CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Del frangollo a la leche en polvo, la mantequilla y el queso americano

A mi amigo Joan/Juan Guerrero Luque, que me sugirió contara algo sobre el frangollo

José Araújo Balongo

    Este es el relato que escribo con título más largo de cuantos llevo publicados aquí. La razón que lo justifica no es otra que mi intención de contar un trozo de la pequeña historia de España tomando como base o -si se prefiere- argumento unos comestibles que marcaron una época en este pueblo del sur de la baja Andalucía; el más al sur de todos, el que mejor conozco y, si como dijo alguien, la patria verdadera son los recuerdos de la niñez, sin duda que Tarifa es mi única y verdadera patria.

    Debo comenzar, como es de ley, por el principio del título y del argumento, porque las jóvenes generaciones seguro que desconocen la clase de comestible a la que me refiero. Su nombre lo recoge el DRAE y lo define con nueve acepciones; la que más se acerca a lo que conocí y comí dice: "maíz triturado para cocerlo". Esa cosa era el frangollo. No se le podía llamar harina porque no es lo mismo triturar que moler, aquello no venía en polvo sino en partículas; un maíz rudimentariamente machacado que, visto de cerca, se notaba la mezcla de la trituración de la gramínea descompuesta en el blanco de su entraña, el amarillo pálido del exterior lateral del grano y el rojizo de la superficie densa y apretada de la mazorca.

    Ahora toca situarlo en la época. Otra vez tengo que referirme, le pese a quien le pese (qué culpa tengo yo de haber nacido aquí y entonces), a la terrible hambruna de los años cuarenta; los años de postguerra, de tierra quemada y campos sin cultivar; los años de la autarquía y el aislamiento; el tiempo de la España tal vez más negra de su historia, donde el pan de trigo era un lujo que se vendía de contrabando y sólo al alcance de quien pudiera pagarlo, precisamente cuando el pan constituía el elemento básico en la alimentación del pueblo y estaba racionado, como casi todo, desde los alimentos, al jabón o el tabaco; un tiempo miserable de desnutrición, hambre canina y enfermedades endémicas.

    Durante algunos años el pan de racionamiento se hacía con el frangollo, y a cada familia tocaba cien gramos por persona. Las piezas de aquel pan iban desde la de cien gramos a la de quinientos y de cien en cien, es decir, cinco formatos. Cada mañana, desde bien temprano, se formaban las colas en las panaderías. A mi familia le tocaba en la de Mangana, que estaba situada a mitad de la calle llamada entonces José Antonio y hoy calle Jerez, recuperado en los ochenta su primitivo nombre. El "colista" de mi familia fui yo, niño de pocos años pero el mayor de mis hermanos y que, por lógica necesidad, tenía que ayudarle a mi madre en los mandados antes de irme a la escuela.

    El pan de frangollo era un pan mal hecho; y no por falta de pericia de los panaderos, sino por la dificultad que supondría hacer la masa con aquella cosa que ni por asomo se asemejaba a la harina de trigo bien molida y pulverizada. Tan mal hecho estaba que no se podía cortar en rebanadas porque se desboronaba. Mi madre lo troceaba con las manos y nos daba a cada cual su parte, tasmiando que fueran lo más iguales posible y dejando para ella (¡Ay, las madres!) el trozo más chico. En el desayuno podíamos elegir entre migarlo en el café negro (que tampoco era café) o comérnoslo seco y a pellizcos apretados para que no se escapara ni la más mínima migaja. Comido en seco, había que salivearlo y masticarlo bien para que no nos raspara en el gaznate al tragarlo. Migado, se deshacía, y las partículas más livianas se quedaban flotando en la superficie del líquido enmascarando la negrura con un tono pajizo.

    Con el frangollo, además de pan, se podían hacer comidas de olla y cazuela; si no había olla o cazuela, en los cacharros de lata tan frecuentes por entonces en las cocinas de los pobres. Primero se hacía un cocimiento con agua y sal al que luego se le podía añadir como aderezo un chorreón de aceite y tropezones de pan frito, o bien leche y miel. Aquellas gachas con estos complementos tenían un sabor medianamente pasable, pero ¿quiénes disponían de aceite, pan, leche o miel? Volvemos a lo mismo; alimentos de lujo al alcance sólo de los pudientes que, como es lógico, no lo iban a malgastar mezclándolos con algo tan ordinario como el frangollo. De modo y manera que las gachas de frangollo en la casa del pobre se limitaban al cocimiento con agua y sal. La comida del necesitado, entonces, ahora y siempre, pero entonces y aquí, más, raramente constituía un deleite para el paladar; no era otra cosa que un modo de llenar el estómago con lo que fuera apoyándose en el dicho de que "lo que no mata, engorda", frase discutible si tenemos en cuenta que, según dice nuestro singular "Juanito", ese tarifeño tan popular y famoso que hasta hizo una película, su padre murió de una "pechá" de frangollo. Él lo dice con mucha gracia y cierto orgullo, presumiendo de que cuando mucha gente se moría de hambre, su padre murió harto.

    No sé precisar el tiempo que duró lo del frangollo; lo que sí sé es que fueron años. La cosa comenzó a mejorar en 1953 cuando la visita a España del presidente norteamericano Eisenhower y el célebre abrazo con Franco, dando con ello un respaldo al Régimen que, al mismo tiempo, produjo el efecto dominó del regreso de los embajadores europeos que habían abandonado nuestro país en 1948, dejándonos aislados de Europa y a lo que el Caudillo llamó "confabulación judeo-masónica". Eisenhower y Franco llegaron al acuerdo de la instalación de bases militares (conjuntas, se decía) en nuestro suelo a cambio de remediar en lo posible nuestras muchas carencias.

