| HISTORIA |
ALJARANDA |
Tarifa en tiempos de Rocroi
Ángel J. Sáez Rodríguez
Al comenzar el siglo XVII, España era todavía una formidable potencia mundial, por más que se aproximase, a pasos agigantados, hacia su ocaso. La crisis social y económica en que se encontraba sumido el corazón del Imperio se vería agravada por la participación en la Guerra de los Treinta Años. El comercio español con las Indias, fuente esencial para la financiación del Estado, estaba en crisis desde 1629 y se colapsó por completo desde 1638. La paz con Inglaterra se había roto con el acceso al trono de Carlos I Estuardo, quien moriría ejecutado en 1649 tras ser derrotado por Cromwell. La piratería y el corso ingleses dañaban sistemáticamente las rutas atlánticas, colocando a España, una vez más, al borde de la bancarrota. Las relaciones con Francia tampoco estaban en su mejor momento. Richelieu, aprovechando la debilidad española, volcó sus fuerzas contra el vecino del Sur. A pesar de haber resistido exitosamente en Fuenterrabía al ataque de Condé en 1638, el enemigo siguió presionando la frontera española. Los desmanes de los mercenarios de los ejércitos de Felipe IV en Cataluña, en campaña defensiva, habían colmado la paciencia de los payeses. La revuelta dels segadors, en mayo de 1640, abría un difícil frente interior que iba a poner en jaque, junto a otras circunstancias, a la Monarquía Hispánica. Efectivamente, las cosas siempre pueden complicarse más allá de lo imaginable y la catastrófica perspectiva del momento vino a completarse con el estallido de la Guerra de Restauración de Portugal. El 1 de diciembre de 1640, el duque de Braganza se proclamaba rey de Portugal, con el nombre de Joao IV. La situación de emergencia del Noreste impedía a Felipe IV atender el asunto luso. Luis XIII de Francia quiso explotar en su propio beneficio la doble sublevación, prestando apoyo a los insurgentes catalanes.
La Hacienda Real estaba exhausta y durante ese año se sumió en el caos. El recurso a los medios habituales de devaluación monetaria, reducción de la renta de los juros y ventas de cargos y oficios públicos apenas prolongaron la agonía, a costa de arruinar el comercio y de disparar, una vez más, la inflación.
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Diseño del Estrecho de Gibraltar. A.G.S. Negociado de Guerra. Legajo 1.643. Tarifa, 1646. En el mapa se sitúan las plazas que controlan el Estrecho: al Norte, en la costa del reino de Andalucía -actuales provincias de Cádiz y Huelva-, Tarifa y Gibraltar. Al Sur, Ceuta y Tánger, ésta bajo soberanía portuguesa desde la sublevación de 1640. |
En enero de 1643, el rey prescindía de los servicios del conde-duque de Olivares, detentador del poder en España durante más de veinte años. En la primavera de ese mismo año, en los campos de Rocroi, se terminaría de eclipsar el prestigio español en Europa. La batalla fue una más del prolongado conflicto entre España y Francia por el predominio de Flandes y el Noreste francés. En esta pequeña población de las Ardenas se enfrentaron los viejos tercios españoles, al mando de un inepto portugués, Francisco de Melo, con el ejército del duque d’Enghien, quien sería después conocido como el Gran Condé. La desafortunada disposición de las tropas españolas, la superioridad numérica de la caballería francesa, la tremenda eficacia de su artillería y las dotes de gran estratega de Luis de Condé determinaron el resultado. Los mercenarios que acompañaban a la infantería española desertaron y la máxima de resistir hasta el último hombre se cumplió de manera escrupulosa. Seis mil veteranos españoles cayeron inútilmente junto a su general, el conde de Fuentes, sin que la valerosa intervención de la caballería del duque de Alburquerque pudiese impedir el desastre. La victoria francesa, que no tuvo consecuencias en el plano operativo, fue hábilmente utilizada por la propaganda francesa para significar el final del poderío español en Europa, ejemplificado en la derrota de la mítica infantería de los tercios, imbatible desde el siglo XVI.
Un año después, los ingresos de la Corona estaban comprometidos para los cuatro venideros y el déficit estatal superaba el cincuenta por ciento del presupuesto. Además, mientras que no se firmaron las paces de Westfalia –1648–, donde se reconoció la independencia holandesa, no pudo España dedicar sus esfuerzos al problema catalán. Tras diversos fracasos, las tropas de Felipe IV derrotaron a las fuerzas francesas, reconquistando Monzón y Lérida. La arriesgada apuesta catalana parecía, tras una década de guerra al lado de Francia, poco acertada. El intento de cambio de rey trajo mayor incomprensión desde París que la tradicionalmente recibida desde Madrid, lo que provocó desafecciones en el frente antihabsbúrgico. El 13 de octubre de 1652 Barcelona se rendía y abría sus puertas al virrey Juan José de Austria. El caso portugués, sin embargo, estaba irremisiblemente decidido.
