| HISTORIA | ALJARANDA |
El Hospital de San Bartolomé de Tarifa, hoy, Residencia de Ancianos "San José" (II)
Jesús Terán Gil
El Ayuntamiento, por otra parte, se sacudía el bulto. Casi no queriendo saber nada de este Hospital. Se conoce que alguien se había dirigido a la Diputación Provincial o al Gobernador, denunciando que no le pagaban algunos débitos. Que al haberse aquel Organismo dirigido al municipio como así al gobernador en demanda de aclamación, éste, en sesión de 30 de junio de 1875, hace constar, contestando a Cádiz, que el Hospital de Tarifa se sostenía de rentas propias que consistían en varios censos de algunas fincas urbanas, todas ruinosas, y de diez láminas por valor de sus bienes desamortizados con un interés de 5.700 reales al semestre. Y que no siendo posible al Ayuntamiento el sostenimiento de esta casa, para evitar el escándalo, lo que supondría el cerrarla, funciona a partir de entonces con la garantía personal de los señores concejales que suplirían los gastos de sus bolsillos particulares hasta obtener el reintegro de la hacienda, cuando se formalizaran las cuentas.En el año 1828 se arrendó al Ejército la parte alta para los soldados de la guarnición, quedando lo que pudiéramos llamar Hospital Civil en la planta baja. El alquiler era de doscientos reales -diez duros- bastante barato si se tiene en cuenta que era la mejor planta del edificio. Pero más barato resultaba aún, por cuanto en el año 1829 estos mismos alquileres, de más de un año, no cesaban de ser reclamados por cuanto no los pagaban. Asimismo, se llegó a arrendar en cien reales mensuales una de sus salas, la de Jesús, para almacén de granos. E incluso se arrendó, a veces, para dar espectáculos, con la Tía Norica y el célebre Cristobalito con su perra.
Como es de suponer, la asistencia a esta Casa Hospital estaba reducida al mínimo. No había entonces religiosas, por supuesto. Estas vinieron después. Había allí un buen hombre: señó Manué -así se llamaba- que hacía de casero y de enfermero a la vez, más casero que enfermero. Y que ayudaba en su cometido a las enfermeras, que por ejemplo, en el año 1829, se llamaba Juana Carrasco, y que como estipendio gozaba del jornal de dos reales diarios. Precisamente en esa fecha, la Hermandad quiso premiar sus servicios, aumentando su soldada mensual en veinte reales más, con lo que la buena mujer comenzó entonces a percibir el respetable sueldo de cuatro duros al mes.
En verdad, el concepto que disfrutaba nuestro Hospital, por entonces, era de lo más deplorable que pueda darse. El pueblo, ante ello, exageraba descomunalmente el trato que allí se daba, que a decir verdad, tampoco sería tanto. Las gentes tomaban a chacota todo esto y la incultura de muchos hacía que se dijera que al que llegaba allí, en cuanto le daban una cuchará de la bebía negra o de la bebía de la caena, palmaba al instante.
Pero como se dice siempre: a grandes males, grandes remedios. Y fue precisamente que estos grandes males vinieran cabalgando con el cólera, ese azote epidémico de origen asiático y que sembró la desolación en España en el año 1885, para que la cosa benéfica en Tarifa tuviera arreglo. Ya en el año 1834 se había padecido el cólera morbo, que también sufrió Tarifa.
Tras declararse oficialmente la existencia de cólera en la vecina ciudad de Algeciras, a los muy pocos días, el 11 de enero de 1886, se da el primer caso en nuestra ciudad, dejando a todos convencidos de que teníamos por huésped al viajero del Ganjes.
De manera unánime, todos volvieron sus ojos donde siempre los vuelven los tarifeños: al Santuario de la Patrona, y la Virgen de la Luz vino a Tarifa para consuelo de sus hijos.
Sin pérdida de tiempo, el alcalde, don Luis Bermúdez, convoca Junta de Sanidad. Y se instaló una cámara de fumigación en la Calzada, en el local que hasta hace poco ocupó la Librería de Ruffo, y en la Plaza del Pan, junto a la Farmacia Central, el comerciante don Francisco Díaz Nuti, convirtió su establecimiento en una cocina económica, dando, por su cuenta, diariamente raciones de comidas a los más necesitados, que en aquellas fechas eran muchísimos. Y se constituyeron las rondas de vecinos que vigilaban los alrededores de la población.
