HISTORIA

ALJARANDA

Moros en la costa

Ángel J. Sáez Rodríguez

    Nuestra intensa dedicación en los últimos años al estudio de la defensa costera del litoral andaluz durante el imperio de los Austrias nos ha deparado notables sorpresas. También la constatación de diversas noticias que, aun habiendo sido escasamente expuestas y defendidas por escrito, forman parte del acervo cultural y la idiosincracia de nuestro pueblo. Entre las novedades se cuenta la posibilidad de desmentir algunas atribuciones cronológicas erróneas, consolidadas tanto por el criterio de autoridad ejercido por reconocidos estudiosos y transmisores de nuestro pasado como por la misma tradición. Véase, por ejemplo, el pretendido origen púnico o romano de la ya inexistente Torre de Sierra Carbonera, al norte de la bahía de Algeciras, propuesto por don Alonso Hernández del Portillo al comenzar el siglo XVII y seguido a pies juntillas por otros autores. Todavía se mantiene la leyenda, posible, aunque falta de demostración, consolidada por su continua reiteración. Recientemente hemos asistido a un debate en las páginas de la prensa comarcal acerca de la ubicación de su solar en el término municipal de San Roque o de La Línea de la Concepción, aspecto intrascendente cuando no se cuestionan previamente otros más productivos para el conocimiento científico como su cronología, autoría, tipología, evolución o avatares históricos. La documentación archivística refleja su existencia desde principios del siglo XVIII, mientras que la noticia de su funcionamiento se generaliza a partir del Gran Sitio de Gibraltar, hacia 1780 (1). Otras fuentes más discutibles nos permiten adelantar su existencia hasta el siglo XVI, como uno de los preciosos dibujos que Antón Van den Wyngaerde realiza del entorno de Gibraltar en 1567. Sin embargo sabemos que el edificio no estaba operativo, si es que aún existía, medio siglo después.

    En sentido inverso, se viene arrojando cierta luz sobre el origen medieval e islámico de diversas torres de los alrededores de Algeciras -las del Arroyo del Lobo, de los Adalides o de Botafuego- que conformarían un cinturón poblacional, defensivo y de avisos de su entorno más inmediato en el siglo XIV. Tales atribuciones coinciden con el desmentido de la paternidad hispanomusulmana de edificios de aspecto medieval, aunque construidos en el siglo XVI, como las torres del Rocadillo -Carteia, San Roque- o de Entre Ríos -Palmones, Los Barrios-. Vanos progresos, es cierto, si las conclusiones de tan arduas investigaciones quedan relegadas a la letra impresa y escasamente leída de nuestros medios de divulgación científicos, a tenor de lo que sigue publicándose a través de la prensa escrita o hablada y otros foros de amplia difusión. Comprensible panorama cuando un mal ampliamente extendido por estas latitudes es que los historiadores nos leemos poco los unos a los otros.

    Aludía al principio a ciertos hallazgos documentales que, al margen de los que suponen descubrimientos y novedades en relación a las opiniones más difundidas, constatan hipótesis ya demostradas con anterioridad. Varias cosas me han llamado siempre la atención de Tarifa, aparte de sus valores naturales y paisajísticos: la belleza de su fisonomía urbana, su recio castillo asomado al mar, las torres de su cerca y de sus costas. Todo ello como solitario espolón de una península que mira al sur, a un brazo de mar entre cuyas brumas habían de aparecer, tarde o temprano, velas amigas o enemigas que trajesen la prosperidad del comercio o la ruina de la guerra. El resuelto lema de su escudo, que conmina a sus habitantes a aguantar, sin arredrarse, las acometidas del enemigo, siempre superior en armas y hombres, resume una historia bien conocida, fuesen los gallardetes avistados de fenicios o romanos, bizantinos o árabes, castellanos, genoveses, merinidas o nazaríes, ya ondeasen sobre naves berberiscas, turcas, holandesas, francesas o inglesas.

