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ALJARANDA |
"La chatarrería del señor Bartolo"
José Araújo Balongo
A Rosa, hija del señor Bartolo, y a Manolo Liaño, que me animó y ayudó a escribir este relato.
La calle San Isidro, por los últimos años cuarenta y primeros del cincuenta, era una de esas calles sin ningún relieve y apenas viviendas de las del extrarradio que componían por entonces el llamado Bario Afuera. Comenzaba o terminaba, según la entrada por la que se cogiera, con un patio grande y esquinero de vecinos de la zona conocida como "Riñiero gallo" (Reñidero de gallos). La otra punta de la misma acera la ocupaba el frontal de la que fue el huerto de Luz la de la cal. En la otra acera, casi frente al huerto, se encontraba situada la chatarrería del señor Bartolo, ocupando un corralón grande y a medio cubrir con chapas de todas clases procedentes muchas de ellas de la misma chatarra que compraba. Pasado un tiempo, las chapas oxidadas y viejas fueron sustituidas por otras de uralita.
La calle sigue conservando el mismo nombre, igual que su paralela de San Sebastián, cercana a la carretera general; no así la otra, también paralela por el lado sur y próxima a la playa de Los Lances, que ahora se llama Covadonga y en la época a la que me refiero se conocía como Cementerio Viejo. En lo que hoy coinciden las tres calles es que ninguna de ellas conserva ni el menor vestigio de lo que fueron. Hay que decir, siendo justo, que para bien, porque así como en el casco antiguo y amurallado del viejo pueblo se cometieron durante décadas verdaderos atentados urbanísticos contra el patrimonio histórico de la ciudad milenaria, el Barrio Afuera ha mejorado notablemente; ha pasado de ser un barrio de extramuros, desgalichado y pobre -si acaso con la excepción de la calle Batalla del Salado-, a una de las zonas por donde la ciudad se extiende con cierto decoro. Por poner alguna pega, decir que pudo haberse planificado mejor su trazado, pero ese es otro tema.
La ubicación exacta de la chatarrería, trasladada a la actualidad, es el edificio que hoy ocupa la Imprenta Grafisur; naturalmente, renovado y transformado desde los cimientos.
Muchas veces me pregunté por qué, aquí, a las chatarrerías se les llamaba traperías, cuando lo que menos se vendía o compraba era trapo. Y mira por dónde la explicación la encuentro en mi viejo DRAE del año 1925. En aquel año todavía el diccionario no recogía el vocablo chatarra ni su derivado chatarrero, sin embargo sí que aparecen "trapería" y "trapero". Del primero, en su segunda acepción, dice: "Sitio donde se compran y venden trapos y otros objetos usados"; y del segundo, también en su acepción segunda, dice: "El que compra y vende trapos y otros objetos usados". Ahí, en "otros objetos usados" está la clave que despeja mis dudas, porque verdaderamente lo que el señor Bartolo compraba y vendía, que yo supiera, no era precisamente trapo. Lo que sí compraba y en cantidad era papel, toda clase de papel, y lo pagaba a perra gorda el kilo (para los que no lo sepan, una "perra gorda" equivalía a diez céntimos de peseta); lo sé positivamente porque durante mi niñez le vendía al señor Bartolo los periódicos viejos que me agenciaba de los que compraban diariamente mi padre y mi abuelo José Balongo; mi padre el España de Tánger y mi abuelo el Diario de Cádiz. Con dos kilos y medio de papel que vendiera, ya tenía el real (veinticinco céntimos) que me costaba el tebeo de Roberto Alcázar y Pedrín o el de El guerrero del antifaz, que salían semanalmente y los compraba en La Calzada, en la Imprenta de Ruffo.