Como delegado del Gobierno vino don Manuel Bernal, asimismo, enviados por el Gobierno, llegaron los médicos señores Alcázar y Pérez García, que vinieron estupendamente para echar una mano a los doctores locales don Pablo Gómez, don Fernando Llanos, don Juan García y don José Peláez Derqui. Asimismo, llegaron unos cuantos chinos -inmunes al cólera- que se encargaban de conducir y enterrar a los muertos.
El jueves 28 de enero del citado 1886, a las dos de la tarde, llegaba a Tarifa el Obispo don Vicente Calvo y Valero, acompañado del doctoral don Felix Soto y un familiar, quienes junto a las autoridades y público que lo esperaban, fueron a la parroquia mayor de San Mateo Apóstol, donde en sentida plática, el Prelado ofreció al Señor su vida, en beneficio de los hijos de Tarifa.
Espíritu activo y organizador, enseguida el Sr. Obispo se puso a disponer cuanto creía conveniente, en una casa de don Juan Alba, en el Reñidero de Gallos. Allí instaló un Hospital, pues el de la Misericordia o de San Bartolomé se encontraba en tal estado de abandono que se hacía imposible la hospitalización en él. La dirección de este improvisado hospital se la encargó al doctor Pérez García.
Pero a grandes males, grandes remedios. Tuvo que sufrirse la epidemia del cólera para que este Hospital fuese tomado en serio. Y fue nada más y nada menos que el propio Obispo, quien puso un gran empeño en el asunto, no descansando hasta ponerlo en marcha, tras recabar del Ayuntamiento tarifeño la cesión de la administración y cuidado de aquel llamado hospital. Y enseguida nos mandó a las Religiosas Misioneras de la Inmaculada Concepción.
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| Fachada de la Capilla de las Monjas. (Foto M. Rojas). |
El día de la Virgen del Carmen del año 1886, un pequeño falucho tarifeño se acercaba a la mitad del Estrecho para recoger del vapor «Joaquín Piélago», que entonces hacía el servicio de Cádiz a Algeciras, a unas cuantas religiosas que habían de desembarcar en el Foso, y que traían la misión de practicar la caridad por el amor a Dios. Y no hubo recibimiento, ni cohetes, ni música, ni nada. Las hermanas de la Inmaculada Concepción no tuvieron otro recibimiento que el del bueno del párroco, don Ignacio González, quien acompañado del dueño del falucho, don José Jiménez, les salió al encuentro a la mitad del camino.
Al frente de estas religiosas venía la madre Lourdes Vigo y Pascual, figurando entre ellas sor Purificación Mestre y Tortosa.
El edificio en sí, aunque malo y abandonado, era amplio, pues constaba entonces con la parte que después tuvo aquellas verjas tan características, siguiendo por toda la calle de la Cuna, donde tenía la fachada principal, hasta llegar a la calle de Guzmán el Bueno, en cuya esquina estaba entonces la capilla, que tenía su entrada por la dicha calle de la Cuna y su lateral derecho a lo largo de la calle de Guzmán el Bueno.
El fondo de la referida capilla daba a una casa propiedad de doña Luz Aguilar, que al ser adquirida, sirvió de emplazamiento a la nueva y actual iglesia. Comprada la casa colindante, por la parte de la calle hoy Madre Purificación, donde había un amplio café, se derribó y en su solar se levantó, de nueva planta, lo que hasta hace poco fue colegio
De acuerdo con el Obispo, se había creado una Junta para la vigilancia y dirección de las obras, constituida por don Marcos Núñez Núñez y don Manuel Derqui Dalmau. Llevados los trabajos con gran entusiasmo y colaboración de todos, el nuevo Hospital y Colegio pudo ser inaugurado en el mes de octubre, el día de Nuestra Señora del Rosario del año 1887, teniendo como dotación cuatro religiosas para la enseñanza y cuatro para el Hospital, que eran las siguientes: La Madre Javiera (superiora), sor María Lourdes, sor Bernardina, sor Bautista, sor Florencia, sor Inocencia, sor Melchora y sor Purificación. Se dice que no estando terminado el Colegio, mientras tanto, y de manera provisional, el colegio había sido trasladado a la subida de la Almedina, a una casa que cedió doña Dolores Terán.