Todo este panorama quedaba aparentemente alejado del ámbito de interés de las plazas del Estrecho, que seguía siendo un espacio geográfico netamente español. En la orilla norte, Gibraltar y Tarifa eran sus posesiones esenciales, flanqueadas a media distancia por Málaga y Cádiz, aparte de los restantes establecimientos costeros malagueños y gaditanos, todos sumidos en la prolongada y apenas estridente guerra con la piratería y el corso berberiscos. En la orilla sur, Ceuta era la plaza básica del dispositivo hispano para el control del Estrecho, que, a pesar de la sublevación portuguesa, permanecía fiel a Felipe IV. Orán y Melilla secundaban su labor algo más al Este. Tánger, por el contrario, quedó del lado luso, y fue cedida a Inglaterra en compensación del apoyo prestado por parte del restaurado Carlos II (1).
Conocemos la situación de Tarifa en estos difíciles momentos gracias a varias fuentes, entre las que destacan la documentación de sus Actas Capitulares y la del Archivo General de Simancas. De los fondos de este archivo hemos extraído algunos folios de la década de 1640, tan crítica para la Historia de España como ha quedado apuntado en las líneas anteriores (2). Entre tales documentos figura un informe del ingeniero Gerardo Coen (3) acerca del estado de las defensas de la ciudad en 1646, elaborado siguiendo las instrucciones del duque de Medinaceli, Capitán General de Andalucía (4). El mismo viene acompañado de dos planos que se incluyen en este artículo como ilustraciones.
La gestión del duque ante el rey no parte de su propia iniciativa, sino que responde a la demanda realizada por el cabildo tarifeño. El ayuntamiento, reunido en sesión ordinaria el 28 de marzo de ese año, acuerda elevar su queja por el lamentable estado de las defensas de la ciudad. Como resultado, sería comisionado por la ciudad el regidor Miguel de Ribera, para que fuese "a besarle la mano a su excelencia el señor duque de Medinaceli (...) a la ciudad de Sanlucar o do quiera que se hallare el dicho señor duque" (5).
El duque atiende la demanda municipal. Encarga un informe técnico del estado de sus defensas al citado ingeniero, lo que, acompañado de los planos que se muestran en estas páginas, remite al rey el 10 de junio de 1646. En la Corte, este tipo de asuntos era remitido al consejo consultivo correspondiente, al objeto de disponer de un informe técnico que asistiese al rey en su toma de decisiones. El 23 de julio, el consejero Lope de Acuña emite un parecer, en cumplimiento de un decreto del Consejo de Guerra del 14 de junio, sobre la anterior carta. De este intercambio epistolar se derivan interesantes informaciones y juicios personales acerca del estado de las defensas urbanas de la ciudad a mediados del siglo XVII.
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El estrecho adarve de las murallas del sector nordeste de la población, en una imagen tomada desde la Torre del Corchuelo. (Foto del autor) |
Las murallas tarifeñas se encontraban, como parece que era la norma habitual, parcialmente derruidas. La ruptura de las hostilidades con Inglaterra desde su alianza en 1661 con Portugal, la guerra abierta con Francia y el largo conflicto con los rebeldes holandeses, todas ellas potencias navales de primer orden, aconsejaban la puesta en defensa de las plazas españolas del Estrecho. El problema berberisco, aunque omnipresente, no se había considerado razón de peso para abordar con urgencia las obras de reforma, a pesar de encontrarse "muy a riesgo de que la tomen los moros, por estar tan a la mano, que en dos horas se ponen en ella desde sus casas" (6). El declive del imperio otomano, su potencia amiga más tradicional, hacía que no se esperase ningún golpe similar al asestado a Gibraltar en 1540. Sin embargo, la actividad pirática –basada en audaces golpes de mano por parte de reducidos grupos de embarcaciones– no sólo se mantenía, sino que incrementaba su radio de acción. En pleno siglo XVII, unos años antes de la fecha que nos ocupa, el corso argelino ataca las costas de Islandia. Incluso una de sus embarcaciones fue avistada en Baltimore, en la costa atlántica de los Estados Unidos de Norteamérica (7). Sus navíos no eran ya las tradicionales galeras y galeotas mediterráneas, sino unos veleros muy rápidos y bien artillados, según el modelo noreuropeo que triunfaba en el Atlántico (8).
