| CREACIÓN LITERARIA | ALJARANDA |
José Araújo Balongo
Los primeros versos que aprendí de memoria me los enseñó mi madre al mismo tiempo que me enseñaba a hablar. Tal vez por ese tan temprano aprendizaje, el memorizar es algo que no me resulta demasiado difícil, a lo que hay que añadir que, aún ignorando entonces lo que era, aquella cadencia y musicalidad de la poesía me gustaba, y como lo que gusta interesa, lo que para unos podía suponer un engorro, para otros, como en mi caso, resultaba placentero.
Mi madre, cuando por la noche me llevaba en brazos a acostar, con voz suave y despaciosa me decía cada verso y yo los repetía hasta que me los supe de carretilla. Primero fue el "Jesusito de mi vida", y después el "Cuatro esquinitas tiene mi cama". Cuando terminaba, me arropaba, me pasaba una mano por el pelo, me besaba y nos decíamos el consabido "hasta mañana si Dios quiere".También, cuando me bañaba, mientras me iba poniendo la ropa interior limpia, me recitaba el "Bendito y alabado sea", que no era en verso, sino más bien una oración que ahora no sé que tendría que ver con el vestirse de limpio; quizá fuera porque el texto incluía las palabras "pura, inmaculada, limpia y sin mancha", que bien podrían aplicarse a la blancura de la camiseta y los calzoncillos, o incluso al polvo de talco que antes extendía por la región de mi verija.
Así nació mi amor por la poesía, mi facilidad para aprenderla y mi disposición para recitarla. Sabedora de esto, mi maestra doña María la de la Puerta de la Mar me eligió, cuando tenía yo siete u ocho años, a formar parte del trío correspondiente asignado a su escuela para recitar unos versos en el mes de María (o sea, en mayo) ante el altar mayor de San Mateo y en honor de la Virgen.
Doña María, en los primeros días de abril, nos dio a los tres una hoja manuscrita con los versos que ella decidió debíamos aprendernos y recitar cada uno. A mi me correspondió una composición de treinta versos repartidos en seis quintetos bastante fáciles de memorizar, y como lo que se aprende de muy niño difícilmente se olvida, todavía hoy los recuerdo. El primer quinteto decía así:
Musa mía campesina,
que vives enamorada
de la fuente y de la encina,
de la luz de la alborada,
de la paz de la colina.
A partir de aquella mi primera incursión seria en el maravilloso mundo de la poesía, seguí leyendo, aprendiéndome de memoria o copiando todo lo que caía en mis manos. Los que compartíamos la misma afición intercambiábamos lo que conseguíamos, y así fueron creciendo y enriqueciéndose nuestro conocimiento poético.
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Curiosamente, de aquellos primeros versos que aprendí en la escuela y recité en la iglesia no conocía ni el titulo ni el autor. Años más tarde intenté averiguarlo consultando algunas antologías de poetas españoles e hispanoamericanos sin que consiguiera ni el menor indicio. En realidad no profundicé demasiado en las indagaciones; pensé que se trataría de un poeta menor y olvidado cuya obra no mereciera el honor de lo perdurable. Pero mira por donde, en uno de esos tenderetes de libros de ocasión que de cuando en cuando montan en la Alameda, en el pasado mes de abril del 98, hojeando en la sección de poesía y por casualidad, mis ojos se encandilaron al encontrar impreso en las páginas de un volumen los versos recordados de memoria después de tantos años transcurridos.
Puede que parezca una tontería o una debilidad y no me da vergüenza confesarlo: me emocione. Naturalmente, lo compré; trescientas pesetas me costó el libro, una cantidad insignificante incluso para mis exiguos ingresos, que no son, precisamente ahora, muy boyantes. Con mi recién adquirido tesoro busqué un banco solitario donde sentarme. Lo encontré medio escondido bajo un ficus del final de la Alameda, cercano a la estatua de Guzmán el Bueno.
Abrí el libro por la página 83 (que previamente había memorizado) en la que daban comienzo los versos de esta historia. El poema es muy largo y pertenece a las poesías religiosas de José María Gabriel y Galán, concretamente al titulado "Inmaculada", que se divide en cuatro partes. Los aprendidos y recitados por mi son los primeros quintetos de la parte cuarta, a los que siguen otro seis con los que finaliza la composición poética. Las 158 páginas de las que consta el libro las leí de dos tirones; el primero en el lugar ya citado, el segundo aquella misma noche despues de cenar y cómodamente repantigado en la cama.