La Almedina, en el flanco este del castillo de Tarifa. La cerca que la separaba del arrabal almohade-meriní (hoy casco urbano) no existía ya en el siglo XVII. (Foto del autor)

    Ese hálito milenario y heroico parece propio de leyenda, aunque el referido estudio de relatos muy fiables sobre los decadentes años de la monarquía hispánica del XVII confieren visos de insólita realidad a tal fama. En los años del mil quinientos y del mil seiscientos, España miraba al Atlántico y al Nuevo Mundo, de donde procedían las riquezas que desde tiempos del emperador Carlos I se dilapidaban en Europa contra el protestantismo, los nacionalismos norteños y el turco ante las murallas de Viena. La puerta de atrás del Imperio, el Mediterráneo, sostenía una lucha cruel, cotidiana, simple prolongación en el tiempo y en el espacio del conflicto fronterizo con el Islam que empezó en el Waddi-Lakka y continuó, con alternativas de uno u otro signo, en los montes de Covadonga o Roncesvalles, en los campos de Sagrajas, Alarcos, las Navas o el Salado, en las aguas de Lepanto, Trípoli o Argel. Eran los tiempos de las cabalgadas de moros que asolaron el litoral occidental y cristiano del Mare Nostrum, desde Marsella a Huelva, desde Córcega a Malta. La Cristiandad se parapetó tras una hilera siempre inacabada de almenaras, de ciudades muradas y de armadas de galeras que llevaron la guerra a la otra orilla. Enfrente, las costas del Magreb fueron igualmente devastadas, sus poblaciones saqueadas y sus habitantes esclavizados, refugiándose los más afortunados en plazas y puertos fortificados o subiendo a las montañas que podían mantenerlos a salvo. La crónica desde Europa hablaba de la permanente cruzada contra el Islam. Los caballeros de la Orden de Malta no eran sino el brazo firme y justiciero de Dios que sometía al infiel norteafricano en una guerra justa. Las operaciones de represalia financiadas por los gremios valencianos o las razzias de la armada española no eran sino un pagar con la misma moneda al agresor, labor siempre comprensible y justa para doblegar al sarraceno.

    En este planteamiento maniqueo del asunto, pretendo referirme a la soledad de Tarifa, sus murallas y sus gentes, en el cotidiano toma y daca del ataque del corso turco y berberisco en las plácidas noches veraniegas. En invierno no solían menudear los ataques. El tiempo desfavorable hacía difícil la navegación en el Estrecho. Su travesía podía convertirse en una trampa mortal que hiciese zozobrar las frágiles embarcaciones o acabase con ellas estrelladas contra arrecifes y acantilados. Era, además, el momento adecuado para sacarlas a tierra, repararlas, calafatearlas y disponerlas para las más seguras operaciones estivales. Por esa razón, el concejo tarifeño -como era costumbre en otros lugares- sostenía a los vigías de sus torres sólo desde la primavera a octubre, fiando su salvaguardia al inclemente levante en los meses invernales. Después, con viento favorable y la mar calma, la travesía desde Berbería era rutina brevemente despachada, aunque el botín que esperase en las costas andaluzas a los audaces navegantes norteafricanos fuese de poca enjundia. Los campesinos del litoral se recogían al atardecer tras las recias murallas de la ciudad y sólo unos pocos subsistían pésimamente en pobres cortijadas, en recónditos parajes muy distantes de la población. Escasa presa podía hacerse en unos campos yermos por el persistente levante y escasamente poblados, donde se habían perdido antiguas rutas comerciales para buscar un más seguro discurrir por las tierras del interior de Andalucía. Para colmo, desde que el prudente Felipe II impulsase de forma decidida la construcción de torres de vigilancia en el litoral mediterráneo de sus reinos, el peligro de la arribada a las costas cristianas contaba con el riesgo añadido de ser descubiertos por sus atalayas. Éstos se recogían en el interior de las almenaras, impidiendo con la retirada de la escala de cuerda ser sorprendidos por el atacante. Además, cualquier movimiento sospechoso en la costa era comunicado a la población más próxima bien por la elevación de ahumadas o llamaradas, bien por el envío del mensaje por un atajador o guardia a caballo. En el primer caso, la alerta era general, tanto para la gente de tierra como para los propios berberiscos, que sabiéndose descubiertos podían emprender una prudente retirada. De la otra forma, los atacantes podían convertirse en atacados, quedando la incursión convertida en escabechina a manos de los ciudadanos en armas.

