| CREACIÓN LITERARIA |
ALJARANDA |
Operando con quebrados (V)
José Araújo Balongo
Mi abuelo me compró una pizarra y un pizarrín, único material escolar, de momento, según le dijo la maestra jefe de la escuela en la que me había apuntado. A la pizarra le colgó un trapo amarrado con una guita por uno de los picos y sujeto al marquillo de madera introduciendo la otra punta de la guita por un boquetillo que tenía la caña del marco en uno de sus cuatro lados, convenientemente afirmado con un nudo marinero igual al que antes le hizo al trapo. Lo de aquel colgajillo en la pizarra era para borrar lo escrito cuando ya no fuera necesario. Para que quedara bien borrado había que humedecer el trapo o la pizarra; sí, ¿pero cómo? Muy sencillo: escupíamos en ella y luego le pasábamos el trapo, y si alguno no llevaba trapo pues con la mano o la manga de la camisa; así de fácil y así de asqueroso.
En aquella escuela no había pupitres sino bancos, bancos largos de madera y sin respaldo, con capacidad para ocho o diez chiquillos –según edades– bien apretaditos. Cuando llegué ya estaban ocupados todos los bancos y la maestra había improvisado dos más con un par de hojas de puerta, horizontalmente apoyadas cada una sobre dos cajones en los extremos. Estos dos remedos de bancos estaban colocados delante de cada fila, uno en la de los niños y otro en la de las niñas, curiosa manera de cumplir con la separación de sexos en la misma habitación. Según se entraba, las niñas estaban en el lado derecho y los niños en el izquierdo. La maestra, enfrente, tras una mesa donde terminaba el pasillo central. A mí me toco ocupar el improvisado asiento haciéndome un hueco que parecía imposible entre otros nueve chiquillos más.
Antes de acomodarme (es un decir) en la clase de la maestra más joven, había pasado por la de la maestra más mayor, que se ocupaba de los chiquitillos y de los nuevos al entrar, a los que sometía como a una especie de examen de ingreso. Como yo conocía ya el abecedario y los números y también sabía escribirlos, inmediatamente me pasó a la otra clase, advirtiéndole a su hermana y compañera de faenas que yo escribía con la mano izquierda. Al estarme enterado, dije para mis adentros algo así como: "Ea, ya empezó Cristo a padecer". Y, efectivamente; antes de que me ordenara sentarme, me dijo que desde aquel mismo día tenía que escribir con la mano derecha, que dónde se había visto un niño escribiendo con la zurda; así que cuidadito, cuidadito, porque iba a estar vigilándome.
Qué trabajito me costó acostumbrarme a escribir con la derecha. Y es que yo era un zurdo nato; zurdo para comer, para lavarme, para jugar a la pelota, para pelearme, para rascarme, para limpiarme el culo, para sonarme los mocos... Ya me lo había dicho mi abuelo muchas veces, pero como yo le tenía cogido, como suele decirse, el pan debajo del sobaco, nunca me obligó seriamente porque nunca me hizo nada que, conscientemente, pudiera disgustarme o dañarme. Lo de la pasión de mi abuelo por mí era explicable; viudo él, huérfano yo de padre y madre, constituíamos un bloque familiar compuesto por sólo dos personas, con la diferencia enorme de que su vida se acercaba al final y la mía apenas comenzaba. Seguro que el pobre mío se entristecería más aún pensando qué iba a ser de mí cuando él faltara; tal vez por eso me lo consentía casi todo, aunque sin dejar de advertirme de los peligros y las consecuencias.
