CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

El laberinto de mi nombre

José Araújo Balongo

    Mi nombre es Zacarías. No digo que me llamo Zacarías porque no voy a llamarme a mí mismo, aunque me informan que, si así lo escribiera, es decir, si pongo que "me llamo Zacarias", sería gramaticalmente correcto. Sea como fuere y dada mi natural terquedad, prefiero escribir que mi nombre es Zacarías y escrito queda. Debo advertir que en la lista de los santos cuya festividad se conmemora en cada uno de los días del año aparecen dos santos con dicho nombre. El primero es el undécimo profeta menor que en el libro de la Biblia anuncia los tiempos mesiánicos Este es el mío, o sea, mi santo. No confundir con el otro san Zacarías, sacerdote judío y padre de san Juan Bautista, que se quedó mudo al no creer lo anunciado por un ángel sobre el nacimiento de su hijo y que no recuperó el habla hasta que el niño nació.

    Tengo que reconocer que el nombre es feo, tan feo como casi todos los vocablos que empiezan por la vigésima octava y última letra del abecedario español y vigésima tercera de sus consonantes. Pongo algunos ejemplos extraídos al azar del diccionario: zaborrero, zacateco, zafrero, zaharrón, zalagarda, zeuma, zinc, zoantropía, zurriburri... ¿A que son feos? Bien es verdad que nunca nadie me llamó por mi nombre; ni la familia, ni los amigos o conocidos. Nadie. Recuerdo que comenzaron a llamarme con el apócope Zaca después de intentarlo con el diminutivo Zacariíto; si lo hubieran hecho con el aumentativo, cosa de la que no tengo recuerdos ni noticias, el resultado de la hipótesis nos daría Zacarión, nombrecito que también se las trae. Al final, me llamaron Zeta.

    Pienso que decidirse por la manera de llamarme debió ser un problema en su día. De cómo llegaron a un acuerdo y de quién partió la idea para que se me conozca con el nombre que arrastro desde entonces, la verdad es que las explicaciones que me dieron resultaron contradictorias y poco fiables.

    Como el problema -porque lo era- me atañía a mí, una de las primeras cosas que hice cuando tuve uso de razón (si es que alguna vez la tuve y supe usarla) fue investigarlo, lo que no resultó nada fácil porque ya se habían muerto la mayoría de mis posibles informantes o, de los pocos que quedaban, dijeron no tener ni idea del asunto que me atribulaba, de manera que, después de mucho pensar, comencé por lo que digo al principio: tratar de saber el día del nombre de mi santo. Para ello, armado de paciencia y provisto de un almanaque de Explosivos Río Tinto, que tenía santoral, me puse a leer debajo de cada uno de los días, sin saltarme ni uno, los nombres correspondientes al santo. Así fue como descubrí que había dos san Zacarías en fechas diferentes, con lo que la cuestión se complicaba porque ¿cuál de los dos era el mío?

    Cavilando, cavilando sobre el siguiente paso a dar, pensé que en la iglesia donde fuera bautizado podrían informarme el cura o el sacristán. Sí, estaba bien pensado, pero en mi pueblo había y hay dos iglesias y una capilla. Otro problema. Bueno, tampoco es que fuera un gran problema, en alguna de las tres hubo de ser. Descarté la capilla, que pertenecía al colegio de las monjas, porque allí sólo se bautizaban los niños de familias de cierto ringorrango. Por razones parecidas dejé a un lado la iglesia mayor y me dirigí a la otra en la que recordaba haber hecho la primera comunión, más chiquitita, modesta, situada en la zona vieja por entre callejones, blanqueada con cal y adornada con desconchones profundos e irregulares. Mientras caminaba iba pensando y temiendo encontrarme con el cura porque hacia años que no aparecía por allí ni a la misa de los domingos y fiestas de guardar ni a la comunión de todos los primeros viernes de cada mes.

    La suerte por esta vez estuvo de mi parte al encontrarse ausente el cura y ser aquella la iglesia, según me informó el sacristán del templo, al que le decían Foñi y con el que me llevaba bastante bien. Le conté la historia con pelos y señales y se dispuso a atenderme dentro de sus posibilidades. Me preguntó, como es lógico, la fecha de mi nacimiento y tropiezo con otro inconveniente. Yo ignoraba, por extraño que pueda parecer hoy, la fecha en que nací. Tenía una idea aproximada porque mi abuelo materno, poco antes de morir (cuando el murió yo contaría unos 12 años), me dijo que nací en el primer año de la guerra y después de terminada la vendimia. Con estos datos, unidos a la paciencia de Foñi y a su buena disposición en atenderme, aquel buen muchacho, que murió meses después de la enfermedad del pecho y ya estaba delicado, consiguió encontrar al fin mi nombre en el libro de bautizos. Me dijo que recibí el sacramento del bautismo el día 20 de noviembre de 1936 y el nombre del cura que lo hizo y de quiénes fueron mis padrinos. La verdad es que el nombre del cura poco me importaba, sin embargo me hubiera gustado saber, puesto que ya sabía sus nombres, quiénes eran o fueron las personas que me apadrinaron dado que sus nombres y apellidos nada me decían. Muchos años después averigüé casualmente que aquellas personas fueron un monaguillo y la mujer encargada de los reclinatorios y las sillas, ambos ya fallecidos. El dato que considero más importante de los que venían en el libro es el de la fecha de mi nacimiento: día 5 de noviembre de 1936.