    Entre la ensenada del Tolmo y el cabo de Gracia median más de treinta kilómetros del litoral más próximo a África, el más asequible para las sencillas embarcaciones que, como cárabos y falúas, practicaban el corso más raquítico. Poco tenían que ver con las acciones de flotas numerosas como las que arrasaron Gibraltar o periódicamente ponían en jaque a levantinos, baleares e italianos, fuesen peninsulares o isleños. Cualquier desembarco hostil en tan amplio frente costero había de ser atendido en exclusiva por los tarifeños, ya que Algeciras no existía, Vejer, Castellar o Jimena se encontraban muy distantes y Gibraltar debía hacer frente a las agresiones en similar espacio litoral, desde Punta Acebuche a los confines occidentales del Reino de Granada. Y digo tarifeños porque la guarnición militar de la ciudad era habitualmente escasa o nula hasta la pérdida de Gibraltar, reducida a lo sumo a unos pocos soldados bajo el mando del alcaide tenente del castillo por encargo de su propietario. Por tanto, la defensa correspondía a los vecinos.

    A la alerta de torreros y atajadores se respondía con el rebato en la ciudad. Los varones acudían con sus propias armas para atender la necesidad que se presentase. Nada que ver con las turbamultas del populacho armado con hoces y horquillas que pudiera sugerir el recuerdo de ¡Fuenteovejuna, todos a una! o ¡A la Bastilla! En absoluto. Todo muy profesional, según un guión previsto, ensayado y visto realizar muchas veces, desde la primera infancia, por los abuelos, los padres, los hermanos mayores. Los vecinos, a pie o a caballo, se encuadraban en unidades preestablecidas. Iban dotados de arcabuces y mosquetes, de propiedad particular, en sustitución de las antiguas ballestas; asimismo, picas, espadas, pistolas, dagas... La población padeció siempre situación deficitaria de armas a pesar de su estratégica situación. Se reclamaban al rey las armas o el dinero con que adquirirlas, alcanzándose en ocasiones la respuesta esperada. En 1598 se satisfizo la petición realizada a Felipe II 15 meses antes, al recibirse un envío de 200 arcabuces y 100 mosquetes (2). El capitán a guerra disponía la distribución de las fuerzas entre quienes habían de partir para combatir la cabalgada enemiga y los que permanecerían al cuidado de la ciudad, siempre cauteloso ante el temor de que se tratase de alguna argucia para asaltar ésta, una vez descuidada su defensa.

    Tarifa fue lugar recio en el medievo, pero el progreso constante de la pirobalística y los escasos fondos destinados para la adecuación de sus murallas a los nuevos requisitos de la guerra la habían hecho perder su antiguo poderío. Ya en la segunda mitad del siglo XVI don Luis Bravo de Laguna consideraba su castillo un lugar flaco, a pesar de sus diez buenas piezas de artillería -entre ellas una gran culebrina de 65 quintales (3)-, que cubrían sus fondeaderos y la isla.

    El ingeniero Tiburcio Espanochi venía encargándose de la remodelación de las fortificaciones de Gibraltar desde al menos 1587, en sustitución de Bautista Antonelli y, como éste, tratando de llevar a cabo algunos de los proyectos elaborados por El Fratino (4). Hacia el final de su vida militar, efectúa un reconocimiento del estado de la defensa de Tarifa, en 1603, por encargo del Duque de Medina Sidonia. Su informe ratifica la sensación de desolación que asalta al lector que revisa el estado de las defensas del litoral andaluz en esos años, con las murallas de las ciudades casi desmanteladas, los baluartes reducidos a ambiciosos proyectos, las almenaras construidas con mucho esfuerzo y carentes de torreros y artillería. Señala el ingeniero respecto a Tarifa: Su cerca es á la antigua con torreoncillos á trechos harto ruin fabrica en partes arruinada, y que no se puede rondar y en algunas los vecinos con sus casas arrimadas empiden el paso, y en otras como estan reparadas de nuebo con muralla muy delgada, no se puede pasar por encima, hay tambien algunos pedazos de barvacana por de fuera, que casi se igualan con la propia muralla, de manera que con quatro maderos se podria desde la dicha barvacana subir a la muralla, y para mayor flaqueza, hay por estas partes unos padrastos muy perjudiciales, que descubren la muralla y gran parte de las casas, y calles que me espanto como enemigos no la saquean cada momento (5).

