| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
Contestación de «Z Punto»
José Araújo Balongo
Quiero referirme al relato de José Araújo Balongo titulado La Z como pretexto, publicado en Aljaranda, año VIII, núm. 28, primer trimestre, marzo 1998.
Soy suscriptor de la revista desde el número cero, vengo leyendo todos tus relatos y conservando los ejemplares para encuadernarlos algún día. Mentiría si te dijera que mi interés en su conservación se deba a lo que tú escribes. Incluso creo que tus escritos desentonan en una publicación que declara ser de Estudios Tarifeños y en la que colaboran prestigiosas firmas de renombrados investigadores. Sin embargo, y dejando bien claro lo del desentono, no soy capaz de mutilar una revista porque te admita como colaborador e incluso como miembro de su consejo de redacción. Sus razones tendrán aunque yo no las comprenda ni las comparta.
Reconocer que te referías a mí fue fácil, pues aunque es verdad que das pocas pistas a tus lectores, muy tonto tendría que ser yo para no identificar a Z, como mi alter ego por los detalles que das al describirme y el relato que haces de ciertos lances. De todos modos no has conseguido totalmente tu propósito - si verdaderamente era ese tu propósito - porque más de uno me preguntó si Z y yo éramos una misma persona. Naturalmente lo negué, pero no te hagas ilusiones si piensas que lo hice por respeto a tu intención - vuelvo a decir si verdaderamente era esa tu intención -, sino por deferencia a terceras personas, muy dignas, a las que pueden dañar tu peculiar manera de interpretar mis actos, porque aunque la opinión es libre, la prudencia aconseja ser comedido en las calificaciones.
Es cierto que pertenecemos a la misma generación; en lo que te equivocas es al decir que soy mayor que tú. Guardo unas recordatorias de nuestra primera comunión (de la de los dos), fechadas el 18 de mayo de 1944, en la que queda constancia de nuestra edad de entonces: siete años. De modo que no presumas de ser más joven - o menos viejo - porque la diferencia sólo puede ser de meses, a favor o en contra, según se mire, de uno de los dos. El que conserve la recordatoria tuya se debe a que apareció un día entre los papeles que dejó mi madre al morir y nunca destruiré nada de lo que mi madre guardara.
Me da exactamente igual el que eligieras la letra Z para bautizarme, como dices, escoltada - adjetivo también de tu cosecha - por un punto para evitar confusiones, aunque presiento que alguna intervención del subconsciente hizo que te decidieras por la última letra del abecedario para nombrar a una persona que seguramente ocupa el último lugar de tu aprecio. En mi caso y hacia ti no hay aprecio ni desprecio, sólo indiferencia.
Del aspecto físico mejor no hablemos. Nunca me creí guapo y siempre consideré más importante el contenido que el continente. Si tuve éxito entre las muchachas no se me podrá achacar como culpa; algo verían en mí que, al parecer, despertaron tu envidia. Y el que me gustara el baile y lo hiciera medianamente bien, te aseguro que jamás presumí de ello, lo que sospecho es que aún no has digerido el que te ganara en una final de tangos y valses de la caseta Educación y Descanso en una muy lejana feria de un año que no recuerdo. Tal vez mi aquella aceptable disposición para el baile (no me atrevo a emplear las palabras habilidad o arte), hizo que me relacionara con varias muchachas, pero sin ninguna de esas pretensiones de escarceos y perversidades que me atribuyes. Al final me casé con la mujer que quise y con la que llevo 33 años casado. Si es feliz o no conmigo deberías preguntárselo a ella; lo que sí puedo decirte es que el cielo no se gana por aguantar a un hombre; son necesarias otras virtudes en las que para nada interviene el amor o el desamor platónico o carnal (Te supongo riéndote al leer la última parrafada conociendo tu incredulidad. Qué eres finalmente ¿ateo, o agnóstico, que queda más fino?). Por el respeto que me merece ella, no tú, me abstengo de opinar sobre tu esposa y de sus sentimientos hacia ti.
Dices que tratas de no dejarte llevar por la antipatía a la hora de juzgarme. Creo que no lo has conseguido; es más, intuyo que ni siquiera lo has intentado; si bien, de manera diplomática y con cierto estilo literario, que te reconozco, pretendes asumir el papel de virtuoso en una contienda dialéctica que sólo tú has provocado. Porque, vamos a ver, ¿a cuento de qué pretendes juzgarme? ¿Quién coño te crees que eres? Déjame en paz y vive tu vida sin ocuparte de la mía. Si quieres lucirte literariamente a mi costa, en mal sitio has puesto la era. Así que, en adelante, búscate otro tema menos comprometido porque por ese camino no se va a ninguna parte. Te lo advierto, y el que avisa no es traidor.
