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Los musulmanes de Tarifa: vida cotidiana (II)
Manuel Liaño Rivera
No es extraño que el hamam, la adaptación musulmana de las termas de Roma, conociera en territorio árabe un notable esplendor. La gente mediana y modesta asistía a los baños públicos tanto en los pueblos como en las alquerías. Los baños públicos eran alquilados por los Alfolieros, los cuales tenían a su servicio un personal muy competente compuesto por masajistas y mozos de baños que cumplían diversas funciones. Un vendedor ofrecía a la entrada de los baños tierra de batán para lavarse el pelo, otro ofrecía en alquiler toallas y batas de baño y más allá un barbero ejercía su oficio previo alquiler al arrendatario.Se abría el baño a un vestíbulo bastante pequeño para que no se entretuviesen allí los asistentes. Este conducía a una sala en donde existían unas cabinas para desnudarse y un amplio guardarropas para dejar sus prendas. Desde allí se pasaba a una sala fría en cuyo centro había una alberca, que muy probablemente estuviera decorada con esculturas y columnas traídas de la cercana Baelo Claudia. De la sala fría se pasaba a la sala templada, como un intermedio de aquella a la caliente. La sala caliente consistía en una primera habitación en la que los bañistas se dejaban enjabonar en dos alcobas provistas de mastabas bancos de piedra y de una segunda habitación con una caldera de la que iban sacando el agua, a una temperatura altísima, en cubos de madera. Se alimentaba el fuego con estiércol, ya que era materia muy calorígena y el agua se transportaba al baño por medio de una noria fluvial.
Para la concentración tanto de temperatura como de vapor, los baños carecían de ventanas. La iluminación difusa se conseguía por medio de claraboyas cubiertas de vidrios de colores que con los rayos de sol tachonaban las paredes y el suelo con tonos vivísimos.
El alborotado griterío de los jóvenes, los advenedizos y los negociantes que utilizaban el baño como lugar idóneo para rematar su negociación; los golpes secos y escurridizos del masajista que cumplía su trabajo sobre el grueso cuerpo del comerciante; el resbalón de los zapatos de corcho del sirviente que pasaba ofreciendo toallas o una alboronía de aceite perfumado con que suavizar las fricciones; ... Más allá, en una recatada galería, tocaban su música sedante unos cuantos tañadores ciegos para que no les fuese dado contemplar los bellos cuerpos de las mujeres.
Pues como es fácil imaginar, eran las mujeres los clientes que más disfrutaban de los baños. Únicamente por las tardes les estaba permitido acudir. El personal femenino del hamam, a petición suya, les masajeaba, les depilaba, les peinaba, les pintaba los ojos y mejillas, les aplicaba la alheña en el pelo o en la planta de los pies y las palmas de las manos, les untaba el cuerpo con gruesos ungüentos o aceites aromosos de algalia o de almizcle o de ámbar y les vendían toda clase de productos para el cuidado de la piel. Era el hamam un centro de reunión y alterne femenino donde se podían encontrar pomos con aguas de olores diversos, arrebol, pinturas, lociones para fortalecer sus espesas y luengas cabelleras -orgullo de la mujer musulmana-, coloretes, alcandor, y todo tipo de afeites, ya para colorear, ya para blanquear, como la cascarilla o el jalbeque, ya para depilar las zonas más íntimas, a las cuales no era ajena la cal viva.
En todas las ciudades, aldeas o cortijadas existían las escuelas coránicas. Allí, un maestro, pagado por los padres de los alumnos, impartía la disciplina elemental en un modesto local con el suelo cubierto de esteras, reunía a los alumnos en círculo y fundamentalmente los orientaba hacia el Corán.
La finalidad era que los niños tuviesen una buena escritura, una buena dicción, recitaran correcta y armoniosamente el texto coránico y supieran marcar las pausas y los acentos para hablar. Esto iba precedido del estudio de fragmentos poéticos y epistolares, luego el alumno se acercaba al cálculo y había de aprender de corrido la gramática. Tales estudios previos facilitaban el del Corán y constituían un fundamento lógico y previo para pasar a una enseñanza más compleja.
Todo esto se recogía en el libro de Sibawayhi y, según los eruditos de entonces, no había mejores maestros que los marroquíes para impartir estas materias.
Para aprender a escribir copiaban los niños pasajes de las escrituras santas.
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La enseñanza superior, al principio, tenía lugar en la Gran Mezquita. También era privada. Ni el Sultán ni el estado participaban en su costo y en su dirección; su intervención única era garantizar la libertad. A la Mezquita acudían profesores de Oriente y de Occidente. Cualquiera que fuesen las materias que se trataran, la enseñanza era oral; primero leía el maestro en el Libro de las Tradiciones o en el de la materia que tocase, después obligaba a repetir a los alumnos y a copiar y a leer lo copiado, por lo que la memoria de los maestros, que se extendía hasta los signos de puntuación, debía de ser prodigiosa.
Para pagarse sus estudios, que podían prolongarse de cinco a quince años, los que carecían de medios propios debían ganarlos buscando un protector o mecenas u ocupándose como copistas de libros, escribientes de cartas o documentos o como sirvientes de una mezquita de barrio.
