CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Cosas de la vida mala (IV)

José Araújo Balongo

    Por más que mi abuelo lo intentara, hablando con la madre superiora, con la sor profesora y conmigo, por separado con los tres y con la mejor voluntad por su parte, estaba visto que mi estancia en el colegio de las monjas tenía que acabar de mala manera. Yo no encajaba en aquel colegio donde la disciplina se consideraba la base fundamental en la formación de un niño, más importante que la enseñanza básica, práctica y elemental apropiada para alumnos de entre cuatro y cinco años. Lo único que allí aprendí fue a rezar y a temer (no a amar) a Dios; a vivir aterrorizado con la amenaza del fuego eterno representado por el Infierno, donde mandaba el Demonio como General en Jefe de los malditos ángeles traidores.

    La causa que forzó a mi abuelo a quitarme del colegio ocurrió en mayo, en el mes de María; y me quitó ante el temor de que pudiera ser expulsado y aconsejado por la propia madre superiora. En el florido mayo y en acción de gracia a la Santísima Virgen, Reina y Madre, por las tardes, a eso de las cuatro, rezábamos en clase el Santo Rosario. Mientras duraba el Ofrecimiento, seguido por los misterios de Gozo, de Dolor y de Gloria no tenía problema; me mantenía atento y participativo. Lo malo llegaba con la Letanía; aquella retahila de frases en latín pronunciadas por la sor, con las pausas entre frase y frase para que contestásemos todos los consabidos Miserére nobis u Ora pro nobis, según correspondiera, producían en mí un efecto tal de sopor que, inevitablemente, acababa durmiéndome.

    Comenzaba la cosa con las cabezadas anunciadoras del sueño cuando la monja iba más o menos por el Mater inviolata, o Mater intemeráta; pero al llegar al Virgo potens, o todo lo más al Virgo fidélis, me derrumbaba sobre el tablero de la tapa del pupitre y no había quien me despertara. Mi buen compañero de pupitre, sin descuidar su atención a la letanía, me daba codazos intentándolo sin conseguirlo. Curiosamente me espabilaba cuando se hacía el silencio una vez acabados los rezos. Todas las miradas confluían en mí, conmiserativas algunas, maliciosas las más, quizá convencidos la mayoría de la gravedad de mi pecado. La que no tenía ninguna duda sobre lo grave de mi falta era la sor. Primero me acusaba con sus ojos fijos y su boca apretada en gesto reprobatorio; luego, me llamaba a capítulo.

    El camino del pupitre al estrado ya me suponía un martirio, que iba aumentando a medida que me acercaba a ella observando la fijeza acusadora de sus ojos posados en mí. Luego venía la reprimenda y las observaciones que me hacía sobre el castigo merecedor de tan nefando pecado. Cuando pronunciaba la palabra "nefando" a ella le cambiaba la cara a peor, elevaba la voz de tono... y a mí me temblaban las piernas y se me descomponía la barriga. ¿Qué sería aquello de "nefando" para que se produjera en la sor tal transformación? Si ya el pecado mortal, según nos explicaba, exigía confesión, arrepentimiento y cumplir penitencias para lograr la absolución –pensaba yo–, al ser "nefando", seguro que no merecería el perdón de Dios. Ay, madrecita mía, la que me espera; del Maligno y del "fuego eterno" no hay quien me salve. ¿Y yo que culpa tengo? –razonaba para mí–. La culpa la tiene –me decía– el solecito de las cuatro de la tarde que entra por la ventana y se posa en mi cabeza y el monocorde y aletargante son de la letanía que anulan mi voluntad. Naturalmente no me lo decía con las palabras que ahora empleo para una mejor comprensión de mi estado de ánimo por entonces y en aquellas circunstancias, pero, en esencia, así de bajo, temeroso, confuso y culpable me sentía.

    Al final del mes de mayo de 1941 salí del colegio de las monjas para nunca más volver. Mi abuelo fue a recogerme, como cada tarde. La anciana hermana portera le entregó el recibo del mes que mi abuelo abonó religiosamente a la religiosa. No hubo palabras de despedida por parte de ninguno de los dos; tampoco por la mía. Sí me despedí ya en la calle de mi compañero de pupitre, del muy travieso y buen amigo Zarco.

    - Zeta –me dijo mirándome serio–, te voy a echar de menos.

    - También yo a ti, Zarco.

    Mi abuelo me agarró de la mano, como hacía siempre al caminar juntos; sin embrago, conforme íbamos andando, noté que la presión de su mano sobre la mía no era la habitual; me pareció más débil, menos cálida. Miré hacia arriba buscando su mirada y no la encontré. Tímidamente, fui yo el que comenzó a apretar la suya hasta conseguir que me correspondiera. Nos miramos y nos dijimos cosas sin hablar. Al fin le pregunté:

    - ¿Estás enfadado conmigo, abuelo?

    - No, hijo –me contestó tras un suspiro largo y hondo–; yo nunca me enfadaré contigo.

    Más tranquilo y con menos sentimiento de culpa por mi parte, continuamos el camino hacia casa. Del colegio de las monjas, él y yo, ni para bien ni para mal, volvimos a hablar nunca. Lo que sí comenzó al día siguiente fue gestionarme la entrada en otra escuela.

    En mi pueblo había por entonces dos colegios nacionales, uno de niños y otro de niñas, es decir, lo normal puesto que en aquella época y hasta antier, como aquel que dice, existía en las escuelas, tanto en las religiosas como en las estatales, separación de sexo. Mi abuelo empezó las gestiones por el grupo escolar del Estado donde no era nada fácil conseguir plaza a menos que se contara con una buena recomendación. Esto de las recomendaciones, y no sólo para entrar en un colegio, sino para casi todo, estaba a la orden del día. Lo de que "el que no tiene padrinos no se bautiza" era una verdad más grande que un templo y que favorecía, como es natural aunque sea injusto, a quienes menos necesitaban del beneficio.

