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ALJARANDA |
Dos telegramas de muerte
José Araújo Balongo
Tres meses y pico antes de cumplir los cuatro años me quedé huérfano de padre y madre.
Mi padre murió en uno de los combates finales de aquella guerra fraticida entre dos bandos de españoles a los que unos llamaron "glorioso alzamiento nacional" y los otros "golpe de estado fascista". De cómo murió, en qué fecha, en qué lugar y en qué bando, es algo que nunca se pudo poner en claro. Según me contó mi abuelo, mi madre llegó a recibir un telegrama de los que no había que abrirlos para conocer el texto; el comienzo siempre era el mismo y se hizo tristemente famoso: "Tenemos el doloroso deber de informarle..." Lo firmaba el general Yagüe y hacía mención al lugar del sacrificio donde mi padre "perdió gloriosamente la vida luchando por Dios y por España": en el Ebro, en la batalla del río Ebro, en el frente de Gandesa. Sin embargo, cuando la guerra estaba dando las últimas boqueadas, mi ya enlutada madre recibió otro telegrama, firmado por el general republicano Miaja, comunicándole la muerte en combate de mi padre defendiendo a la República en el Puente de los Franceses, días antes de la toma de Madrid. Sobre tan raras y contradictorias circunstancias cada cual hizo sus conjeturas en su día; cuando yo me enteré por mi abuelo ya era tarde y no estaban los tiempos para meterse en averiguaciones; además, yo era un niño todavía. Años después pensé indagar, pero me venció la pereza a poco de intentarlo. El caso es que murió en una de esas guerras donde siempre pierden los mismos.
Mi madre murió poco después, en plena hambruna de postguerra, exactamente a las cinco de la mañana del día 27 de julio de 1940 de una hemorragia pulmonar como consecuencia de la tuberculosis que venía padeciendo desde tres años antes, a poco de nacer yo en un mal parto, del que probablemente ya no se repuso, y del sufrimiento que debió causarle la temprana y trágica muerte de mi padre. Mi madre, al morir, tenía 23 años.
Con la muerte de mi madre, mi abuelo y yo nos quedamos solos, definitivamente solos en la casa que habitábamos los tres cuando vivía mi madre y los cuatro antes de que reclutaran a mi padre para la guerra. La casa era de mi abuelo en propiedad, con escritura notarial y todos los papeles en regla y al día en el pago de Contribución y Cámara Urbana. La casa en realidad la aportó mi abuela materna al casarse con mi abuelo. Al morir ella pasó la titularidad a él. A mi abuela no llegué a conocerla porque murió mucho antes de que mi madre se casara y yo naciera. Me contó mi abuelo que había muerto de un bulto que le salió en un pecho y que resultó ser una cosa mala que se le fue extendiendo por todo el cuerpo.
Por la misma razón que no conocí a mi abuela materna tampoco conocí a mis abuelos paternos. Mi padre también se quedó huérfano siendo niño, a los ocho años. A tan corta edad comenzó a guardar cochinos a cambio de la comida y un rincón donde dormir en la gañanía de un cortijo. Cuando se hizo hombre se vino a trabajar al pueblo en las obras del puerto y se casó con mi madre. De la familia de mi padre pocas noticias tengo, y las que tengo mejor es no recordarlas. Lo cierto es que nunca se ocuparon de mí para nada. De manera que mi única –y nunca mejor dicho lo de única– familia que reconozco a partir de mi orfandad es a mi abuelo, sólo a él; él para mí y yo para él. Como se ve, la negra Muerte se cebó temprano con mis pocos familiares.
Mi abuelo cobraba una pensión escasa como "premio" a sus más de cincuenta años de trabajo por cuenta ajena, insuficiente para que pudiéramos sobrevivir los dos con lo mínimo indispensable en aquellos terribles años cuarenta. Y menos mal que no tenía que pagar alquiler de vivienda. Trabajar en algo que precisara de esfuerzo físico tampoco podía debido a su edad. Cuando nos quedamos solos los dos ya él había cumplido los 78 años, edad avanzada, es cierto, para algunas actividades, sin embargo de salud no andaba mal; era delgado, alto, caminaba con firmeza y sin ayuda de bastón todavía y se las apañaba bien para cocinar, barrer, josifar, lavar, zurcir y planchar la ropa; incluso encalaba la casa una vez al año por dentro y por fuera.

Mi abuelo sabía leer y escribir correctamente. Cuando leía en voz alta hacía las pausas más cortas o más largas según indicaran los signos ortográficos de la coma, el punto y coma, el punto y seguido, los dos puntos y el punto y aparte. También sabía cambiar el tono de voz en las intercalaciones de frases entre paréntesis y en las acotadas por los signos abierto y cerrado de admiración e interrogación. Y si bueno era con la lectura mejor lo era con la escritura. Más que escribirlas, dibujaba las letras, sobre todo las mayúsculas que, al ser más grandes que las minúsculas, adornaba con una especie como de tirabuzoncillo que las convertían en pequeñas obras de arte, o al menos así a mí me lo parecían. Y el caso es que escribía con pluma verdadera de cola de faisán que él mismo afilaba con la muy cortante navaja albaceteña que siempre llevaba consigo y a punto de caramelo. La tinta en la que mojaba la pluma rea también de su fabricación, hecha con unos polvos que compraba en la botica y que cuidadosamente vertía en un tarro vacío de Ceregumil, luego le añadía agua y lo cerraba con su tapón de rosca para después agitarlo enérgicamente. Mi abuelo tenía un tintero de cerámica de La Cartuja; en él, conforme la iba necesitando, mediaba del líquido obtenido en el tarro el recipiente azul y blanco del tintero. Aquella tinta que mi abuelo fabricaba y usaba era de bellísimo color violeta que aún realzaba más los arabescos de su caligrafía.