![]() |
Tu orgullo exagerado te pone al descubierto cuando dices que correspondes al rechazo con el desprecio. La desconfianza te hace ver fantasmas por todas partes y confundes el desprecio con el odio, ese odio reservón y solapado, producto del resentimiento que te embarga y no te deja vivir. ¿ De qué te quejas hoy? Teniendo en cuenta de dónde procedes no deberías quejarte de adonde has llegado. Aunque no pretendo darte ninguna lección, sí quiero recordarte aquella frase de Rabindranath Tagore que dice: Si lloras porque no puedes mirar al sol, las lágrimas no te dejaran ver las estrellas. Seguro que la conoces; seguro también que no la has asimilado.
En ningún momento he sentido sensación de rechazo hacia nadie, ni siquiera hacia ti. Tampoco he notado que alguien me rechazara, ni siquiera tú aunque así lo confieses. Debo ser un despistado, o acaso uno de esos a los que se refería la máxima de José María Pemán: Piensa bien aunque no aciertes, contradiciendo la otra más populachera de Piensa mal y acertarás. En cualquier caso, entre mis muchos defectos, no aparecen ni el odio ni el desprecio en mis vitales sensaciones.
Citas una canción de Carlos Gardel para decir que nos estamos haciendo viejo. No es mi caso; todavía no me siento cuesta abajo en la rodada; si tú te sientes así, es tu problema, no el mío. Todo es relativo y en muchas ocasiones, nada tiene que ver la vejez con la edad. Picasso decía que a ser joven se aprende con los años, así que ya ves. Lo que pasa es que hay quien nace viejo, y no creo equivocarme al pensar que este es tu caso y lo más triste, tu desgracia. Ser viejo de nacimiento y vivir muchos años es peor que morir joven, así que aplica te el cuento aunque para ti ya no haya remedio ni pueda servirte de consuelo.
Me sorprende y me causa risa el final de tu relato. Pretender a estas alturas un acercamieno entre tú y yo me parece de lo más insensato, y confiar en el azar para que se produzca, una estupidez. La solución intermedia que apuntas de padrinazgos por parte de terceras personas y la serie de condiciones que exiges colman mi capacidad de asombro y me hace sospechar que no estás bien de la cabeza. No eres tan mayor como para estar chocheando ni tan joven como para ser un inconsciente. ¿ En qué siglo piensas que estamos para hablar de duelos a primera sangre? Ya sé que lo dices en sentido figurado, pero aún así podías haber elegido un símil distinto.
Mira, José; ¿para que vamos a engañarnos? Al final de lo que llevo escrito y después de leído tu relato, me parece que sería tomar un camino equivocado. Pretender ahora un acercamiento en nuestras relaciones no conduciría a nada positivo porque tenemos un modo muy diferente de interpretar las circunstancias de nuestras vidas en el tiempo que nos ha tocado vivir. Nacimos en una España en guerra y, como todas las guerras y muy en especial las civiles, heredamos un país destrozado que había que reconstruir desde los cimientos sin rencores ni odio. No fue posible eliminar el odio y el rencor, pero hemos reconstruido España. Nosotros (tú también), con sacrificios, con renuncias, con privaciones, lo hemos conseguido. Yo siento el orgullo de haber participado en la tarea.
Sin embargo no todos participamos del mismo orgullo. A ti se te nota demasiado el llamémosle inconformismo por llamarlo de manera suave. Eres una persona que escribes en un diario, en esta revista, creo que también en otra y no sé si te expresas en algún otro medio de comunicación más. Sé que te lee bastante gente, yo entre ellos, y a veces, en el círculo de personas con las que trato, la mayoría, como es natural, amigos míos y que también te leen, comentamos tus escritos. Solemos coincidir en que no lo haces mal aun que se te vea el plumero; porque se te ve, José; no trates de ocultarlo. Eres, como suele decirse, un hombre negativo. Ofendes muchas veces y eso es malo, sobre todo para ti mismo. Porque la vida hay que tomársela con un cierto grado de prudencia sin que por ello tenga que renunciarse a la personalidad de cada uno ni a su pensamiento. El trato entre personas debe ser arbitrado por el respeto y adornado por la tolerancia. En fin, inevitablemente cada quién es cada cuál y cada cuál es cada quién.
Y termino pidiéndote un favor. Puesto que sin nombrarme te referías a mí en el citado relato, lo que me impide poder ejercer el derecho de réplica, te ruego que, olvidando por esta vez tu falta de generosidad, me cedas tu espacio en las páginas de la revista donde queden reflejadas estas líneas que ahora escribo. Si tal deseo mío no dependiera de ti, espero traslades mi ruego a quien corresponda. En caso contrario tendría que pensar que me tienes miedo en una confrontación dialéctica que yo no he buscado, pero como me doy por aludido y muchos sospechan, no sin razón y aunque yo lo niegue, que te refieres a mi persona, creo que me asiste la razón en lo que pido, sobre todo teniendo en cuenta que en tus generalidades ofendes a muchas más personas a las que tampoco nombras. Creo atenderás mi ruego, que se produce como consecuencia de tu relato. El que no seas generoso nada tiene que ver con que te comportes como un caballero.
Por la transcripción, el firmante del relato La Z como pretexto y
este de ahora, dándote que es copia literal del manuscrito dirigido a él y que obra en
su poder.
[ Volver al Índice ]