La duración de los cursos era variable; dependía de las materias, del tiempo que los profesores prolongasen su estancia y de las posibilidades del alumno. La asiduidad y la entrega de éstos se recompensaba con la entrega de una Iyata, una especie de certificado de licenciatura que permitía la enseñanza de tal o cuál obra concreta o de tal o cuál conjunto de materias.
Aparte de las bibliotecas oficiales, había buenos aficionados y numerosos coleccionistas de libros. A pesar de esto, y de las oportunidades que se tenían de estudiar aquí mismo y de consultar libros y archivos, era costumbre realizar un tradicional viaje a Oriente, ya para ampliar su instrucción y entrar en contacto con los grandes sabios, ya para difundir y enseñar sus propios conocimientos y adquirir brillo en el ambiente cultural más esplendoroso de la época.
En las Madrazas se estudiaban las siete lecciones coránicas y las tradiciones según se recogían en las grandes colecciones clásicas. Se daba preferencia a los escritos de Malik, el Imán de Medina.
El Derecho Musulmán se enseñaba a través de la difundida epístola de Ibn Aví-Sayd-al-Gayrawam.
Fuera de los muros, sin ningún vallado, junto a los caminos camperos que conducían a las puertas principales de las murallas, yacían los cementerios.
La fundación de un cementerio constituía un acto piadoso, grato a los ojos de Alá; los beneficios en la otra vida para el fundador eran como para el que edificaba una Mezquita o excavaba un pozo o reparaba un puente; es decir, el de un benefactor de la comunidad. Encargado del cuidado de ellos estaban el Cadí y el Almotacén; habían de demoler lo construido abusivamente en su área o evitar que se cometieran en ella actos impuros e inmorales. La denominación dependía del lugar en el que estaban o del nombre de sus fundadores o de algún santón o persona piadosa enterrada en ellos. A éstos se les tenía por patronos o protectores de las puertas más próximas y la gente pedía ser enterrada en su entorno para beneficiarse de su buena influencia espiritual.
Habría otro para extranjeros, en el arrabal, junto al río, a la altura de La Calzada. Y aparte de los generales, salpicados a extramuros, tenían otros más pequeños, algunos a intramuros -pocos- y otros muy alejados.
En pleno campo incluso, había capillas, siempre de planta cuadrada, abiertas por uno o por sus cuatro lados, cubiertas por unas cúpulas o un armazón de madera donde estaba enterrado un asceta o un venerable, que iba atrayendo otros enterramientos movidos por su santidad.
Los cementerios eran muy austeros. Los cadáveres eran enterrados de costado -lo que permitía hacer las fosas más estrechas y aprovechar mejor el terreno- con la cabeza al mediodía y el rostro hacia La Meca. Una piedra tosca y sin labrar señalaba la sepultura de los modestos. Tras el sepelio de una persona respetada o querida, se acostumbraba a ir a orar ante su sepultura los viernes.
La palabra barrio -hara- tenía en árabe un significado muy amplio. No sólo se llamaba así a extensas zonas de la ciudad, sino a lugares lejanos como alcarrias, cortijadas y pequeñas aldeas.
La Medina y los arrabales se formaban por una agrupación de barrios de desigual extensión a veces no más grande que una calle con puertas en sus extremos para cerrarse de noche. El arrabal era un barrio, o varios, fuera del núcleo de la Medina. Tras sus muros, los vecinos de cada barrio vivían con independencia. La gente se agrupaba en barrios y arrabales por sus creencias religiosas, como las juderías y mozaraberías. Por su lugar de origen: gomeres, bereberes, cenetes, etc. Por su comercio e industria: silleros, tintoreros, talabarteros, bordadores; incluso por la enfermedad -leprosos- o bien por su situación: el del Moral, el del Río, el del Zoquillo,...
Por ser ciudad fronteriza con el continente africano, Tarifa ha sido hollada por innumerables razas y tribus africanas y árabes: sirios, iraquíes, qurayseríes, omeyas, bereberes, almorávides y almohades. Junto a este conglomerado de razas y tribus se entrecruzaron otras minorías como los eslavos, venecianos, nubios, negros sudaneses y judíos; estos últimos, la comunidad más extensa después de la musulmana.
La Judería tarifeña, La Aljama o barrio judío, estaría limitada por el río y comprendería un dédalo de calles que hoy se corresponderían con la de San Francisco, Cantarillo, Carnicería, Santísima Trinidad; y Plazuelas como la de San Martín y El Perulero. Varios postigos en la muralla y dos puentes para atravesar el río ponían en comunicación la Aljama con la Medina musulmana.
Las casas de la Aljama apenas se diferenciaban de las de los barrios musulmanes salvo por la excepción del Mezuzá, el estuche colocado en las jambas de las puertas hebreas que contenían dos pasajes del Deuteronomio.
