PATRIMONIO

ALJARANDA

La fuente de la Plaza del Mesón

Francisco Terán Fernández

    En ocasión de encontrarme en Barcelona, al recorrer el Pueblo Españols (ese pueblo que remeda a tantos lugares, a tantos trozos de España) algo que me sorprendió muy gratamente, por cierto, fue, al desembocar a una placita andaluza, copia de la plaza de Peñaflor, de Ecija, encontrarme a boca de jarro, con una bonita fuente, bastante conocida por mí: la fuente de Tarifa. Estaba allí, en medio de la placita ecijana, la tan conocida y querida fuente por todos los tarifeños; esa fuente que representando propiamente al as de copas, se levanta airosa en nuestra plaza del Mesón. Y era la misma. La misma fuente que había sido cuidadosamente imitada. Un poco más chica, me parece, y faltándole ser de piedra, como la nuestra. Porque aquella, la del Pueblo Español quiero recordar es de cemento. Pero por lo demás, idéntica; aunque, naturalmente, faltándole historia.

    Esta fuente de Tarifa es, como se dice, y se sabe, de piedra. Piedra labrada con primorosos dibujos. Hasta el grifo, un grifo grande (que ya hace bastante tiempo no echa agua) un grifo de bronce que parece quiere asustar con la grotesca caricatura de una cara deforme.

    Era gobernador político y militar (alcalde mayor) el brigadier don Domingo Dalmau, quien quiso proporcionar al pueblo por él regido esta importante mejora, dónde por aquel entonces tanto acuciaba el problema del agua. Y sin duda por ello este gran corregidor (uno de los buenos corregidores que tuvo Tarifa, en el pasado siglo) quiso asimismo darle gran solemnidad y pompa a la cosa.

La fuente del Mesón actualmente.
(Foto M. Rojas)

    Y así, pues, el 13 de febrero de 1831, la fuente de la plaza del Mesón o de los Mesones, se inauguró a todo bombo y platillo. Y con la asistencia del Cabildo llevando su alcalde mayor a la cabeza, y concurrencia del clero y de numeroso público, la fuente fue bendecida por el vicario de la ciudad.

    Proyectada fue la misma por el consejero honorario del Estado, y director de las Reales obras de esta plaza, don Antonio González Salmón, y su costo se elevó a dieciséis mil reales.

    Dada la escasez de agua, esta mejora fue bastante apreciada por el vecindario, lo que alentó a los regidores para el establecimiento de otra fuente, aunque de diferente estilo, en la Puerta del Mar, la que subsistió poco más de cuarenta años.

    Hasta aquella fecha no se había tenido más agua potable en Tarifa que la de que producían los pozos y la fuente del Angulo. A más de los pozos particulares había varios pozos públicos: el pozo de la calle del Pozo, que aún subsiste a modo de antiguo monumento; el pozo llamado de Algeciras; el pozo del Lego, en la calle de la Luz, ahí en el mismo lugar donde se levanta el edificio del Banco Español de Crédito; el pozo del Mercado Público, sobre el que el Ayuntamiento reclamaba a un señor llamado don Manuel Marín, por haberse apropiado de él. También el pozo de San Julián, en el Postigo de la Alameda, que el año 1875 fue dotado de bomba (esa bomba tan conocida que existió hasta hace poco) y con lo que a partir de entonces permitía agua más que suficiente para el gasto de la pescadería y para regar los jardines de la Alameda. También se contaba con el pozo de Guerrero, así conocido por estar en el tejar de Guerrero. El lugar es bastante conocido. El huerto ese que era de los Abreus (huerto y tejar) hoy ya desaparecido, por cuanto por allí se abrió camino para llegar al lugar hasta donde el pasado año se instalaba la Feria. E igualmente se contaba con algún agua de Mojicar y con la fuente de la calle de la Fuente, calle hoy llamada de Colón.