Y como las monjitas no estaban conformes con lo conseguido, un hospital y un colegio, crearon el Asilo de Ancianos, convirtiéndose así en la única Casa de todo, el Instituto Religioso que ha tenido los tres ministerios: Colegio, Hospital y Asilo. Y al hablar de Asilo, hay que nombrar a doña Luz Muñoz y Orta, que tan espléndidamente contribuyó a crear todo esto. Por ello, nada más justo que se le diera su nombre a la antigua calle de la Cuna, calle ésta desaparecida al hacerse la reforma de transformación del patio exterior en Residencia de Ancianos.
Funcionando ya la Casa, en el año 1910, se hicieron en ella notables reformas y mejoras, obrándose nuevamente la capilla y llevándose a la misma la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, ya que la iglesia de Santiago amenazaba ruina. Más tarde, en 1929, la capilla del Hospital fue restaurada de nuevo. Esta vez muy en serio. Se instalaron nuevos altares costeados por familias tarifeñas. El altar mayor, construido en Barcelona, se debe a la familia de don José María Núñez Reynoso, y los seis de los laterales, dorados a fuego y construidos en Sevilla por la casa de don José Gil, fueron donados por otras tantas familias de la localidad. La obra de fábrica de la Capilla había sido ejecutada por la empresa constructora del puerto, Construcciones y Pavimentos, al frente de la que estaba en Tarifa don Ramón Fontanet.
Aportación personal muy valiosa fue la de don Lorenzo Jiménez González, gran artista local, cuyo arte está allí a la vista en muchos detalles.
Las lámparas o arañas que allí penden, las regaló la Casa Uralita, construidas de exprofeso y con material de dicha fabricación. El motivo de este regalo de los señores de Roviralta, fue precisamente el que la tubería del nuevo abastecimiento de aguas, entonces recién inaugurado, era de uralita. Y había sido Tarifa la primera que utilizó el citado producto en esta nueva clase de tuberías.
No se puede pasar por alto los bellos tapices que adornan los laterales, junto al altar mayor, y que son obra de aquella monja llamada Sor Natividad Comerma.
La bendición de la reformada Capilla constituyó un gran acontecimiento. Vino el Obispo de Cádiz, que a la sazón lo era don Marcial López Criado, un Obispo bastante abierto y buen andaluz, que en su decir, estaba muy agradecido a Tarifa de cuando un accidente de automóvil que le había ocurrido hacía años en nuestro término, -accidente trágico en el que murió el cura párroco de Medina Sidonia, que le acompañaba, y el Obispo sufrió la fractura de una pierna- y en cuyo lamentable caso Tarifa se había portado muy bien durante los días que aquí permaneció hospitalizado.
Eran las seis de la tarde del día 1 de octubre de 1929, cuando el referido Obispo llegó a San Mateo, acompañado por su familiar, el presbítero tarifeño don José Chico Vaello, siendo recibido por el Clero, Excmo. Ayuntamiento y demás autoridades, representaciones de las Hermandades y Cofradías, así como de numeroso público. A las ocho y media de la mañana del siguiente día, comenzó el ceremonial de bendición del nuevo templo. La primera misa celebrada fue oficiada por el Prelado, ayudado por los párrocos de Algeciras y Tarifa, señores Guerra y Gámez Coto; y los presbíteros señores Martínez y Chico.
Durante la misa actuó la orquesta dirigida por el profesor señor Acuña Campoy y que formaban los señores Villanueva Ruffo, Mira Jiménez y Acuña Rojas, y el coro estuvo compuesto por las jóvenes Luz Bermúdez, Inés Benítez, Teresa García Borruel, Mariana Marsset y Natividad Sáenz. Precisamente, Mariana Marsset ingresó en Religión en esta misma Orden.
Después de la bendición y del pontifical, en uno de los salones del Colegio, se sirvió un desayuno presidido por el Obispo, alcalde don Carlos Núñez Manso y el párroco de Algeciras señor Guerra. Y hubo canto a cargo de Paquita Estudillo Grosso y un discurso de salutación de Adriana Trujillo Zubéldia, así como la actuación de la orquesta dirigida por el señor Petisme Vilches.
Hoy día, tras constantes obras subvencionadas casi en su totalidad por la Junta de Andalucía, lo que fuera Hospital de San Bartolomé es una magnifica Residencia para los más mayores. Y allí, junto con el personal sanitario que atiende a estos mayores, siguen las religiosas de la Inmaculada Concepción, bajo la mirada del fundador de la Orden, arzobispo, don José Domingo Costa y Borras y de la creadora del Instituto, la Madre Alfonsa Cavín.
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