La fortaleza que Coen visita estaba fortificada como los tratadistas del Renacimiento califican a la antigua. Murallas verticales, de espesor insuficiente para resistir las acometidas de los modernos cañones; con elevados torreones de flanqueo, cuyos reducidos terrados eran incapaces de albergar varias piezas de artillería y, mucho menos, de admitir su reculada al ser disparadas; con almenas poco aptas para el adecuado juego de la artillería para entrar en posición, entre otras características poco ventajosas. Por tanto, el ingeniero pretende "reducirla a la fortificación moderna", en palabras del duque de Medinaceli (9). Las reformas más contundentes se proyectan para la muralla urbana, sin apenas atención para el castillo. Éste había quedado en muy buen estado tras la intervención de Andrés de Castillejos en 1611 (10). No debió ocurrir igual con el resto del recinto, sólo restaurado en algunos tramos en aquella ocasión. La permanencia del almenado medieval apunta en ese sentido. Las noticias que se reiteran en diferentes documentos respecto al estado de las murallas entre esta fecha y la del proyecto que ahora estudiamos resultan elocuentes. En 1618, sólo siete años después, señala Messía Bocanegra que "Tarifa es lugar cercado todo de muralla, aunque por algunas partes comenzada a caer y por otras muy mal parada" (11). En 1639, el duque de Medina Sidonia dirigió al rey una carta con el informe realizado por el padre Claudio Ricardo. En ella se pide, cómo no, que "se reparen las murallas, pues (...) tiene muchas partes abiertas y sin reparo ninguno y en tiempos tan recelosos de invasiones no es buen estado ese" (12).
Las murallas de Tarifa se caían por varias razones. La primera de ellas es de tipo técnico. Su material constructivo es pobre en relación con la excelente fábrica de sillería del castillo. Al-Idrisi escribe en el siglo XII que "Tarifa es una ciudad pequeña, con murallas de tierra, atravesada por un río pequeño" (13). Esta obra de tapial es tan resistente como la de mampostería en muchos aspectos, contando incluso con un comportamiento mecánico más adecuado frente al impacto de los proyectiles de artillería –sean éstos de piedra o de hierro–. Sin embargo, sufre ciertas patologías que la pueden alterar de forma especial, como la erosión por capilaridad. También queda dañada especialmente por la erosión pluvial. Además, hemos constatado que la calidad del tapial de algunos de los sectores de la cerca urbana es mala. La pobreza de su contenido en cal es la causa de que resulte poco consistente y, por tanto, muy deleznable. Así ocurre, especialmente, en algunos lienzos del frente norte de la Aljaranda, conservados actualmente en patios de vecinos. Asimismo, en los restos de la barbacana situada extramuros del sector sudoriental de la cerca, en las inmediaciones de la Torre de Jesús. Señala Gerardo Coen en 1646 "que aquella ciudad está sin fuerza y muy vecina a la costa de Berbería, corriendo gran riesgo, por ser la mayor parte de las murallas de tapia y estarse cayendo" (14). Las frecuentes restauraciones se fueron haciendo de mampostería, cuyo mortero, al erosionarse, deja desprender sus materiales. Por otra parte, el diferente comportamiento de los materiales originales y de los empleados en las obras de reconstrucción dificultan la trabazón de la obra antigua y la moderna, presentando rápidamente especial debilidad las zonas de contacto de unas y otras.
Los mechinales abiertos en sus paramentos aumentan la superficie de contacto del muro con la atmósfera y los elementos erosivos. Constituyen por sí mismos multitud de vías de infiltración de agua y de trasiego de animales –aves, reptiles, insectos...– que aceleran su degradación.
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El Macho de Tarifa, un importante vestigio de una torre de flanqueo construida con la técnica del tapial. este elemento pertenecía al flanco norte del barrio de La Aljaranda. (Foto del autor) |
Otro motivo de la inestabilidad de las cortinas es la intensa acción erosiva de los agentes meteorológicos sobre el suelo en que se asientan. Los materiales arcillosos, margosos y areniscosos del flysh del Campo de Gibraltar, radicalmente desprovistos de vegetación en el entorno de la fortaleza, sufren una poderosa erosión por la escorrentía de las aguas superficiales en un terreno tan abrupto como el tarifeño. Los edificios corren entonces el riesgo de sufrir deslizamientos o pérdida de los estratos resistentes, como a menudo ocurre al cimentar parcialmente sobre materiales como formaciones rocosas y sobre otros más fácilmente erosionables. Este problema de los deslizamientos puede estar vinculado al derrumbe de los lienzos inmediatos a la Torre de la Red. La acción erosiva de las aguas del arroyo sobre los materiales de sus márgenes, sustento de la cimentación de esta parte de la cerca urbana, debió ser tan irregular como el régimen pluvial mediterráneo. Las repentinas crecidas no sólo modifican el reparto de materiales del cauce, bien erosionándolo, bien depositando sedimentos. También afecta al comportamiento plástico del terreno, alternativamente empapado en agua o completamente seco. A este mal se une el fenómeno del asiento diferencial de los estratos sobre los que cimenta la obra. Consiste en que el basamento de parte de la muralla sobre afloramientos de roca arenisca, muy estables, y el resto sobre materiales que asientan con distinta celeridad –como las referidas margas y arcillas–, provoca con frecuencia el colapso de las estructuras.
En estas circunstancias, las ruinosas murallas del frente este de la ciudad, entre las torres de la Red y de Jesús, debían derribarse según Coen. Ambos extremos quedarían unidos por un lienzo de muralla que continuase el sentido Noroeste-Sudeste de la que discurre entre la Torre del Corchuelo y la Puerta del Retiro. Esta cortina sería escarpiada, es decir, ataludada, de acuerdo con las modernas formas de fortificar.
