CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Una mosquita en la leche (VII)

José Araújo Balongo

    Cuando llegó el día de mi primera comunión mi abuelo me levantó de la cama a las siete de la mañana, dos horas antes de la anunciada para la ceremonia. Como la noche anterior me había bañado a conciencia en la tina, restregándome todo el cuerpo más enérgicamente que nunca con la calceta bien enjabonada, enjuagándome después con agua caliente nueva de una olla que tenía preparada, mi aseo aquella mañana se limitó a un simple lavado de cara por si en la noche se hubieran cuajado en mis ojos algunas lagañas. Después de secarme la cara mi abuelo inspeccionó, además de los párpados, los boquetes de la nariz por si tuviera cascarrias y lo profundo de los oídos buscando algún restillo de cerumen. Pasado con buena nota el examen, comenzó a vestirme.

    La noche antes, tras el baño, ya me había colocado los calzoncillos limpios y la camiseta de tirantes al son del "bendito y alabado seas" recitado a dúo por ambos, según costumbre de la época cada vez que uno se mudaba de ropa interior. Primero me puso los calcetines, luego el corsé, aquella prenda que nos ponían a los niños para que creciéramos derechitos y que tan incómoda era; siguió con el pantalón, la marinera, el peto y el tafetán; me calzó los zapatos y colgó de mi cuello el cordón dorado del que pendía la cruz de madera como remate del equipamiento. Ya estaba yo como él quería: de marinerito. Mi abuelo hizo una pausa mirándome complacido y para comprobar si me faltaba algo. Pasados unos segundos procedió a peinarme. Humedeció mis cabellos con un correoncito de agua de olor que previamente vertió de un tarrito en el cuenco de su mano izquierda y, finalmente, pasó y repasó no sé cuántas veces con el peine el remolino que se formaba en mi coronilla hasta dominarlo completamente fijándolo con un poco de espuma de jabón.

    Ya estaba listo yo; él, mi abuelo, cuando me despertó, ya se había vestido de punta en blanco, con su camisa blanca de cuello almidonado, su corbata negra y el traje azul marino de las grandes ocasiones. Antes de salir se miró al espejo, peinó su bigote, enderezó la corbata y se ajustó la chaqueta. Ya en la calle emprendimos la marcha hacia la escuela, donde debíamos estar a las ocho para el último ensayo, y, desde allí, con la solemnidad que el acto requería, desfilar hasta la iglesia ajustando el paso para llegar a las nueve menos cuarto, hora fijada por el cura. Mi abuelo miró su reloj de bolsillo que sacó del chaleco y me dijo que teníamos que aligerarnos, que iban a dar las ocho y todavía nos quedaba por andar un buen trecho. Así lo hicimos en honor a su fama de hombre formal y cumplidor.

    Llegamos a la escuela a lo justo y los primeritos. La maestra también se había engalanado y el rodete de su pelo brillaba y daba destellos amarillos y cobrizos. En pocos minutos la antesala de la escuela se fue llenando de niños y acompañantes. Conforme iban llegando la maestra iba contándonos hasta que estuvimos todos: catorce niños y seis niñas. Tal como estaba previsto, ensayamos durante unos minutos; a continuación nos fue ordenando en fila de a dos por sexo y estatura, los niños delante y detrás las niñas. Antes de iniciar el recorrido, la maestra permitió a nuestros familiares que nos dieran un último repaso. Mi abuelo me abrochó bien los guantes blancos, inspeccionó el remolino de mi coronilla comprobando que estaba bien fijado y después del visto bueno me besó en la frente.

