CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Consiéntanme que sonría (y IX) (Fin)

José Araújo Balongo

    Mi abuelo se murió de pronto, inesperadamente, en poco más de una hora. El médico dijo que la causa de su muerte había sido una hemorragia cerebral. Prefiero no entrar en detalles de aquella hora larga de agonía convulsa. Lo cierto es que se me fue a los 86 años, que yo estaba próximo a cumplir los 12 y que todavía seguía yendo a la escuela porque él así lo quiso, incluso en contra de lo que opinaba la propia maestra, la cual venía diciéndole desde hacía varios meses que ella no tenía nada más que enseñarme, que sus conocimientos eran limitados y que conmigo había llegado al límite. Mi abuelo se hacía el longui, como si lo regaran con leche. Le decía: "Mientras yo le pague, usted siga".

    La muerte de mi abuelo se produjo a la caída de la tarde; sobre las siete sería. Vino el médico para lo del certificado de defunción, vino el cura a ungirle con los santos óleos y vino el de la funeraria para ocuparse del entierro. Siguieron viniendo gente además de los vecinos del patio; unos me besaban, otros me achuchaban, la una lloraba, el otro pujeaba..., todos querían ver al muerto y yo estaba aturdido, desconcertado, sin haber derramado todavía ni una lágrima. De poner orden se encargó el dueño de la taberna donde mi abuelo leía y a quien yo corrí a llamar nada más verlo desvanecerse y comenzar a agitarse. Despejada la alcoba, me pidió el traje, la camisa, la corbata y las botas de mi abuelo para amortajarlo. Cuando cumplí su mandato me acompañó al patio dejándome a cargo de una vecina y pidió a dos clientes suyos allí presentes que le ayudaran a vestir al difunto.

    A todo esto se había hecho de noche. La vecina me dio a tomar una taza de caldo caliente del puchero que cayó en mi estómago divinamente; después, en un plato, me sirvió un guisote de sardinas a la moruna con más pimiento y cebolla que tomate. Le dije que no tenía más ganas pero ella insistió; a duras penas conseguí tragar algo, no todo, de lo que el plato contenía; la cebolla ni la probé porque no me gustaba (y sigue sin gustarme). Me acordé entonces de mi abuelo, que cuando preparaba esta comida nunca le echaba cebolla; él se comía la cebolla cruda, y así –decía– se ahorraba el pan y agradaba mi gusto. De repente me di cuenta que estaba recordando a mi abuelo en tiempo pasado: preparaba, echaba, comía, ahorraba... A él, desde aquel día, se le acabó el presente y se le murió el futuro.

    La buena vecina que me dio de comer quiso que me acostara en su casa, en su cama, porque ella y su marido iban a pasar la noche en vela y duelo. No quise; me negué rotundamente. El duelo y la noche en vela me correspondían a mí, único doliente de sangre que mi abuelo tenía. ¿Qué todavía era muy niño? Pues ya dejé de serlo, en aquel momento mismo decidí comenzar a ser hombre, adulto por propia voluntad y en contra de lo que marcara cualquier ley. Si algo sobrenatural intervino en mi destino, que me dejaran en paz y respetaran mi voluntad de pasar de niño a hombre renunciando a la adolescencia. Mi soledad era mía y no estaba dispuesto a vivir de lástima o limosna. Ya me las arreglaría.

    Sé que mi conducta de aquella noche debió resultar antipática, que me comporté como un desagradecido, sin embargo en ningún momento me arrepentí, ni entonces ni nunca, de la decisión tomada. En consecuencia, atravesé el patio y entré en mi casa, la casa que había dejado de ser nuestra, de mi abuelo y mía, para ser sólo mía desde que él había pasado, como dicen los creyentes, a mejor vida. ¿Mejor vida sin mí iba a tener mi abuelo? Leche y picón; permítanme que lo dude, consiéntanme que sonría. Como venía diciendo, entré en la casa. El cadáver de mi abuelo yacía en un ataúd negro y descubierto, con la tapa puesta en pie sobre la pared. El ataúd descansaba cruzado sobre dos borriquetes de hierro, a una altura como de un metro; cerca de cada una de sus cuatro esquinas, cuatro cirios iluminaban el conjunto de la escena; su rostro macilento, las dos manos cruzadas sobre el pecho, el brillo de las botas elásticas y negras... se notaba que el tabernero y sus ayudantes se habían esmerado en el amortajamiento. Me acerqué y besé ardientemente la frente helada de aquel cadáver a quien tanto quise en vida y del que guardo tan entrañables recuerdos.

    El entierro fue a las once de la mañana del día siguiente, mala hora para un entierro; quizá por eso asistió tan poca gente. Como entonces en mi pueblo no había coche fúnebre a los muertos había que trasladarlos a hombros hasta el cementerio, distante a más de un kilómetro de las últimas casas y cuesta arriba, de modo que los acompañantes –pocos, ya lo dije– se tenían que ir turnando de cuatro en cuatro sudando la gota gorda, porque lo que todavía no he dicho eran las fechas: 29 de julio de 1949 la de su muerte y el 30 la del entierro. El solazo veraniego de un mediodía de levante en calma caía de plano sobre nuestras cabezas durante el trayecto y el tiempo que duró el acto de introducir el féretro en el nicho familiar y tabicar la entrada con ladrillos colorados el sepulturero.

    Del cementerio salimos juntos el tabernero y yo mientras los demás se fueron desperdigando. Caminamos en silencio por el sendero que conduce a la carretera general. Al llegar a ella se paró y me paré.

