EDUCACIÓN

ALJARANDA

Un viaje por las escuelas
de Tarifa en 1926

Pedro Herrera Márquez

    A finales del siglo XIX y principios del XX los krausistas pretenden encontrar un sistema social más ético y más justo a través de un racionalismo armónico que en el ámbito de la educación propugnaba una escuela neutra, tolerante y abierta al mundo exterior. En esta corriente encontramos al afamado periodista y ensayista Luis Bello. Redactor del Heraldo de Madrid, fundador de la revista Crítica y director de la hoja literaria de Los Lunes del Imparcial. Luego colaboró con El Sol. Durante la República llegó a ser diputado por el grupo azañista, miembro de la Comisión Constitucional, presidente de la del Estatuto de Cataluña y vocal del Consejo de Instrucción Pública y del Patronato de Misiones Pedagógicas.

    En su Viaje por las escuelas de Andalucía reúne los artículos publicados en El Sol entre 1926 y 1929 sobre el estado de nuestra instrucción primaria en aquellos años. En ellos se manifiesta una intención de denuncia y el deseo de provocar un estado de opinión que llevara a la mejora y extensión de las mismas. Las crónicas de Bello van mostrando no sólo la situación real de las escuelas que visita, sino también las condiciones de vida de la infancia y los pueblos y ciudades de Andalucía, la galería de maestros que atienden al oficio de la enseñanza y los modos y prácticas de la educación que se servían. En su viaje choca con una dificultad añadida: la censura de la Dictadura de Primo de Rivera. Esta coyuntura sólo es criticada soterradamente, con el empleo de metáforas y rodeos literarios en muchas ocasiones.

    Su periplo andaluz le trae a Tarifa en julio de 1926. El día 7 de julio publica en la primera página de El Sol el artículo "Viaje a Tarifa" y, el 9 del mismo mes, "Tarifa. La costa africana desde el camino de Algeciras".

    En efecto, Bello llega a Tarifa en autobús en los primeros días de julio de 1926, impresionado por las tierras despobladas entre Medina Sidonia y el mar: Conil, Vejer de la Frontera, la laguna de la Janda... "Una de las extensiones más despobladas de España, por donde el autobús corre, con pocos encuentros, como si fuera ya buscando otro Finisterre, otro cabo del mundo, y le abandonara Europa a su voluntario destino. (...) Y de pronto asoma en una curva la playa inmensa, de aspecto pobre, pero de espléndida luz meridional, un gran vapor embarrancado, y, a lo lejos, la ciudad mora de Tarifa, blanca también, con su castillo rudo, su faro y su rudimento de puerto sin barcos. Se detiene el autobús en Tarifa fuera de murallas, pero muy cerca del arco moruno: la Puerta de Jerez. Sólo con echar pie a tierra y dejarnos envolver por este ambiente, notamos que, en efecto, hemos salido de un mundo sin entrar todavía en el otro. Tarifa está suspensa en la boca del Estrecho, sin determinarse a pasar al otro lado, siguiendo el reflujo musulmán".

    Luis Bello venía con unas referencias conocidas sobre Tarifa y las vagas anotaciones de Antonio Ponz. Pero encuentra que, sin embargo, "la vida en Tarifa es toda paz y calma. Nadie puede imaginar la extraña belleza de las calles de Tarifa, aunque yo le oriente, diciéndole que son callejas andaluzas, de fuerte sabor moruno, interpretadas con la técnica movible del baile ruso. Es preciso verlas. Casas pequeñas, un poco fuera de plomada, rabiosamente blancas, y en la acera unas acacias minúsculas, infantiles, largas de tallo, que llaman acacias de bola y son como plumeros. En las terrazas parece que se asomarán mujeres vestidas de blanco; pero las tarifeñas de tipo clásico que vemos en la calle llevan la saya larga y el manto negros. El manto, que arranca de la cintura, les cubre la cabeza como a las chilenas, aunque no tenga el mismo aire. Ellas dan una sensación de quietud, mientras las cosas bailan a su lado".

    A continuación emprende su primer paseo "desde esta calle central al faro, en la isla de las Palomas. Allí, al caer la tarde, ha ido a refugiarse el maestro don Amador, que tiene el buen gusto de conversar con el torrero, viendo ponerse el sol en el Atlántico. (...) Luego, al volver al continente, pasando el puente levadizo,se nos aparece Tarifa, tal cual es, dando la cara, sobria y severa, el castillo de los Guzmanes, con su cala de pescadores, su playita llena de peñascos y su pobre destino de ciudad desterrada, olvidada en la ruta de los vientos".

