CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

"El Bollo"

José Araújo Balongo

    No sé como se llamaba; tampoco importa porque el nombre y apellidos por aquel entonces, en este pueblo y entre la clase menos favorecida sobre todo, sólo servían para el salvoconducto, la cartilla de racionamiento y la tarjeta de fumador en el caso de los hombres. Las mujeres (¿dónde se había visto eso?) que fumaban eran las que salían en las películas o las de las casas de trato. Las personas se nombraban, se llamaban y se reconocían por el mote o apodo, que viene a ser lo mismo; también se solía decir malnombre, pero no en sentido ofensivo, sino como más fino que apodo o mote.

    ¿Por qué lo de "El Bollo"? Vaya usted a saber. Los apodos se heredaban de generación en generación y, a veces, ni el propio apodado conocía el origen del suyo. En el caso de este hombre al que voy a referirme, tengo necesariamente que hacerlo por las apariencias y las suposiciones. Lo conocí ya viejo, desdentado y con un ojo chingo, anublado, legañoso y sin pestañas; pero creo recordar que era el derecho. El otro ojo, en comparación con el descrito, podía considerarse hasta bello por el tono raramente azulado en estas tierras de mayoría casi absoluta de ojos negros o marrones. Tenía las cejas grises y enmarañadas con tendencia hacia abajo; el pelo corto y del mismo color que las cejas; la nariz, algo ganchuda y más bien gorda, casi tocaba la punta de la barbilla cuando juntaba las desdentadas encías. Chiquitillo, magro de carnes, zambo de piernas, usaba faja negra, alpargatas de esparto, blusa sin cuello, chaqueta sin solapas de grandes bolsillos de parche y pantalón remendado en los fondillos y las rodilleras. Una boinilla parda y capada remataba la figura de aquel hombrecillo que vivía por la zona del parque de los monos, tan prolífica en chiquillos endebles y tan abundante en personajes singulares.

    No le conocí mujer ni descendencia; tampoco familia, aunque como es natural tuvo que tener un padre que lo engendrara y una madre que lo pariera, como a todo el mundo. Ya dije que lo conocí viejo. Yo era niño entonces, de modo que debió ser a mediado de los años 40 del 1900. De chiquillo uno no se preocupaba de dónde procede nadie, y de mayor me vence la pereza para meterme en investigaciones que a nada conducen y ni a mí mismo interesan; cada uno es cada cual sin que en nada modifique la procedencia para la descripción y circunstancias de un hombre que permanece, a través del tiempo, grabado en mi memoria.

    "El Bollo" tenía por oficio el de esquilador de borricos y carecía de un local o chasmío donde ejercer su profesión, de manera que lo practicaba al aire libre y a la vista de los curiosos, generalmente críos y desocupados. Las herramientas principales eran una tijera grande y otra medianeja; con la una hacía la primera descarga de la pelambrera usándola a dos manos; con la otra se esmeraba en los recortes, los perfiles, las marcas y los adornos. Esto último que hacía con la segunda tijera puede que a algunos jóvenes le suene a cachondeo, pero, como testigo presencial, puedo asegurar que es cierto. Con ella recortaba e igualaba el flequillo que asomaba por entre las dos orejas, siguiendo con la pelambrera larga de la parte superior del pescuezo, dejándola a la medida conveniente para que quedara tiesa; luego le igualaba el rabo, los corvejones y las trancas; seguía por la parte baja de la panza y continuaba por las articulaciones de las pezuñas. Como remate de la faena, a punta de tijera, dibujaba en una cacha del borrico (o de la burra) las iniciales del dueño, y en la otra cacha un esquemático pescadito de indefinida especie. Esto del pescadito digo yo que sería como la firma del artista al concluir su obra. Finalizados los cortes, recortes, perfiles, marca y estilizada firma, con un cepillo grande, de pelo corto, duro y negro, cepillaba con energía al animal a favor y a la contra, dejándolo que daba gloria verlo. Después guardaba el instrumental en una capacha de empleita que se colgaba en bandolera, cobraba, y hasta otra o si te vi no me acuerdo.

    Aunque me tachen de reiterativo, insisto -y van tres veces- en que a este hombre lo conocí ya viejo. La insistencia viene dada porque hay que situar a cada persona en su tiempo y en su condición social. Se podía ser viejo entonces a los cuarenta y tantos años y viejísimo a los setenta y pocos. El descuido, la falta de aseo, el desaliño, la indumentaria, la mala alimentación y otras carencias necesarias, a lo que hay que sumar ciertos excesos nocivos como el vino peleón y el tabaco mataquintos, convertían a muchos hombres en viejos prematuros. Sucedía también que algunos se avellanaban (dicho en tarifeño: arbellanaban), es decir, se marchitaban y secaban y así se mantenían durante años y años; se convertían en lo que se da en llamar persona de edad indefinida.

    Además de esquilador de burros, "El Bollo" ejercía otra actividad verdaderamente cruel pero normal en aquellos tiempos entre los cazadores de jilgueros, verdones, chamarices y camachuelos. Se había especializado en cegar pájaros para que sirvieran de reclamo en las cacerías de "al paso" y "al aguaero". El pájaro ciego, enjaulado y en el campo, camuflado entre matas secas de alcauciles borriqueros, canta y canta sin descanso, atrayendo con su canto a bandadas de su especie que caían en la trampa, en cuyo centro revoloteaban uno o dos amaestrados cimbeles alentados desde la cimbelera y sirviendo de señuelo. De tal crueldad no se debe culpar sólo "Al Bollo"; él se limitaba a cumplir con los encargos de quienes le pagaban, es decir, los pudientes, porque el cazador de oficio, el que cazaba para ganarse un jornal, el que lo hacía para el sustento de su familia, se las arreglaba solo en todos estos menesteres.