    Dispuestos ya para irnos, la maestra reparó en un detalle que se le había ido por alto. Puesto que nada más salir a la calle debíamos juntar nuestras manos apuntando hacia la barbilla, con los antebrazos pegados a los costados y los codos a la cintura, ¿cómo íbamos a llevar el misalito? Probó con una niña metiéndolo en el limosnero que llevaban todas colgado de la cintura y a la altura del cuadril, pero, con el peso, descomponía la horizontalidad del lazo y rompía la estética del conjunto. También hizo la prueba con un niño tratando de metérselo en el bolsillo con peor resultado todavía que con la niña; apenas cabía, abultaba demasiado y, si ya era dificultoso meterlo, más difícil era sacarlo. De manera que, finalmente, decidió que los misalitos los llevaran los familiares y, ya en la iglesia, cuando estuviéramos sentados en los bancos, cada familiar, de uno en uno, en silencio y con muchísimo respeto, nos lo irían entregando.

    Por fin salimos de la escuela y formamos en la calle guardando la compostura y la ensayada distancia. Nuestros familiares, por orden de la maestra, irían detrás. A nosotros, en voz baja, nos dio las últimas recomendaciones e iniciamos la marcha por la acera de la primera calle de las tres que constaba nuestro recorrido hasta la iglesia. La gente se paraba a mirarnos, sobre todo las mujeres, y más de un balcón o ventana se abrió para curiosear al paso de nosotros y de la comitiva de parientes. Como hay gente para todo, una mujer le dijo a otra refiriéndose a mí: "Mira el negruzillo este; con el trajecito blanco parece una mosquita en la leche". Sé que lo dijo por mí porque hasta me señaló con el dedo y casi tocándome de lo cerca que estábamos. Seguramente lo dijo sin maldad, pero a mí me sentó como una patada en salva sea la parte; en otras circunstancias casi seguro que me hubiera cagado en su puñetera madre por el chistecito que a mi costa hizo la graciosita aquella.

    Los detalles de mi primera comunión, desde que entramos a la iglesia hasta que salimos de ella ya comulgados, los voy a pasar por alto dado su escaso relieve. La cosa resultó bien a secas y ninguno de mis temores se concretaron. Tanto miedo nos metieron en la catequesis y los ensayos que a la hora de la verdad ninguno de nosotros cometió el más mínimo error; ni nosotros ni nadie, porque para el cura, el sacristán y el monaguillo no dejó de ser más que un acto rutinario que se repetía cada año todos los domingos de mayo. Tal vez estuvieran más inquietos, nerviosos y emocionados nuestros familiares; lo digo por el modo y maneras con que fueron a recogernos cuando llegó el fin de la ceremonia.

    Mi abuelo se me acercó temblón, con los ojos muy brillantes y casi a punto de llorar. Me besó en la frente, me cogió de una mano y salimos de la iglesia. En la calle sí que había cierto revuelo entre los comulgantes y sus familiares y allegados, más en éstos que en aquéllos. Como yo no tenía más parentela que mi abuelo, nos fuimos alejando del bullicio. Mi abuelo le dio suelta a un hondo suspiro antes de preguntarme:

    - Zeta, pichita, ¿cómo te encuentras?

    - ¿Cómo que cómo me encuentro?

    - Quiero decir que si te sientes bien.

    - No, abuelo.

    - ¿Y eso?

    - Tengo hambre.

    - Ya me lo figuro hijo; desde anoche a las nueve que cenaste y son más de las diez de la mañana, lo lógico es que el estómago se queje. Mi pregunta no iba por ahí, pero, bueno, lo verdaderamente importante ahora es desayunar.

    Caminamos hacia la plaza de abastos, donde había una churrería, y mi abuelo compró una rueda de tejeringos calentitos. De allí pasamos a un establecimiento donde servían café; nos sentamos, y cuando se acercó el camarero le pidió un café con más leche que café para mí y un café solo con ron negro para él. El camarero, sin apuntar nada y volviendo la cabeza hacia el mostrador, dijo a voz en grito: "¡Marchando una leche manchá y un carajillo!" Yo me quedé con la boca abierta después de escuchar lo que aquel hombre dijo. ¿Qué tenía que ver el encargo de mi abuelo con el encargo que él hizo? Inocente de mí; y más inocente aún cuando vi que el hombre trajo lo que mi abuelo había pedido.

