CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Larga historia y dura peripecia (VIII)

José Araújo Balongo

    Cuando cumplí los ocho años mi abuelo, en vez de dejarme a cargo de una vecina del patio como venía haciendo hasta entonces, decidió que lo acompañara a la taberna en la que ejercía de lector de novelas por entregas ya entrada la noche. El primer día pude darme cuenta cómo, al entrar mi abuelo, el silencio, poco a poco, se iba apoderando de aquel local, tan ruidoso momentos antes, y aquellos hombres fijaban en él una atenta y respetuosa atención. El tabernero colocaba delante del mostrador y bien centrada una caja de vino, sobre la caja una silla en la que mi abuelo se sentó frente por frente a los parroquianos. Con las gafas de vista cansada cabalgando sobre su nariz y el cuadernillo entre las manos, comenzó la lectura.

    Yo me senté al fondo, detrás del todo, junto al único velador de mármol que en la taberna había y sobre el que descansaba una cajita repleta de fichas de dominó. Apoyado de codos en el velador observé orgulloso a mi abuelo que, desde su situación preeminente, sobresalía de medio cuerpo para arriba sobre las cabezas de los escuchantes. De su voz, despa-ciosa, grave, solemne, profunda, sin finura pero correctamente, fluían las palabras recreándose en el ejercicio de la lectura a viva voz y transmitiendo la emoción del dramático argumento, del que no recuerdo el autor pero sí el título: "Las dos huerfanitas" se llamaba el novelón al que pertenecía el cuadernillo de aquel día de la semana. Seguí observando a aquellos hombres rudos, hombres de campo y mar, de cortijo y monte, de falucho y trasmallo, viendo cómo a algunos se les escapaban las lágrimas, borrándolas de los rostros, curtidos por los soles y los vientos, con enérgicos manotazos.

    Así fue transcurriendo nuestra vida juntos, más juntos cada día, más necesarios el uno para el otro conforme yo fui creciendo y él achicándose. La vejez deformante y achacosa le llegó casi de sopetón, reciencumplidos los 84 años; su inhiesta figura se fue encorvando, su firme paso se hizo vacilante, recurrió a un bastón antiguo que fuera de su padre y apoyaba su otra mano sobre mi hombro al caminar despacio por las calles. Ya no me llevaba a la escuela ni me recogía. No es que fuera necesario porque, aunque el trayecto era relativamente largo, en bajada a la ida y empinado a la vuelta, y yo ya tenía 10 años, a él le gustaba llevarme y recogerme. Lo que no le falló nunca fue la cabeza; su memoria, entendimiento e inteligencia los conservó hasta el último suspiro.

    Un día de aquellos, a la atardecida era, estábamos en la cocina; yo leía el último tebeo de El Guerrero del Antifaz, comprado el día antes al salir de la escuela con el real que costaba y que él me daba siempre porque yo venía coleccionándolo desde el número uno. Mi abuelo carraspeaba para aclarar su voz; estaba muy serio; comprendí que quería decirme algo y que no sabía cómo empezar. Al ver que no arrancaba, me quedé mirándole fijo y le pregunté:

    - ¿Te pasa algo, abuelo?

    - Nada, Zeta; nada, pichita. No me pasa nada, pero tengo algo que decirte; o más bien, confiarte.

    - Para mañana es tarde, abuelo –le dije tratando de animarle–; adelante con los faroles, como tú dices, y más caballos al toro.

    Al bueno mío le hizo gracia la frase en mi voz y le dio un ataque de risa contagiosa, terminando ambos medio revolcándonos, fundidos en un abrazo alegre que rompió el hielo y armonizó la tensión.

    - Ahora, Zeta –dijo mi abuelo–, fuera ya de cachondeo, vamos a lo que vamos, que lo que tengo que decirte es muy serio. Que sea serio no quiere decir que sea triste ni dramático. No. Las cosas son como son y hay que afrontarlas como vienen; para conseguirlo, debemos mantener la cabeza fría y estar preparados. Tú tienes 10 años y yo 84; quiero decir con esto que tu vida comienza y la mía se está acabando... Sí, sí; no me mires así ni me interrumpas. Eres lo bastante inteligente para entender lo que digo. Ven acá.

    Me acerqué y le ayudé a levantarse de la silla, por detrás de mí se apoyó en mis hombros y me condujo a la alacena, situada a tres pasos en la misma cocina y cercana al hornillo del anafe. Siguiendo sus indicaciones abrí la alacena, me arrodillé y desalojé de cacharros el anaquel más bajo que servía de base al dornillo de los gazpachos calientes, a dos sartenes, una tinaja y un brazado de ramas de laurel. Limpio el último anaquel, pude darme cuenta que era de mármol blanco y que quedaba a ras del suelo de la alacena.

    Mi abuelo, armado con la badila del brasero y un taco de madera, me dijo que teníamos que levantar aquella losa y que pesaba lo suyo. Se arrodilló como pudo y por un hueco lateral introdujo el metálico mango de la badila, apalancando con él hasta lograr elevar la losa lo suficiente como para calzarla con el taco. Conseguido lo más difícil y ayudado por mí, conseguimos retirar la pesada losa de mármol. La volvimos del revés y, ante mi gesto de asombro, dijo:

    - Esta es la lápida mortuoria de tu abuela, de mi difunta esposa, que tuvimos que quitar cuando se nos murió tu madre, mi difunta hija, que descansan juntas en el osario del mismo nicho y que ahora tiene otra lápida con su nombre; es decir, con el de tu madre.