    Otra vez de la mano mi abuelo y yo, convenientemente atalajados pero sin recomendación alguna, entramos en el despacho del director del Centro en el día y hora fijados en contestación a la solicitud previa. Mi abuelo, con la educación y los modales que le caracterizaban cuando estaba de buenas, le expuso al director del colegio su deseo de que yo fuera admitido en aquel Centro de su digna dirección, abundando en la necesidad de mi caso y la justicia de su petición; todo ello dicho muy finamente. El director, fumando en pipa y mirando impaciente de vez en cuando su reloj de bolsillo a medida que mi abuelo se alargaba en la exposición del asunto, al final, mostrándose comprensivo pero inflexible, le dijo que lo sentía mucho y que lamentaba no poder atender su solicitud; que las aulas de párvulos y de primero estaban sobresaturadas en el curso presente y que las expectativas para el curso siguiente en nada mejoraban la situación.

    - O sea, que no –le dijo mi abuelo–; ¿y ahora qué hago yo con este crío?

    - Lo siento, pero ese problema escapa a mi competencia.

    - Y si no es de usted ¿de quién es la competencia en cuanto a lo de la enseñanza gratuita y obligatoria que pregonan por la radio y escriben en los papeles?

    - Oiga usted –contestó alterado el director ante el tono descompuesto de la voz de mi abuelo–, a mí no me alce la voz, que usted no sabe con quién está hablando.

    - Sí que lo sé, pero me lo reservo porque no quiero acabar en la cárcel. Lástima que en esta España de hoy no se pueda hablar, que si no, le iba a contar yo a usted las verdades del barquero.

    Salimos del despacho y del Centro Escolar agarrados de la mano; la de mi abuelo noté que temblaba, no de miedo, sino de rabia; él era muy bueno y muy santo hasta que alguien o algo le ajumaban el bigote. Noté también que tenía la respiración agitada, la boca amarga y los ojos tristes. Me detuve y le dije:

    - Abuelo; vamos a sentarnos un ratito.

    Me hizo caso y nos sentamos en un poyete cercano a nosotros y a una fuente con ranas. Sacó la petaca, lió un cigarro, lo encendió, y se sumieron sus labios en una chupada honda y larga, expeliendo al poco por los boquetes de la nariz dos chorros de humo como el de los dragones enfurecidos que pintaban en los tebeos.

    A la mañana siguiente otra vez los dos juntos y cogidos de la mano a la busca de un colegio, escuela o academia en la que fuera admitido de una puñetera vez. Bueno era mi abuelo para amilanarse ante las dificultades o cejar en su empeño a las primeras de cambio. Por demás sabía yo que, al final, se saldría con la suya. Y no es que a mí me apesadumbrara el que no lo consiguiera, porque malditas las ganas que tenía yo de ir a un colegio después de las malas experiencias padecidas en el primero. No obstante y pese a mi corta edad, con independencia de que no me gustara la escuela, comprendía que lo que estaba pasando mi viejo yendo de un sitio a otro intentando que me admitieran, no era justo ni él se lo merecía.

    Por fin, aquel día y a la segunda tentativa, logró que fuera admitido en una de aquellas escuelas de pago, de las que había varias en mi pueblo, que, a simple vista, de escuelas propiamente dicho no tenían más que el nombre. Eran cuartos de viviendas malamente acondicionados para albergar cuantos críos cupieran en cada habitación; y las maestras o maestros no eran nacionales; es decir, no eran funcionarios del Estado por oposición ganada ni reconocimiento oficial. Iban por libre y algunos ni siquiera habían pasado por la Escuela de Magisterio. Bien es verdad que tampoco necesitábamos de más aquellas patuleas de chiquillos destinados desde la cuna, salvo raras excepciones, a relevar a nuestros mayores en los trabajos duros y mal pagados, más mal pagados cuanto más duros. Con saber leer y escribir y aprender las cuatro reglas (sumar, restar, multiplicar y dividir) ya podíamos darnos por muy satisfechos. Lo normal entre la chiquillería de nuestra clase era entrar de aprendiz de algún oficio a los 10 ó 12 años. Y no todos; muchos de los nuestros comenzaban a trabajar incluso a los 8 años, sin haber pasado por más escuela que la de la calle y que no eran más que números a sumar en las cifras de las legiones de analfabetos.

    La escuela donde fui admitido la llevaban dos hermanas; maestra con título la de menos edad y sin título la mayor. La que dirigía el cotarro de toda la chivería era la más joven, mujer alta, peinada con rodete y vestida con bata larga de cretona estampada y ceñida a la cintura con un cinturón de la misma tela. La mayor, bajita de estatura, con el pelo recogido por un moño en la nuca, vestida siempre de negro, calzaba chinelas y renqueaba un poquito al andar. Aun siendo hermanas, en nada se parecían, y a primera vista se sabía cuál era la que mandaba. Mi abuelo cerró el trato después de echarle un vistazo a las dos habitaciones que componían las clases, al retrete y al grifo del agua. Aunque en la cara se le notaba que no estaba muy convencido, qué iba a hacer el pobre mío; las circunstancias mandan y así fue cómo y de qué manera entré en el segundo colegio de mi corta vida, en claro retroceso de categoría según los convencionalismos sociales de la época. En fin: cosas de la vida mala.

(continuará)

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