| CREACIÓN LITERARIA |
ALJARANDA |
Con voz entrecortada y suspirante (III)
José Araújo Balongo
Un lunes de noviembre de 1940 ingresé en el colegio de las monjas, mi primer colegio, acompañado de mi abuelo y convenientemente uniformado y equipado según las reglas que la institución exigía. A mis cuatro años recién cumplidos la verdad es que me encontraba raro e incómodo ataviado de aquella guisa; además, me molestaban los zapatos de cuero a los que mis pies no estaban acostumbrados porque, hasta aquel día, sólo había calzado alpargatas de loneta y cáñamo o sandalias de goma. De mis molestias e incomodidades no le dije nada a mi abuelo por no amargarle su manifiesta satisfacción y felicidad desde que comenzó a vestirme y emperejilarme hasta que me dejó en el colegio a cargo de la hermana portera después de presentarse y presentarme.
Mi entrada en la clase de párvulos pasó inadvertida entre la chiquillería de más o menos mi edad salvo, como es natural, para la hermana profesora. Se me acercó, me miró de arriba abajo como inspeccionándome, de un modo parecido al de cuando, muchos años después, me pasaban revista concienzudamente los sargentos de semana en la mili. Al final me acompañó al sitio donde había un pupitre doble ocupado por un solo colegial, ordenándome que tomara asiento en el que quedaba libre, situado a la izquierda del emparejado mueble según se entraba al aula o a la derecha visto desde el estrado de la profesora.
Mi compañero de pupitre era un chiquillo rubio de pelo rizado y ojos azules, todo lo contrario físicamente a mí, que entonces (y ahora) era negruzco de piel, de negros ojos y de pelo negro (ahora se ha vuelto él solo de un gris blancuzco; el pelo digo). Nos miramos cuando se retiró la sor y él me obsequió con una sonrisa pícara y animosa, el primer gesto amable que advertí desde que entré en aquel recinto. Le correspondí con una media sonrisa entre temerosa y agradecida. Desde el primer momento nos caímos bien y, visto desde la enorme distancia del tiempo transcurrido, cabe destacar que fuera precisamente un crío quien intentara desvanecer mi recelo y apaciguar mi inquietud.
Al preguntarme que cómo me llamaba le dije que Zeta, con cierto temor de que se burlara de mi nombre. Sin alterarse ni hacer el menor comentario me dijo que el suyo era Zarco. No sé si advertiría mi sorpresa y disimuló o si le pareció lógico que me sorprendiera, porque mi asombro debió ser notable, si bien la reacción mía en modo alguno pudo ser burlona ya que, a mi manera de ver y entender por aquel entonces, ambos compartíamos nombres ridículos. Más adelante supe por él mismo que le importaba poco lo del nombre y que estaba por ver quién iba a ser capaz de tomarlo a guasa.
Tengo que decir que conforme fui conociendo a Zarco pude comprobar como, en los recreos y a pesar de la vigilancia de las monjas, en los roces y disputas de nuestros juegos infantiles siempre se distinguió por ser un echaíllo palante. Más de uno supo –y padeció– de sus violentos zarpajazos y profundos arañones. Como consecuencia de su mal genio los castigos llovían sobre él aunque sin lograr apaciguar su temperamento ni conseguir el más leve propósito de enmienda. A Zarco no lo cambiaba las amenazas, los castigos ni quién tal vio; él era así y así había que aceptarlo, rechazarlo o plantarle cara.
A medida que fue transcurriendo el curso fuimos haciéndonos mejores compañeros y más amigos en aquel colegio que a ninguno de los dos nos gustaba. Lo que menos nos gustaba era la monja de parvulitos que nos tocó en suerte (había varias) o que premeditadamente nos asignaron; una monja joven y alta, seca y seria y a la que nunca se le alegraba la cara ni con la más mínima de las sonrisas. Tenía una bien ganada fama de severa y de implacable aplicadora de la disciplina. Según decían, su especialidad eran, o éramos, los niños conflictivos, que no sé de dónde se sacaron el que yo pudiera serlo desde un principio, sin conocerme. Pienso que algo debió influir el barrio de mi procedencia.
Dada la mala fama de mi compañero de pupitre y la circunstancia de nuestra buena relación, la profesora no nos quitaba ojo. Supongo que en el tiempo en que Zarco estuvo solo en el pupitre debió resultarle más difícil incordiar, si por incordiar se entiende el que charláramos bajito y que de vez en cuando se nos escapara el sonido de la risa, una risa, dicho sea de paso, que nunca llegó a la categoría de carcajada. Por lo visto, el que dos críos de cuatro años charláramos y nos riéramos en clase significaba una falta de disciplina merecedora de castigo, un castigo que a mi compañero apenas le afectaba, tal vez porque ya estaba acostumbrado o por su propio carácter –tan distinto al mío– o por las dos cosas a la vez.
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Y no es que el castigo fuera violento –en aquel colegio no se vapuleaba a los alumnos–, sino por lo que a tan corta edad ya me pareció algo vergonzoso y humillante el que nos pasearan por todas las aulas con una llamada "lengua larga" que nos colocaban por debajo de la nariz y nos colgaba en vertical hasta el ombligo. Aquel remedo de lengua era de cartulina roja y nos la sujetaban con una gomita que, partiendo de los dos extremos superiores, circulaban estirándose sobre nuestras orejas hasta quedar encajada en el cogote. El que nos fueran mostrando aula por aula no tenía otro objetivo que el de provocar la risa de los demás compañeros. Entonces sí se podía reír, mire usted qué gracia, sin freno ni medida, bonita manera de fomentar el compañerismo. Aquel paseíllo nos lo hacían dar a los castigados minutos antes de la hora del recreo, al cual los sancionados no teníamos derecho, permaneciendo mientras tanto asomados a una ventana que daba al patio desde donde seguía vigilándonos la monja profesora y juez de la sentencia.
