| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
Allá por los años cincuenta, probablemente sobre el cincuenta y dos o el cincuenta y tres, recaló por Tarifa una de aquellas compañías familiares de teatro, compuesta por unos dignos herederos y continuadores de los viejos cómicos de la legua que iban por pueblos y ciudades levantando el tinglado de la antigua farsa.Cinco miembros eran todo el personal de la compañía: una pareja de mediana edad y tres jóvenes. El hombre, de porte elegante, cuarentón avanzado, calvo, serio y algo triste. La mujer, frescachona, cuarentona reciente, pelo rubio oxigenado, de generosas, apetecibles y blancas carnes. El mayor de los jóvenes era un muchacho espigado y con cara de despiste, voz insegura y sin definir, y todos los signos propios de quien se encontraba en plena edad del pavo. La segunda en edad, casi una niña, rubia natural, y tan bonita como una princesa de cuentos de hadas. Y el más pequeño, un crío despierto, dicharachero y con cara de pinta.
Desde el primer momento el hombre fue identificado por las personas mayores del pueblo como "Pinchaúvas", ya que, según decían, había estado en Tarifa antes de la guerra con otra compañía en la que figuraba como galán joven; y el nombre le venía de cierto personaje de sainete interpretado por él entonces y por el que fue reconocido; de ahí que a esta nueva compañía, de la que ignoro si tendría nombre propio, se la bautizara aquí con el de "Teatro de Pinchaúvas".
Las funciones se celebraban en el "Liceo", local que todavía existe, aunque bastante deteriorado, y que es contiguo al "Casino Tarifeño", sito en la calle Coronel Moscardó. La entrada costaba dos reales, y durante el mes, día más, día menos, que estuvieron aquí, se llenaba a rebosar el "Liceo" todas las noches de un público heterogéneo y bullicioso que se lo pasaba en grande con los sainetes, comedias y dramas de su extenso repertorio; pues hay que decir que variaban cada día el programa y sólamente repitieron obra en algún caso muy concreto por lo extraordinario del éxito conseguido con ella y a petición del público. Pudiera parecer que los llenos se debieran al bajo precio de las entradas; sin embargo debemos tener en cuenta que eran tiempos de penuria y no todos podían disponer de cantidad alguna, por modesta que fuera, para algo distinto que a cubrir la necesidad y urgencia del sobrevivir diario. A pesar de todo, la mayoría de las personas que cada noche llenaban la sala, pertenecían a la clase económicamente más modesta de nuestra sociedad de entonces.
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| Vista panorámica de el "Liceo" en donde tenían lugar las representaciones. (Foto M. Rojas) |
Ya quedó dicho que toda la compañía estaba formada por cinco personas, y adultos sólo eran dos. Pues bien, aunque parezca imposible se bastaban para hacerlo todo; porque es que lo hacían absolutamente todo. Ellos montaban y desmontaban los decorados, ordenaban las sillas, vendían las entradas, acomodaban al público, se maquillaban y disfrazaban de acuerdo con las características del personaje que habían de representar.... en fin: todo. Luego, cuando comenzaba la función, el que no estaba en escena hacía de apuntador entre las bambalinas o cualquier otro menester entre bastidores; cuando no estaba desnudándose de un personaje para vestirse de otro, pues obra hubo en que alguno representó dos y hasta tres papeles distintos.
Naturalmente, todo aquello era muy pobre; los decorados se deshacían de puro viejo, con la pintura craquelada, llenos de remiendos y de mugre; el vestuario apolillado y deslucido; y a todo lo impregnaba, escenario y sala, un desolado olor a rancio y cutre. Pero como la imaginación es capaz de suplir toda clase de carencias, aquel público de entonces veía brillo y esplendor donde sólo había miseria y decadencia; y se creía los personajes por mal caracterizados o interpretados que estuvieran; y entraban admirados en la trama de la obra, identificándose con los buenos, apostrofando a los malos, participando, en suma, de esa comunicación invisible que se establece en el teatro entre actores y público. Poco importa la calidad cuando se está bien predispuesto y sin espíritu crítico. De la misma manera que Don Quijote veía gigantes donde sólo había molinos de viento, el público no advertía la triste y pobre realidad de lo que aparecía ante sus ojos, sino lo que en su interior necesitaba ver, quizás para evadirse de sus propias miserias.
Por aquel escenario del "Liceo" vimos desfilar a los personajes de ficción creados por los clásicos: los de Lope, Calderón, Moratín, con sus lances de honor y de heroismo; el teatro moralizante de Linares Rivas, de Echegaray, de Benavente; las regocijantes astracanadas de Muñoz Seca; los tópicos costumbristas de los Álvarez Quintero; y de casi todo lo que por aquellos tiempos de censura se podía representar.
Recordando ahora aquellos episodios, mi agradecimiento, con muchos años de retraso, para aquellos cómicos que venían por los pueblos y nos llenaban de regocijo; y que ponían en pie con todas las dificultades y trabas el viejo tinglado de la antigua farsa. Y que despertaron en mí la curiosidad, avivaron mi imaginación y prendieron en mi espíritu la llama de la afición por una de las más antiguas e importantes parcelas del Arte y la Cultura: el Teatro.
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