    La muralla medieval no había sido reforzada, ni mucho menos transformada de acuerdo a las modernas tendencias de fortificación, de forma que, como hoy, constaba de muros verticales -sin el talud que iba imponiéndose en estas fechas- reforzados con torres de flanqueo, sin rastro de baluarte alguno. Además, seguía en parte arruinada, con el adarve y el paso de ronda interrumpidos. La barbacana medieval (6) había dejado de ser complemento defensivo para convertirse en aliado de quien quisiera asaltar la plaza, ya que podía servir tanto de refugio para el asaltante como de punto de partida para alcanzar la muralla, cuya altura igualaba a tramos, por encontrarse ésta parcialmente destruida. Los padrastos que dominan la cerca por el este completan un paisaje poco propicio para que desde la ciudad se pudiese afrontar con garantías de éxito el ataque decidido de cualquier enemigo.

La ensenada de Valdevaqueros y Punta Paloma desde el terrado de la Torre de la Peña. (Foto del autor)

    El documento continúa con ciertas consideraciones respecto a otros aspectos que afectan a la defensa de la población: el arroyo que la atraviesa, cerrado con rejas de maderos mal hechos y podridos por donde se tiene la entrada libre por el enemigo a pie llano y con facilidad; la muralla de la Medina y la Aljaranda inadecuadas para rechazar un ataque que hubiese superado la cerca principal, con casas de vecinos arrimadas por dentro y fuera della; la inconveniente altura de algunas torres de la cerca, que habría que desmochar hasta el piso de la demas muralla y terraplenarlos para que puedan estar arcabuceros en ellos. La artillería del castillo era inútil.

    En 1616 permanecía en similar estado. Aunque el recinto amurallado seguía tan maltrecho como lo vieron Bravo de Laguna y Espanochi, la nueva noticia señala que su castillo, para no haber artilleria, es de alguna defensa, tiene en él cuatro ó cinco pecezuelas chiquillas en el suelo y otras dos piezas, la una medio reventada (7). Consideramos lo positivo de la apreciación más como resultado de la brevedad del espacio que el informante dedica a la ciudad que a cambio alguno de la situación antes expuesta.

    Este estado de cosas había de perdurar durante larguísimo tiempo, llegándose a plantear la destrucción parcial de la fortaleza califal en 1627. La idea, que por fortuna no prosperó, será abordada con detenimiento en otra ocasión. Sirva el dislate como ejemplo de que la falta de recursos debía suplirse con el derroche de valor de los ciudadanos. En nuestro caso, el desmantelamiento de los muros del castillo que lindan con la población había de enardecer el ánimo de los tarifeños en la defensa de la cerca, su primer y último reducto defensivo.

    Señalemos, en otro orden de cosas, que la población de Tarifa habíase estancado en esta época. Su carácter fronterizo e inseguro no constituía acicate alguno para el atractivo de nuevos habitantes, circunstancia agravada por las grandes mortandades de la época, como la epidemia de peste de fines del siglo XVI. Un censo elaborado entre 1533 y 1534 asigna a Tarifa 613 vecinos, mientras que otro de 1587 contabiliza ya un millar (8), cifras equivalentes, respectivamente, a 2.750 y 4.500 habitantes. De acuerdo con la serie anterior, Bravo de Laguna informa en 1577 de 900 casas -4.000 pobladores- (9). En 1603 la ciudad contaba con 800 vecinos (10) y, en 1688, con mil (11). Apenas ningún cambio en cien años.

    Al análisis del dato cuantitativo debe añadirse el cualitativo, para poder confirmar el citado síntoma de estabilización poblacional. Cuando el Comendador de los Hornos realizó un alarde en la ciudad en 1577, pudo comprobar la importancia de su gente de guerra. Eran entonces 54 jinetes, 170 arcabuceros, 108 ballesteros y 48 piqueros, aparte de otros que no estaban en ese momento presentes en Tarifa (12). Veinticinco años después, los caballeros -todavía la más selecta y resolutiva fuerza militar de la época- no pasaban de la treintena. Nada había mejorado.

