CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Lo dejaron en caga (VI)

José Araújo Balongo

    Más que mediado el mes de abril de 1944, el cura que venía los sábados a ayudarle a nuestra maestra a prepararnos para la primera comunión consideró que ya estábamos en condiciones de cumplir con el sagrado sacramento. Fijó fecha y hora en un papelito con instrucciones precisas sobre la teatralización del acto religioso y se lo entregó a la maestra. Ella, después de despedir al cura, al que acompañó hasta la puerta de la calle, nos informó que el día 18 de mayo a las 9 de la mañana y en la iglesia chica del pueblo tendría lugar la ceremonia, y que a partir del día siguiente (casi un mes antes) comenzaríamos con los ensayos. De sus explicaciones, que debíamos transmitir aquel mismo día a nuestros familiares, en mi mente de niño de siete años quedaron grabadas las palabras, solemnes para mi edad, de "acto", "ceremonia" y "ensayos", así que nadie debería sorprenderse o escandalizarse por el empleo que hago unas líneas más arriba del vocablo "teatralización" refiriéndome al ceremonial religioso.

    Mi abuelo sabía que la cosa tenía que ser para mayo, de ahí que cuando se lo dije no le cogiera de sorpresa; incluso me pareció notar en su semblante una cierta alegría, una especie de orgullo porque su nieto, o sea, yo, iba en la vida cumpliendo etapas y él estaba vivo para verlas y facilitármelas. Y eso que yo no hacía más que ocasionarle gastos que suponían quebranto en su escasa economía y que le llevaban a más sacrificios y privaciones en aquellos terribles años. Su pensión, más que de risa, era para llorar; si, además, venía compartiéndola conmigo desde mi temprana orfandad cuando nos quedamos los dos solos, la verdad es que todavía no entiendo cómo se las apañaba para que comiéramos todos los días, no faltara el carbón para la lumbre, el gas para el quinqué, el jabón para lavarnos y lavar la ropa, fregar los cacharros de la cocina josifar el suelo.

    Recuerdo que aquella noche cenamos un en blanco de pescado del boliche con papas cortadas en láminas finitas para que parecieran más, y de postre una batata de California asada para cada uno. La comida no es que tuviera mucha sustancia, pero calmaba el estómago y engañaba al hambre. Después de la cena y como todas las noches, mi abuelo sacaba la petaca y el librito de papel de fumar, liaba un cigarro, lo encendía con el rudimentario mechero de yesca o en la llama del quinqué y echábamos un ratito de conversación antes de acostarnos. Aquella noche, como es lógico, el tema obligado, por lo próximo y novedoso, fue el de mi primera comunión.

    -Bueno, bueno -dijo mi abuelo-; así que se acerca el día de tu comunión, ¿eh, Zeta?

    -Sí, abuelo -le contesté sin ningún entusiasmo-; para el mes que viene.

    -No parece que te haga mucha ilusión.

    -Es que tengo miedo.

    -¿Miedo... de qué?

    -No sé bien cómo decirlo, abuelo, pero tengo miedo de que la hostia me roce los dientes, o de no saber poner bien la lengua y se caiga al suelo la hostia, o que al tragarla me entren ganas de vomitar, no sé...

    -¡Anda ya, hombre! Tú no pienses en esas cosas, verás cómo todo saldrá bien. Además, ya le tengo echado el ojo a un traje blanco de marinerito que he visto en un escaparate y, con él puesto, vas a ir más bonito que un San Luis.

    -¿Y por qué tengo que vestirme de marinerito?

    -Porque la primera comunión sólo se hace una vez en la vida y hay que ir bien engalanado. No es que sea obligatorio, pero la ocasión bien merece el esfuerzo, porque el traje de marinerito cuesta un güevo. Veremos a ver como me trajino yo al dueño de la tienda para que me consienta pagarlo a plazos. Trabajillo me va a costar, pero seguro que lo consigo; así que, tú, de marinerito.

    -Abuelo, a mí no me gusta el traje de marinerito; más me gustaría vestirme de payaso.

    -¡Anda ya, Zeta, picha, por Dios! ¡Qué cosas se te ocurren! ¿Dónde se ha visto un niño, de comunión, vestido de payaso? La primera comunión es una cosa muy seria, no un circo; así que, te pongas como te pongas, tú, de marinerito, como seguramente irán la mayoría de tus compañeros.

    Era la primera vez que mi abuelo me hablaba con tanta severidad, en un tono de voz casi como regañándome, incrédulo de que se me hubiera ocurrido lo que él debió considerar una tontería impropia del concepto que tenía de mí tocante a inteligencia y formalidad. La verdad es que me sorprendió su reacción porque yo lo que dije lo había dicho en serio. ¿Qué malo tenía vestirse de payaso en vez de marinerito? Ciertamente que tiene poca explicación aquella ocurrencia mía cumplidos los siete años, una edad en la que ya debería haber sido algo más reflexivo. Visto desde la distancia de los muchísimos años transcurridos desde aquel diálogo, la cosa no me parece tan rara. A lo largo de mi vida, la espontaneidad casi siempre le pudo a la reflexión a la hora de expresarme, y no de modo inconsciente, sino adrede; quizá esto explique, aunque no lo justifique, cómo me han ido las cosas. En fin; a lo que íbamos.