La ciudad disponía de diversos cañones, aunque todos apeados y, por tanto, inservibles. Cabe destacar del escrito del duque "que necesita (por lo menos) de trescientas cureñas" (15). Son éstos los armazones de madera sobre los que se situaban los cañones, permitiendo su manejo. Sin embargo, el número es exagerado. Las relaciones de la época mencionan, indefectiblemente, reducidísimas dotaciones artilleras en plazas de primer orden, como Cádiz, que no tenía más allá de una docena en 1618. Para el caso de Tarifa, el Comendador de los Hornos, Luis Bravo de Laguna, describía el castillo en 1577 "con diez buenas piezas de artillería" –entre ellas una gran culebrina de 65 quintales– (16). Cuarenta años más tarde, en 1616, la situación había empeorado. Si el recinto amurallado seguía tan maltrecho como lo viera Bravo de Laguna, el nuevo cronista explica que "tiene un Castillo, que, para no haber artilleria, es de alguna defensa; tiene en él cuatro, ó cinco pecezuelas chiquillas en el suelo,(...), tambien tiene un Torreon en la muralla á la parte de la marina muy buena, que hay en el dos piezas, la una medio reventada, (...) y segun medijo el Corregidor no tiene polvora, ni otras municiones" (17). El panorama que presenció Gerardo Coen, pasadas ahora tres décadas, no podía incluir la parte positiva de la noticia –trescientos cañones–, aunque sí la negativa –el que estuviesen, en su mayoría, desmontados–. El mismo ingeniero señala en su informe que "la artillería que hay es poca y toda por el suelo" (18). Las torres habían de desmocharse para mejorar sus cualidades defensivas, enrasándolas con la muralla.
En la opinión que expresa poco después Lope de Acuña añade que las piezas situadas en la Torre de don Alonso eran de bronce y de buen calibre, aunque estuviesen desencabalgadas. Debían encargarse sus cureñas o encabalgamientos a Gibraltar. En caso de no existir fondos con que atender este gasto, se recurriría al derecho de los pescados (19).
Las recomendaciones del ingeniero militar hacen especial hincapié en el tratamiento individualizado de las torres. Considérese que si en el Medievo las torres y los aparatos defensivos de las puertas eran los elementos esenciales de la defensa de una fortaleza –según herencia de la Antigüedad–, en el siglo XVII no habían cambiado esos planteamientos tácticos. Ahora se trataba de modificar la plasmación arquitectónica de estos elementos, alterando sus dimensiones, su relación grosor-elevación y la disposición de sus paramentos. Sin embargo, en pleno proceso transformador del torreón medieval en el baluarte moderno, la torre de la esquina de cualquier fortificación conservaba, como elemento más conspicuo de la zona que ocupaba en el recinto defensivo, su carácter de pieza fundamental del conjunto. Coen propone que las torres de San Sebastián, del Corchuelo, de Jesús y de los Maderos aumenten su superficie y se doten de cuatro cañones cada una. La primera, porque domina la playa al Oeste de la población, lugar apto para desembarcos; las restantes, por la cercanía de los padrastros del Oeste de la cerca urbana, desde El Retiro hasta el mar. La Torre de don Juan o Torre de Guzmán el Bueno estaba buena y fuerte, por lo que no necesitaba más que colocarle unos cañones.
También sugiere la demolición de la Torre de la isla de las Palomas porque resultaba más fácil que cayera en poder del enemigo durante un ataque sorpresa que procurar su adecuada defensa. Pensaba el ingeniero que la almenara carecía ya de sentido, a pesar de que constituía un hito fundamental en el sistema de señales costeras (21). El material producto de su derribo sería reutilizado en las obras a efectuar en la cerca urbana, razón ésta con la que frecuentemente se ha querido justificar el desmantelamiento de las defensas de Tarifa.
El presupuesto de la obra quedaba como sigue:
- La reparación de pequeños desperfectos de las murallas
que se mantenían en buen estado ascendería a 1.000 ducados.
- Otros 1.000 ducados para levantar el lienzo caído al Sur de la Torre de la
Red.
- El nuevo lienzo de muralla entre la Torre de la Red y la Torre de
Jesús costaría 4.000 ducados.
- El conjunto de las obras de la ciudad, regularmente a lo moderno, se
elevaba a 40.000 ducados (22).
Contemplaba este presupuesto la participación diaria de diez trabajadores de la ciudad, sufragados por el cabildo. Cuando el duque de Medinaceli, con inusitada celeridad, elevó al Consejo de Guerra la petición tarifeña, el órgano estatal propuso que su "excelencia vea si será bien que esta (ciudad) contribuya para la fabrica de las dichas murallas" (23). Estos obreros parecen constituir la respuesta de Tarifa a tal consulta.