Por la nota biográfica con que comienza el libro me entero que Gabriel y Galán nació en un pueblo de Salamanca en 1870, muriendo en 1905 en otro pueblo de la provincia de Cáceres, que era hijo de labradores y que dedicó su vida al magisterio. En un corto texto de la contraportada puede leerse que su éxito fue fugaz y su obra calificada de excesivamente sentimentalista, aunque reconociéndosele el fondo honrado y sincero de sus sentimientos. Como yo también, aunque no lo parezca, soy un sentimental, no comparto la crítica, al menos totalmente. Para mí, si la poesía carece de sentimiento pierde su mayor virtud; un poeta debe ser sensible, sin exageración, con comedimiento, pero sensible, y con capacidad de transmisión.
Conforme avanzaba la lectura del libro me encontré con otra sorpresa. En la página 65 viene otro poema que conocía: "El embargo", una poesía que aprendí de memoria de tanto oírselas interpretar a los rapsodas que por los años 50 solían formar parte de los elencos en las compañías de variedades que frecuentemente actuaban en el Teatro Alameda; recuerdo que casi todos traían este poema en su repertorio. Pertenece a las poesías extremeñas del autor y de las más dramáticas. Cada recitador la dejaba para el final de su actuación, consiguiendo con ella levantarnos de los asientos aplaudiendo a rabiar y, lo más, llorando a lágrima viva. Luego, para consolarnos y compensar nuestra pena, actuaba el caricato.
Sin pretenderlo, este relato más parece una crítica poética que una narración al uso, cosa que suele pasarme cada vez que me pongo a escribir sin un plan preconcebido, que es casi siempre. A estas alturas no tengo más remedio que seguir con Gabriel y Galán y sus poemas para cerrar con un mínimo decoro su semblanza y mi opinión.
Sin ser un gran poeta -esto lo puedo decir ahora, después de haber leído mucha poesía- Gabriel y Galán fue mi poeta iniciático, el que me enseñó que había un modo distinto y maravilloso de expresarse, el que me hizo comprender que las palabras tenían música, las frases cadencia y su vocalización ritmo. Aunque sea un poeta menor, probablemente criticado incluso en vida, a mi me enternece su obra, de la que entresaco del poema "Brindis" un quinteto que da fe de su humildad:
Si el molde parece estrecho
de mi canción natural,
decidlo a Aquel que me ha hecho
pajarillo de barbecho
y no lorito real.
A los que nos gusta la poesía hay quienes nos miran como a bichos raros, como si fuéramos una especie a extinguir que perdemos el tiempo leyendo o escribiendo mariconadas, como si la poesía fuera un género menor dentro de la literatura, más propia de cursis y amanerados que de personas serias e inteligentes, algo que pertenece a un pasado romántico, ridículo y superado. Los que así opinan son aquellos a los que se refería Antonio Machado cuando escribió; desprecian cuanto ignoran. Nadie puede pretender que a todo el mundo le tenga que gustar la poesía; a mí lo que me molesta es que se la desprecie y hasta se la ridiculice. Reconozco que es un género de minorías, pero no de minorías selectas, sino de minorías especialmente sensibles (que no sensibleras) con un alto grado de receptibilidad a esa manera distinta que de expresarse tienen los poetas.
Gustavo Adolfo Bécquer escribió: podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía. Gran verdad y perfecta manera de explicarla. La poesía es; está; a veces no necesita ni de palabras; incluso en ocasiones es necesario el silencio, el ensimismamiento para percibirla; nos penetra a través de los sentidos; nos estremece misteriosamente. Para ser poeta no se necesitan estudios; no existen facultades en las universidades donde obtener el título. Y esa es su mayor grandeza que está al alcance de cualquiera al que la naturaleza le otorgue el galardón. Una mujer mayor y analfabeta me dijo en cierta ocasión: "Me lo explicaron tan bien, que no me enteré de na". Había compuesto dos versos octosílabos perfectamente medidos sin saber lo que eran versos y, mucho menos, octosílabos.Y ni falta que le hizo, porque su concisión versificada fue mucho más elocuente que el discurso de un académico de la lengua.
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