Otro de los castigos era el de las "orejas de burro", confeccionadas con una técnica parecida a la anteriormente descrita, con la salvedad del color que, en éstas, eran de un gris oscuro y sucio. Todo lo demás del paseíllo de una aula a otra, de las risotadas y las cuchufletas y el quedarse sin recreo no variaba; sí variaba el motivo: que te compararan con un burro era signo evidente de torpeza, estupidez o ignorancia. Lo digo y lo sé porque padecí ambos castigos más de una vez en aquel mi primer y único curso en el colegio de las monjas. A mí no me gusta presumir, pero, antes de ir al colegio, entre las personas que me conocían y trataban, más bien estaba considerado como un chiquillo espabilao. Quizá por eso me dolió tanto la primera vez que me colocaron las orejas de burro.
Mi abuelo me preguntaba cada día que cómo me había ido; yo le contestaba que bien por no disgustarlo, pero difícilmente un niño puede equivocar a un anciano en la apreciación de su estado de ánimo, mucho más elocuente en el semblante que en las palabras. Conforme avanzaba el curso más notaba que yo no era feliz, que su ilusión al apuntarme en aquel colegio de pago no se correspondía con la mía. Un día me preguntó:
- Zeta, pichita, ¿no estás a gusto en el colegio; te pasa algo? Anda, cuéntame el motivo de tu tristeza.
Al tiempo que me hablaba acariciaba con su mano el flequillo que adornaba mi frente; su voz pausada y grave rezumaba ternura y, sin poder remediarlo, estalló mi pena; me abracé a sus piernas llorando más que Jeremías y con el corazón encogido. Me cogió en sus brazos, se sentó en una silla de la cocina donde estábamos, me sentó sobre sus rodillas abrazándome contra su pecho y posando su cara sobre mi cabeza. Así estuvimos hasta que me calmé, unidos y en silencio. Cuando cesaron mis jipíos, suavemente, me alzó la cara y la secó de lágrimas, me hizo sonar los mocos y me besó en la frente.
- Tranquilo, pichita –me dijo–; ahora vamos a cenar y después, antes de acostarnos, me cuentas lo que te pasa, que en la vida, con buena voluntad, todo tiene remedio menos la muerte.
- Sí, abuelo –le dije–. Consiguiendo que no se me escaparan el pujío y el puchero que me rondaban la boca.
Cenamos a la luz del quinqué. Al terminar, mi abuelo sacó la petaca, echó en el cuenco de su mano izquierda una porción de picadura de tabaco negro, extrajo un papel de fumar del librito y con mucha habilidad lió un cigarro que, después del lengüetazo final al filo engomado del papel, colocó entre sus labios y de una chupada profunda lo encendió en la llama del quinqué. Mi abuelo me miraba y yo miraba a mi abuelo; él, serio, pero cariñoso; yo, con cariño y pena, porque pensaba que le estaba dando un disgusto que no se merecía. A mi edad no conocía el arte del fingimiento, un arte, si se le puede llamar así, que nunca a lo largo de mi vida logré aprender; cualquiera puede notar en mi cara lo que mi corazón siente.
- Bueno, qué –me preguntó mi abuelo–; ¿estás ya más tranquilo?
Que sí, le contesté, pero no arrancaba, no me salían las palabras. Me cogió una mano y me la besó en la palma, dejando en ella, además de la caricia, el cosquilleo de su bigote espeso y gris con mechas rubias por efecto de la nicotina del tabaco. Como noté que otra vez iba a ponerme a llorar, para evitarlo, me arranqué y le dije:
- A mí no me gusta el colegio, abuelo.
- ¿Pero por qué?
- Porque no, abuelo; porque allí no me gusta estar.
- Que no te guste estar allí no son razones ni explicación. Vamos a ver si nos aclaramos y encontramos el porqué. ¿Acaso te pega alguien, te castigan?
- Pegarme, no; castigarme, sí.
A mi abuelo le cambió el semblante. Siguió preguntándome y le conté todo; lo de la lengua larga, lo de las orejas de burro, lo de las risotadas y las burlas de los otros chiquillos... Todo.
- Mira, Zeta, pichita; en la vida y desde el principio hay que ser disciplinado, obediente; porque de lo contrario te las van a dar todas en el mismo lado. Tú estás acostumbrado a mi cariño y a mi manera de tratarte. Nunca te he castigado, ni siquiera reñido; primero porque eres muy bueno y te quiero muchísimo, y segundo porque pensaba que todavía eres muy niño para ser sometido a cualquier disciplina. Me temo que me he equivocado y que puede que tenga razón la monja; al menos alguna parte de razón.
No entendí entonces lo que mi abuelo me decía. ¿Qué era aquello de la disciplina y los castigos y de que si no cambiaba me las iban a dar todas en el mismo lado? ¿A qué lado se refería y qué me iban dar? Lo que más me dolió fue que dijera que la monja podía tener razón y no él en lo referente al trato; y más todavía que pudiera pensar que se había equivocado conmigo a la hora de tratarme. ¿Acaso para educar a un niño era necesario ser severo y desagradable? La verdad es que no entendí nada. Y mira que mi abuelo era bueno; por eso me dolió más.
Nos acostamos. La cama de mi abuelo y la mía estaban casi juntas. Como cada noche, extendió el brazo por debajo de su tapado y el mío y me agarró la mano suavemente.
- Ay, Zeta, Zeta... –me dijo suspirando–.
- Hasta mañana, abuelo –le dije con voz entrecortada y suspirante–.
A los dos aquella noche nos costó coger el sueño.
(continuará)
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