    Yo ya iba por el segundo pellizco de tejeringo cuando di el primer sorbetón al café con leche. Seguí comiendo, bebiendo y tragando hasta acabar con todo. Mi abuelo apenas si comió; él disfrutaba más viéndome comer a mí mientras saboreaba el carajillo, alternando los sorbos con las chupadas al cigarro encendido que había liado antes de que nos sirvieran la leche manchá y el carajillo. Mi estómago, agradecido, inició su actividad digestiva disparando un eructo contundente que me subió por el esófago y explotó en mi boca con notable ruido.

    - Buen provecho, hijo –dijo mi abuelo–; aunque debes saber que eructar de esa manera es una falta de educación; uno debe ponerse la mano delante de la boca y evitar en lo posible tan desagradable sonido. Te lo digo para que lo tengas en cuenta de ahora en adelante. Ya tienes edad para irte comportando con urbanidad y decoro.

    Después del desayuno comenzamos el recorrido de visitas del que mi abuelo me puso al corriente antes de iniciarlo. El ir casa por casa de parientes, amigos y conocidos, era una costumbre de la época y una manera de recaudar dinero a cambio de una estampita recordatoria de que el niño o la niña había hecho la primera comunión. Conservo una recordatoria de la mía en cuyo reverso, escrito a máquina por un amigo de mi abuelo y escribiente del ayuntamiento, dice: "El niño (aquí mi nombre) recibió el Sagrado Sacramento de su Primera Comunión el 18 de mayo de 1944. Recuerdo del día más feliz de mi vida". Mis estampitas no eran ni de las mejores ni de las peores; aunque en blanco y negro, la calidad de la cartulina se correspondía con la bellísima imagen de un Cristo de perfil en oración; y si bien la leyenda del reverso no estaba hecha en imprenta, sino a máquina, no iba como otras, escritas a mano con una caligrafía inapropiada y hasta con faltas ortográficas. Como se ve, incluso entre los pobres existen clases.

    Cuando acabó aquello de las visitas, los besitos, la estampita, el dinerito, los saludos, las despedidas y todo lo demás, mi abuelo miró el reloj y me dijo que eran las dos y media, que teníamos que aligerarnos no fuera a ser que cerrara el retratista, porque me iba a sacar una foto. Al llegar, en el patio, habían una niña y un niño, también de comunión, esperando con sus familiares a que saliera otro niño que se estaba retratando. En resumidas cuentas, de casa del retratista salimos a las cuatro menos cuarto. También conservo la foto de comunión, una foto en blanco y negro de tamaño postal que el tiempo ha amarilleado y que reproduce mi gesto expectante de aquel momento mirando el circulillo por donde dijo el retratista, engañándome, que iba a salir un pajarito.

    Las cuatro serían cuando entramos en una taberna que era también freiduría de pescado y que llamaban "del gallego". Mi abuelo hizo el pedido al muchacho que se acercó a nuestra mesa preguntando. Para no perder el tiempo mientras esperábamos, mi abuelo y yo nos pusimos a contar sobre la mesa el dinero recaudado, que todo era en monedas salvo un billete nuevecito de 25 pesetas que me había dado un hombre joven y muy delgado al que mi abuelo había casi abordado en plena calle y que me dijo, tras las muestras de agradecimiento, que aquel señor era el practicante. Después de realizado el recuento, la suma fue de 137 pesetas y 50 céntimos según yo y 550 reales según él, puesto que contábamos en unidades monetarias diferentes. De todos modos la cantidad recogida era verdaderamente importante.

    En esto que vino el muchacho colocando sobre la mesa una fuente enorme y rebosante de pescado frito calentito, un cestillo de empleita con cuatro rebanadas de pan, media botella de tinto para mi abuelo y una gaseosa para mí. Tan grande fue el atracón de comer que nos dimos aquel día que, por la noche, ni cenamos. Al menos, en cuanto a mí y a los frecuentes requerimientos del estómago, el temible día de la primera comunión tuvo un final feliz; sobre todo después de desnudarme y acostarme agotado por el cansancio.

(continuará)

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