Lo raro y singular del caso consistía en que un hombre de su generación y escala social supiera leer y escribir tan bien; y más raro aún si lo trasladaba a mi propia generación, donde el número de analfabetos superaba en mucho a los alfabetizados entre las capas sociales del pueblo menos favorecidas por la fortuna, que éramos los más. Pero como casi todas las cosas tienen su explicación, mi abuelo, según me dijo, desde muy temprana edad se aficionó a la lectura con la misma pasión que otros se aficionan a jugar a las cartas o a frecuentar las tabernas, y, sabido es, que el mucho y bien leer es la mejor manera que se conoce de aprender ortografía. Si, además, concurren en la persona cierta destreza en el uso de las manos, como pueden ser el pulso y la seguridad en los trazos, no debe extrañar los conocimientos de mi abuelo y el arte que demostraba leyendo y escribiendo.
Y mira por donde, aquello que aprendiera con gusto y para su propio placer, le sirvió en la vejez como una digna forma de aumentar sus ingresos. Comenzó siendo lector de taberna por una cantidad fija que le pagaba el tabernero por leer para sus parroquianos los cuadernillos semanales de las novelas por entrega. El dueño de la taberna en la que mi abuelo leía estaba suscrito a siete novelones, con los que cubría los siete días de la semana a un cuadernillo por noche. La lectura duraba sobre poco más o menos una hora y comenzaba a las nueve y media en invierno y las diez y media en verano. El cambio de horario en verano y en invierno no era por capricho, sino con la intención de que comenzara la lectura ya entrada la noche y pudieran escucharla también los jornaleros del campo que trabajaban de sol a sol.
Al mismo tiempo se hizo lector particular de analfabetos pudientes. A éstos iba a leerles a sus propias casas y en horas convenidas de antemano. Uno de ellos era un patrón de barco pesquero, hombre grande, enorme a mis ojos de niño escuchimizado, fortísimo en apariencia y en realidad pero de una mentalidad infantil en sus gustos literarios, tan limitados que sólo compraba tebeos. Sus preferidos, según mi abuelo, eran los de El Jabato y Hazañas Bélicas. Otro de sus oyentes de pago, alfarero de profesión, pequeño, delgadito y amanerado, prefería las novelitas de amor de la Colección Pueyo; su autora, más que preferida, venerada, era María Teresa Sessé.
Desde que se dedicó a la lectura cobrando, sumando lo de la taberna a lo que percibía de los particulares y la pensión, sus ingresos aumentaron, coincidiendo al mismo tiempo con el cuarto aniversario de mi nacimiento, edad para ir ya a la escuela según él. Mi abuelo me apuntó en el colegio de las monjas, haciendo un alarde de generosidad mezclada con el orgullo de que su nieto iba a educarse en el mejor colegio del pueblo, en el colegio al que iban los mejores, entendiendo por mejores a los niños de los ricos y a los hijos de los que, procedentes de la nada, habían alcanzado la categoría del medio pelo.
Para poder apuntarse en el colegio de las monjas había que hablar primero con la madre superiora. De modo que una mañana se vistió con el traje azul marino –único que tenía– que solía ponerse para ir a los entierros y a las misas de difuntos o a algunos otros actos de respetuoso relieve, me aparejó con lo mejor de mi escaso vestuario, se repasó él y me repasó a mí con el peine los cabellos, negros los míos, los suyos blancos, y allá que marchamos, cogidos de la mano, requetepeinados y solemnes, camino del colegio de las monjas.
La superiora recibió a mi abuelo sin levantarse de la silla, tras una mesa grande y negra presidida por un crucifijo de plata de ley y apoyada de brazos en la carpeta de un escritorio de cuero repujado. A medida que mi abuelo hablaba se iba dulcificando la expresión del rostro de la madre superiora, que al principio parecía más bien hosco. Mi abuelo, aunque anciano ya, con su traje, su camisa blanca, su corbata negra y el educado modo que tenía de expresarse al hablar cuando le interesaba, daba el pego; quiero decir que conservaba aún parte de las dotes de seducción que, sin duda, debió tener en sus lejanos y mejores años.
La madre superiora, seducida por los encantos de mi abuelo, me dio el visto bueno y fui admitido. Apuntó mi nombre y apellidos en una libreta y nos informó de las condiciones y el reglamento por los que se regía el colegio. Mi abuelo iba anotando y, posiblemente, haciendo cuentas de por cuánto le saldría económicamente el capricho de que me educaran las monjas; el colegio, como es natural, era de pago y caro, el más caro con mucho de entre todos los de pago que existían en pueblo, y, además, exigía vestir de uniforme, llevar baby protector y calzar zapatos negros o marrones sobre calcetines blancos; zapatos de cuero, se entiende; en este detalle insistió mucho la madre superiora. A pesar de todo, mi abuelo aceptaba todas las condiciones respondiendo a cada una: "naturalmente", o "no faltaba más"; aquella situación parecía como el cierre de un trato en el que primaba más las obligaciones que los derechos.
Al final, mi abuelo besó y me dio a besar el crucifijo de la monja, salimos del despacho, atravesamos el patio, el portero nos abrió la cancela y, ya en la calle, sin poder ocultar su satisfacción, me dijo sonriendo:
- Zeta, pichita, cojoncillo mío, vas a educarte en el mejor colegio del pueblo, donde harán de ti un hombre de provecho y bien preparado para triunfar en la vida.
Mientras me hablaba, brillándole los ojos, apretaba con su mano derecha mi izquierda mano.
(continuará)
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