    Alcanzado este punto, hemos de aludir a una interesante referencia documental de las que citaba como tópicos constantemente comprobados. Escribe Espanochi en 1603, a la vista de los jinetes tarifeños, que es contento el ver la presteza con que se aperciben con sus lanzas a la gineta, y van donde entienden haber Moros desembarcados haciendo cada día muy buenas suertes, de manera que andan los corsarios muy temerosos de la gente de Tarifa (13). No son sino garrochistas, caballeros muy versados en el manejo de la lanza que habrían de protagonizar muchos episodios bélicos en esta desconocida y desconcertante guerra. Mucho después, estos hábiles lanceros campogibraltareños tendrían ocasión de refrendar su fama en los campos de Bailén, a las órdenes del general Castaños, contribuyendo a la derrota del considerado invencible ejército napoleónico. La monta a la gineta llegó a España con las unidades de caballería norteafricana que combatieron durante siglos en al-Andalus (14). Unos estribos muy cortos obligaban a mantener recogidas las piernas, mejorando la maniobrabilidad de jinete y cabalgadura. Un armamento y defensas muy livianos completaban el cuadro de una caballería ligera muy veloz y ágil, capaz de hostigar y retirarse con rapidez frente al modo de combatir de los caballeros cristianos, muy pesados, que confiaban su suerte al éxito de cargas frontales prácticamente imparables. Los castellanos tuvieron que aprender la técnica enemiga, aplicándola con acierto en lo sucesivo. De aquella caballería ligera quedó en nuestra tierra este modo de montar, que tan efectivo se mostraría para combatir las cabalgadas berberiscas.

    Haciendo honor a la merecida fama de feroces guerreros, los tarifeños partían sigilosamente para emboscar al enemigo si era el caso o con la misma diligencia y premura si se habían elevado almenaras de aviso y habían tañido jaleosamente las campanas de la ciudad. Alguna parte de su belicoso entusiasmo debía derivar de la ocasión de hacer una presa entre los atacantes, que con frecuencia los cazadores se veían cazados por milicias que poco tenían que ver con los temerosos campesinos y arrieros que cabía apresar en estas pobres tierras.

    En efecto, la pieza humana era la que de mayor valor podían cobrar los corsarios, como venía haciéndose desde tiempo inmemorial. Exactamente la misma interpretación que del asunto hacían los españoles. Los baños norteafricanos y los activos mercados de esclavos a los que suministraron su triste mercancía durante siglos tuvieron su correlato en el sur de Europa, donde el trato se hacía con musulmanes arrancados de su tierra. Cada berberisco cautivado era una codiciada presa, que podía alcanzar una jugosa cotización en una sociedad en la que la supervivencia diaria era el mayor reto al que cada mañana habían de enfrentarse sus integrantes. Algunos datos útiles para facilitar el análisis pueden ser el precio de una esclava en 1644, que ascendía a 110 ducados (15) -una cabra costaba un ducado- o el de un mulato, color membrillo cocho por el que se pagó, hacia el año 1700, 1.100 reales de vellón (16). Una arroba de vino costaba 14 reales en esta fecha.

    Las autoridades españolas establecieron premios en metálico para quienes capturasen enemigos desembarcados. En el litoral granadino se premiaba a principios del siglo XVI con ocho mil maravedíes cada moro entregado a la justicia, sin que tuviesen que satisfacer el quinto correspondiente a la Corona (17). Para que el dato sea significativo añadiremos que desde la organización del sistema de vigilancia costera por los Reyes Católicos hasta los primeros años del reinado de Carlos I, los torreros cobraban 25 maravedís diarios y los atajadores, que habían de aportar su propio caballo, 35 (18).

    Los desembarcos berberiscos podían ocurrir tanto en la costa mediterránea como en la atlántica del litoral tarifeño. Aunque el sector occidental era más proclive a los ataques porque se encontraba más poblado y transitado y soportaba mayor actividad económica, en dirección a Gibraltar también menudearon por el atractivo de Guadalmesí y El Tolmo. Para poder acudir con presteza a los rebatos, era imprescindible mantener en buen estado de uso los puentes sobre los numerosos ríos y arroyos que el concejo de la ciudad construía y reparaba.

