya expuesto sumaria y claramente los medios naturales de defensa que nuestro organismo posee contra ellos, fácil será entonces hacerles comprender que poseemos y dominamos remedios eficacísimos para combatir y limitar esas plagas enviadas por la colérica divinidad y no se dejarán explotar ni engañar por embaucadores y mercaderes de todas castas y colores, alzándose al contrario contra ellos y en defensa de la verdad, de la libertad y de la propia vida.
Pero no solamente por su situación y orientación es recriminable el campo de inhumaciones conque se deshonra Tarifa, lo es también por lo reducido de sus terrenos y por la antigüedad, no es de extrañar, el hecho que un amigo me denuncia, que haya necesidad de descubrir cadáveres aún en descomposición, para colocar nuevos cadáveres, siendo sabido que los terrenos que durante muchos años han recibido restos humanos se hacen retadores de la putrefacción por la formación de ciertas sustancias químicas.
Y si repugnante es, como dijimos anteriormente, que el sepulturero remueva casi todos los días el osario de los pobres, el descubrir cadáveres en putrefacción une a lo repugnante lo horrible antihigiénico y peligroso para la salud pública.
Estas condiciones de terreno del cementerio han de ser terribles para Tarifa en caso de epidemia (muy cercana en España, si el calendario científico no se equivoca en sus vaticinios) y le pondrán en trance de recurrir a los temidos hornos crematorios, que han merecido hace días duras palabras del «ilustrado» obispo de Jaca y que han de ocupar algunos de mis próximos artículos, en el que aduciré pruebas e ideas de las que decía antes han de ser incrustadas en la conciencia popular para que se liberen de moldes rancios y estrechos que la adulteran y raquitican.
En resumen, Tarifa posee un cementerio digno de la otra acera del Atlántico y peligroso en alto grado para la salud pública y por su situación, orientación, malas condiciones del suelo, antigüedad y abarrotamiento; y si en el orden moral lo consideramos, hallaremos en él la crueldad repugnante de prolongar más allá de la muerte, la gran justicia; las injusticias, las vanidades y las mentiras de este mundo, aún lleno de farsantes y criminales, a pesar de todos los grandes redentores humanos y divinos que en él han sido.
Hecho el desahucio del cementerio tarifeño en nombre de la higiene y la moral de los modernos tiempos, hemos de hablar del triste concepto que del pueblo de Tarifa ha de tomarse quien, con espíritu analítico y determinista contemple ese baldón de ignominia impropiamente llamado campo-santo. Respetemos el deseo de la iglesia de extender su manto protector sobre la mansión de los muertos, pero en el caso que discutimos, no podemos creer en la santitud de un campo donde todo es olvido, impiedad e injusticia. Quien dijo que antes había de pasar un camello por el ojo de una aguja que un rico por el reino de los cielos, no puede dar su bendición a un sitio donde el rico es llevado con toda pompa religiosa y recibido con toda vanidad mundana y en cambio el pobre va acompañado hasta él por el único sacerdote que, con las vestiduras ordinarias corre a toda prisa y al llegar, es lanzado sin espera a los horrores de una fosa común: Más respetuosos con la divinidad de muchos de sus adoradores, juzgámosla incompatible con la impiedad, con la vanidad y con la injusticia.
En el cementerio de Tarifa vemos reflejadas la ignorancia y la negligencia de un pueblo que no se ocupa para nada de su bienestar, y que se deja explotar resignadamente en todos los órdenes de la vida. Vemos en él al pueblo aún no nacido el siglo XX, siglo de las grandes conquistas de la inteligencia humana y de las grandes reivindicaciones sociales; vemos al pueblo pagano que aún no ha recibido el bautismo del ideal en las sagradas pilas del Bien, de la Verdad y de la Belleza; vemos al pueblo niño que no ha alcanzado todavía ni la virilidad de la voluntad, ni las sublimidades de la inteligencia, ni las abnegaciones del corazón que caracterizan a los pueblos llegados a la mayor edad.
Y como natural consecuencia de este abandono y de este olvido de los propios intereses morales y materiales, vemos nacer la concupiscencia de los altos, de los que mecidos en cunas de encaje y educados en escuelas de pago se abrogan el derecho de dirigir y gobernar a los demás. La resignación cristiana será todo lo loable y todo lo útil que se quiera para los intereses de ultratumba, pero es execrable y perjudicial para los intereses terrenales. Allí donde haya un humilde y un débil de espíritu, salta enseguida un explotador de brazos y un invasor de conciencias y por eso una de las grandes conquistas del espíritu moderno es la unión de los débiles ante el abuso y explotación de los fuertes y la sustitución de la humildad y resignación cristiana por la rebeldía ante la injusticia y el mal.
