| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
A Tomasa la conocí de muy niño y ya era vieja. Vieja de las de entonces, de edad indefinida, que lo mismo podía tener 50 años que 80. Una de esas viejas de pañolón, mantoncillo, delantal, falda, faltriquera, refajo y combinación; algo así como la doña Rogelia de Mari Carmen y sus muñecos con menos nariz pero igual de gruñona. Viuda de Fabián y madre de Esteban vivía con el hijo en un patio de la Huerta Nueva del Barrio Afuera, cerca de donde hoy está situada una exposición de muebles y donde antes, por aquella fecha, había un tintero de redes de artes de cerco para traíñas. Tanto el patio como el tintero ocupaban una pequeña parte del extenso llano por donde transcurrieron mis correrías infantiles, las cuales alternaba con las de la Playa de Los Lances, más frecuentes por la cercanía con mi casa y porque siempre preferí la mar al campo.
Tomasa y su hijo ocupaban una habitación medianeja y una cocina chiquitísima; tan chica era que sólo cabía una persona. La habitación, en cambio, no estaba mal, aunque teniendo en cuenta que allí tenían que dormir los dos, ella en una destartalada cama de hierro y él en un jergoncillo de paja colocado sobre tres cajones a lo largo, poco espacio quedaba para desenvolverse, y menos aún por la cantidad de tiestos inservibles la mayoría que se apilaban sin orden ni concierto, de manera que el suelo casi no se veía, y lo poco que se veía se adivinaba por debajo de la mugre que lo cubría que sería de los clásicos ladrillos rasposos y colorados donde se entrepetaba la mierda y que, para sacarla, había que procurarse arena fina de la playa, aljofifa de saco basto y un buen chupón de palmito de los que abundaban por el palmar de La Luz. Con estos tres ayudantes, más agua, energía en los brazos y habilidad en el manejo, conseguían aquellas pobres mujeres de mi niñez limpiar los suelos.
De esta mujer tengo muchos recuerdos porque diariamente compraba en la tienda de mi tía Rafaela Balongo, que estaba frente por frente al antiguo cuartel de la guardia civil, en la calle Batalla del Salado del ya mentado Barrio Afuera. El negocio de mi tía no era gran cosa aunque vendía de casi todo durante todos los días del año y a cualquier hora del día o de la noche, pero eran malos tiempos, y, más que al contado, las ventas eran al fiado, de manera que circulaban en mayor medida las libretas de los apuntes y el lápiz de tinta que los billetes o monedas por el importe de lo vendido. Tomasa pertenecía al grupo de las libreteras y, cada mañana, bien temprano, aparecía por la tienda llamando a Faela, que de este modo la nombraba, tal vez por la dificultad que tenía para pronunciar la erre, no sé si porque en su boca no quedaba ni un diente o por un problema de frenillo. Lo que sí recuerdo bien es que su voz tenía un tonillo entre quejoso y protestón, intercalando algún sonoro suspiro entre frase y frase.
Mi tía la entendía bien y la atendía con paciencia. Los precios de lo que fuera a comprar había que decirselos en reales; si la compra era de menos valor que el real tenía que recurrirse entoncés a la perra gorda y la perra chica, que, para aquellos que no lo sepan, la gorda equivalía a diez céntimos de pesetas y la chica a cinco. Por ejempío: un taco de jabón verde, seis reales; una carterilla de azafrán, una perra gorda; un sobrecito de orégano, tres perras chicas. Más de uno se preguntará cómo con unos precios tan bajos había tanta necesidad como se cuenta. A ellos les digo que los años cuarenta y cincuenta, en España, no se pueden contar si no se han vivido. Podría extenderme explicando o tratando de explicar los muy diversos grados de miseria de un tiempo ignominioso en la pequeña historia de un pueblo como Tarifa, la Tarifa del viento como castigo y del hambre como bandera.
Yo conocía la casa de Tomasa porque muchas tardes me mandaba mi padre a buscar al hijo, el cual se encargaba de molerle el café que necesitaba para cada día en la taberna que poseía en la esquina donde confluyen las calles Batalla del Salado y Arapiles, justo enfrente de la antigua oficina del ya reseñado cuartel de la guardia civil. De más sabía yo que estaría durmiendo la borrachera del medio día, porque el vino y los licores eran su pasión y sabia como ganarlo para satisfacerla. Aquel pobre perturbado se había especializado en hacer el avión a cuerpo limpio; quiero decir con su propio cuerpo. Extendía los brazos, calentaba motores con los labios a modo de pejorrilla y lentamente primero, más acelerado después, corría que se las pelaba carretera adelante (entonces circulaban pocos coches), planeaba, giraba y volvía al mismo punto de partida aterrizando de panza y dejando un reguero de hilachas, algún botón de la chaqueta o la camisa y, a veces, hasta alguna túrdiga de su pellejo. Antes de realizar toda la maniobra exigía garcelína para el parato, y siempre había alguien dispuesto a pagarle un buen lingotazo de vino de Chiclana, de aguardiente perruno o de ginebra de caneco, que en esto consistía la exigencia de Estebita (o de Fabián, que también por este nombre era conocido porque así se llamó su padre).
