CREACIÓN LITERARIA

ALJARANDA

Don José "El Gordo"

José Araújo Balongo

    Era natural de San Fernando (Cádiz), apasionado del toreo y uno de los mejores jugadores de billar que he conocido. Sus carambolas a tres y cuatro bandas, las de fantasía, su elegante facilidad para el retroceso y los lujos, hacían de él un consumado maestro sólo comparable a mi tío Joaquín Muñoz Natera, fino estilista que ejercía su magisterio billarístico muy de tarde en tarde sobre el verde tapete de la mesa para mayores del Casino Tarifeño.

    Maestro de escuela por libre, titulado pero no titular como maestro nacional, gozó de justa fama en su profesión y varias generaciones de tarifeños pasaron por su escuela con cierto aprovechamiento. La primera escuela que le recuerdo estaba situada en la Plazuela del Viento; después se instaló por el Retiro, en los terrenos que hoy ocupa la Casa del Mar. También, y sólo para mayores aventajados, estudiantes de Comercio y aprendices de mecanografía en su mayor parte, se instaló en la calle de La Luz en los altos de un patio enfrente a la señorial casa de los Núñez, donde daba clases en horario de tarde y noche, más de noche que de tarde y en dos tandas para que pudieran asistir los alumnos que ya estaban trabajando.

    Se llamaba José Sánchez García. Lo de "El Gordo" no debe considerarse un apodo o mal nombre, sino como la constatación de una evidencia. De estatura media, debía sobrepasar en más de diez los cien kilos, su papada y morrillo rebosaban generosamente por el cuello de la camisa, y las carnes las tenía bien repartidas sobre la poderosa osamente de un cuerpo proporcionado al peso que debía soportar.

    Fui alumno suyo tardío, y en principio, sólo para aprender mecanografía. Ya estaba yo trabajando en enero de 1950 desde el día primero cuando me apunté en su escuela o academia de la Plazuela del Viento. La clase no tenía más ventilación ni iluminación natural que la de la puerta de entrada, a la que se llegaba subiendo dos altos escalones. Entrando, en el ángulo de la derecha, un pequeño fogoncillo le servía como cocina y una habitación, contigua a la escuela aunque incomunicada, de dormitorio.

    Pertenecí al grupo de los de tarde y noche porque, como ya dije, estaba trabajando y mi jornada terminaba ni se sabia cuándo. Lo de las ocho horas diarias y las cuarenta y ocho semanales (los sábados también eran días laborables) figuraban nada más en los papeles. Recuerdo semanas en verano de más de cien horas reales de trabajo sin cobrar deshoras ni doble jornada los domingos. Pero esa es otra historia.

    Mis clases de mecanografía, oficialmente, debían durar media hora, pero si quedaban máquinas libres y nadie esperando. Don José me dejaba el tiempo que quisiera. Recuerdo que practicaba con el Método Caballero en una "Yost", de fabricación inglesa, que tenía la particularidad de no necesitar cinta. Los tipos de las teclas descansaban sobre una especia de tampón entintado y disponía de un complicado proceso mecánico de llegada al papel y regreso a su posición inicial. En aquella peculiar máquina de escribir aprendí lo que de mecanografía sé y me sirvió luego para ser trasladado desde el taller de hojalatería a la oficina de la fábrica de conservas de pescado donde trabajaba.

    Presumía Don José de sus dotes y conocimientos en el arte del toreo y su ídolo no era ni más ni menos que su paisano Rafael Ortega, un torero que se distinguía en la llamada suerte suprema por sus certeras y fulminantes estocadas ya fuera recibiendo, al volapié o a paso de banderillas cuando el toro no se cuadraba. Por su habilidad para tumbar los toros sin puntilla, en el mundillo taurino se le conocía con el sobrenombre de "El Rey de Espadas".

    Como su paisano el torero era más joven que él, contaba Don José de cómo influyeron en el éxito de Ortega sus consejos iniciales sobre la colocación ante el toro, el vaciado de las embestidas y los remates de las tandas de derechazos o naturales. Aseguraba que el modo tan difícil de matar se lo había enseñado él, y hacia demostraciones prácticas (claro, que sin toro) de la manera que había que citar y colocarse para recibir, el modo de marcar los tres tiempos en la ejecución del volapié o el tipo de regate a emplear cuando no había más remedio que recurrir al paso de banderillas. Estas lecciones de tauromaquia nos las daba al final de las clases y a petición nuestra. Era tanta su amenidad y gracia que disfrutábamos escuchándolo y hasta con cierta complicidad le jaleábamos y aplaudíamos a rabiar en sus escorzos, desplantes, remates y simulacros prácticos. Ver aquella impresionante y voluminosa humanidad realizando pinturerías toreras era de lo más cómico que puede darse; él, que lo sabía, porque de tonto no tenía nada, más exageraba las posturitas y las gesticulaciones. Aquella forma de divertirse y divertirnos contrastaba con la seriedad solemne de los de su gremio por entonces. Esto no quiere decir que no le respetáramos, al contrario; cuando acababa la broma y ejercía de maestro de escuela se transformaba en un hombre tan serio, exigente y eficaz como el que más.