A la escuela de pizarra y pizarrín entré a comienzos de julio de 1941; aún me faltaban cuatro meses para cumplir cinco años. Hoy puede parecer raro lo de que en julio hubiera clases, sin embargo, entonces y en aquellas escuelas de pago y por libre, no estatales, era lo más normal del mundo; en ellas no había vacaciones porque, si hubiera, ¿de qué iban a comer los maestros mientras tanto? Con lo de la escuela de pago puedo confundir a algún lector (contando que tenga alguno), sobre todo si es joven. Los maestros de aquellas escuelas, aun teniendo muchos alumnos, vivían en precario; cobraban una miseria y lo hacían por clase dada, es decir, día lectivo, día cobrado; si no, a joderse toca. No tenían derecho ni a enfermar; cuántas veces vi a mi maestra acatarrada y con fiebre alta explicando una lección con voz afónica apenas entendible y tiritona en el cuerpo, al tiempo que con la tiza escribía en la gran pizarra. A aquellos docentes, principalmente, se referiría casi seguro el viejo y denigrante dicho de la España negra: "Tienes más hambre que un maestro de escuela".
Mi maestra tenía fama de severa y era cierto; con ella había que trabajar y cumplir, poner el mismo empeño en aprender que el que ella ponía en enseñarnos; nos exigía ante todo atención a sus explicaciones; a quien sorprendiera mirando las musarañas, del tirón de oreja no se salvaba. A veces nos insultaba con una palabra feísima. Nos decía: "¡Gaznápiros, más que gaznápiros!", y como lo decía alzando la voz y encorajinada, nosotros nos metíamos en muda como los pájaros cautivos cuando están espelu-chando. Sin embargo, a veces, cuando algún crío, por ejemplo, se sabía de corrido una lección memorizada o escribía un dictado sin ninguna falta, llegaba a emocionarse y lo premiaba con un beso y le regalaba una estampa de alguna virgen o de algún santo. Su manera de enseñar no tenía absolutamente nada que ver con los métodos de hoy. Va otro ejemplo. A contar del uno al cien aprendimos cantando a coro; del mismo modo, cuando llegó su hora, memorizamos las tablas de multiplicar del 1 al 12, que tiene castañas pilongas las pechadas de cante que tuvimos que darnos.
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Mi abuelo estaba contentísimo con mis progresos escolares, de cómo fui avanzando progresiva y adecuadamente a medida que el tiempo pasaba. Por las noches, después de la cena y antes de acostarnos, se interesaba preguntándome qué cosa nueva había aprendido ese día. Durante los dos primeros años en aquella escuela, es decir, hasta mis siete años, a él se le alegraba el semblante viendo y entendiendo lo bien que iba mi aprendizaje. Pero llegó un tiempo en el que su alegría, sin desaparecer, se mezclaba con el asombro ante unas explicaciones que yo le daba empleando un vocabulario inasequible para él y que se correspondía con lo que la maestra nos enseñaba. Cuando yo empezaba a hablarle de vocales fuertes y débiles, de diptongos y triptongos, de conjugaciones de verbos, de sintaxis y accidentes gramaticales, al bueno de mi abuelo se le ponían los ojos como tazas. Un día llegó hasta a mosquearse cuando mencioné lo de la "conjunción copulativa"; aquello de "copular y conjugar" no le sonaba a nada bueno; o mejor dicho, a nada propio para enseñársele a un niño. Dios y ayuda me costó medio hacérselo entender.
Más difícil que con la gramática me resultaron las explicaciones sobre aritmética y geometría, y mira que yo ya, entonces, me esforzaba poniéndole ejemplos prácticos, ayudándome escribiendo los ejercicios aprendidos valiéndome del pizarrín y la pizarra. Recuerdo aquel primer día en el que, dominadas y perfectamente comprendidas las cuatro reglas aritméticas esenciales, la maestra comenzó a enseñarnos ejercicios de números quebrados y a resolver problemas. Por la noche, como siempre, acabada la cena, mientras liaba el cigarro de después de la comida, mi abuelo me preguntó:
- Y hoy, Zeta, ¿aprendiste algo nuevo en la escuela?
- Sí, abuelo –le dije–; bueno, ha sido el primer día en el que la maestra ha empezado a enseñarnos a operar con quebrados.