    Con anterioridad a 1953 vino a España el presidente argentino Juan Domingo Perón acompañado de su esposa Evita, una visita que alivió en algo la penuria española al anunciar (y cumplir) enviarnos trigo en abundancia y que ya nos permitió comer pan verdadero aunque fuera racionado. Hago este inciso antes de meterme de lleno en el final de lo que el título de este relato anuncia.

    La ayuda alimenticia norteamericana que de modo más visible y real pudo percibir el pueblo llano, humilde y pobre, fue la leche en polvo, la mantequilla y el queso, productos éstos vedados durante muchos años entre las capas sociales más necesitadas. Aquello de la leche pulverizada era una rareza para muchos y un descubrimiento para casi todos que, al principio, tomamos con cierta desconfianza. En nuestra ignorancia, no podíamos concebir que un líquido se transformase en polvo, pero lo cierto y verdad es que al diluirlo en agua tomaba la blancura de la leche, algo de su espesor y un sabor aproximado a la que salía del ordeñe de las vacas o las cabras. Con la mantequilla no había duda, con el queso tampoco, dado su consistencia y efecto inmediato en el paladar sin más condición que el de morderlo y masticarlo, si bien nos extrañaba el color amarillento y su blandura pastosa aunque agradable, parecida a la del queso de bola. Tengo que explicar a las generaciones posteriores que el conocimiento de la mía sobre el queso de bola fue mucho después a la del queso americano; de modo que la comparación que hago ahora no la podíamos hacer entonces; de ahí la extrañeza.

    Del reparto de la leche, mantequilla y queso, al menos en Tarifa, se ocupaba la iglesia; en San Mateo el padre Mainé y el padre Font en San Francisco. Más que un reparto directo y personalizado y tal vez con el fin de hacerlo más rápido, fácil y equitativo, se hacía en los Colegios Nacionales, Auxilio Social, Hospital de Caridad y algunas otras instituciones benéficas. De todos modos, siempre dejaban un remanente en las sacristías para el remedio inmediato a las necesidades de personas indigentes en casos extremos, porque, como es sabido, el hambre no tiene espera y protesta con gruñidos de estómago y retortijones de tripas.

    Me cuenta mi mujer que en el Colegio del Retiro, también conocido como Nuestra Señora de la Luz, a la hora del recreo les daban un vaso de aquella leche en polvo, previamente diluida en agua contenida en amplios recipientes de cinc, y un bollo de pan con manteca. En el Colegio de la Ranita, conocido también como Miguel de Cervantes, la cosa cambiaba algo; sólo daban leche y queso; el que quisiera pan debía traerlo de su casa. De estos repartos escribo lo que me cuentan; del primero me informa, como ya dije, mi mujer; del segundo, mi joven amigo (joven en comparación conmigo) Roberto Garrido, con el que acostumbro a charlar frecuentemente, si no está muy ocupado, mientras paladeo el excelente café que me prepara él en la cafetería de todas mis mañanas. Del porqué las niñas salían favorecidas con respecto a los niños no he encontrado a nadie que me lo explique. Lo que sí debo aclarar a las nuevas generaciones es que los colegios nacionales de entonces no eran mixtos; de modo que al del Retiro iban las niñas y al de la Ranita los niños. Los profesores también (no faltaba más) eran del mismo sexo que los alumnos. Estos repartos de leche y pan con manteca o leche y queso solo nada más se hacían en los colegios nacionales, y como yo pertenecía a la "enseñanza privada y mixta" que impartía doña Mariquita la de la Puerta de la Mar, no pude beneficiarme de aquel alivio para los estómagos; ni yo ni ninguno de los que asistíamos a aquellos colegios no oficiales y que más que una distinción era un baldón desde el punto de vista de los remilgados. Ocupar plaza del alumno en un colegio nacional se podía considerar un privilegio y al que se accedía mediante el ejercicio del vicio español más arraigado: la recomendación. De cualquier manera, no me arrepiento de haber sido alumno de doña María, aquella maestra solterona que murió hace pocos años aquí en Tarifa, en el Asilo de Ancianos, y a la que esta revista distinguió incorporándola a su galería de "Personajes Tarifeños"; una maestra tan anárquica en el modo de enseñar y tan eficaz en los resultados de su enseñanza. De ella aprendí mucho de lo poco que sé, y algo más importante todavía: la voluntad y el coraje necesarios que supo inculcarme para avanzar en la cultura en tiempos de adversidades.

    Y, como me pasa casi siempre, se me rebela el cerebro que manda órdenes a la mano que empuña el boli y me aparta del tema preconcebido para llevarme por los derroteros que él, el cerebro, quiere. Me puede la rebeldía del otro yo profundo que siempre me acompaña, afortunadamente.

    Aún sin profundizar lo que hubiera querido y condicionado por el límite de espacio, esbozado queda lo que el título indica y casi cumplida mi intención primera. Contar un trozo de la pequeña historia de este pueblo mío valiéndome de unos alimentos que marcaron una época. Así, también, creo quedará complacido mi amigo Joan/Juan Guerrero, un tarifeño catalanoandaluz de mi generación, nostálgico de su tierra, víctima propiciatoria del éxodo y el llanto, que encontró en Cataluña el modo de realizarse y el triunfo personal, como tantos otros andaluces que andan repartidos por toda la geografía y que, a pesar de todo, añoran y no olvidan su lugar de nacencia. Porque Andalucía, y me duele decirlo, a veces, se comporta como una mala madrastra que no merece el cariño que muchos de sus hijos lejanos o cercanos le profesan.

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