    - Ahora, Zeta –dijo–, vas a venirte a comer conmigo.

    Yo no dije ni que sí ni que no; me limité a seguirle hasta la taberna de no muy buena gana porque, más que comer, lo que el cuerpo me pedía era acostarme y dormir después de la noche en vela y el trajín de la mañana, sin embargo no me pareció oportuno disgustar con una negativa a aquel buen hombre que siempre se portó tan bien con mi abuelo y conmigo, y más todavía en el amargo trago de la muerte y el entierro.

    Mientras comíamos mantuvo cerrada la puerta de la taberna para que nadie nos molestara. Al acabar, me preguntó:

    - ¿Qué vas a hacer ahora?

    - Irme a mi casa –le contesté–; quiero acostarme.

    - Bien, eso ahora, pero, ¿y después?

    - ¿Cómo después?

    - Quiero decir mañana, pasado, el otro...

    Dudé unos segundos en contestarle aunque ya tenía decidida la respuesta antes de la pregunta. La madrugada del duelo lo había meditado detenidamente y llegado a la conclusión de que lo mejor para mí sería vivir solo en mi casa, rechazando cualquier otra posibilidad de solución u ofrecimiento.

    - Voy a quedarme en mi casa –le dije–; ya me las iré apañando.

    - ¿Solo?

    - Sí, solo, ¿qué malo tiene?

    Aquel buen hombre, sabedor de mi testarudez, guardó silencio. Luego, rascándose la coronilla, me dijo:

    - De todos modos, si me necesitas para algo, aquí estoy yo. Lo que sí quiero pedirte es que sucedas a tu abuelo como lector en la taberna. Sé que lees muy bien y yo te necesito en el negocio, de manera que espero que a partir de mañana (hoy no) comiences tú con la lectura de los cuadernillos de las novelas por entrega. ¿Qué te parece?

    Que sí, le dije, y hasta mañana luego, emprendiendo el camino hacia mi casa.

    Ya en el patio, a la vecina que me dio de comer la noche anterior la vi lavando en su tina de madera. Al notar mi presencia se secó las manos con una de las prendas aún por lavar y se acercó preguntándome si había comido. Le dije que sí, dónde y con quién. Después me pregunto lo mismo que el tabernero, utilizando las mismas palabras y en el mismo orden:

    - ¿Qué vas a hacer ahora?

    Ella, conociéndome, no insistió ante mi respuesta. Me dijo que esperara para darme la llave porque había cerrado la puerta de mi casa. Me dio la llave y más cosas que el tabernero le entregara para que me las diera. Me fue dando una por una las cosas personales de mi abuelo: su cartera, la petaca, el mechero, el reloj de bolsillo, dos alianzas doradas, la navaja albaceteña... No recuerdo si alguna cosa más. Como, con todo, tenía las manos llenas, ella cogió la llave que antes me había dado, la introdujo en el ojo de la cerradura, la hizo girar y me abrió la puerta entrando conmigo en la casa; tiró del postigo para que entrara claridad, me preguntó si necesitaba algo, que no, le dije, y se marchó por donde vino encajando la puerta.

    Yo estaba tan cansado que todavía no era capaz de reaccionar. Sobre la mesa de la cocina dejé la llave y todo lo demás. Con paso vacilante, aturdido, traspasé la penumbra de la alcoba, una alcoba ordenada, recogida y con las dos camas perfectamente hechas, supuse que por la buena vecina, siempre dispuesta a ayudar. Descalzado y desvestido me tumbé sobre mi cama sin destaparla, sintiendo el agradable frescor de la almohada bajo la nuca ardiente y sudorosa. Extendí el brazo izquierdo y lo dejé descansando sobre la cama cercana de mi abuelo, casi pegada a la mía. A pesar del cansancio, mi cuerpo se agitó estremecido y sobresaltado. Comencé a darme cuenta de que estaba solo, de que aquella cama ya nunca más la ocuparía mi abuelo, que él se me había ido para siempre, en contra de su voluntad, seguro; ¿por qué tendrían que pasar estas cosas que tanto daño nos hacen? Es ley de vida, dicen; todos tenemos que morir; hay que tener resignación, aceptar los designios del Señor... Un nudo en la garganta y una opresión en el pecho acabaron con la poca entereza que me quedaba... Y así, mansamente, las lágrimas fluyeron de mis ojos quemándome el rostro... Fue un llanto silencioso, triste, solitario... Me sentí débil, tan débil como si fuera un niño... ¿No había quedado conmigo mismo de que ya era un hombre? Sí, era verdad; pero el llanto, en ciertas ocasiones, también es cosa de hombres, me dije, tratando de justificar lo que entonces consideré un signo evidente de debilidad. A partir de mañana se acabaron las lágrimas... Soy un hombre, tengo que ser un hombre, necesito ser un hombre... Un hombre. El niño que fui forma parte del pasado, como mi abuelo, como mis padres. De ellos me han de quedar los recuerdos en la memoria acompañándome mientras viva, pero para vivir, los recuerdos no sirven; tengo que ser fuerte, como quería mi abuelo; fuerte como lo fue él para vencer las dificultades que tuvo que afrontar en su muy larga vida. Mi abuelo y su valor tienen que ser mi referencia, el ejemplo a seguir, el espejo en que me mire. No; ya no soy un niño; soy un hombre... Un hombre...

    Y, lentamente, vencido por el sueño, rendido de cansancio, me fui quedando profundamente dormido.

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