| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
Después de haberle perdido la pista durante muchos años, hace poco le he vuelto a ver. Casi nada ha cambiado en él a pesar del tiempo transcurrido; su negra pelambrera de entonces se ha vuelto gris, al igual que los puyones de su barba, y los surcos de su cara se han hecho más profundos, pero sigue produciendo la misma sensación de salvaje fortaleza en contradicción con su extremada delgadez.
El primer recuerdo que tengo de Manolón pertenece a mi lejana infancia, cuando cada mañana, hiciera bueno, lloviera o venteara, le veía venir por la carretera con su carga de leña a la espalda. Era entonces sin duda un hombre joven, pero a mi me parecía muy mayor, quizá por la seriedad de su semblante, lo imponente de su figura y el descuido y deterioro de su indumentaria.
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| Manolón, en la actualidad. (Foto M. Rojas) |
Manolón era, es, muy alto, seco de carnes pero de fuerte osamenta; su cara parece tallada a cincel, con los pómulos salientes y las mejillas hundidas. Bajo su mugrienta y sobada gorrilla de visera, encasquetada hasta las cejas y con el broche quitado para que penetre más, asomaban sus largos y lacios cabellos. De las cortas mangas de su chaqueta emergían parte de los antebrazos, las fuertes muñecas y las poderosas manos, que se aferraban al haz de leña y que parecían una prolongación de las recias ramas, tanto por el color como por la textura de sus largos y engarabitados dedos. De los perniles, deshilachados y también cortos de sus pantalones, salían las descarnadas y peludas canillas que terminaban en unos descomunales pies, embutidos en pobres botas de lona y goma.
Vivía por la zona de la Peña, a unos ocho kilómetros de Tarifa, y por aquellos lugares, de las ramas desgajadas de los árboles, conseguía la leña que luego traía al pueblo a vender en las panaderías, pues ese era en aquellos tiempos (terribles años cuarenta) el combustible que alimentaba los hornos. Muchas veces me lo encontraba descargando en la leñera de la panadería de Mangana, que estaba en la hoy calle Jerez, entonces calle José Antonio, adonde me mandaba mi madre bien temprano cada día a comprar el pan de racionamiento para nuestra casa. Otras veces, en mi camino hacia la escuela de doña María y doña Rosario, situada por La Puerta de la Mar, en un viejo edificio que ya no existe y cuyo solar ocupan hoy los jardines del Asilo de Ancianos, veía a Manolón sentado en el poyete largo del Cinco de Oros; a su lado una talega de tela a cuadros, que contuviera el cabo de pan macho y el trozo de queso fresco casero, o de morcilla o longaniza de matanza campera, con los que reponía fuerzas antes del regreso a su lugar de origen. Comía con parsimonia, y más que un hombre alimentándose parecía el oficiante de un extraño rito; utilizaba con destreza la afilada navaja, con la que iba cortando pequeños trozos de pan que alternaba con otros aún más pequeños de lo que llevara para acompañarlo. Mientras que masticaba despaciosamente lo que tenía en la boca, preparaba, despaciosamente también, la siguiente porción, hasta que daba fin a su pobre vianda. Luego emprendería el regreso, carretera adelante, para agenciarse la carga del día siguiente. Y asi un día y otro día, un año y otro año, sin fiestas ni vacaciones, hiciera bueno, lloviera o venteara.
Los años fueron pasando y los avances tecnológicos también llegaron a Tarifa: las panaderías cambiaron la leña por el gasóleo y el esforzado negocio de Manolón se fue a pique; no es que fuera muy rentable, pero de él, mal que bien, vivía.
Indagando sobre lo que hizo después, me cuentan que siempre se las ingenió bien para sobrevivir. La madre Naturaleza le proporcionaba generosamente los medios para sacar el jornal diario. Recogía, según la estación del año, caracolillos, caracoles boyunos, cabrillas, espárragos trigueros, tagarninas, pencas, palmitos, palmichas, majoletas, moras de zarza..., y luego los vendía por los viejos ventorrillos o los nuevos establecimientos que, poco a poco, se fueron abriendo por aquella zona donde vive. Ya no tenía necesidad de venir al pueblo como cuando la leña; con lo que se redujo el recorrido y también el peso, con el consiguiente beneficio para sus pies y sus espaldas.
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| Nuestro personaje Manolón. (Foto M. Rojas) |
Mi nuevo encuentro con Manolón, y que tiene como consecuencia este artículo, me hace reflexionar sobre el destino o las circunstancias de la vida de las personas. Los tiempos han cambiado, generalmente para bien; casi todos vivimos mejor que vivíamos entonces, al menos en lo material; sin embargo, siempre queda un residuo de personas (que no por ser minoría deja de ser importante) a las que no afectan en absoluto los cambios; ya sean políticos, sociales, económicos o de cualquier otro tipo. Permanecen de por vida en esa franja de marginación, de miseria e injusticia, del pan para hoy y hambre para mañana, del esfuerzo denodado para sobrevivir, y que limita, paradójica y sarcásticamente, con la abundancia ostentosa que proporciona a otros el dinero conseguido con el mínimo esfuerzo o sin esfuerzo alguno. Las leyes humanas y divinas dicen que todos somos iguales, pero como dijo alguien, algunos son, o somos, más iguales que otros. No obstante, a pesar de esta reflexión y como contrapartida a las estrecheces en el caso particular de Manolón, pienso que él nunca tuvo señor ni jefe; él fue y es su señor y su vasallo, su jefe y su subordinado; no tuvo que ajustarse a horarios ni faenas; su mayor productividad repercutía en su mayor beneficio. Sin saberlo. hizo realidad, llevándolo a la práctica, el viejo y utópico sueño de los anarquistas puros, que predicaban la autosuficiencia, la libertad absoluta del hombre, sin ataduras convencionales, dueño, señor y responsable de su destino y de sus actos. Anarquía, en fin, que, según la ortodoxia de esta doctrina, no hay que identificar con desorden, sino con el orden natural y justo de las cosas. ¿Compensa ésto de aquéllo?. No lo sé, que lo diga Manolón que lo ha vivido; este Manolón al que después de muchos años volví a ver hace poco; que no ha cambiado casi nada, que debe de tener mas de setenta años, que se mantiene derecho como un junco en su delgadez extremada y que sigue produciendo la misma impresionante sensación de salvaje fortaleza.
Salud, Manolón.
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