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Restos de la barbacana de tapial al pie de la Torre de Jesús, en el Sudeste de la ciudad. Obsérvese la disposición inclinada de los estratos del terreno y su intensa erosión. (Foto del autor) |
La respuesta del Consejo de Guerra tampoco se hizo esperar. Corría ya el verano, la época propicia para las cabalgadas berberiscas, y Tarifa seguía en situación de máximo riesgo. Pero las noticias no fueron satisfactorias. El parecer de Lope de Acuña, con fecha de 23 de julio, fue contundente. Dado que la ciudad carecía de buen puerto que pudiese acoger a una armada enemiga y que su gente, que "vive de sus limitadas grangerías", apenas había de constituir una presa codiciada, no cabía esperar una invasión por esa parte del país. Eran tiempos de estrecheces, señala el consejero, y dedicar tantos recursos a rectificar el trazado de parte de la muralla oriental y modernizar las defensas no solucionaría el verdadero problema de la plaza: los padrastros que la dominan por el Este y por el Norte. En su opinión se debían aplicar a restaurar las murallas que estaban tan maltrechas que, de lo contrario, habían de terminar caídas, especialmente en el frente que comentamos.
Los 40.000 ducados previstos por el ingeniero Coen pretendían convertir Tarifa en una plaza fuerte a lo moderno. Tan elevada cifra se explica por la profunda reestructuración que precisaba el complejo castral tarifeño. Triunfante en Europa el sistema abaluartado italiano, nacido un siglo antes, nuestra ciudad tendría que reducir los airosos perfiles de sus murallas y torres medievales para presentar la menor superficie posible expuesta a las bocas de fuego enemigas; la fortificación abaluartada se fundamenta en la multiplicación de las caras de las fortalezas, de manera que cualquier punto de su perímetro quedase flanqueado por dos o más lugares del complejo defensivo, por lo que las viejas torres de las esquinas habían de verse convertidas en amplios baluartes que adelantasen la línea defensiva más allá de los lienzos amurallados; las merlaturas diseñadas para defender a los infantes debían trocarse en troneras aptas para las armas de fuego –como hoy observamos en el lienzo que existe entre las torres de San Sebastián y de la Santísima Trinidad–, mientras que, en los terrados de las torres, tenían que desaparecer para conformar parapetos a la barbeta que facilitasen el juego de los cañones; los muros verticales debían ser escarpados total o parcialmente, bien mediante un talud que los recorriese íntegramente o por un simple alambor en su parte baja, a la vez que aumentase sensiblemente el espesor de los muros, de manera que fuesen capaces de absorber el impacto de los proyectiles; también tendría que aumentar la resistencia de los elementos constructivos que sostenían los terrados, dado el peso de los cañones que iban a sostener; las bóvedas engrosarían considerablemente para resistir el peso de éstos y los cañonazos que pudiesen recibir; los reducidos adarves, convertirse en explanadas de amplia superficie para admitir piezas de artillería que reculaban sensiblemente al ser disparadas –las cuatro piezas por torre señaladas por Coen–; la fortaleza tenía que rodearse de un foso de morfología más complicada que los de la época anterior, que eran simple obstáculo ante la aproximación de bastidas, arietes o escalas enemigas; los modernos debían cumplir la misión de enterrar la fortificación, es decir, de sustraerla a la vista y a la puntería enemigas, mientras que, para el soldado atacante que alcanzase su fondo, siguiese presentando paramentos tan elevados e inexpugnables como en el modelo precedente; el cordón magistral delimitaría los elementos visibles de los invisibles de la fortaleza; las obras exteriores habían de multiplicarse, estableciendo elementos defensivos adelantados que, amparados como todo el complejo por su escasa prominencia sobre el glacis, resultasen muy difíciles de batir: con estos caminos cubiertos, revellines o medias lunas se podría, por fin, dominar los padrastros desde donde siempre se ha atacado la ciudad.
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Plano de Tarifa. A.G.S. Negociado de Guerra. Legajo 1.643. Tarifa, 1646. Leyenda de la ilustración elaborada por el autor del artículo, ya que ni la cartografía ni la documentación que la acompaña cita más topónimos que la Torre de don Alonso (20): A= Torre de San Sebastián o de los Pintores; B= Torre del Corchuelo; C= Torre de Jesús; D= Torre de los Maderos; E= Lienzo de muralla caído al Sur de la Torre de la Red; F= Torre de don Alonso; G= Altos del Retiro; H= Muralla proyectada y nunca construida; I= Arroyo del Papel o del Retiro. |
Se da la circunstancia de que Lope de Acuña conocía personalmente el estado de las defensas tarifeñas. Se permite, por tanto, partiendo de su propia experiencia y conocimiento, alterar la propuesta de Coen, opinando que la ciudad debía conservar su planta. Igualmente señala que las murallas del frente Este eran demasiado elevadas y, por tanto, muy pesadas, lo que agravaba su situación de deterioro.