Viviendas adosadas al muro noroeste del castillo califal. Esta disposición junto a la cerca urbana restaba capacidad defensiva a la fortaleza. (Foto del autor)

    El problema era especialmente importante entre Los Lances y Valdevaqueros, donde desaguan los ríos de la Vega, Salado, Jara y del Valle, además de otros arroyos, peligrosamente crecidos con las lluvias de la primavera y el otoño. La ciudad atendía frecuentemente su mantenimiento, al igual que había de ocuparse de la dotación del personal de vigilancia de las torres. Señala el acta capitular del 11 de enero de 1717: para la Guarda y Custodia destas costas se necesita de diez torreros, dos para cada torre de las del termino desta ciudad, y los guardas de mata y atajadores que ha sido costumbre poner; como también que se les pague a los que ha havido hasta aqui lo que se les tubiere deviendo; y asimismo que se componga el puente grande de palo [...] (19).

    Retomando nuestro relato, ya para terminar, la operación defensiva tendría final insospechado. Los corsarios berberiscos, habitualmente reducidos en número, sólo harían frente a la fuerza atacante si no les quedase otra alternativa. Los tarifeños tratarían de sorprenderlos, si las circunstancias eran propicias, capturando con vida a cuantos fuese posible. De trabarse combate frontal, arcabuces y mosquetes mermarían las filas enemigas, respaldando el ataque de los jinetes. Con frecuencia no podrían sino contemplar desde la orilla cómo la embarcación enemiga se alejaba, conduciendo hacia el más terrible de los destinos al campesino, pescador o arriero que, para su desgracia, hubiese sido capturado en la cabalgada.