Mi abuelo, con el cigarro recién liado entre los labios, apagado todavía, se quedó a medio camino en el inclinado acercamiento al quinqué con la intención de encenderlo. Me miró asombrado y dijo:
- ¿Operar con quebrados has dicho?
- Sí; eso dije, abuelo.
- A ver si me aclaro. O yo estoy loco, o tu maestra es tonta, o ha comido mierda de gato. ¿Cómo puede pretender esa mujer convertiros en médicos cirujanos?
Mi asombro fue mayor que el suyo. Hasta que, de pronto, comprendí la interpretación que él dio a mis palabras y que precisa de una explicación.
Resulta que mi abuelo estaba quebrado; quiero decir que tenía una hernia, un bulto en la ingle izquierda que se lo metía para adentro con un braguero que no se lo quitaba ni para dormir. Y como el médico le había dicho que lo suyo no tenía otra solución que someterse a una operación quirúrgica, y que ésta debía hacerla un cirujano; al mismo tiempo le advirtió que, a su edad, tendría que hacerse, como solía decirse, a vida o muerte. A lo de la operación, mi abuelo se negó rotundamente porque, decía, no tenía ningún empeño en aligerar la hora de su muerte; que viniera cuando tuviera que venir que él la esperaría despierto y resignado en su cama y no en una mesa de operaciones, sin enterarse de que le llegó la hora. No es de extrañar, por lo tanto, su respingo y su asombro cuando escuchó de mis labios la frase de que estaba aprendiendo a "operar con quebrados".
Con el tiempo, dejó de asombrarse de mis explicaciones sobre las cosas que iba aprendiendo, porque, aunque no las entendiera, él seguía preguntando. Se le notaba en la cara la satisfacción cuando yo le explicaba cómo se resolvían los problemas que nuestra maestra nos enseñaba sobre repartos proporcionales; sobre la regla de tres, simple y compuesta, y sus aplicaciones; sobre raíces cuadradas y raíces cúbicas... En fin; el bueno de mi abuelo debía pensar que su nieto se estaba convirtiendo en un sabio; no sabía él lo poquito que a mí me gustaban los números y que en esta materia yo no pasaba de ser una medianía comparado con los otros escolares. Debe tenerse en cuenta que, aunque él supiera leer y escribir muy bien y conociera las cuatro reglas aritméticas elementales, había nacido al principio de la segunda mitad del siglo XIX en el seno de una familia de clase obrera; sus conocimientos sí que eran verdaderamente singulares dada la época en que nació y la clase social a la que pertenecía. Así que, cuando, un suponer, yo le decía que "pi es un número trascendente, de símbolo p, equivalente a la relación entre la circunferencia y su diámetro correspondiente, y cuyo valor se aproxima a 3’1416", se comprende que al bueno mío se le cayera la baba de su boca abierta, tal vez pensando que yo era un Pitágoras en chiquitito.
En enero de 1944, nuestra maestra comenzó a prepararnos para la primera comunión a todos los nacidos en 1936, Sacramento Sagrado que deberíamos cumplir en un domingo de mayo del mismo año. Así que, además de nuestras clases diarias sobre las distintas materias, nos quedábamos una hora más al final de la tarde para que, en su día, estuviésemos lo más que suficientemente preparados para tan fausto acontecimiento. Fueron cuatro meses y medio de los que no se olvidan; y no porque fuera difícil lo que teníamos que aprender en materia religiosa, que eso era lo de menos, sino por el miedo que nos metieron en el cuerpo la maestra, de lunes a viernes, y un cura que venía los sábados. Aquel cura era temible; temible y, además, un actorazo que muy bien podía haberse ganado la vida interpretando en el teatro a los clásicos de la tragedia griega. Qué don tenía el joío para que nos entrara la cagalera; cómo alzaba la voz, achicaba los ojos y elevaba los brazos explicándonos los horrores del Infierno. Hasta la maestra se envaraba y encogía cruzando los brazos sobre su pechera. Aquel cura era, como se decía por entonces, un gran orador sagrado.
(continuará)
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