La vestimenta de ambas comunidades, asimismo, era parecida, pero con excepciones por ley. El judío debía llevar el bonete amarillo o una borla del mismo color, que siempre ha sido el de los judíos del Islam, y una campanilla en el cuello o en la escarcela para las mujeres. La prohibición de montar a caballo y de vestir ropas de seda provenía de considerarlos atributos de la nobleza musulmana. Su comercio alcanzó gran auge y su renombre como médicos también.
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La artesanía, el comercio y las actividades bancarias fueron los oficios más queridos por la raza judía.
Los judíos más destacados -conversos o no- (marranos), que residían en la España cristiana, en la corte musulmana sobresalían como administradores, físicos, consejeros, intendentes, intérpretes y adivinos.
Mientras que el Muzdamin era el jefe civil de la Aljama, el Rabino o Rabí era el jefe de la comunidad religiosa y encargado de la Sinagoga. El día sagrado de los judíos era el sábado, el Sabbat.
La sinagoga tarifeña no sería muy grande, pero sí amplia y luminosa. El Tabernáculo y el Almenar sobresalían en ella. Aquí y allí, inscripciones sobre los muros como: Oye Israel: Yahvé, nuestro Dios, es uno solo. Y un poco más abajo: Amarás a Yahvé tu dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza.
Como los musulmanes, los judíos acudían a la sinagoga para las oraciones de la mañana y de la tarde. Las mujeres solían acudir a las de la tarde. El judío, después de introducirse en el Miqué, que era un estanque de agua para la purificación, se colocaba el Talit o manto de ceremonia y sacando el Telfin-Lim o filacterías, estuches que contienen cuatro pasajes de La Torá, y después de colocárselos en el brazo y en la frente por medio de correas, recitaba las palabras del salmo de David:
Dichosos los que moran en tu casa
y Te alaban sin cesar.
Felices aquellos cuyas fuerzas vienen de Ti,
y tienen su corazón puesto en Tu Camino Santo
y Te alaban sin cesar.
Los niños hebreos eran circuncidados por el Mohel de la comunidad el cual recitaba las palabras contenidas en el Génesis:
-Y dijo dios a Abraham: "Tu, pues, guarda mi pacto y tu descendencia después de ti en la serie de sus generaciones. Este es mi pacto que hay que guardar entre Mi y vosotros y tu posterioridad después de ti; todo varón entre vosotros ha de ser circuncidado. Os circuncidareis la carne de vuestro prepucio; y esto será en señal del pacto entre Mi y vosotros."-
El pedazo de piel cortada era enterrado rápidamente en un cuenco de plata, bronce, latón o barro, eso sí, repleto de tierra de Israel. Luego, las bandejas de buñuelos, pastelillos de arroz y miel, rosquillas de queso y bollos de pasas y nueces corrían con profusión entre los invitados que habían acudido a celebrar el acto.
Las ceremonias de boda también tenían lugar en la sinagoga y éstas se celebraban bajo la Jupá, el velo sagrado, sostenido por cuatro parientes. Tras las oraciones, las siete vueltas de la novia alrededor del altar y la bendición del vino, el novio colocaba el anillo en el dedo índice de la novia para posteriormente romper la copa de cristal que les recordaba la fragilidad de la vida y la destrucción del Templo de Salomón. El clásico brindis hebreo ¡Le-Tayim! -¡Por las vidas!- daba por concluida la ceremonia.
Todos, cuando oían el ronco sonido del Shofar, cuerno que se tocaba en ciertas festividades, acudían presurosos a celebrarlas. El Sukkot o fiesta de los Tabernáculos, que conmemoraba la travesía de los israelitas por el desierto, se celebraba dando el Rabí siete vueltas en torno al altar con las ramas de sauce recién cortadas y después subía al Almenar para dirigirse a los congregados:
-Así dijo Moisés: "Celebrarás la fiesta de los Tabernáculos por siete días, una vez acabada la cosecha de tu era y de tu lugar. Y te regocijaras en tu fiesta, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, y también el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda que habitan en tus ciudades. Siete días celebrarán la fiesta en honor de Yahvé, tu Dios, en el lugar escogido por Yahvé; porque Yahvé tu Dios te bendecirá en todos tus productos y en todas las obras de tus manos. Entrégate por tanto a la alegría."-
También celebraban la Hanuká, que conmemoraba la purificación del templo tras la victoria de los macabeos sobre los celúcidas o el Yom Kippur, fiesta de la Expiación, en la que los judíos expían todos los pecados cometidos durante el año. Es la más importante del judaísmo.
Los niños se reunían en la escuela religiosa llamada Talmud-Torá y allí el Rabino de la comunidad les enseñaba La Torá, libro del Pentateuco en el que está escrito el código mosaico y la doctrina del judaísmo revelados en el Sinaí.
BIBLIOGRAFÍA
- GALA, A. Granada de los Nazaríes. Editorial Planeta
1992.
- MARTÍNEZ DE LEZEA, T. La Calle de la Judería. TTARTTALO Argitaletxea. Donostia.
Enero 1999.
- KELLER, W. Historia del pueblo judío. Editorial Omega, S.A. 1990.
- SUÁREZ FERNÁNDEZ, L. Judíos españoles en la Edad Media. Editorial Rialp 1980.
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