CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Las matuteras

José Araújo Balongo

    Matutera o estraperlista viene a significar lo mismo: persona que introduce géneros en una población eludiendo impuestos. Da igual que sea hombre o mujer; sin embargo, en esta zona del Campo de Gibraltar y allá por los años 40 y 50 de este siglo XX que está dando las boqueadas, las mujeres que se dedicaban a tal menester eran conocidas como matuteras; lo de estraperlista se aplicaba más bien a los hombres que hacían la misma función. El género introducido por unos y otras, que podían ser iguales o distintos, se denominaba «de estraperlo» (café de estraperlo, tabaco de estraperlo, penicilina de estraperlo...); el vocablo «matute» rara vez se usaba. Lo de contrabando o contrabandista significaba como una categoría de mayor altura y riesgo que precisaría de un estudio más profundo.

    Matuteras y estraperlistas siguen existiendo todavía en la comarca. Dos razones lo justifican: las fronteras de Gibraltar y Marruecos y la necesidad de buscarse la vida de alguna manera de quienes no encuentran otra salida. Acabemos con el paro, los contratos basura, los sueldos de miseria y las pensiones ridículas y cesará el trapicheo de las matuteras y los estraperlistas.

    El tema tiene injundia como para escribir un libro de ensayo; por ese motivo me limitaré a los años y las circunstancias que dije más arriba y a lo que el título de este relato indica, y, más concretamente, a las matuteras de Tarifa.

    No voy a dar ningún nombre ni me detendré en descripciones por las que pudieran ser identificada alguna; y no porque como alguien tal vez piense se trate de una vergüenza o un baldón haber sido matutera, sino precisamente por todo lo contrario, por el gran respeto que siento hacia aquellas mujeres, algunas ya desaparecidas, que en tiempos difíciles le plantaron cara a las dificultades y salían a jugársela cada día agudizando el ingenio para eludir que las cogieran los de la brigadilla o los «lechuzos», que las tenían fichadas y las esperaban por donde pensaban que podían entrar, con lo que eso suponía de confiscación del género y la multa por el doble de la mercancía incautada.

    Las matuteras que conocí, la mayoría de ellas, eran viudas; viudas de marineros, de arrieros, de camalos, de camareros y demás profesiones de las de pan para hoy y hambre para mañana. Estas mujeres no eran viejas aunque fueran viudas; serlo entonces con cuarenta años era casi normal en ciertas capas sociales, y a esa edad, algunas con una caterva de hijos, tenían que ganarse las habichuelas para la olla familiar del modo que fuera, aunque tuvieran que correr riesgos, malos modales y sufrir detenciones con multa aparejada. Jóvenes matuteras conocí también; muchachas huérfanas del mismo nivel social, madres solteras, hijas de la calle, guapísimas algunas, que se negaban a vender su belleza en el mercado del sexo o a ser querida oficial de algún baboso de los que piensan que todo tiene un precio.

    No se le puede llamar profesión, oficio, arte o empleo a la labor de las matuteras; de lo que no cabe duda es de que para eso no servía cualquiera. Lo primero que había que tener era valor; luego, maña, velocidad en las piernas a la hora de correr de los civiles y, sobre todo, entereza para sobreponerse después de la primera detención y la primera multa y seguir con el mismo trajín en el que unas veces se perdía y otras se ganaba.

    La mercancía de estraperlo que estas mujeres mercadeaban, además de escasa, porque el vehículo empleado era su propio cuerpo y algún bolso o espuerta en cada mano, no tenían mucho valor en el mercado, pero sí que eran de venta rápida y al contado porque cubrían necesidades básicas aunque fueran nocivas, como, por ejemplo, el tabaco, algo de lo que muchos hombres no podían prescindir y que si le hubieran dado a escoger entre un cuarterón de «El Cubanito» y el más exquisito manjar o la más suculenta olla, seguro que se decidían por la picadura seca de la planta verde que hace más de quinientos años nos trajo Colón de América. Una antigua canción de nuestro folklore ya avisaba de sus males: «Tiene la molinera / en su molino / la perdición del hombre: / tabaco y vino».

    El vino nunca escaseó en nuestra tierra; el tabaco, sí. Las elaboraciones de Tabacalera por aquel entonces se podían considerar infumables, tanto por la pésima calidad del tabaco como por lo defectuoso de su elaboración. Recuerdo una marca de cigarrillos liados que llevaba el pomposo nombre de «Extrafinos» y que vulgarmente se conocía como «mataquintos». Raro era el cigarrillo que no llevara un «tronco» dentro (tronco llamábamos a las astillas de madera), lo que hacía que se apagara constantemente, y si intentabas arrancarle la astilla corrías el riesgo de que se vaciara entero y te quedaras sin él. También había el tabaco picado para liar; la llamada «Picadura Selecta», a la que el fumador llamaba «paquete verde» por el color de la envoltura. Con la picadura se podía hacer una selección por medio del cernido, o sea, con un cedacillo fino se le quitaba el polvillo y con otro más basto los troncos, operación que necesariamente se tenía que realizar en lugar adecuado y pacientemente.

