CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Antes de que ya no pueda

José Araújo Balongo

    Ya no me queda ni la más mínima esperanza; el fin se acerca sin que lo evite la ciencia o lo remedie el milagro; estoy, como se dice en el lenguaje médico, en fase terminal; puede ser cosa de semanas, días..., no lo sé, pero todos los indicios presagian un final cercano, irremediable, lógico. Desde hace tres días Mariano el practicante finge el ceremonial rutinario de la inyección mañanera y yo le sigo el juego; ¿dónde me va a pinchar si ya no queda ni un gramo de carne entre mi piel reseca y la dureza de mis huesos? Mis hermanas y yo también jugamos -qué ironía llamar a esto jugar- al mismo fingimiento, pero se nos nota demasiado que el arte teatral no es lo nuestro; mi aspecto, que empeora día a día, me delata y las sonrisas de ellas no se corresponden con el brillo del llanto contenido que sin duda alguna advierto en sus ojos, esos tres pares de ojos empañados de mis tres hermanas que, por lo que me temo, hasta ayer como quien dice, se negaban a aceptar la realidad y ahora se dan cuenta de que ya no hay remedio.

    Esto mío comenzó con destemplanzas y escalofríos en los atardeceres a principio del verano del 47. Aunque pretendí no darle importancia, desde el primer día tuve un mal presagio, pero no se lo dije a nadie por no alarmar, tal vez sin fundamento. Después vino lo de la tos seca y perruna. Y el 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, tras un golpe de tos más fuerte de los ya acostumbrados, escupí sangre; unas décimas de segundo antes sentí en mi interior como un desgarramiento, como si algo se hubiera roto muy dentro de mi pecho. Descompuesta, aterrorizada, llamé a mi hijo el mayor que jugaba en el patio y lo mandé a buscar a mi hermana Remedios, la que vivía más cerca. Mi hijo, de 10 años entonces, sin hablar, me miró con espanto porque debió temer que algo grave me estaba pasando al ver cómo un temblor agitaba mi cuerpo. Luego, salió corriendo y al poco regresó con mi hermana. Ella vendría también corriendo porque respiraba con dificultad y tuvo que sentarse jadeando mientras me preguntaba:

    - ¿Qué te pasa?

    - Mira -le dije mostrándole la escupidera que saqué de debajo de la cama en la que permanecía sentada y temiendo otro golpe de tos...-

    (Me canso, no puedo seguir más. Es difícil escribir tumbada en la cama. Guardo la libreta y el lápiz bajo la almohada después de entremeterlos entre el colchón y el cabecero. Mañana, u otro día, si me quedan fuerzas, seguiré escribiendo).

    Han pasado tres días y prosigo lo que estaba contando; me siento algo mejor de ánimo y de fuerzas; esperemos que dure lo bastante para llenar aunque sea un par de páginas. Debo decir primero que escribo de noche a la luz de un quinqué. Como en la cama me resulta mayor el esfuerzo, lo hago sobre la mesa grande de la cocina. Y otra cosa: esto de mi escritura no lo sabe nadie; aprovecho las horas de soledad para que no me vean. Y ni siquiera me he parado a pensar si tendrá destinatario el manuscrito de esta libreta. Quizá mi último acto consciente sea romperla o quemarla. No lo sé. De momento, seguiré con el relato.

    Como iba diciendo, mi hermana se puso pálida cuando vio el contenido rojizo de la escupidera. Me miró en silencio y luego dijo:

    - Vaya por Dios.

    Mandó a mi hijo a que fuera a por mi hermana Jacinta; después, a mi vecina Antonia le pidió por favor que mandara a buscar a don Fernando el médico. Cuando llegó Jacinta y se enteró de lo que me había pasado, aunque llevara la procesión por dentro, me cogió la cara entre sus manos y, sonriéndome, como sin darle importancia, comenzó a desplegar toda la gracia de su buen arate hasta hacerme reír a mí también. ¡Ay mi hermana Jacinta! No se quién mandaría a buscar a Aurora, mi otra hermana, pero allí apareció secándose el sudor y mirándome con aquellos sus ojos tan grandes, que los hacían más grandes sus profundas ojeras violáceas.

    Al poco llegó, por fin, don Fernando el médico. Mi hermana Remedios le contó lo ocurrido y le mostró la escupidera con los esputos sanguinolentos. Yo no apartaba la vista de don Fernando, tratando de observar alguna reacción en él por la que pudiera intuir la gravedad de mi caso, pero permaneció imperturbable, cosa normal en un médico tan experimentado en circunstancias iguales o parecidas a la mía. Tumbada en la cama y a instancias de don Fernando, mis hermanas me ayudaron a despojarme de ropa dejándome al descubierto el pecho y la espalda. Inclinado sobre mí, el médico me auscultaba ordenándome de cuando en cuando que inspirara y expirara profundamente. Cuando lo creyó conveniente cesó el reconocimiento y contuve el aliento esperando el veredicto; miré las caras de mis hermanas y las noté tensas, preocupadas, temerosas. Por fin, don Fernando, dirigiéndose a ellas, les dijo que tendría que verme un especialista de pulmón. Cerré los ojos como si hubiera escuchado mi sentencia de muerte...

 

    (Estoy jadeando, muy cansada y percibo temblando que me sube la fiebre. Recojo la libreta y el lápiz y encamino los pasos hasta la cama apoyándome en los muebles y en el quicio de la puerta. Espero poder seguir escribiendo otro día).

    Aquí estoy de nuevo, con más voluntad que fuerza. Una semana justa hace que escribí la última palabra en esta libreta. Continúo.