Cuando el 1º de enero de 1950, a los 13 años, comencé a trabajar en el taller de hojalatería de la fábrica de conservas de pescado de Lloret y Llinares, también conocida como "la de los valencianos" y "el cuartel", mis visitas de "negocio" al señor Bartolo se hicieron más frecuentes y de mayor y mejor "rendimiento económico". En la fábrica, y sobre todo en el taller de envases de hojalata, de vez en cuando había que hacer limpieza de materiales de desecho, tales como herramientas de hierro rotas o regastadas, latón, calamina, cinc, recortes de hojalata, trozos de plomo y muchos otros objetos de metal. Lo que mejor pagaba el señor Bartolo eran los trozos de cobre, que los valoraba a una peseta el kilo. Aquel negocio de venta de chatarra lo llevábamos "en sociedad" los tres jóvenes del taller; Alfonsito, Andresito y Joselito. Aquel Joselito soy yo, para servir a Dios y a usted, como se decía entonces y nos habían enseñado nuestros padres y en la escuela.
El señor Bartolo, analizado desde los tiempos actuales y comparado con la sociedad de entonces, era un hombre singular por muchos motivos. De mediana estatura y noble porte, vestía modestamente pero siempre limpio a pesar de su oficio y la peculiaridad del negocio que regentaba. Hablaba pausado, sin alterar el tono, con cierto señorío y muchos conocimientos sobre los más variados temas, con un lenguaje de vocabulario rico y preciso, asequible a nuestro entendimiento y sin el más mínimo asomo de orgullosa pedantería. Era un hombre sencillo y natural, lleno de esa sabiduría que se adquiere con los años en la "universidad libre" de la calle y de la vida. Nos contaba historias de Hispanoamérica, hechos ocurridos en Francia, en la España de la República y de la posterior guerra civil. A él le gustaba hablar y a nosotros escucharle embobados; tanto era así que perdíamos la noción del tiempo y en más de una ocasión nos regañó mi tío Vicente Cano, maestro del taller, por lo mucho que tardábamos cuando íbamos a vender chatarra.
Aunque el señor Bartolo nos hablaba de infinidad de cosas, sin embargo, nunca
nos contó su historia. Por eso ahora, picado por la curiosidad, animado por
Manolo Liaño y aprovechando mi buena relación con Rosa, que es hija de aquel
hombre y que acaba de cumplir 78 años, me puse en contacto con ella para
indagar sobre "el hombre y su circunstancia", como escribiera don
José Ortega y Gasset. Tantos datos me ha proporcionado que con ellos podría
escribirse una larga novela. Sin más, limitado por el espacio, a renglón
seguido trataré de completar su historia.
Se llamaba Bartolomé Belmonte Jódar, nacido en Mojácar (Almería). De la fecha exacta de su nacimiento no se acuerda su hija, pero por deducción debió ser a principio de la última década del siglo XIX. De niño aprendió a leer y escribir correctamente y las cuatro reglas aritméticas. Ya entonces se despertó en él una desmedida afición por la lectura que le duró para siempre. Leía todo lo que caía en sus manos; por enrevesado y dificultoso que fuera el tema, nada escapaba a su curiosidad e interés.
A este hombre su pueblo se le queda pequeño y, siendo muy joven, se marcha a trabajar al continente americano; por lo que se decía por entonces de ir "a hacer las Américas". Trabajó en distintas localidades cubanas y en las muy amplias zonas de Brasil durante varios años; ejerció mil oficios antes de dedicarse a la construcción, en la que debió ser un consumado maestro por ciertos detalles que de él se conocen en Tarifa sobre el arte científico de medición de tierras y volumetrías de edificios o alturas de grandes chimeneas. Lo imagino como una mezcla de agrimensor y arquitecto antiguo, de cuando no existían academias ni universidades, empleando el método de la hora solar con la luz y la sombra como elementos infalibles para establecer verticalidades y extensiones.
Su espíritu inquieto lo lleva de Brasil a Francia; allí trabaja otros años más y aprende correctamente el idioma francés.
Regresa a España con algún dinero ahorrado, se casa, y de su matrimonio nacen cuatro hijas. El regreso coincide con los estertores de la Monarquía, de la que derivan la Dictadura de Primo de Rivera, la II República y la Guerra Civil. Trabajó en aquellos años en la construcción del puerto pesquero de Garrucha (Almería). Fue un destacado miembro de la UGT y se distinguió como impulsor de varias cooperativas de obreros y de trabajadores de la tierra. Aunque por su edad no participó en la guerra, estaba claro cual era su ideología, sobre todo teniendo en cuenta su activa militancia en la UGT, sindicato republicano y socialista. De modo que cuando la guerra termina, con la victoria del mal llamado bando nacional, se siente amenazado por tal circunstancia y le aconsejan que procure cambiar de aires. Como tenía su conciencia tranquila y una bien ganada fama de hombre bueno y de no haber hecho nunca mal a nadie, se resiste a marchar y aguanta mientras puede.