A este respecto ha de señalarse que el conocido dibujo del conjunto amurallado que realizara Andrés de Castillejos, remitido por el duque de Medina Sidonia al rey el 22 de julio de 1611 (24), refleja unas torres de flanqueo aparentemente enrasadas con el nivel del pretil de la muralla. Este hecho y el que en la actualidad se encuentren a dicho nivel, cuando originalmente alcanzaban entre los 2’5 y los 5 metros de altura por encima del mismo (25), ha inducido a error a algún analista de las fortificaciones tarifeñas. Como hemos señalado, en la ilustración de Castillejos toda la muralla y parte de sus torres de flanqueo aparecen almenadas, elemento en desuso en la fortificación moderna. La noticia que ahora presentamos, unido al carácter medieval de la citada merlatura, impropia en una restauración del siglo XVII, nos permite especular con el error en el que incurre la representación de 1611, a pesar de su exquisita fidelidad en otros detalles.
Dado su personal conocimiento de las peculiaridades de la cerca tarifeña, Lope de Acuña expone en su parecer que, con los 4.000 ducados que Coen propone para el nuevo lienzo de muralla entre la Torre de la Red y la Torre de Jesús, deben reconstruirse las deterioradas murallas. La aplicación del presupuesto en este menester es tarea imprescindible, "pues de no hacerse está tan maltratada con el curso de los tiempos que, brevemente, lo que mira al poniente, desde el castillo hasta donde está abierto el portillo, daría en el suelo" (26). Coincide este frente con el más expuesto, de los tres del recinto urbano –el del Sur está ocupado esencialmente por la fortaleza de Abderrahmán III–, a los diferentes elementos naturales ya citados que mayores desperfectos originan. Tácticamente era la zona más expuesta a los ataques enemigos, al encontrarse dominada por algunos padrastros situados al Este de la ciudad. Desde ellos, los ingenios neurobalísticos podían batir con relativa comodidad las murallas, sus adarves y la zona oriental de la población. Sus muros, por tanto, debieron recibir un castigo especialmente intenso en los reiterados asedios medievales: los de Alfonso VI en 1082, Sancho IV en 1292, granadinos y benimerines coaligados en 1294, granadinos en 1295 y, de nuevo, benimerines y granadinos en 1339. Tras cada desportillamiento, una nueva reconstrucción, incrementando los variados alarifes la heterogeneidad de las fábricas hasta llegar, tras los traumáticos acontecimientos del siglo XIX, a su estado actual.
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Torres y murallas del Sudeste del recinto amurallado, entre la Torre de Jesús y la Torre de los Maderos. Este sector, que representa variados aparejos a causa de sus múltiples refacciones, estaba condenado a la ruina en opinión de Lope de Acuña si no se acometían inmediatos arreglos. (Foto del autor) |
Sobre la financiación de la obra, sugiere que el dinero "se puede separar del rendimiento del derecho de los pescados, que está aplicado para fortificaciones de otros lugares de la costa, que no será ajeno de su aplicación" (27). Desde el siglo XV, los gastos derivados de la fortificación de la costa española y el salario de sus torreros se había vinculado a ciertos impuestos que gravaban a los pobladores de la franja litoral. Inicialmente se hizo recaer sobre la población islámica sometida. Era la farda, tributo que, con la paulatina reducción del número de moriscos en territorio peninsular, terminó generalizado también para los cristianos viejos (28). Al final del siglo XV se destinaba el impuesto del pescado a las defensas de Málaga. En Almería, su aplicación desde 1494 recibió la denominación de tigual (29). Ya en pleno siglo XVI se recurrió a la sissa en los mantenimientos (30) como recurso tributario para que los lugares costeros contribuyeran a la construcción de las torres. Su expresión más clara fue la sisa del pescado. Su aplicación no se limitó a las costas andaluzas, sino que también afectó al Reino de Murcia (31), contando con otra versión diferente en el de Valencia (32). En el siglo XVII, se aplicaba el mismo impuesto a la reparación de las torres de Huelva y Cádiz y a las fortificaciones de esta ciudad (33). En Tarifa tenía ese destino la explotación de algunas dehesas (34).
Para concluir, conviene hacer alusión a la cartografía levantada por Gerardo Coen en este verano de 1646, mientras Velázquez pintaba Las hilanderas en la Corte. El plano de Tarifa insiste en los elementos conocidos de la cerca urbana, representando sus torres según su alzado exterior, por lo que las situadas al norte de la ciudad figuran invertidas ante el lector. Sólo la Torre de los Maderos presenta alambor en su base. El vano de la muralla por el que el arroyo salía de la población figura cerrado por una reja, dato que, con el anterior, expresa la meticulosidad del autor, a pesar de que reduce el castillo a una amalgama de torreones, correspondientes a la perspectiva que presenta desde el Sur. En la costa sur, frente a la isla, figura la ermita de Santa Catalina. El plano sufre un error de orientación de +20º W.
REFERENCIAS Y BIBLIOGRAFÍA
(1) SÁEZ RODRÍGUEZ, Á. J. "Una nueva
población en Bolonia: el proyecto de Juan Bernardino de Ahumada en 1664 (I)".
ALJARANDA nº 35. Tarifa, 1999. pp 9-13.
(2) Archivo General de Simancas (A.G.S., en adelante). Negociado de Guerra (N.