    Como además de malo, estaba racionado, el tabaco de estraperlo constituía la principal fuente de trapicheo para las matuteras y el género de más fácil venta y de menos dificultad de transporte. Los cuarterones de tabaco de picadura de Gibraltar se podían comprar en los carrillos, en las casas de las matuteras y en algunos otros sitios sin ningún problema y a gusto del consumidor, porque de aquel tabaco negro existían varias marcas y calidades, desde la suavidad aromática de «El Cubanito» al muy fuerte «Águila Verde», pasando por «La Medalla de Oro», «Montecristo» y algunas otras marcas de las que no recuerdo el nombre. Tabaco rubio apenas se fumaba por aquí dado su elevado precio, aunque quien pudiera pagarlo no encontraba inconveniente para hacerse con algunas cajetillas de «Four Aces» o «Graven A», procedentes también de Gibraltar.

    La matutera se levantaba muy temprano y procuraba coger para el desplazamiento a Algeciras o La Línea lo que entonces se llamaba «una combinación», es decir, que algún camionero de los que diariamente se desplazaban a dichas ciudades accedieran a llevarlas en la cabina o, si no había más remedio, incluso en la baca. El viaje podía ser gratuito o pagado, dependiendo de la mayor o menor generosidad del conductor del vehículo, aunque en honor a la verdad se tiene que reconocer que para el chófer era un compromiso el llevarlas o traerlas, sobre todo traerlas cuando venían cargadas, pues si lo paraban para cualquier control corría el peligro de ser considerado cómplice de la matutera. De modo que este tipo de transporte no resultaba tan fácil como a primera vista pudiera parecer.

    Si fallaba lo de «la combinación» no quedaba otra alternativa que la del «coche de la hora», también conocido como «la valenciana», curiosas formas de nombrar el autobús de Transportes Generales Comes, aunque, como casi todo en la vida, tiene su explicación. No sé a ciencia cierta, ni nadie me lo ha podido aclarar, si lo de «la hora» significaba que salía a unas determinadas horas en punto o si bien se refería a la duración del trayecto entre Tarifa y Algeciras, o viceversa, cuya duración en aquel tiempo, con aquellos autobuses y aquella carretera duraba eso: una hora. Lo de «la valenciana» si que lo tengo claro, confirmado por mis mayores y fácil de entender. La empresa de transportes que cubría el mismo trayecto antes que la de Comes, se llamaba así: La Valenciana. Y, claro, ya se sabe lo que nos cuesta a los andaluces cambiar la denominación de algo y superar la pereza de la costumbre. Por poner un ejemplo, todavía quedan personas que en cuestión de monedas nos hablan de reales o duros, es decir, aún no se entienden con la peseta cuando ya estamos a las puertas del euro.

    Creo que aclarado queda lo del riesgo seguro al regreso y del posible a la ida cuando el viaje se hacía en autobús. Abundando en ello, por si queda alguna duda, debo decir que la brigadilla de la guardia civil inspeccionaba en especial a los autobuses de línea regular, sobre todo a su llegada a Tarifa. Al pararse el autobús se situaban uno en la puerta de delante y otro en la de detrás, y, conforme el personal se bajaba, a la menor sospecha, hacían abrir y registraban los bolsos y espuertas, tarea prácticamente inútil porque ninguna matutera iba a traer a la vista el grueso del matute. A lo sumo portaban y mostraban una pequeña cantidad que no se penalizaba al ser considerada como para el consumo personal y que no excedía del kilo de café y un par de cuarterones de picadura. La mayor cantidad la llevaban en el cuerpo, bajo la ropa, entre refajos, pañolones y delantales convenientemente acondicionados. De todos modos y de cuando en cuando detenían a alguna y la llevaban al cuartel para ser registrada por la comadrona del benemérito cuerpo.

    La mejor manera de librarse de las detenciones y registros, o al menos de ponérselo más difícil a la brigadilla, consistía en que las dejaran apearse antes de llegar a la cuesta de Mojica para, desde allí, desparramarse por el campo y entrar en el pueblo por los lugares más insospechados. Carreras a campo abierto, carleando, dispersas, de aquellas matuteras de mi pueblo que día a día se la jugaban empleando el ingenio, venciendo al miedo y plantándole cara a la miseria.

    Imponía ver a algunas de aquellas mujeres detenidas entrando en el cuartel de la guardia civil; demacradas, sudorosas, angustiadas; unas llorando de tristeza por su mala suerte y otras llorando de rabia y de coraje; algunas, resignadas, estoicas, con los ojos secos y asumiendo las consecuencias del peligro al que se exponían. Sabían que a la cárcel no iban a ser llevadas y eso era lo importante; seguir en libertad para al día siguiente continuar con la misma tarea aventurera, expuestas otra vez a los mismos riesgos, al sobresalto, a las carreras con el corazón a doscientos latidos por minuto, seca la boca y la lengua fuera, alborotado el pelo en una huida que no era tal, sino una lucha denodada de vencer en una competición sin premio de medallero y sin honores de trofeo, a las que hoy, de las que queden, de las que se fueron, dedico el simbólico homenaje de este relato escrito desde la admiración, desde el reconocimiento y desde el sentimiento afectivo a aquellas matuteras de este pueblo mío, suyo y nuestro en el que dieron un ejemplo de inconmensurable valor y en el que se vieron obligadas a delinquir antes de claudicar y caer en los muchos pozos inmundos que la miseria de la tierra alberga y que la condición humana alimenta.

    Y para que las nuevas generaciones descendientes de aquellas mujeres, por si no lo saben, conozcan algo de la digna estirpe de la que proceden.

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