    De este hombre, hasta ahora, no he contado más que de su aspecto y sus quehaceres. El relato, a mi modo de ver, no quedaría completo si dejara en el olvido otras facetas de su personalidad, tan importantes al menos como lo que ya llevo narrado. Valgan como ejemplo sus amistades o relaciones, sus vicios (confesables todos de los que tengo noticia) y sus costumbres, porque, si no lo hiciera, el retrato quedaría desangelado, como una ensalada sin aceite y vinagre o un arroz con leche sin canela.

    Las amistades de "El Bollo", o al menos las personas con las que se reunía, eran Joselito el Mono, Montoto, Mandunga, Cagando, el Pajarito, el Coñito, el Llorón, Pichurra y muchos otros con los que se podría formar una galería de curiosos personajes. Debo aclarar que a los mencionados me estoy refiriendo a los mayores, ya todos desaparecidos. Lo digo por el aquel de la herencia de los motes y dejando bien claro que los cito con el mayor respeto, tanto a los muertos como a sus descendientes vivos.

    Solían reunirse en la bodega de Manzano o en la del Candado, también conocida como la de don Tomás. Ambas bodegas tenían una misma particularidad: carecían de mesas y sillas y lo mínimo a pedir para el consumo era la "media limeta", o sea, media botella de vino para una o más personas. Aunque en la de Manzano había vasos para el que lo pidiera, estos catadores de "agua Tontona", como dicen los moros, la bebían directamente del gollete a la boca. En la del Candado no había vasos, pero don Tomás, hombre muy pulcro y un tanto presumido, había ideado un tapón con carrizo hueco de caña que atravesaba el corcho en sentido longitudinal, de manera que podía beberse desde la botella, sin posar los labios, a modo de porrón de cristal o botija de barro. Como mesa utilizaban los barriles de vino puestos en pie y así dispuestos para tal fin. De asiento les servían las cajas de madera del vino embotellado. La diferencia verdaderamente notable entre una bodega y otra residía en que, en la de Manzano, los vinos procedían de Chiclana de la Frontera, y en la del Candado, de La Palma del Condado, de ahí su nombre verdadero, porque lo de "Candado" no era más que una deformación del vocablo. Algo parecido ocurría con la de Manzano, un apellido que no se correspondía con los de su propietario, don Rafael Jiménez Rivero, pero ésa es ya otra historia que me apartaría de ésta.

    En las citadas bodegas del Barrio Afuera se juntaban al anochecer "El Bollo" y sus correligionarios a beber el vino más barato, pues todos anteponían la cantidad a la calidad. Estos hombres, a diferencia de los frecuentadores de tabernas, eran más bien silenciosos, pacíficos, desapasionados e indiferentes; apenas hablaban y, cuando lo hacían, se limitaban a frases cortas y, más que pronunciadas, gruñidas; voces castigadas por el pirriaque y el tabaco de picadura barata con la que se hacían unos cigarrillos gordos que ellos mismos liaban en papelillos blancos y engomados de los libritos de "Jean" o "Abadie", operación que terminaba con el lengüetazo final y el encabecillado de la punta por donde lo encendían con aquellos mecheros de yesca larga y amarilla, tan útiles por estos pagos de levanteras y ponientazos. Sus borracheras eran sordas, premeditadas y a conciencia; bebían a palo seco y en cantidades asombrosas.

    Junto con Joselito el Mono, "El Bollo" era de los que más aguantaban. Tal vez se beneficiara de su corta estatura y poco peso; lo cierto es que apenas se bamboleaba a la hora del regreso a casa; incluso se ofrecía a ayudar a alguno de los más cargados y que peor capeara el temporal de la bebida.

    Al final de su vida, "El Bollo" se quedó ciego del todo. El ojo bueno se aparejó en defectos con el malo y perdió totalmente la vista. Algunos vieron en su ceguera un castigo por los muchos pájaros que cegó por encargo (¿sólo él se merecía el castigo?). La última imagen que de él guarda mi memoria es la de un anciano vacilante arrastrando los pies y apoyado en una caña que empuñaba a modo de báculo. Cuando lo eché en falta y pregunté, alguien me dijo que había muerto de un dolor miserere, y que lo llevaron a hombros hasta la fosa común del cementerio sus compañeros de vinos, de bodegas, de fatigas y de vomitaduras.

    Y hasta aquí la historia de un hombre insignificante, de oficio esquilador de borricos, un oficio extinguido como tantos otros, casi tan extinguido como la especie animal a la que esquilaba y que tantos servicios prestó a la especie humana en las faenas de carga, en el transporte de carbón y picón, de losa tarifeña, de arena de las playas... y las cansinas vueltas y más vueltas del alba a la anochecida haciendo girar la noria para el riego de los huertos, que también han ido desapareciendo; lo mismo que desapareció, silenciosamente, dejando pocos recuerdos, "El Bollo" de este relato del que no sé ni su nombre y apellidos verdaderos. Un hombre que rescato del olvido dejando testimonio de su paso por la vida de mi pueblo en un tiempo inolvidable por muchísimas razones; más bien sinrazones, y yo me entiendo. "El Bollo" pertenecía a una estirpe de olvidados de la historia que se escribe con mayúscula; una historia y una estirpe sin más méritos que el de haber sobrevivido; por eso lo utilizo como símbolo. Simplemente por eso.

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