G., en adelante). Costa de Andalucía (C. A., en adelante). Legajo 1.643.
Empleamos la copia que obre en el Instituto de Historia y Cultura Militar de
Madrid, en APARICI GARCÍA, J. Colección de Documentos Copiados en el
Archivo de Simancas como datos para escribir la historia del Cuerpo de
Ingenieros, por el Coronel Don... Sección Primera. Vol. XXIV. Doctº Nº
3.353. Signatura 1-4-8. Fols. 104 y ss.
(3) Carecemos de otras noticias de la actividad de este ingeniero por
Andalucía, salvo cierto Plano de el frente de tierra de Cádiz. El
documento conservado, a escala 1:1613, se encuentra en el Instituto de Historia
y Cultura Militar, 7118-CA-M-19/16, en una copia de 1848. También, en el
Instituto de Cartografía de Andalucía, I.C.A. 89-002333. Véase VARIOS
AUTORES, Catálogo de cartografía histórica de Cádiz, Instituto de
Cartografía de Andalucía, Consejería de Obras Públicas y Transportes, Junta
de Andalucía. Sevilla, 1996. Doctº. Nº. 1559. p. 112. Según este catálogo
se trata de una copia de 1849.
(4) Se trata del séptimo duque de Medinaceli, Antonio Juan Luis de la Cerda
(1607-1671). Fue virrey, lugarteniente y Capitán General de Valencia y, como
era tradicional, del Mar Océano y de las costas y ejércitos de Andalucía.
Buen amigo de Francisco de Quevedo, formó parte de los consejos de Estado y de
Guerra. Por su matrimonio con Ana Mª Luisa Enríquez Afán de Ribera
Portocarrero y Cárdenas se unieron al linaje de sus antepasados tanto el ducado
de Alcalá como el marquesado de Tarifa.
(5) Archivo Municipal de Tarifa. Actas Capitulares. Tomo 7. Cabildo del 28 de
marzo de 1646. Fols. 27 y 27v. De la documentación que hemos manejado del A.G.S.
no se desprende que las gestiones ducales ante el Consejo de Guerra obedezcan a
petición alguna del cabildo tarifeño. Sus actas capitulares, sin embargo,
presentan este interesante aspecto, que evidencia cómo eran los habitantes de
la ciudad quienes habían de reclamar al Estado el cumplimiento de sus
obligaciones.
(6) A.G.S., N.G., C.A. Legajo 1.643. APARICI GARCÍA, J. Opus Cit. Fol.
106v.
(7) COOPER, E. The sentinels of Aragon. Old coastal defence towers of
Catalonia and Valencia. Londres, 1994. p. 11.
(8) BRAUDEL, F. El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de
Felipe II. Vol. 2. Fondo de Cultura Económica. Madrid, 1993. p. 310.
(9) A.G.S., N.G., C.A. Legajo 1.643. Carta del duque de Medinaceli de 10 de
junio de 1646 sobre el reconocimiento hecho de las murallas de Tarifa por el
ingeniero Gerardo Coen; se acompañan dos planos. APARICI GARCÍA, J. Opus
Cit. Fol. 104v.
(10) A.G.S., N. de Mar y Tierra. Legajo 797. Planta del castillo de Tarifa.
1611.
(11) A.G.S., N. de Mar y Tierra. C.A. Legajo 819. Relacion del estado en que
se hallaban las torres de la Costa de Andalucia y lo que son menester para su
defensa firmada por Cristobal Mesia Bocanegra en 25 de Mayo de 1618. APARICI
GARCÍA, J. Opus Cit. Fol. 464v.
(12) Gaspar, noveno duque de Medina Sidonia, a pesar de su escasa capacidad
intelectual era todavía Capitán General de la Costa de Andalucía. Había de
perder esta prebenda tras la insensata aventura secesionista de la aristocracia
andaluza en 1641, dirigida por el marqués de Ayamonte según el modelo luso.
A.G.S., N. de Mar y Tierra. C.A. Legajo 1.284. Sanlúcar. Carta del duque de
Medina Sidonia de 13 de marzo de 1639 con un parecer del padre Claudio Ricardo
sobre Tarifa. APARICI GARCÍA, J. Opus Cit. Fols. 475 y 475v.
(13) MUHAMMAD AL HAMMUDI AL IDRISI, autor de, Nuzhat al mustaq fi ijtiraq al
afaq. En el mismo sentido se pronunciaba un documento de 1756 citado en
FERNÁNDEZ BARBERÁ, J. Historia de Tarifa. Madrid, 1982. p. 65.
(14) Ibídem. Parecer del ingeniero Coen sobre Tarifa con dos planos
dado al duque de Medinaceli. Fol. 106.
(15) Ibídem. Carta del duque de Medinaceli... Fol. 105.
(16) A.G.S., N. de Mar y Tierra. Legajo 83-48. Relacion Para su Mª. de lo
que Luis Bravo De Lagunas a echo desde la Villa de Tarifa hasta Puerto Real.