Foto cedida por Alfonso Iglesias.

    También jugábamos al fútbol, pequeños partidos de media hora o así. Lo hacíamos antes de entrar en clase cuando el tiempo acompañaba en la zona terriza de la plazuela que da a La Caleta (terriza entonces, claro). Formábamos dos equipos echando a pie el modo de formalizarlos con el objeto de que estuviera lo más equilibrada posible cada formación. Don José participaba en los partidos y siempre jugaba de defensa central. Tenerlo de compañero suponía una ventaja, de contrario un martirio. Su presencia por delante del portero cuando uno atacaba imponía. La única manera de evitarlo, e incluso de desequilibrarlo, era entrando por las bandas y cogerlo de espaldas por la dificultad que tenía, dada su corpulencia y sobrepeso, para revolverse. De esta manera le hicimos dar más de un guarrajazo. Ver a aquel hombretón sudoroso y resoplante tendido sobre el polvo formaba parte del espectáculo. Exageraba la lesión y pedía ayuda aguantando la risa y fingiendo preocupación. Cuando lográbamos ponerle en pie, él daba por terminado el partido sacudiéndose por delante y sacudiéndolo nosotros por detrás.

    Ya dentro de la escuela venía la segunda parte: la crónica del partido. Cada cual en su sitio y él frente a nosotros, daba rienda suelta a su imaginación y nos narraba las incidencias del encuentro empleando un lenguaje cervantino. Aquellas narraciones en tan impropio estilo literario nos hacían revolcarnos de risa, y cuanto más nos reíamos más depuraba él su estilo llamándonos "follones y malandrines" y reclamando para curar sus heridas el "bálsamo de Fierabrás", que así denominaba al tarro de "Floid" que usaba para después del afeitado y que estaba sobre una repisa de la minicocina junto a un salero y una vinagrera.

    Don José se había ganado una merecida fama de buen comilón. Bien es verdad que los tiempos no eran propicios en abundancias ni exquisiteces gastronómicas; pero aún así, como era solterón, vivía solo, vestía sin grandes lujos, no se le conocían vicios gastosos y trabajaba mucho, supongo que la mayor parte de lo que ganaba se lo gastaba en comida. Incluso podía permitirse el lujo de comer jamón, algo inimaginable para muchos de nosotros. Lo del jamón de Don José y el ritual de su consumo precisan un punto y aparte.

    Ya anteriormente dejé constancia del emplazamiento y situación de la minicocina a la entrada de la clase de la Plazuela del Viento. Pues bien; en el techo y en una viga perpendicular al fogoncillo, había atornillada una pequeña carrucha por donde pasaba la cuerda a cuyo extremo superior se amarraba la pata del jamón, el cual, apetecible y ostentoso, elevado y lejos del alcance de la mano, parecía desafiarnos haciéndosenos la boca agua. El otro extremo de la cuerda permanecía amarrado a un cáncamo y con el suficiente sobrante para facilitar el movimiento de arriada e izado del exquisito manjar. Cuando a Don José se le abría el apetito, soltaba la cuerda del cáncamo y, serio, solemne, lo hacia descender muy despacito mientras nosotros, sus alumnos, a voz en grito, entonábamos (o desentonábamos, más bien) las marciales notas del himno nacional. Con la misma prosopopeya se repetía el rito cuando, después de cortadas unas lonchas, era izado de nuevo a su lugar de origen. Luego venía lo de "Don José; deme usted un cachito". Aquel buen hombre ya había dispuesto en el plato una minúsculas y casi transparentes laminitas que iba depositando sobre la punta de nuestras lenguas a la manera que los curas nos daban la comunión aconsejándonos que pusiéramos especial cuidado en remascarlo bien en evitación de un posible atragantamiento.

    Tan singular, dicharachero y simpático maestro, calculo que ejerció en Tarifa durante veintimuchos años. Todos los que tuvimos la suerte de tratarle, rememoramos tantas y tantas anécdotas referidas a él y su particular manera de atraernos y hacerse querer. Fue una persona de las que dejan huella y a la que se recuerda con la sonrisa en los labios.

    Don José murió de una cosa mala a los sesenta y pocos años. Fue operado en Cádiz, pareció que se recuperaba, volvió a recaer y acabó sus días en San Fernando, su patria chica. En la memoria de muchos tarifeños permanece el recuerdo de este personaje, antiguo maestro de escuela que, entre otras muchas cosas, nos enseñó (por lo menos a mi) a reír a carcajadas con el desenfado de su buen humor. Valga este corto relato de algunas de sus "hazañas" como sincero y merecido homenaje a un hombre bueno.

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