Despertar a Esteban entre su madre y yo nos costaba Dios y ayuda. Ella lo zarandeaba gritándole y yo intentaba que se incorporara levantándole la cabeza, pero mis fuerzas eran pocas y grande su letargo. Cuando al fin conseguíamos que se sentase en el filo del jergón había que ayudarle a calzarse y amarrarse las alpargatas; luego, tambaleándose, se encasquetaba la boina y nos íbamos camino de la taberna. Para que se despejara, mi padre le daba un vaso de café negro con un buen chorreón de ron negro también de esta manera se ponía a punto y comenzaba su operación diaria de la molienda en la que invertía algo así como una hora.
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La buena de Tomasa no era tonta; muy simple si,
pero de tonta nada. Por lo que me contaron, el marido debió ser sobre chispa más o menos
como ella. Esta circunstancia pudo influir en que les naciera un hijo como Estebita,
aunque de eso nunca se sabe el porqué. En su simpleza, Tomasa no admitía ni reconocía
la anormalidad del hijo, de manera que cogía unos berrinches tremendos cuando veía que
alguien se burlaba de él. A más de un gracioso correteó con falda, refajo y
demás prendas recogidas en una mano y una piedra en la otra con la peor de las
intenciones. Y es que, como hay gente para todo y la crueldad es algo inherente a ciertas
personas, algunos disfrutaban haciéndoles perrerías, y la madre, de natural pacífica,
se convertía en una fiera defendiendo a Estebita. Después se encaraba con el hijo
diciéndole:
-¡Pos no parece, hijo de mi sentraña, que eres tonto! ¿De qué vivía tan singular
pareja? Pues casi de milagro, como muchos entonces sin ser simples ni tontos. Limosnas no
pedían, pero siempre había alguien que los socorriera de un modo u otro o cambio de
algún servicio o sin nada a cambio. Aquí quiero resaltar, porque es de justicia hacerlo,
la generosidad de los marineros tarifeños en aquellos años terribles de la hambruna.
Ningún necesitado que fuera a la lonja de pescado antes de que empezara la subasta se iba
sin un puñado de sardinas, jureles, caballas, boquerones o lo que fuera. Aquellos hombres
rudos, gritones, bebedores, maldicientes, curtidos por los vientos y el salitre, forjados
en la lucha contra los elementos en el duro faenar de la pesca artesana, mostraban tener
más corazón y mejores sentimientos que muchos de los buenos oficiales de limosna fija
los sábados a los reconocidos pobres de solemnidad, demostrando con ello que nadie conoce
mejor la miseria que los que la padecen, porque aquellos marineros también pasaban malas
rachas cuando las levanteras, los vendavales, el viento de abajo, el poniente largo con
mar de fondo les impedían faenar, sobre todo en invierno, durante semanas y semanas
interminables y desesperantes de hambre y retortijones en la boca del estómago de
familias enteras.
Yo no recuerdo cuál fue el final de Tomasa y de su hijo Estebita. Tampoco he tratado de averiguarlo, ¿para qué? Se fueron simplemente de este mundo en una fecha indeterminada como nos hemos de ir todos más tarde o más temprano. Sin embargo ahora escribo de Tomasa porque en mi memoria dejó recuerdos, unos recuerdos que se entrelazaban con el de su hijo, con la taberna de mi padre, con la tienda de mi tía Rafaela, con el Barrio Afuera de cuando tenía seis calles, con mis juegos infantiles... Malos tiempos, si, muy malos, pero precisamente en tiempos así es cuando puede valorarse en su justa medida la grandeza y la miseria de la condición humana, que suelen ir juntas pero no revueltas; un tiempo pasado del que todavía quedamos algunos supervivientes dispuestos a dar testimonio de él, tanto para lo bueno como para lo malo. Cada cual cuenta la feria según le fue en ella, porque en los malos tiempos es cuando se producen las grandes contradicciones, las notables diferencias; tiempos de Tú lo tienes todo, yo no tengo nada...
Volviendo a Tomasa, a los recuerdos que se encadenan
y para finalizar, rebobino en mi memoria y me parece oír de nuevo su voz, con su tonillo
entre quejoso y protestón intercalado de suspiros, llamando a mi tía que andaría por la
cocina contigua a la tienda:
- ¡Faela!... ¡Faela!, ¿Dónde estás?
- Ya voy Tomasa.
- Ah, ya estás aquí. Mira, que venía a ver si me puedes dar dos reales de café y dos
reales de azúcar. Dinero no tengo pero traigo la libreta. Y otra cosa; María, mi vecina,
me ha encargado un cuarto de kilo de lentejas. Aquí traigo el dinero.
- Tomasa, ¿quién es tu vecina Maria? En tu patio no vive ninguna María.
- Chiquilla, ¡María!... La hija del municipal, que es viudo él.
- Pero Tomasa, esa muchacha se llama Eustaquia.
- Ay hija, sí, es verdad, pero yo le digo María porque me cuesta mucho trabajo decir Estolaquia.
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