    Me llevaron a Algeciras a un especialista de pulmón, el doctor Posada, un hombre ya mayor que me miró por rayos X y me asaeteó a preguntas sobre muchas cosas. Cuando terminó, hizo una seña a mis hermanas; Jacinta se quedó conmigo, Remedios y Aurora acompañaron al doctor a una habitación contigua; entraron los tres y se cerró la puerta. Jacinta y yo nos quedamos mirándonos muy serias, pero como ella es como es, empezó a charlar como una cotorra contándome cosas intrascendentes que ella, con su gracia y gesticulaciones, convertía en divertidas. No paró hasta hacerme reír, pero, aun riendo, mi pensamiento estaba ocupado en la conversación que el médico especialista tendría en aquellos mismos larguísimos minutos con mis otras dos hermanas mayores. Cuanto más tardaban en volver más me preocupaba, porque suponía lo peor. Después de un tiempo que no sé precisar, se abrió la puerta y apareció primero el médico y detrás mis hermanas. El doctor Posada me dijo que debía guardar reposo absoluto, no preocuparme por nada, seguir al pie de la letra sus instrucciones, tanto en la medicación como en el plan de comidas, y que volviera al mes. Mi hermana Remedios llevaba en una mano el sobre con el plan y las recetas; la miré e inició una leve sonrisa que noté fingida. Aurora estaba muy pálida, me pareció que tenía más pronunciadas las ojeras y que con su mirada huidiza pretendía ocultar la pena y el brillo de las lágrimas. Antes de despedirnos del doctor Posada tuvimos un cruce de miradas Jacinta y yo con Remedios y Aurora; nosotras interrogando, ellas nos contestaron sin querer con los ojos sin pronunciar ni una palabra. Agarrada a los brazos de Aurora y de Jacinta salimos de la consulta. Remedios iba delante en busca del coche de alquiler que nos esperaba; ella ligera, nosotras despacito para no cansarme. Me ardía la cara; y no era fiebre, no; era otra cosa; un no sé qué, una sensación nueva y angustiosa que casi me paralizaba. Se dieron cuenta mis dos hermanas y nos paramos; la gente nos miraba. Yo no quería alarmar e hice un esfuerzo hasta llegar al coche del que estábamos cerca. El chófer me ayudó a acomodarme en los asientos de atrás y de un establecimiento próximo me trajo un vaso de agua. Jacinta, sentada junto a mí, rodeó mis hombros con su brazo izquierdo; Aurora me dio a beber el agua. Un poco más tranquila les dije que nos fuéramos ya; si tenía que morirme quería hacerlo en mi casa y en mi cama. Esto no lo dije, pero lo pensé...

    (Hoy me he esforzado demasiado al escribir; el esfuerzo no es mental, sino físico. No puedo más; espero y deseo poder seguir escribiendo aunque sea solamente otro día).

    Vuelvo a escribir y lo hago con apresuramiento, pensando que se me acaba el resto de las pocas fuerzas que me quedan. Sólo hace tres días de mi anterior escritura pero tengo que darme prisa antes de que ya no pueda; además, apenas me dejan sola desde anteayer, cuando vino el cura a ponerme en bien con Dios. Aprovecho que mis hermanas Remedios y Aurora han salido, no sin antes dejar encargada a mi vecina Antonia para que de vez en cuando me eche una miradita. Escribo en la cama, con muchísima dificultad, pero ya no puedo levantarme ni siquiera con ayuda.

    Así, en mi estado, padeciendo tanto y haciendo padecer a los demás, lo mejor para todos es que esto acabe ya de una vez; sin embargo, y aun asumiéndolo, estoy aterrorizada y la desesperación se ha apoderado de mi mente. No duermo porque nada me tranquiliza; hay momentos en los que me aletargo y, estando así, el ahogo me devuelve la consciencia y respiro con ansiedad por mi boca seca temiendo entrar en la agonía.

    Cuando comencé a escribir en esta libreta pensaba dedicar un espacio importante a mis hijos y a mi marido; ya no puedo, y tal vez sea lo mejor. Confío a mis hermanas el cuidado de los niños; son chicos y se acostumbrarán pronto a vivir sin mi presencia lo mismo que se tuvieron que acostumbrar desde que enfermé a vivir sin mis caricias.

    Desde aquel 16 de julio del 47 ya se cumplieron tres años; día de la Virgen del Carmen era. Miro el almanaque del Sagrado Corazón de Jesús colgado en la pared a los pies de mi cama y estamos en julio, a 25, día de Santiago Apóstol, año 1950, año del medio siglo.

    Recuerdo que de niñas mis hermanas y mis difuntos padres decían que yo vería el 2000, que yo era fuerte, alta, rubia, sana y que lo más seguro era que mi vida sobrepasara los 83 años. Las rubias viven más -decían-; y ya ven. ¿Qué pensarán ahora mis hermanas? Soy la más joven y voy a ser la primera en abandonar este mundo. Predecían que vería el final de un milenio y el comienzo de otro y estoy casi segura que de este mes no paso.

    No puedo más; me ahogo y no me quedan fuerzas ni para sostener el lápiz, y menos todavía para apretarlo y que pinte en la página de la libreta de las que he conseguido rellenar casi seis.

    Voy a dejarlo ya y sé que es para siempre; sin embargo, el susto me impide caligrafiar una frase final de despedida. Me desespero; ¿qué hago con esta libreta ahora? No tengo fuerzas para destruirla; a ver si viene Antonia mi vecina y se la doy para que la queme; no quisiera hacer sufrir más a mi familia. Qué desesperación; no consigo asumir lo irremediable. Tengo treinta y tres años... y me estoy muriendo.

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