A la izquierda el edificio del Pósito, donde estuvo ubicada la escuela tarifeña. (Antigua postal Edición Ruffo)

    El segundo de los artículos, "Tarifa. La costa africana desde el camino de Algeciras", es publicado el 9 de julio del mismo año. En él relata su primera noche tarifeña que le resultó "una calma estelar, una serenidad sidérea, una de esas plenitudes de paz que refrescan las venas".

    Tras todas estas descripciones entre poéticas y periodísticas comienza la crónica que le ha traído hasta aquí, "debo visitar en la plaza vieja –creo que se llama de Alfonso XIII– a don Amador Mora. Él y otro compañero enseñan a un centenar de niños en el antiguo Pósito, habilitado para escuelas el año 1865. Yo creo –si mis notas valen– que esto no lo han tocado desde entonces. Son muy buenas y muy capaces paneras, y podían ser, en efecto, escuelas. Pero el edificio está fuerte, mientras va hundiéndose todo cuanto le rodea. Porque a partir del Pósito, empieza el barrio viejo de Tarifa, que en su margen extrema aparece ya en franca y declarada ruina. Hemos de ir a verlo; y mientras tanto, conviene apuntar que Tarifa, cuyo término comprende doce mil habitantes, sólo cuenta con cuatro maestros y cuatro maestras, una de ellas para clase de párvulos. De los pueblecitos agregados, sólo veo escuela en Facinas –pequeña, sin luz y con material pobre–. Los demás, hasta cuarenta y cinco, entre aldeas, cortijos, ermitas con caserío y molinos harineros, carecen de escuela. La Ahumada, Guadalmecín, Almarchan... El partido grande de la Zarzuela, con más de cuarenta casas y muchos colonos. El Realillo de Bolonia, centro de Lantiscas y Chaparral, Tarivilla, la Torre de Plata. El Valle, que coge las Cumbres y las Piñas... Todos esos poblados –y otros– viven sin escuela. Quizá la hubo, hace siglos, pero en memoria de cristiano no se sabe que tuvieran maestro".

    Siguiendo las indicaciones de Amador Mora, se entrevista con García Sillero, a quien califica como "un entusiasta de la instrucción, que quiere montar escuelas en las Casas de Porro y a La Peña". Antes de hacer la visita a Casas de Porro recorre la ciudad vieja. "Frente a la escuela de don Amador hay ya un gran caserón desmantelado, cuyas paredes se vendrán un día de Levante sobre la plaza. Detrás de unas cuantas callejas morunas, más estrechas y más africanas que en ninguna otra ciudad de esta región, empieza el barrio abandonado. Todo un pueblo, que fue hundiéndose casa por casa, y cuyo vecindario sintió, sin duda, el pánico de encontrarse envuelto por tanta ruina. Debió de ser una fiebre de miedo, y esto lo explican los tarifeños diciendo que al sanear el arroyo por donde hoy está la calle del Correo, Tarifa se fue hacia esa parte y abandonó la antigua. Si un Ayuntamiento adquiriera esos terrenos y trazara un jardín, separando el cascote y el prejuicio contra las ruinas, quizá volvieran a poblarse los altos de la ciudad antigua". Tras reconocer que el proyecto de saneamiento no es el que le ocupa ahora, se interesa por el de García Sillero, "el cual tiene aquí su comercio, una especie de lonja y una finquita en lo alto de La Peña. Salimos otra vez por el camino de Cádiz, y antes de llegar a Facinas nos detenemos en las Casas de Porro, no lejos de la playa. El local elegido para montar las seis bancas de García Sillero es un cajoncito demasiado estrecho; pero van los muchachos, y lo más admirable es que les da lección un voluntario, un trabajador que apenas saca para pagar la renta. ¿Y la escuela de La Peña? Esa está más verde todavía". Queda fascinado por el paisaje que descubre "rudo y montuno, tiene grandeza", pero el local elegido para escuela (corrales de un hato de ovejas) no le hacen ser optimista. Ésta es la única iniciativa de fundación de escuelas que conoce en "Tarifa y en sus cuarenta y cinco agregados". Una única esperanza le queda a Bello del recorrido que realiza "acaso cuando gane el Concejo, en justicia que le es debida, su gran pleito sobre los montes, se acordará de las escuelas. Por ahora no hay nada más que hacer".

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