    Despojado del fúnebre anaquel, en el hueco dejado apareció un cofrecillo plano de hierro mohoso que mi abuelo sacó agarrándolo por el asa curva y abatible que tenía en la parte superior. Debajo del cofrecillo también aparecieron dos descoloridas carpetas de cartón y solapas de tamaño folio, cada una de ellas aseguradas con elásticos de los que se usaban por entonces para sujetar los calcetines a las piernas. Primero abrió el cofre con una llavecita que llevaba siempre colgada al cuello prendida de una cinta negra y por debajo de la camisa, sobre el pecho desnudo para que no se viera y que no se quitaba ni para lavarse. Al fin supe el misterio de la llave por la que le pregunté tantas veces y siempre me respondía con la misma frase: "Esta es la llave del arca del tesoro".

    Introdujo la llave en la cerradura, la hizo girar dos veces a la derecha y alzó la tapa del cofre. Yo era tan ingenuo todavía que esperaba verla repleta de oro y piedras preciosas y no del grueso envoltorio de papel de estraza que mi abuelo extrajo y puso delante de mis ojos.

    - Mira –dijo–; este es nuestro tesoro.

    Lo fue desenvolviendo lentamente; debajo del papel de estraza seguía otra envoltura de papel de periódico y al final un sobre de color pajizo. De él sacó mi abuelo un fajo de dinero y, mostrándomelo, dijo:

    - Zeta; aquí están los ahorros de toda mi vida; aquí hay 950 pesetas en billetes de 25. Esto no lo sabe nadie más que tú y yo. Te lo digo para que sepas donde está cuando yo falte, porque es para ti, para lo que te haga falta hasta que puedas ganarte la vida con tu trabajo. Otra cosa –dijo al tiempo que abría una de las carpetas–. Esta es la escritura de la casa, de esta casa, que es nuestra. Ten en cuenta que antes del final de cada año tienes que ir al Ayuntamiento a pagar la Contribución, porque, si no lo haces, podrían quitarte la casa. Y ya por último, aquí, en esta otra carpeta, está la póliza (me mostró el papel) que cubre los gastos de mi entierro cuando muera y los recibos pagados por si te lo piden cuando llegue la hora. Todo esto lo vamos a poner otra vez donde estaba y como estaba y lo cubriremos con la misma losa y de la misma manera.

    Después de tan larga historia y tan dura peripecia, sentado en una silla, mi abuelo daba muestras de cansancio, jadeaba con la boca abierta. Acerqué a su silla una banqueta de corcho que me regaló por mi santo un marinero de los de la taberna, me senté a su lado y apoyé la cabeza sobre sus rodillas; él, me pasaba suavemente las manos por el pelo una vez y otra; se dio cuenta de que yo estaba llorando y dejó que me desahogara. No sé decir el tiempo que estuvimos los dos en la misma postura porque mi mente estaba ocupada en hacerse preguntas silenciosas. "¿Por qué se tenía que morir mi abuelo; por qué, si nadie pide nacer, tiene nadie que morirse?". Preguntas y más preguntas sin contestación posible.

    Mi abuelo, poco a poco, se fue calmando. Repuesto del cansancio y normalizada su respiración, me devolvió a la realidad con un ligero y cariñoso pescozón.

    - Vamos, Zeta; que no se diga que eres un niño chico de esos que lloran por nada. Lo que te he dicho y lo que te he mostrado, tenía que hacerlo. Tienes que verlo y juzgarlo como lo más normal del mundo. Hay que estar preparado para cuando llegue lo que tiene que llegar. La muerte es ley de vida. De todas maneras esto no quiere decir que me vaya a morir mañana, eso nunca se sabe, pero lo lógico, con la edad que tengo, es que no tarde mucho. Qué más quisiera yo que estar siempre a tu lado; a tu lado mientras pueda valerme más o menos por mí mismo, porque de otra manera sería una carga para ti, y tú, como aquel que dice, ya mismo tendrás que ir pensando en encauzar tu vida.

    - Sí, abuelo –le dije–; si yo te entiendo.

    - A ver, mírame –me dijo al tiempo que alzaba mi cara–. Así, no; mírame a los ojos. Así, sí. Ahora sonríe.

    Me hice el remolón y él insistió:

    - Vamos, hombre, sonríe.

    Y sonreí, sí, sonreí; sin entusiasmo, sin apetecerme; sonreí sin ganas, por complacerle, pero sonreí. Mi abuelo, cambiando de tema y de semblante, me dijo:

    -Por cierto, ¿no es hoy cuando sale el tebeo de Roberto Alcázar y Pedrín?

    -Que sí, le dije algo más animado.

    - Entonces, toma –me dijo dándome un real de boquete que sacó del bolsillo del chaleco–; baja al pueblo a comprarlo mientras yo preparo la cena. No tardes, que la comida está lista ya mismo. Y ten cuidado al cruzar la carretera, no vaya a ser que pase un coche.

    Salí y emprendí el camino hacia la imprenta donde vendían aquel tebeo que, lo mismo que el de El Guerrero del Antifaz, también venía coleccionándolo desde el número uno. Iba menos alegre que otras veces; los acontecimientos de aquel día me hicieron comprender que, más tarde o más temprano, mi vida actual, irremediablemente, cambiaría; y cambiaría a peor, porque, ¿qué iba a ser de mí cuando mi abuelo faltara?

    A punto estuve de volver a echarme a llorar; haciendo un esfuerzo logré dominar las lágrimas. Desde siempre, me daba mucha vergüenza que alguien me viera llorando... Y seguí mi camino, con la procesión por dentro.

(continuará)

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