    Nuestra población languidecía, pues, no consiguió solucionar su problema del agua hasta el añó 1887, a raiz de la desviación del Arroyo. Ese arroyo que atravesando la ciudad de parte a parte, y cuyo cauce lo constituía la calle Copons y la de Sancho el Bravo, venía a desembocar a Los Lances, junto a Santa Catalina.

    Tarifa languidecía, como tantos pueblos, sin preocuparse gran cosa de su falta de salubridad. Su gran problema entonces era el arroyo. En invierno, como corría el agua, la cosa era pasable, pero al asomarse el verano, seco ya totalmente y con lo que emanaba de las madronas, constituía un verdadero atentado a la salud pública.

    E hizo falta (no hay mal que por bien no venga) la epidemia del cólera, azote que después de Algeciras, también padeció Tarifa, para que se dieran cuenta las autoridades de arriba, que era preciso echarle una mano a la ciudad de Guzmán el Bueno.

    Y tras las muchas gestiones del Obispo Calvo y Valero y del Conde de Niebla, el dormido expediente sobre la construcción del túnel para la desviación del referido arroyo, se puso en marcha. Y el 16 de julio de 1887, tras una gran procesión cívica hasta el Retiro, y del picaretacito consabido esta vez por parte de la señora del gobernador militar del Campo de Gibraltar, genera don José Gamir, las obras pudieron considerarse iniciadas.

    Pero ocurrió lo que suele ocurrir casi siempre en estos casos: Que construido el túnel y desviado el arroyo, las obras de la calle Ancha se hicieron interminables, cuales eran el alcantarillado y la pavimentación. Sobre todo la pavimentación, que no se realizó hasta diez años después. Y esto último, gracias a un gran alcalde llamado don José Cazalla, que en 1897 se lió la manta a la cabeza y pavimentó la Calzada, así como el resto de la calle, sin fijarse en melindres de capítulos y otras trabas leguleyistas.

Reproducción de la fuente que se encuentra en la Ermita de la Luz (Foto Archivo ALJARANDA)

    No poco forcejeo hubo con la contrata encargada del alcantarillado (la Casa Solís, de Jerez) terminándose los trabajos al llegar frente a al esquina de San Francisco. Precisamente que allí se dieron de mano con una muy importante y sentida mejora para Tarifa: el abastecimiento de aguas, el primer abastecimiento de agua (agua de la Moraleja) y que con gran complacencia de todos, realizó la Casa Monte de Oca. Se le quiso dar auge y fiesta a la cosa (lo merecía) y aunque provisionalmente, ahí frente a esa esquina de la calle de San Francisco, que ya se cita, se instalaron tres grifos, que daban agua en gran cantidad, considerándose con ello inagurado el servicio. Este fue, como queda dicho, el primer abastecimiento de agua a Tarifa. El otro, el actual, como todos saben, es del año 1929.

    Ya he dicho que durante las obras del arroyo hubo sus más y sus menos. ¡Duraron tanto!. Y había un sastre en Tarifa, hombre famoso por demás, que merece del comentario. Se llamaba Librado, Don Librado Ronda Ferrer, que tenía su sastrería en la Calzada de Solís, ahí donde está el bar de Diego Moreno. Librado era constante en sus bromas. Y durante estos trabajos, con una constancia sin límite, llegaba todos los días a la misma hora y espetaba al albañil:
-Maestro, ¿esto va como va o como debe de ir?.

    Y es que se cuenta y no se acaba con estas cosas de Librado. Una vez en Algeciras, por feria, en una corrida de toros, desde el tendido de sol, se pasó toda la tarde reclamando a la presidencia:
- Señor presidente, yo he pagado sol y quiero sol.

    Y así hasta terminar la corrida, pues como el día estaba algo nublado, el sol no aparecía.

    Y a todo esto, la Fuente, nuestra Fuente de la plaza del Mesón o de la plaza Nueva (porque así se llamó antes: plaza Nueva). Con sus ciento cincuenta años, se mantiene erguida y orgullosa de lo que está representando: el tipismo de Tarifa.

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