A Satanás se le combate alzando la frente y clavando la mirada altiva de nuestros ojos retadores, más bien que doblando corderilmente el humillado espinazo y dirigiendo la humilde mirada hacia la tierra, madre de las grandes añoranzas humanas que por no ser de nadie es de todos.
Creemos haber demostrado que el actual cementerio es un constante peligro para la salud pública, peligro que ha de hacerse efectivo en el caso de una próxima epidemia. Pues bien, nosotros preguntamos: ¿Quién se ha ocupado siquiera una vez de señalar tal peligro y de pedir su desaparición? Que sepamos, ninguna voz antes que la nuestra, muy modesta, ha sido alzada para ello. ¿No es señal tal abandono y tanto desprecio al común interés el atraso moral en que vive Tarifa? No culpamos al pueblo bajo que ignorante y hambriento no tiene conciencia de peligro alguno; pero la culpa que a ellos no podemos echar, la cargamos de más a los altos, a los pomposamente llamados directores, a la taifa de farsantes y lacayos y criminales (pues se mata por omisión igual que por acción) que a título de timoneles tienen el mérito personal por única brújula y el atropello por única ruta.
Hacemos notar que esta causa del cementerio no es única, sino que es desglosada del gran proceso que abarca toda la vida y toda la historia de Tarifa y en el que parecen como reos capitales todos los que debiendo amor y gratitud al pueblo que los vio nacer, que alegró sus primeros años y que con amores de madre formó su inteligencia y su corazón más o menos apreciados, pagan en escarnios y en olvidos los favores y cariños que recibieran.
En Tarifa, ocupa actualmente el supremo cargo gubernativo y administrativo un médico, que por ser joven y recién salido de la Universidad debe haber sido iniciado en los grandes imperativos de la ciencia moderna. Pues bien, señores, este médico permite desde la alcaldía, no ya la permanencia del cementerio en los respiraderos de la ciudad, sino el barrido de las calles a las cuatro de la tarde, en los meses de verano y la libre putrefacción (es lo único libre en este pueblo) de perros, gatos y caballos en las afueras de la población y no sabemos si aún el consumo de vacas tuberculosas, de toros "surmenés" y de reses lastimadas procedentes de la ganadería de su amo y señor.
Culpamos también de este delito de lesa patria a las clases acomodadas que dan su dinero para capillas y procesiones y para el perdón de sus bien meditados y madurados pecados, (así se llaman el crimen y el robo) en vez de destinarlos a obras de utilidad pública. Culpamos a la clase media, a la clase ilustrada, siquiera sea a medias, por su egoísmo, por su desprecio al ideal por su falta de virilidad ante las imposiciones de un calabacín adinerado y desalmado. Y por último a los que sacrifican el bien común para aumentar su capital haciendo amillaramiento amañados, estafando por medio de contratos incumplidos y favoreciendo la expoliación de bienes comunales, a esos los despreciamos, ya que el odio no cabe en nosotros, porque consideramos que es criminal quien quita la vida o la honra a un hombre, mil veces más criminal es quien quita la vida a un pueblo.
Y somos nosotros, los limpios, los renegados, los rebeldes, quienes echamos sobre nuestros hombros la misión de trabajar por el resurgimiento moral y económico de Tarifa, cumpliendo deberes de gratitud para quienes han vigilado y embellecido nuestros primeros pasos en la vida, y cumpliendo al mismo tiempo deberes de humanidad y deberes de patriotismo, pues nosotros los impíos, nosotros, los renegados, nosotros los rebeldes, somos los portaestandartes del siglo XX, siglo que al nacer para la humanidad sopla a su rostro su espíritu sublime, todo amor, toda verdad y toda justicia".
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Interior de la capilla del cementerio del Santo Cristo de las Ánimas. (Foto: M. Rojas). |
Un lustro después, concretamente el 9 de mayo de 1916, era inaugurado el nuevo cementerio Santísimo Cristo de las Ánimas.
Pero no es hasta el 23 de mayo de 1931, cuando a propuesta del concejal Chamizo Morando, se acuerda trasladar al nuevo cementerio los restos existentes en el antiguo camposanto del Santo Cristo de la Piedad.
Que los muertos descansen en paz.
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