    La cosa marchaba, si; ¿pero por qué me pusieron Zacarías? Foñi, que se pasaba de bueno, tuvo una idea luminosa y de una estantería negra y barnizada con brocha gorda tomó un libro, lo desempolvó y fue pasando hojas hasta dar con un dato importante. Por él supe lo que digo al principio sobre mi verdadero santo. El día de mi nacimiento, 5 de noviembre, era el día en que la Iglesia celebra el santo de Zacarías, el undécimo profeta menor. No es seguro, pero por ahí deberían ir los tiros del misterio de mi santo. Lo que me pareció raro es por qué no me pusieron de nombre el de alguno de mis abuelos o el de mi padre o el de cualquier otro familiar o allegado como era costumbre por entonces. Lo comenté con Foñi, que sabía mucho de estas cosas, y me dijo que los curas de la época tomaban la decisión de poner a los niños el nombre del santo del día cuando no recibían notificación expresa de la familia sobre un nombre concreto para el bautizado.

    Mi familia no es que fuera muy ilustrada, pero tampoco tan zoquete como para mandar a bautizarme al buen tuntún. Allí tuvo que haber pasado algo raro, como así fue. A lo que no encontraba explicación entonces vino a aclarármelo una antigua amiga de mi madre mucho después, cuando volvió al pueblo tras una larguísima ausencia. Es cierto que me mandaron a bautizar con una muchachilla joven, hija de unos vecinos del patio, a la que le dieron un papelito con los nombres y apellidos de mis padres apuntados, el día de mi nacimiento y el nombre con el que debía bautizarme el cura, un nombre corrientito y corto, de fácil pronunciación, tan fácil que no tiene más que cuatro letras -dos vocales y dos consonantes- y una sóla sílaba al formar diptongo las dos vocales, es decir, Juan.

    El que mi madre me enviara a bautizar y no llevarme ella también tiene explicación por lo que su antigua amiga me contara. El parto de mi madre, primeriza y en las condiciones que se paría entonces, fue un mal parto. Los dolores de entuerto le duraron más tiempo de lo normal y una infección en sus partes pudendas la mantuvo encamada, con fiebre alta, más de un mes. Como ella no tenía ni madre ni hermanas y a mi padre se lo llevaron a la guerra al comenzar la contienda, viendo cómo pasaban los días sin que a mi me cristianaran, decidió enviarme a la pila de bautismo con la hija de la vecina del patio. Ocurrió que la muchacha extravió el papel por el camino con los datos escritos; se puso nerviosa ante el cura y sus preguntas y sólo acertó a dar los nombres y apellidos de mis padres y la fecha de mi nacimiento; mi nombre se le olvidó y el cura decidió por su cuenta. Cuando la joven regresó conmigo ya cristianado, traía un papel escrito por el cura que decía: "Se llama Zacarías". Así; sin más.

    Es verdad que este lamentable asunto bien pudo haberse rectificado a tiempo, pero en el pueblo estaban ocurriendo cosas horribles con las detenciones y fusilamientos de mujeres y hombres y el miedo mantenía a las personas en sus casas sin salir a la calle y con el corazón en un puño. Para colmo de males y desgracias, desde la mar, un acorazado con nombre de rey conquistador, bombardeó el pueblo por aquellos días aterrorizando a sus moradores. El pueblo huyó al campo y entre mi madre y mi abuelo, por caminos y veredas, corriendo a más no poder ante el estallido de los cañonazos, recorrieron más de diez kilómetros turnándose en llevarme en brazos hasta llegar al caserío de un pariente lejano de mi padre buscando y encontrando en él cobijo. Estas peripecias de la huida me las contó mi abuelo cierto día de años después y temblaba el hombre sólo de recordarlo.

    Pasado muchísimo tiempo salió una ley en la que uno podía cambiar de nombre si así lo deseaba. Pensé en principio hacerlo y hasta llegué a pedir información; sin embargo no lo hice porque, meditándolo fríamente me dije: ¿ya para qué? De haber intentado llevarlo a cabo me habría visto envuelto en un lío de impresos y trámites burocráticos con el único fin de figurar en los papeles, porque a ver quién que me conociera me iba a llamar por el nuevo nombre; ni yo mismo hubiera sido capaz de acostumbrarme. Además, a mí en realidad me daba lo mismo cualquier nombre del santoral. Los nombres que verdaderamente me gustaban y me gustan son los de los indios americanos que aprendí en las películas y en las novelas del Oeste, como, por ejemplo, Toro Sentado, Ojo de Lince o Águila Roja, nombres que dicen algo y no este de Zacarías, que acabó siendo Zeta en mi persona.

    Por otra parte me pregunto qué habría ocurrido si aquella muchacha no se hubiera aturrullado y aquel cura no tuviera la manía de los nombres y tanta prisa en salir del paso con mi bautismo, si hubiera esperado a que fuera y volviera con todos los datos. ¿Habría cambiado mi vida acaso? Que el nombre de Juan sea monosílabo, aparte de la economía pronunciativa, no encuentro nada que pudiera haber mejorado mi situación, eso está claro. Sin embargo, aunque el asunto analizado desde la perspectiva de hoy parezca no tener la menor importancia no quiere decir que no la tuviera antes. Uno ha sido niño, joven y muchacho y padecí lo mío con el nombrecito; sobre todo cuando lo comparaba con los nombres de otras personas o cuando tuve que soportar el cachondeo de más de uno y más de una al decirles que Zeta era mi nombre.

    Estas cosas parecen que no tienen importancia pero marcan a quienes las padecemos. También puede suceder que yo sea demasiado susceptible; de cualquier manera me parece que se debería tener más cuidado en los asuntos que afectan a los demás por parte de los que, investidos de cualquier poder, toman decisiones que puedan, de una u otra forma, perjudicarlos.

    En mi caso, no le perdono a aquel cura que me pusiera de nombre Zacarías para que luego rompieran en llamarme Zeta, que más que nombre de hombre parece nombre de gato.

(continuará)

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