NOTAS

(1) De ese año es el Plano perspectiva de la Bahía de Gibraltar, Servicio Geográfico del Ejército, Doctº. Nº. 994, donde figura la Vigía de Carbonera con la letra G. Numerosos mapas posteriores la ubican acertadamente tanto en posición como en nombre. Figura correctamente, por ejemplo, en S.G.E., Doctº. Nº. 1009, Bahía de Algeciras y Gibraltar, año 1786. Sin embargo, no la hemos localizado en la cartografía anterior a la fecha propuesta. Así, no figura en S.G.E., Doctº. Nº. 971, del año 1722, ni en S.G.E., Doctº. Nº. 985, de 1756. La profusa documentación textual que informa sobre las almenaras costeras a partir de los últimos años del siglo XV no mencionan nunca su existencia, por lo que resulta difícil de admitir su existencia previa al siglo XVIII.
(2) Archivo Municipal de Tarifa, Actas Capitulares, Vol. 1, 10-10-1597, fol. 52 y 30-01-1598, fol. 88v., correspondientes respectivamente a la petición y al envío del armamento.
(3) Archivo General de Simancas, Mar y Tierra, Legajo 83-48, Relacion Para su Mª. de lo que Luis Bravo De Lagunas a echo desde la Villa de Tarifa hasta Puerto Real, año 1577, fol. 1.
(4) CALDERÓN BENJUMEA, J. A., Ingenieros militares en Gibraltar en los siglos XVI y XVII, Córdoba, 1978, pág. 159.
(5) A.G.S., M. T., Leg. 622, Costa de Gibraltar, ESPANOCHI, T., Reconocimiento de Gibraltar y Tarifa fechos por Tiburcio Espanochi en 20 de julio de 1603 (Ap. APARICI GARCÍA, José, Colección de Documentos Copiados en el Archivo de Simancas como datos para escribir la historia del Cuerpo de Ingenieros, por el Coronel Don..., S.H.M., Siglo XVII, Primera Sección, Fortificación, Tomo XXIII, Sign. 1-4-7, Costa de Andalucía, Gibraltar y Cádiz, fols. 5 y 5v.).
(6) TORREMOCHA SILVA, A. y SÁEZ RODRÍGUEZ, Á. J., Fortificaciones islámicas en la orilla norte del Estrecho, Actas del I Congreso Internacional Fortificaciones en al-Andalus, Algeciras, 1998, pág. 193.
(7) A.G.S., M. T., Legajo 819, año 1618 (Ap. APARICI GARCÍA, J., Op. Cit., 25 de mayo de 1618, fol. 464v. y 465).
(8) CORZO SÁNCHEZ, R. (coord.), Tarifa, en Historia de los pueblos de la Provincia de Cádiz, Diputación Provincial de Cádiz,, Jaén, 1984, págs. 69-71.
(9) A.G.S., M. T., Legajo 83-48, Relacion Para su Mª. de lo que Luis Bravo De Lagunas a echo desde la Villa de Tarifa hasta Puerto Real, año 1577, fol. 1 v. La versión de este documento en SANCHO DE SOPRANIS, H., El viaje de Luis Bravo de Laguna y su proyecto de fortificación de las costas occidentales de Andalucía de Gibraltar a Ayamonte, Instituto de Estudios Africanos, año X, vol. 42, 1957, pág. 59, señala 200 casas en vez de las 900 del texto original.
(10) A.G.S., M. T., Leg. 622, Costa de Gibraltar, ESPANOCHI, T., Reconocimiento de Gibraltar y Tarifa... (Ap. APARICI GARCÍA, J., Op. Cit., fol. 5).
(11) CONCEPCIÓN, fray Gerónimo de la, Emporio del Orbe, Cádiz Ilustrada, Amsterdam, 1690, págs. 529-530.
(12) A.G.S., M. T., Legajo 83-48, Relacion Para su Mª. de lo que Luis Bravo De Lagunas a echo desde la Villa de Tarifa hasta Puerto Real, año 1577, fol. 2.
(13) A.G.S., M. T., Leg. 622, Costa de Gibraltar, ESPANOCHI, T., Reconocimiento de Gibraltar y Tarifa fechos por Tiburcio Espanochi en 20 de julio de 1603 (Ap. APARICI GARCÍA, J., Op. Cit., fol. 5).
(14) TORREMOCHA SILVA, A., Algeciras entre la Cristiandad y el Islam, Instituto de Estudios Campogibraltareños, Vol. 4, Algeciras, 1994, págs. 162 y ss.
(15) SANZ TRELLES, A., Catálogo de protocolos notariales de Gibraltar y su Campo (1522-1713) en el Archivo Histórico Provincial de Cádiz, Instituto de Estudios Campogibraltareños, Vol. 10, Algeciras, 1998, pág. 52, Doctº. Nº. 166.
(16) SARRIÁ MUÑOZ, A., Tarifa a comienzos del siglo XVIII. Una sociedad conflictiva en la encrucijada de Gibraltar, Málaga, 1996, pág.146, citando el Archivo de Protocolos Notariales de Algeciras, Sección Tarifa, notario don Antonio Chico Alemás, 1700-1705, fols. 512-513. Véase también OCAÑA TORRES, Mario, Apuntes sobre la trata de esclavos en el Campo de Gibraltar en el siglo XVIII, Almoraima, Vol. 3, Algeciras, 1990, págs. 19 y ss.
(17) Archivo Municipal de Málaga, Provisiones, VII, fol. 126v., 23-10-1514, citado en GÁMIR SANDOVAL, A., Las fortificaciones costeras del Reino de Granada al occidente de la ciudad de Málaga hasta el Campo de Gibraltar, Miscelánea de estudios árabes y hebraicos, Vol. IX, Universidad de Granada, 1960, pág. 153.
(18) A.A., Leg. 582, Instrucción de Su Majestad para la guarda de la costa, fols. 17-17v., transcrito en GÁMIR SANDOVAL, A., Organización de la defensa de la costa del reino de Granada, Granada, 1943, págs. 69 y 70, en la edición comentada por BAREA FERRER, J. L., Colección Archivum, Vol. 7, Universidad de Granada, 1988.
(19) A.M.T., Actas Capitulares, Vol. 18, 11-01-1717, fol. 279. Respecto al mismo tema, véase CRIADO ATALAYA, F. J., Las relaciones entre el municipio de Tarifa y la Corona durante el reinado de Carlos II, Almoraima, Vol. 18, Algeciras, 1997, págs. 30 y 31.

[ Volver al Índice ]