Con el final de la guerra, el dinero ahorrado de sus andanzas por esos mundos de Dios pierde todo el valor al estar cuantificado en billetes republicanos. Franco emite una nueva moneda y el Banco de España recoge las de la República a cambio de un recibo para, en su día, hacer la reconversión en los nuevos valores y reintegrarlos a los propietarios. Aquel "en su día" nunca llegó, al menos en el caso del señor Bartolo, y los ahorros de más de media vida desaparecieron para siempre.
Con la guerra y después de ella se paralizan los trabajos de construcción del puerto pesquero de Garrucha y no encuentra otro trabajo ni en Garrucha ni en Mojácar. Para la supervivencia de la familia van vendiendo poco a poco las dotes matrimoniales de las tres hijas casaderas (la otra hija ya estaba casada con un hombre que comerciaba con chatarra y vivía en Tarifa), que consistían en lo que por aquí recibe el nombre de "la blanquería". Poco antes de que se les acabaran los recursos deciden trasladarse a esta última punta del sur de España. El señor Bartolo, hombre previsor y buen conocedor de la situación por la que pasaba el país, como primera medida se ocupa del papeleo burocrático, que si hoy es farragoso y lento, imaginen entonces. Hace gestiones incesantes hasta conseguir salvoconductos para toda la familia, certificados de adhesión al Régimen y documentos eclesiásticos con el sello de la parroquia de Mojácar y firma del párroco dando fe de que los portadores son buenos cristianos, católicos y apostólicos.
Y así es como emprenden, en el año 1940, su viaje hacia Tarifa Bartolomé Belmonte Jódar, su mujer y sus hijas. Lo hacen en el más antiguo medio de transporte que se conoce: andando; andando y cargados, porque aunque previamente habían facturado por ferrocarril los pocos muebles y los enseres más pesados hasta el lugar de destino, el resto de sus modestas pertenencias las transportaban ellos cargados como bestias. El viaje duró 16 días con sus correspondientes noches, caminando por carreteras polvorientas desde que amanecía hasta el anochecer. Procuraban que la noche les cogiera cerca de algún pueblo y el señor Bartolo buscaba al alcalde consiguiendo de él, tras mostrarle "los papeles", alojamiento donde descansar y un vale para que le dieran algo caliente de comer en el mismo hospedaje. Así, un día y otro día, soportando fríos y calores, viento y polvo, lavándose las ropas y los cuerpos en los arroyos y riachuelos al borde de los caminos, deteniéndose al "¡Alto!" de la guardia civil caminera... Y otra vez a mostrar los papeles y el contenido de los bultos que transportaban, y las preguntas del motivo del viaje... Hasta que un día, maltrechos, enflaquecidos, requemadas de sol las caras y pardas las vestimentas, cuando moría la tarde con una levantera de cojones, llegan a la ciudad del viento, a la Tarifa del segundo año de postguerra ("Segundo Año Triunfal", rezaba en documentos oficiales), el señor Bartolo y su familia.
Lo demás, esbozado está al principio. De chatarrero ejerció mientras le quedaron fuerzas. Y un día, cumplidos los 86 años, murió de viejo aquel hombre que luchó denodadamente contra la adversidad y logró salir adelante en las peores condiciones del duro tiempo en el que le tocó vivir. Hombres como él, sencillos, cultos, educados, tenaces, valientes sin arrogancia, sufridores en silencio, curtidos en la desgracia y forjados en el fuego lacerante de las lágrimas, engrandecen y enaltecen los valores que distinguen a la condición humana.
Valga este relato apresurado y corto como homenaje al señor Bartolo de mis años de infancia, a quien escuchaba embobado cuando me contaba historias que no venían en los libros. Y no venían, porque el libro era él; el argumento, su propia vida; y el estilo, el talante y la dignidad con la que supo afrontarla.
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