Año 1577. Fol. 1.
(17) A.G.S., N. de Mar y Tierra. C.A. Legajo 819. Relacion del estado...
APARICI GARCÍA, J. Opus Cit. Fol. 457.
(18) A.G.S., N.G., C.A. Legajo 1.643. APARICI GARCÍA, J. Opus Cit. Fol.
106v.
(19) A.G.S., N.G., C.A. Legajo 1.643. Parecer de don Lope de Acuña sobre el
informe del ingeniero Coen respecto al estado de Tarifa de 23 de julio de 1646.
APARICI GARCÍA, J. Opus Cit. Fol. 112.
(20) Sobre la toponimia de la fortificación tarifeña, véase SEGURA GONZÁLEZ,
W. "Sobre el derribo de las murallas (I)". ALJARANDA nº 10.
Tarifa, septiembre de 1993. pp. 20 y ss.
(21) SÁEZ RODRÍGUEZ, A. J. "Almenaras en las costas de Tarifa (II)".
ALJARANDA nº 21. pp. 21-22. Tarifa, 1996.
(22) A.G.S., N.G., C.A. Legajo 1.643. Parecer de don Lope de Acuña...
APARICI GARCÍA, J. Opus Cit. Fol. 110.
(23) Archivo Municipal deTarifa. Actas Capitulares. Tomo 7. Cabildo del 2 de
mayo de 1646. Fols. 37v. y 38.
(24) A.G.S., N. de Mar y Tierra. C.A. Legajo 797. APARICI GARCÍA, J. Opus
Cit. Doctº. Nº. 3.282.
(25) TORREMOCHA SILVA, A. y SÁEZ RODRÍGUEZ, A. J. "Fortificaciones
islámicas en la orilla norte del Estrecho". I Congreso Internacional
Fortificaciones en al-Andalus. Ayuntamiento, UNED y Universidad Complutense.
Algeciras, 1998. p. 192. Así puede comprobarse en las conocidas vistas que Van
den Wyngaerde realiza de esta plaza en 1567. Véase KAGAN, R. L. Ciudades del
Siglo de Oro. Las vistas españolas de Anton Van den Wyngaerde. Ediciones El
Viso. Madrid, 1986.
(26) A.G.S., N.G., C.A. Legajo 1.643. Parecer de don Lope de Acuña...
APARICI GARCÍA, J. Opus Cit. Fol. 111.
(27) Ibídem. Fol. 111v.
(28) LÓPEZ DE COCA CASTAÑER, J. E. "Financiación mudéjar del sistema de
vigilancia costera en el reino de Granada (1492-1501)". Historia.
Instituciones. Documentos. Vol. 3. Sevilla, 1976. p. 109. El artículo queda
también recogido en su libro El Reino de Granada en la época de los reyes
Católicos: Repoblación, comercio y Frontera (II). Universidad de Granada,
1989. pp. 183 y ss. También GÁMIR SANDOVAL, A. "Las Fardas para la
costa granadina (siglo XVI)", en Homenaje a Carlos V (1500-1558).
Universidad de Granada. 1958. pp. 293-330. Sobre los posibles precedentes
nazaríes de la farda véase VERA DELGADO, A. Mª. La última frontera
medieval: la defensa costera en el Obispado de Málaga en tiempos de los Reyes
Católicos. Biblioteca Popular Malagueña. Málaga, 1986. pp. 147 y ss.
(29) GRIMA CERVANTES, J. A. "La pesca en las ciudades de Vera y Mojácar
tras la conquista: la Torre de la Garrucha y la renta del Tigual". Actas
del VI Coloquio de Historia Medieval de Andalucía. "Las ciudades
andaluzas (siglos XIII-XVI). Coord. LÓPEZ DE COCA CASTAÑER, J. E. Universidad
de Málaga. 1991. pp. 681-691.
(30) A.G.S., G.A., Legajo 81. Fol. 449.
(31) A.G.S., G.A., Legajo 177. Fol. 32.
(32) FORCADA MARTÍ, V. Torres y castillos de la provincia de Castellón
(síntesis histórico-estructural). Castellón de la Plana, 1992. p. 169.
CÁMARA MUÑOZ, A. "Las torres del litoral... (II)". pp. 56 y 68.
(33) A.G.S., G.M., Legajo 2.265. 1671. (APARICI GARCÍA, J. Opus Cit.
Tomo XXIV. Sign. 1-4-8. Fol. 122v.).
(34) Se trata de las dehesas de Quebrantanichos, de Quebrantamichuelos, de los
Cotos, de la Tabla y de los Cotillos de Legido. A.G.S. Mar y Tierra. Costa de
Andalucía. Legajo 819. 1618 (APARICI GARCÍA, J. Fol. 442.) y A.G.S., N.G.
Andalucía. Legajo 1.878. 1696. Representación del Consejo de Guerra a S. M.
sobre la reparación de las murallas de Tarifa (APARICI GARCÍA, J. Opus
Cit. Vol. 24. Fols. 113 y ss.), entre otros.
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