    Tres días antes de la fecha en la que debía hacer la comunión me llevó mi abuelo a la tienda donde iba a comprarme el traje de marinerito. El dependiente era al mismo tiempo el dueño del negocio y, por lo que hablaron, deduje que ya habían cerrado el trato de la compraventa a plazos. El hombre trajo el traje desde la trastienda para probármelo. Extendió sobre el mostrador el pantalón largo, la marinera, el peto de gala y el tafetán; mientras tanto, mi abuelo me fue desnudando hasta dejarme en calzoncillos blancos y camiseta de tirantes; también me descalzó de las alpargatas soltando las cintas que las sujetaban a mis pies. Aquel hombre, que tenía un tic nervioso que le hacía apuntar la boca, estirar el pescuezo y sacudir levemente la cabeza, me colocó el pantalón primero, la marinera después, me ajustó el peto, anudó el tafetán, se separó de mí, me miró de arriba abajo y, dirigiéndose a mi abuelo, le dijo que me quedaba como un guante, que el único fallillo, fácilmente solventable, era que me quedaban un poquito largo los pantalones. El hombre se agachó y dobló hacia dentro el bajo de los perniles y cuando consideró que estaban en la medida correcta los sujetó con alfileres y le dijo a mi abuelo que volviera a recogerlo todo al anochecer, que para entonces ya lo habría arreglado su pantalonera.

    Después de que el hombre me quitara el disfraz y mi abuelo me vistiera con la ropa que traía, salimos de la tienda de tejidos y me llevó a una zapatería que estaba enfrente y un poco más arriba de la misma calle. Allí me probaron dos o tres pares de zapatos, blancos, por supuesto, hasta dar con los que me quedaban bien y que no eran muy caros. Los zapatos los pagó mi abuelo al contado rabioso, es decir, dinero en mano contante y sonante contra entrega de la mercancía. Pagando de esta manera tenía la ventaja, según me dijo mi abuelo, de que le rebajaban dos reales por cada duro del precio, o sea, lo que hoy se entiende como un diez por ciento de descuento.

    De la zapatería, por entre callejones, fuimos a dar a una callecita estrecha y corta donde había un comercio al que llamaban "la tienda chica". Allí mi abuelo me compró los últimos detalles: un par de guantes, blancos, por supuesto; un par de calcetines, por supuesto, blancos; un cinturón, blanco, por supuesto; un misalito, por supuesto, blanco; un cordón y una cruz; éstos no eran por supuesto blancos ni blancos por supuesto, sino dorado el uno y de madera negra la cruz. También estos complementos los pagó mi abuelo a toca teja, si bien el bueno mío tuvo que rebuscar por la cartera, el monedero y los bolsillos hasta reunir la cantidad resultante después de realizado el descuento. Terminada la operación, salimos de la tiendecita y regresamos a casa.

    Al anochecer, vuelta a ir a la tienda primera a recoger el trajecito al que ya la pantalonera le había metido en los bajos a los pantalones.

    -Anda, hijo -dijo mi abuelo-; por fin terminamos.

    -¿Ya lo compraste todo, abuelo?

    -Sí, pichita, menos mal -dijo resoplando-; ya tenemos todo el equipo completo. Lo peor es que no sé cómo vamos a llegar a fin de mes hasta que cobre, porque esos mercaderes me han dejado en caga.

    -Abuelo, ¿qué son los mercaderes?

    -Bueno, mira; vamos a ver cómo te lo explico para que me entiendas. Mercader es el que compra cosas y luego las vende a más dinero del que pagó por ellas; la diferencia entre el precio de compra y el precio de venta es la ganancia, o sea, el dinero que, lógicamente, él se gana como tendero. Hay un refrán que dice: "Mercader que su trato no entienda, cierre la tienda". Lo que pasa es que algunos se pasan

    -¿Y qué es dejarte en caga?

    -Mira, Zeta, andando y hablando al mismo tiempo, me asfixio, y más por esta calle tan empinada y larga; ya te lo explicaré cuando descanse.

    Tenía razón mi abuelo; el pobre mío subía la cuesta carleando y sudando. En mi mano agarrada a la suya noté la aceleración de su pulso y en mi oído el jadeo de su aliento. Se paró, sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor que ya le goteaba por la punta de nariz y la barbilla.

    -¿Tú no estás cansado?

    -Yo no, abuelo.

    -Claro; qué tonterías digo.

    Despacito, más calmado -se lo noté en el pulso-, reanudamos el camino y llegamos a la taberna donde mi abuelo ejercía de lector con el tiempo justo y sin haber comido. Se sentó en una silla y, dirigiéndose al tabernero, le dijo:

    -Tráele al niño una rebanada gorda de pan macho y ásale un chorizo. Yo comeré lo mismo cuando acabe la lectura; mientras, y antes de empezar, tráeme un vaso de chiclana para entonarme.

    El tabernero trajo lo pedido y el cuadernillo de la entrega semanal que aquella noche tocaba. El novelón -recuerdo el título- se llamaba "La hija del arroyo", y era de mucho llorar, aunque yo no le presté atención ninguna enfrascado como estaba engullendo casi sin masticar el pan macho y el chorizo. Y también porque andaba dándole vueltas a la cabeza a la pregunta que le hice a mi abuelo y dejó sin contestarme. ¿Qué sería aquello de dejarlo a uno en caga? Yo no sabía aún que era una de las muchas maneras que los pobres empleaban para decir que se habían quedado sin dinero alguno.

(continuará)

[ Volver al Índice ]